-
Tu
primo se ha enfadado conmigo a lo bestia.
Nada más llegar a casa me había
encerrado en mi dormitorio, teléfono en mano, y había llamado a Violet no tanto
para interceder entre ella y Roman – después de todo lo que este último me
había dicho tenía bastante claro que lo mejor que podía hacer era mantenerme al
margen y dejar que cada cual lidiara con lo suyo – sino para que mi amiga me
consolara y me dijera algo del tipo “no
te preocupes, mañana estará como si nada”, algo que no conseguí ni de lejos
porque en lugar de eso contestó a mi revelación diciendo:
-
Mi
primo es un capullo y un traidor. Si estuviera en mis manos le mandaría a cazar
focas a la Antártida y con suerte le devoraría un oso polar lenta y
dolorosamente.
-
¿Puedes
dejar de ser tan sádica por un segundo? – espeté haciendo una mueca de asco que
por supuesta ella no podía ver.
- Lo
siento pero no. ¿Sabes lo que significa para mí que se haya rebajado a ser uno
de los muñequitos sexuales de esa esbirro de Satanás? – esbirro de Satanás, buen punto Violet – No puedo creer que haya
olvidado todas las burlas que tuve que soportar por su culpa.
-
No
creo que lo haya hecho V – o puede que
sí, quién sabe – pero quizás Roman haya visto un lado de Betty que nosotras
no conocemos. Al fin y al cabo la gente cambia…
-
Sí,
es cierto – convino Violet – la gente cambia pero siempre lo hace a peor y
Betty ya era lo suficientemente maligna con diez años. Imagínate cómo puede ser
ahora.
-
Mira,
entiendo que pienses así – mide bien lo
que vas a decir, Doyle porque puede marcar la diferencia entre estar de malas
con uno de tus mejores amigos o con los dos – pero no merece la pena que
estés sin hablarte con tu primo por esto. Roman no es el típico tío que se va
con cualquiera y si en su momento decidió tener algo con Betty debió ser
porque vio algo bueno en ella. Eso debería bastarnos tanto a ti como a mí para
aceptar lo que pueda pasar o dejar de pasar entre ellos, ¿no crees?
“Pero,
para qué engañarnos, espero que no pase nada más entre ese par”.
- Deja
de ser tan políticamente correcta y reconoce que te jode tanto como a mí saber
que Roman se ha liado con “en boca de
todos” – refunfuñó mi amiga al otro lado de la línea – reconócelo o te juro
que te cuelgo.
“Pues
claro que me jode, ¿cómo no me va a joder? Sin haber tenido nada serio este
tema ha logrado que nos enfademos los unos con los otros. No me quiero ni imaginar
que mierda saldría a la palestra si de repente la pareja formada por Roman
Lemacks y Betty Michele fuera una realidad. Produciría un cataclismo como
mínimo”.
- Pues
me temo que tendrás que colgarme – dije finalmente – mira, estás sacando las
cosas de quicio porque al fin y al cabo lo único que sabemos es que tuvieron
algo en verano y que hoy les hemos visto hablando. Punto.
-
Perdona,
esa zorra se estaba comiendo con los ojos a mi primo y lo sabes – me corrigió
Violet antes de preguntarme - ¿de qué crees que estarían hablando?
“Buena
pregunta”.
-
Ten
por seguro que de metafísica no.
Una carcajada retumbó al otro lado del
teléfono y no pude por menos que sonreír al escuchar como mi amiga se deshacía
de su malhumor a través de la risa.
- Oye,
cambiando de tema – dijo cuando logró recuperar la compostura - ¿tienes pensado
ir enserio a la fiesta de Kevin?
La fiesta de Kevin.
Con todo el lío de Roman casi me había
olvidado de Cameron y de su extraña invitación.
Por mucho que mi cerebro le diera
vueltas al asunto e intentara dar con el motivo que le había llevado a Cam a
preguntarme si me apetecía ir con él, no conseguía dar con la solución del
enigma si bien me parecía curioso cuanto menos que justo cuando Betty mostraba
interés por Roman – algo que era obvio porque, como bien dijo Violet, se lo
comía con los ojos – de repente Cameron reparaba en mí.
¿Pretendía darle celos a su ex conmigo?
