La bendita hora del almuerzo.
Después de una mañana agotadora –
agotadora porque mis neuronas tendrían que acostumbrarse de nuevo a prestar
atención al soporífero tono de voz del señor Feurstein, el profesor de Historia
del Arte – al fin había sonado el timbre que indicaba que podíamos correr en
tropel hasta el comedor y pelearnos por ser los primeros en la cola de la
cafetería.
Nuestros años de experiencia nos
permitieron estar en la cabecera antes de que la mayoría de los estudiantes hubieran
tenido apenas tiempo de salir de sus respectivas clases, pero no solo eso, sino
que incluso logramos hacernos con la mejor mesa de todo el comedor: la que
estaba pegada al gran ventanal desde el cual podía verse el patio.
“La
pequeña victoria del día”.
-
Vaya,
había olvidado la apetitosa comida que nos servían aquí – dijo irónicamente
Violet removiendo con desgana la nada apetecible sopa de tomate que tocaba hoy
como primer plato en el menú.
-
¿En
serio? Porque a mí me persiguen en mis peores pesadillas – contesté mirando con
desconfianza el trozo de carne que descansaba frente a mí y que se suponía que
era una hamburguesa de ternera.
-
Te
cambio la hamburguesa por el salmón – me ofreció Roman mientras que robaba una
de mis patatas fritas.
-
Ni
de coña Lemacks – negué con rotundidad propinándole el primer mordisco a ese
nutritivo trozo de cartón – este año me he propuesto no caer en tus estrategias
culinarias.
Roman se encogió de hombros de manera
inocente y entonces sacó de la nada un pequeño táper que contenía en su
interior un trozo de la apetitosa lasaña casera de la señora Lemacks.
-
Vaya,
es una pena que hayas optado por hacer oídos sordos a mis ofertas. Justo ahora
iba a preguntarte si me cambiabas ese caldillo rojizo que se supone que es sopa
por este maravilloso plato italiano.
-
Te
doy permiso para atravesarle el ojo con mi tenedor – dijo Violet llevándose la
cuchara a la boca – enserio, puedes hacerlo sin remordimiento alguno. Declararé
a tu favor si te llevan a juicio.
-
Quien
necesita enemigos cuando te tiene a ti en la familia.
Y en esas estábamos, lanzándonos pullas
los unos a los otros mientras terminamos de almorzar, cuando apareció él:
Cameron Mason.
No es ningún secreto que en todo
instituto debe haber una reina, al igual que tampoco es ningún secreto que también
debe haber un rey. Pues bien, ese rey era Cameron Mason.
Ese chico alto y musculoso de cabello
rubio y penetrantes ojos verdes, que con paso decidido se acercaba a nuestra
mesa, era el causante de que prácticamente todas las chicas presentes en el
comedor hubieran estallado en risitas más bien propias de crías de cinco años
ultra hormonadas y también era el causante de que en segundo curso yo tuviera
mi pequeño momento de fama cuando por los pasillos corrió como la pólvora la
noticia de que Prudence Doyle se había dado su primer beso con el chico más
popular y más deseado de todo High Philippe School.
Y si, fue exactamente como todos estáis
pensado: jugando al bochornoso juego de la botella
Creo que sobra decir que no guardo un
grato recuerdo del momento ya que desde luego no pasará a los anales de la
historia como “el mejor primer beso del
mundo” sino más bien como todo lo contrario, aunque supongo que en eso tuvo
mucho más que ver que llevara ortodoncia y que estuviera tan sumamente nerviosa
que sudaba como un pequeño cochinillo de camino al matadero que la forma de
besar del experimentado treceañero Cameron Mason.
- Mason,
creo que deberías hacer que tu padre te echara un vistazo – espetó Violet
cuando Cameron se dejó caer en el asiento que quedaba libre – te han salido
unos bultos bastante preocupantes en los brazos.
-
Se
llaman bíceps definidos Ives – contestó Cam guiñándole un ojo con chulería – y
gracias por haber reparado en ellos. He trabajado muy duro todo el verano.
-
Me
imagino.
Si
hubiera tenido una cámara en mis manos en esos momentos – ahora entendía porque
Vincent iba siempre con una encima – habría congelado para la posteridad el
gesto de desdén mal disimulado que le dedicó mi amiga a Cameron.
-
¿Y
qué tal vuestras vacaciones chicos? ¿habéis hecho algo interesante? – la
gigantesca mano de Cameron impactó en la espalda de Roman con tal potencia que
hizo que este estuviera a punto de enterrar su cara en los restos de lasaña que
aún le quedaban – Bueno Lemacks, tú no hace falta que me respondas. Ya me puso
al día de todo Betty.
Ah, sí. Me había olvidado mencionar la
famosa relación intermitente que Betty “en
boca de todos” Michele y Cameron Mason mantenían desde prácticamente
parvulario.
Por relación intermitente me refiero a
que ese par se dedicaban a salir juntos de manera formal exclusivamente cuando
había alguna fiesta o algún baile en el que fuera necesario mostrar al
populacho estudiantil que la realeza del instituto permanecía unida y más
fuerte que nunca para evitar de esta forma que se diera cualquier tipo de golpe
de Estado que pusiera en peligro sus parcelas de poder. Por lo demás, el resto
del tiempo cada uno seguía su camino y experimentaban los entresijos del amor
con cualquier ser viviente que les resultaran medianamente interesantes.
-
¿Betty?
¿qué me he perdido? – preguntó en general Violet entrecerrando sus ojos de
manera desconfiada.
-
Bastante,
según me ha llegado a mis oídos, aunque estoy convencido de que tu primo no
tardará en contártelo todo con lujo de detalles – contestó Cameron esbozando su
característica media sonrisa – pero bueno, realmente no he venido para hablar
de eso – continuó diciendo mientras sacaba del bolsillo trasero de sus vaqueros
lo que a simple vista parecía unas invitaciones para quién sabe qué – sino para
invitaros formalmente a la fiesta que da este sábado Kevin.
-
¿Kevin
sabe si quiera que nos estás invitando a ir a su fiesta?
Por la expresión que momentáneamente
puso Cameron supe que la única respuesta posible existente para la pregunta que
Roman le acababa de hacer era un rotundo no.
-
Tengo
carta blanca – ya, claro que si – que
me dices Doyle, ¿vendrás conmigo a la fiesta?
“Vale,
eso no lo he visto venir”.
-
Creía
que a este tipo de eventos ibas con Betty.
-
Betty
y yo hemos roto – respondió resueltamente Cam.
- ¿No
habéis roto como un millón y medio de veces? – zampó Violet, ganándose que le
propinara una patada en la espinilla bajo la mesa.
-
Esta
vez definitivamente. Digamos que ambos hemos comprendido que lo nuestro no estaba
destinado a durar.
“Y
casualmente Betty ha llegado a esa conclusión después de pasarse quince días a
solas con Roman en mitad del paraíso”.
-
¿Y
bien? ¿vas a hacerme sufrir o vendrás conmigo? – volvió a la carga Cameron
usando su mirada más encantadora.
-
Lo
siento, pero Violet y yo hicimos un pacto de sangre en el cual juramos ir
siempre juntas a cualquier fiesta – no me pasó inadvertida la sonrisa que poco
a poco se le iba formando en la cara a Roman pero me obligué a mantener el
semblante más serio que era capaz de poner – pero seguro que nos vemos por
allí.
- Bueno,
supongo que tendré que conformarme con eso – respondió fingiendo una mueca de
genuino dolor – aunque si cambias de opinión ya sabes dónde encontrarme.
- Imagino
que estudiando matemáticas puras en la biblioteca, ¿verdad? – dijo
socarronamente Violet.
Pero Cameron no le contestó, se limitó a
soltar una grave carcajada y a irse por donde había venido.
-
Vale,
¿recordáis cuando dije esta mañana que mi vida era surrealista? Pues retiro lo
dicho, la tuya es aún más surrealista que la mía – espetó mi amiga mientras le
arrebataba de las manos a Roman los restos de lasaña y empezaba a zampárselos.
***
El resto del día pasó sin pena ni gloria
y, salvo por el pequeño detalle de que la señora Gómez, nuestra profesora de
Literatura Universal, había sido sustituida con motivo de su inminente
maternidad por el apuesto profesor Tudur, parecía que seguía atascada en
séptimo curso en vez de en el que se suponía que debería ser el año académico más
transcendental de toda mi existencia.
Supongo que aún tendría que esperar un
poco para notar que efectivamente mi vida comenzaba a cambiar.
Al finalizar la última clase del día, y
una vez que Violet y yo terminamos de recoger nuestras cosas de las taquillas,
nos encaminamos como siempre entre aquel mar de gente hasta las escaleras que
conducían al laboratorio de química en búsqueda de Roman.
-
¡Prue!
¡Prue! – gritó la inconfundible voz de mi hermano tras de mí.
“Mierda,
me había olvidado por completo de Gust”.
Estaba tan acostumbrada a que mis días
siguieran el patrón de siempre – ir a clase, aguantar estoicamente las ocho
horas diarias de tortura, reunirme con Violet y Roman frente a las taquillas
próximas al salón de acto a la salida, huir a toda velocidad de allí y rezar
para que hubiera una intensa nevada o una inundación de proporciones
desmesuradas que imposibilitara ir a clases el día siguiente – que se me había
pasado totalmente por alto el meter a Gust en ese planning diario que involuntariamente había construido mi cerebro durante
esos últimos años.