No, no creo que fuera eso porque básicamente podría haber elegido a cualquier
tía del instituto para ello antes que a mí. ¿Pretendía devolverle el golpe a
Roman por haberse este enrollado con Betty? Bueno, eso era una total gilipollez
porque no creo que pudiera importarle menos a Roman que yo fuera con Cam a esa
fiesta. ¿Habría hecho alguna apuesta con sus amigotes del tipo “a que no eres capaz de llevar a la mojigata
de Prudence Doyle a la fiesta”? Eso no me parecía tan descabellado pero
realmente quería creer que habíamos superado ya esa época de jugar a ser los más malotes del insti.
- Solo
si tú me acompañas – contesté dejando que recayera sobre Violet el meternos o
no en aquel nido de víboras y sanguijuelas.
-
Supongo
que no perdemos nada por pasarnos a echar un vistazo.
-
No,
supongo que no.
***
Pasé el resto de la tarde luchando
conmigo misma para no mandarle ningún mensaje a Roman por dos motivos
principalmente: el primero, porque creía que nos vendría bien darnos un poco de
espacio y dejar que el tiempo se encargara de hacer que todo volviera a la
normalidad; el segundo, porque en cierto modo pensaba que estaba exagerando y
haciendo una montaña de un maldito grano de arena.
No me resultó fácil. No me resultó fácil
enfrentarme a ese atronador silencio que producía que Roman no diera señales de
vida. No me resultó fácil controlar mi impulso de ir a casa de los Lemacks y
aporrear la puerta hasta que lograra que ese orgulloso cabeza dura accediera a
hablar conmigo y perdonara mi metedura de pata. No me resultó fácil dejar de
preguntarme qué estaría haciendo o si a él también le estaría resultando tan
duro como a mí hacer como si yo no existiera.
“Deja
de dramatizar ¿quieres? Ha sido solo una discusión sin importancia. Roman no va
a tirar por la borda tantos años de amistad por esta tontería”.
Pero pese a eso, pese a que me repetí
esas palabras una y otra vez, no logré quitarme ese regusto amargo de la boca y
finalmente, cuando esa noche me acosté lo hice deseando con todas mis fuerzas
que al día siguiente actuara como si no hubiera pasado nada.
“Por
favor, por favor, por favor”.
***
La mañana siguiente el coche de Roman no
estuvo frente a mi casa esperando para llevarme a clase. Tampoco lo hizo el día
siguiente, ni el otro.
No me habría importado que después de
dos años tuviera que volver a ir a clase en la tartana amarilla que se suponía
que era el autobús del centro si al menos en el instituto se hubiera tomado la
molestia de saludarme pero no, directamente actuaba como si nunca hubiera
intercambiado ni una sola palabra conmigo y se dedicaba a ir de un lado para
otro completamente solo – Violet se había puesto de mi lado ya que aún no había
superado enterarse del notición del verano – con los cascos puestos, aunque
sinceramente sospechaba que en realidad no escuchaba ninguna canción sino que
usaba esos pinganillos de colores chillones para evitar que nadie se le acercara.
-
No
me puedo creer que después de lo que hizo sea él el que se las dé de ofendido.
Aunque Violet lo negara miles de veces
sabía que para ella esa situación de no intercambiar ni una simple palabra con Roman
le estaba afectando tanto como a mí pero si por algo se caracterizaban los
primos Lemacks-Ives era por ser orgullosos hasta la médula así que mucho me
temía que ese pacto de silencio podría
alargarse indefinidamente si yo no entraba en acción.
Pero claro, ¿querría Roman escuchar lo
que le tuviera a decir? ¿Llevaría días deseando que me acercara de rodillas
pidiendo clemencia y esa actitud tosca sería solo una pose?
- Voy
a ir a hablar con él – le dije a Violet cuando le vi dejar la mesa donde había
simulado tomar el almuerzo, y digo simulado porque la comida estaba a simple
vista intacta.
V se encogió de hombros como si le
importara bien poco lo que iba a hacer pero tras esa mascara de indiferencia
que se había colocado sabía que había gratitud porque intentara hacer que todo
volviera a ser como antes.
“Bueno,
vamos allá”.
Casi tuve que correr para alcanzarlo
pero aunque no lo hubiera hecho sabía dónde podría encontrarle: en las
escaleras del segundo piso.
-
Eyy – saludé
tímidamente alzando mi mano – ¿Puedo sentarme? Te prometo que vengo en son de
paz.
-
Las
escaleras son un sitio público – contestó haciéndose a un lado.
“Así
me gusta Roman, que me pongas las cosas fáciles”.
- Echo
de menos a mi mejor amigo – aquellas palabras no eran el discurso que tenía
pensado dar pero era la simple y pura verdad. Todo mi malestar se resumía en
que extrañaba poder contar con Roman Lemacks para cualquier cosa, en que
extrañaba tener a alguien que estuviera dispuesto a escaparse de casa a las
tantas de la madrugada para hacerme compañía en el jardín todas esas noches que
el mundo se me venía encima y era incapaz de conciliar el sueño – y siento
haber sido una bocazas.
Por primera vez en varios días Roman
clavó sus oscuros ojos en mí. Por primera vez en varios días tuve ganas de
volver a sonreír.
- Yo
también echo de menos a mi mejor amiga – contestó finalmente esbozando una
media sonrisa – aunque sea una bocazas que hace peligrar mi paz familiar.
“Si,
esa soy yo”.
-
Violet
también te extraña, lo sabes ¿verdad?
- Sí,
pero no sé cómo solucionar las cosas con ella - Roman apartó la mirada de mí y fijo su ceño
fruncido en el suelo - ¿crees que no sé que piensa que la he traicionado? Pues
claro que sí. Sé que odia a Betty por esa chiquillada que pasó hace años y sé
que si quiero arreglar las cosas con mi prima tendré que hacer como si Betty no
existiera pero no puedo hacer eso.
-
No
puedes…
Mi mente intentaba procesar las palabras
de Roman pero por alguna razón no lograba encajar cada una en su lugar, no
lograba entenderlas.
No, claro que lograba entenderlas pero
no quería hacerlo.
-
Me
gusta Betty, Doyle. Me gusta en serio.
Mi estómago se contrajo. Noté claramente como lo
hizo. Noté como si hubiera recibido un puñetazo o una patada.
-
Ya
sé la fama que tiene y lo que pensáis de ella – continuó diciendo – pero… me
gusta. Joder, me aterra estar con ella pero es lo único que quiero.
-
¿Te
aterra estar con ella?
Y entonces fue cuando Roman me lo contó
todo.
El día que se topó con ella por
casualidad en mitad de la playa pensó que era imposible, que entre todos los
lugares del mundo, se encontraran precisamente allí pero el destino había
jugado sus cartas y decidió que era el momento de que dos adolescentes tan
diferentes, con estilos de vidas totalmente opuestos, se conocieran de una vez
por todas después de haberse pasado años y años compartiendo profesores, clases
e incluso algún que otro amigo.
Todo el mundo tenía una ligera idea de quién
era Betty Michele, todo el mundo creía saber lo suficiente de ella como para juzgarla
y definirla con palabras que no se podían catalogar de amables precisamente, y
Roman no era ninguna excepción a eso.
Había oído suficientes rumores de
aquella chica de medidas perfectas como para forjarse la idea de que Betty solo
era un físico bonito. Durante los quince días que pasaron juntos averiguó que
aparte de eso era una persona inteligente, elocuente e incluso amable – aunque ese
pequeño aspecto de su personalidad muy pocas veces lo mostraba – que había
optado por interpretar conscientemente el papel de la chica frívola sin cerebro
por mera comodidad y diversión.
Lo cautivó.
Roman no sabía cómo ni cuándo había
ocurrido pero una noche se encontró tumbado en la gigantesca cama del hotel,
contemplando como giraba una y otra vez las aspas del ventilador de techo, contando
las horas que quedaban para volver a verla y cuando lo hizo, cuando la vio
aparecer dentro de ese vestido blanco que realzaba su bronceada piel, se tuvo
que pellizcar para comprobar que no estaba soñando.
Y entonces pasó: el primer beso.
Los labios de Betty sabían a sal, a
promesas silenciosas, a libertad y Roman supo que su vida jamás volvería a ser
igual.
Había oído hablar de los amores de
verano, de esas relaciones cortas pero intensas que al llegar septiembre se
olvidaban, pero Roman no quería olvidar.
Sabía que al llegar a Saint
Philippe-Loosle volvería a ser invisible para ella, sólo un chico más entre
miles y miles, y sabía que le dolería, sabía que esa preciosa chica le iba a
romper el corazón pero aun así no quería olvidar, no quería olvidarla.
¿Cómo iba a olvidar a la única persona
que le había hecho ver el mundo tal y como era?
Solo las estrellas fueron testigos de
como, la última noche que pasaron juntos en aquel paraje exótico, esos dos
chicos que durante años no habían intercambiado más de dos palabras dejaban que
sus cuerpos hablaran por ellos, que las caricias y los besos dijeran todo lo
que temían expresar con palabras.
Todo. No, no se dijeron todo.
Roman quería que Betty supiera lo que
significaba para él, el impacto que había producido sin darse cuenta en su
vida, pero mientras ella acariciaba con sus labios de fresa cada centímetro de
su piel los miedos y las inseguridades surgieron.
Ella había estado con otros chicos, ella
sabía lo que quería, sabía lo que hacía. Él jamás había tocado a una chica más
arriba de la cintura.
Ella lo era todo. Él era nada.
Aquella noche el temor a hacer el
ridículo le ganó la partida al deseo y a la mañana siguiente, cuando fue a
buscar a Betty para ir a desayunar, se encontró con una habitación vacía y con
una despedida negada.
-
Estás
enamorado de ella - susurré con el corazón encogido.
“¿Cómo
he estado tan ciega? ¿Cómo he podido no darme cuenta hasta ahora?”
-
No
– negó mientras hacía crujir cada uno de sus dedos – no lo sé, pero ¿qué más
da? Perdí mi oportunidad Prue.
-
No
lo creo – contesté apoyando mi mano en su rodilla – vi cómo te miraba ayer,
Roman. Una chica no mira así a un chico a no ser que esté interesada en él.
-
No
lo entiendes – no, claro que no. Lo único
que entiendo es que el mundo se ha puesto de golpe y porrazo patas arriba – el
problema no es que Betty esté o no interesada en mí, el problema es que no puedo
darle lo que ella quiere.
-
Roman…
“Roman
qué, ¿qué se supone que debo decirle? ¿que se lance a la piscina? ¿que se
olvide de sus inseguridades y vaya a por la chica a la que quiere? ¿que si al
final termina con el corazón roto yo le ayudaré a recomponerlo?”
-
Betty
viene de estar con Cameron y no puedo evitar pensar que si me acuesto con ella me
comparará con él en todo momento – reconoció finalmente mi amigo – ayer me
invitó a la fiesta de Kevin y joder, estaba deseando decirle que sí pero no
pude.
-
¿Por
qué no? Roman, tú mismo estás echándote piedras sobre tu propio tejado.
-
Lo
sé, ¡lo sé! – bufó exasperado - Quiero estar con ella, quiero salir enserio con
ella pero...
-
Pero
crees que se reirá de ti cuando se entere de que eres virgen o cuando vea que
no tienes mucha experiencia en el asunto ¿no?
Roman clavó de nuevo sus ojos en mí, me
sostuvo la mirada durante lo que parecieron horas, y cuando ya había perdido la
esperanza de que me contestara asintió levemente con la cabeza.
-
Bien,
entonces te ayudaré.
-
¿Cómo?
Realmente nunca pensé, nunca imaginé,
que alguna vez en mi vida le diría esas palabras a Roman Lemacks y quizá si me
hubiera tomado unos segundos más para pensar lo que estaba a punto de decir no
las hubiera dicho jamás de los jamases. O quizá sí, ¿quién sabe? El caso es que
aquel jueves de mediados de septiembre yo, Prudence Doyle, me cavé mi propia
tumba cuando contesté a la pregunta de mi amigo diciendo resueltamente:
-
Siendo
tu primera vez.
Precioso! Pásate por mi blog. ^^ http://beautipsinyournails.blogspot.com.es/ Sigueme te sigo
ResponderEliminarMuchísimas gracias! me alegro de que te guste :)
EliminarMe acabo de pasar por tu blog ¡¡y me encanta!!