“Nota
mental: no abandonar a mi hermano pequeño cual perrillo en una gasolinera”.
- Pensé
que ibas a esperarme en tu taquilla – dijo acusadoramente cuando consiguió
alcanzarnos – no me puedo creer que me fueras a dejar tirado.
-
No
te iba a dejar tirado – mentí – solo íbamos a buscar a Roman, pequeño
melodramático.
Mi hermano me lanzó su mirada “ya, claro”, aunque el efecto que él
esperaba lograr quedó eclipsado cuando Violet dijo:
-
Aunque
creo que ya lo hemos encontrado.
Efectivamente, lo habíamos encontrado.
Justo al lado de la fuente que había
próxima al baño de chicos, Roman hablaba como si fuera la cosa más normal de
este mundo con Betty “en boca de todos”
Michele.
Justo al lado de la fuente que había próxima
al baño de chicos, Betty coqueteaba de manera bastante obvia con mi mejor
amigo.
“Y
el mundo explosionó”.
-
¿Alguien
puede explicarme qué diablos hace mi primo con esa? – preguntó Violet
mirándonos alternativamente a Gust y a mí – y ya que estamos, ¿alguien puede
explicarme que quiso decir hoy Cameron en el almuerzo? Ya sabes, eso de que
Betty le había puesto al día sobre el verano de Roman.
-
Coincidieron
este verano y…
“¿Hasta
cuánto se supone que tengo permitido contar? Si Roman hubiera querido que
su prima supiera que se ha liado con Betty se lo habría dicho él mismo pero
Violet es mi amiga y no está bien que le oculte algo que, por otra parte, tarde
o temprano acabara sabiendo”.
-
Y
digamos que… se liaron un poquito.
¡BOM!
Fue como si la bomba de Hiroshima
hubiera estallado en mitad del pasillo.
-
¡¿Que
Roman hizo qué?! – exclamó Violet abriendo de par en par los ojos.
-
Baja
la voz, ¿quieres? – susurré tirando de mi amiga hacia las escaleras para evitar
que Roman se diera cuenta de que mientras él se dejaba seducir por Betty
nosotras nos dedicábamos a contemplar desde la barrera aquel penoso ritual de apareamiento
– mira, no sé mucho más pero según me contó tuvieron un pequeño lío este
verano.
-
¿Se
han acostado? – me preguntó mi amiga aún con la boca abierta – vale, no
contestes. No quiero saber si mi primo ha perdido la virginidad con “en boca de todos”.
-
Yo
si quiero saberlo – espetó mi hermano – porque si Roman ha tenido sexo con esa
tía será mi nuevo ídolo. Lo juro.
“¿Mi
hermano acaba de decir en voz alta la palabra sexo? ¡¿Pero qué está pasando?!”
-
Por
el amor de Dios – bufé meneando la cabeza – esto se está desmadrando demasiado.
Mira, no debería haber dicho nada y mucho menos delante de ti – añadí señalando
a mi hermano.
-
Oye,
ya sé que no puedo contar nada de lo habléis pero eso no implica que no pueda
dar mi opinión – replicó Gust – hay un vacío legal al respecto en nuestro
contrato verbal, hermanita.
Estaba a punto de darle una colleja a
ese pequeño mafioso que tenía como hermano cuando Roman se acercó a nosotros
lanzando corazoncitos por los ojos.
O al menos así lo vi yo.
Puede que el haberme pasado gran parte
de mi infancia viendo caricaturas de los Looney Tunes hubiera influenciado un
poco mi visión de la realidad.
-
Aquí
estáis – dijo efusivamente – qué, ¿nos vamos?
-
Prue,
dile a mi primo que regresaré a casa andando – oh, oh… alguien está muy pero que muy enfadada – y que no será
necesario que mañana pase a recogerme.
-
Violet…
-
Hablamos
luego.
Conocía lo suficiente a Violet como para
saber que en esos momentos sería imposible razonar con ella por lo que la dejé
ir mientras sostenía por el brazo a Roman para impedir que fuera detrás de su
prima.
-
Pero
¿qué cojones le pasa? – me preguntó frunciendo el ceño.
-
Sabe
que te has liado con Betty – contestó mi hermano, quién se puso ligeramente
pálido cuando alcanzó a verme la cara – y creo que acabo de meter la pata
porque se suponía que no tenía que hablar de esto así que mejor os espero fuera.
-
Si,
será la mejor – bufé taladrándole con la mirada.
Mi hermano no tardó en salir corriendo y
desaparecer por el cada vez más vacío pasillo y solo cuando perdí finalmente de
vista su roja mochila me atreví a enfrentarme a la furiosa mirada de Roman.
-
¿Enserio
le has contado a mi prima y a tu hermano lo mío con Betty? ¿Enserio, Prudence?
Vale, oficialmente la había cagado a lo
grande porque Roman únicamente me llamaba por mi nombre completo cuando estaba
realmente cabreado conmigo.
-
Lo
siento – balbuceé como si fuera una cría – Violet te vio hablando con Betty y
entre eso y lo que dijo Cam hoy en el almuerzo se puso un poco loca y terminé
contándole lo poco que sé.
-
¿Y
no te has parado a pensar que si hubiera querido que lo supiera se lo habría
contado yo al igual que te lo conté a ti? – espetó Roman – no eres nadie para
ir hablando de mi puta vida privada ¿está claro?
-
Pensé
que era tu mejor amiga – repliqué dolida – y no lo hice adrede ¿de acuerdo? Solo
estaba intentando evitar que Violet montara una escena con medio instituto
delante. Ya sabes que odia a Betty desde la fiesta de cumpleaños de Shatoya
Lambert.
La famosa fiesta de cumpleaños de
Shatoya Lambert.
Cuando teníamos diez años Violet y yo
fuimos sorprendentemente invitadas a la fiesta infantil más pija de todo Saint
Philippe-Loosle – se podría decir que la familia Lambert, además de ser una de
las más longevas del lugar, era una de las más acaudaladas – y digo sorprendentemente porque hasta ese
momento Shatoya, quién casualmente era la mejor amiga de Betty Michele por
aquella época, nos había ignorado de una manera bastante obvia durante años.
No voy a negar que nuestras inocentes
versiones de diez años estaban realmente emocionadas ante la idea de asistir al
que considerábamos el evento del siglo, por lo que pese a que Roman – con toda
la sabiduría propia de la edad – nos tachó de majaderas por pensar ir a ese
mundo de tafetán rosado y purpurina multicolor, el día indicado nos presentamos
en la lujosa casa de los Lambert vestidas con nuestros vestidos favoritos y
cargadas de regalos que habíamos comprado después de haber roto nuestras
respectivas huchas.
Lo que no sabíamos entonces, cuando envolvíamos
como buenamente podíamos esos juguetes que en el fondo deseábamos que formaran
parte de nuestra colección particular, era que nosotras no éramos unas simples
invitadas sino que éramos el regalo que Betty Michele había decidido brindarle
a su amiga en su décimo cumpleaños.
Voy a ahorrarme el contar todo lo que
pasó entre las cuatro paredes de la gigantesca habitación de Shatoya aquel día,
solo diré que cuando esa tarde nuestras madres vinieron a recogernos mi vestido
estaba completamente destrozado y la larga melena de Violet en esos momentos
apenas lograban cubrir sus orejas recién agujereadas.
Supongo que con el transcurso de los
años una es capaz de perdonar que un mini demonio rubio decidiera destrozarte
tu prenda de ropa favorita para hacer reír a sus amigas pero que cuesta un poco
más de trabajo superar el hecho de que te llamaran durante años “la hormiga atómica” gracias a que los
trasquilones que una niñita con complejo de peluquera de barrio te hizo en los
pelos con las tijeras que la señora Johnson – nuestra profesora de Plástica en
esos años – solo nos dejaba usar en su presencia para recortar tiras de papel
maché te obligaron a llevar, incluso en pleno mes de mayo, un gorro de lana
blanco para tapar aquel estropicio capilar.
Las humillaciones infantiles nunca se
olvidan y muy pocas veces se perdonan.
-
¡Y
por eso mismo no le dije nada! – gritó Roman - ¿sabes en el lío en que me has
metido con mi prima?
-
Hablaré
con ella – me ofrecí – estoy segura que puedo convencerla para que no le dé más
importancia de la que tiene a todo esto. Enserio, la llamaré y…
-
No
– me interrumpió bruscamente – no quiero que hables con ella y, sinceramente, tampoco
quiero seguir hablando ahora mismo contigo.
-
Roman…
-
Enserio
Prue, ahora no – no, no, no – y por
cierto, las mejores amigas no hacen lo que tú hiciste.
Algo se rompió dentro de mí cuando vi marcharse
a Roman, cuando lo vi atravesar la puerta acristalada, cuando se montó en su coche
y, sin mirar atrás, se largó dejándonos a mí y a mi hermano tirados en el
instituto.
-
Se
ha enfadado enserio, ¿no? – dijo mi hermano mirándome de reojo.
No contesté. No podía contestar. No quería
contestar.
-
Espero
que tengas ganas de caminar porque nos queda un largo camino por delante – conseguí
decir mientras me recolocaba la mochila en el hombro y comenzaba a andar rumbo
a casa.
Si hubiera sabido en ese momento lo
acertadas que eran mis palabras, si hubiera sabido entonces todo lo que
tendría que caminar ese año, me
habría reído y dado una palmadita en mi propia espalda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario