El final del verano.
Probablemente el momento más triste de
todo el año para cualquier adolescente salvo para mí, Prudence Doyle.
¿Por qué? Os preguntareis si sois
medianamente curiosos.
Sencillamente porque para mí el final
del verano significaba que todo volvía a la normalidad: se acababa el tener que
cuidar más horas de las deseadas de mi hermano pequeño, se acababa el tener que
ayudar a mi madre a organizar la trastienda del ruinoso negocio de antigüedades
que regentaba y sobretodo se acababa el tener que tachar en mi calendario los
días que quedaban para que el esperado regreso del que oficialmente ostentaba
el título de “mejor amigo desde la
infancia” fuera una realidad.
Cada 31 de agosto Roman volvía a Saint Philippe-Loosle
después de haber estado fuera por más de dos meses, bastante más moreno que de
costumbre, posiblemente con el pelo más alborotado y con un millón de nuevas
anécdotas que contarme sobre sus maravillosas vacaciones familiares en algún
punto geográfico que yo jamás tendría la oportunidad de visitar y era entonces,
justo entonces, cuando mis verdaderas vacaciones comenzaban.
Acampadas en el jardín, largos paseos en
bici, baños en el lago Loleylo, maratones de viejas películas de los ochentas…
Teníamos apenas quince días para cumplir
con nuestra lista de “actividades
veraniegas sagradas e indispensables” antes de que comenzaran las clases
del que sería nuestro último año en el instituto, quince días en los que
deberíamos arañar hasta el último segundo esas largas tardes de verano, quince
días en los que aprovecharíamos hasta el final esos rayos de sol que poco a
poco iban perdiendo intensidad.
“Benditos
quince días”.
Aquel domingo de finales de agosto me
desperté de tan buen humor – algo raro en mí porque por lo general a primera
hora de la mañana solía ser la versión humana de un rottweiler con pocas ganas de jugar – que incluso me permití el
lujo de darle un beso en la frente y revolverle el pelo a mi hermano cuando
entré en la cocina y de hacerle una carantoña a mi madre antes de tomar asiento
en la pequeña mesa donde ya estaba servido el desayuno.
-
¿Se
puede saber que mosca te ha picado? – bufó Gust con la boca llena frotándose la
frente.
-
¿Es
que una no puede tener una muestra de cariño con su queridísimo hermano
pequeño? – contesté mientras untaba con parsimonia una rebanada de tostada.
-
Mamá,
creo que Prue se droga.
-
¡Gust!
– la veloz mano de mi madre le propinó para mi satisfacción una colleja a mi
hermano – me gustaría saber de dónde sacas esas ideas.
-
Ya
te lo digo yo, de la televisión y de internet – contesté de manera resuelta
hincándole por fin el diente a la crujiente tostada de crema de cacahuete que
me había preparado – yo que tú, por su bien espiritual, le castigaría sin
ordenador.
-
Prue,
deja de chinchar a tu hermano ¿quieres? – me recriminó mi madre antes de
servirse un poco de café en la enorme y horrenda taza floreada que había
adoptado como tercer hijo - ¿es tanto pedir poder desayunar en paz al menos un
día?
-
A
mí no me mires, yo bajé con toda la buena disposición de este mundo – mis dedos
tamborilearon rítmicamente sobre el blanco mantel de lino – es este pequeño
engendro que tienes como hijo el que siempre lo fastidia todo ¿verdad que si
monstruito?
¡PLAS!
Un bollo mordisqueado por las paletas de
ratón de Gust fue a aterrizar en mi vaso de leche, salpicándome de arriba
abajo.
-
¡August
Benjamin Doyle! – exclamó mi madre poniéndose en pie - ¡discúlpate
inmediatamente con tu hermana!
-
¡Me
ha llamado engendro y monstruito! – se
defendió mi hermano - ¡me ha insultado!
-
No
te he insultado, te he calificado cariñosamente – repliqué tranquilamente –
imbécil es un insulto, monstruito es un mote fraternal dicho sin ninguna mala
intención.
-
¡Mamá
me ha llamado imbécil!
-
Por
el amor de Dios, no te he llamado imbécil – espeté rodando los ojos – solo he
dicho que si te hubiera llamado imbécil eso sí habría sido un insulto. De
verdad que a veces creo que eres retrasado o algo por el estilo.
¡PLAS!
Un segundo bollo cayó esta vez en mi
regazo.
-
¡Ya
está bien! – tronó mi madre golpeando fuertemente la mesa - ¡August deja de
tirarle comida a tu hermana! ¡Prudence deja de fastidiar a tu hermano! Vais a
lograr que el día menos pensado me salga una úlcera en el estómago.
-
No
creo que el insultar a Gust guarde una estrecha relación con el estado de tu
aparato digestivo – los verdosos y furiosos ojos de mi madre se clavaron en los
míos e instantáneamente mis ganas de bromear desaparecieron por completo – o
quizás si, quien sabe. La ciencia aún tiene mucho que investigar al respecto.
Y así terminó nuestra batalla matutina diaria:
con mi hermano refunfuñando por lo bajo acerca de lo injusta que era la vida,
con mi madre meneando la cabeza malhumorada y conmigo intentando disimular la
sonrisa que me producía el saber que ese día al fin tendría a Roman a unas
pocas casas de distancia.
***
El resto de la mañana me la pasé
encerrada en mi habitación por dos razones principalmente.
La primera era que temía que si mi madre
me veía disfrutando haciendo absolutamente nada ese caluroso domingo me mandara
hacer alguna tarea odiosa junto a mi hermano del tipo arrancar las malas
hierbas del jardín u ordenar el atestado desván. La segunda era que me negaba a
estar a más de un milímetro de distancia de mi móvil porque esperaba
ansiosamente que Roman diera de una santa vez señales de vida.
Tic
– tac. Tic – tac.
En el silencio de mi dormitorio podía
escuchar como en la planta baja mi hermano correteaba de un lado a otro, como
mi madre se entretenía en el exterior regando su pequeño parterre de petunias,
como la vieja señora Gleason paseaba a su pequeño pekinés y se detenía para
saludar educadamente a mi madre.
Tic
– tac. Tic – tac.
Ahí estaba yo, tumbada en la cama
mirando las musarañas, cuando de repente la pantalla de mi viejo móvil se
iluminó al recibir el mensaje que tantos y tantos días había estado esperando.
Lemacks noticias informa:
El joven, bronceado y atractivo Roman Lemacks
acaba de regresar a Thistleville.
¿Te hace sesión de pelis y pizzas?
No lo pude evitar, una sonrisa de oreja
a oreja me cruzó la cara y con dedos rápidos tecleé una digna respuesta
mientras saltaba de la cama y rebuscaba en el caos de mi armario mi desaliñado
par de Converses negras.
Doyle noticias informa:
La pálida, aburrida y desesperada Prue Doyle
estará en tu casa en menos de cinco minutos.
Llevo palomitas.
Aún no había terminado de atarme los
cordones cuando ya corría escaleras abajo y salía atropelladamente de casa, no
sin antes atracar un poco la despensa de la cocina y meter en mi mochila
destinada a fugas y huidas varias unos cuantos paquetes de palomitas para
microondas, un par de botellas de refresco de moras y las pocas chocolatinas
favoritas de Gust que aún quedaban.
Por lo que respecta al robo de las
chocolatinas en mi defensa diré que tuve la consideración de pegar un pos-it en
el armarito donde mi hermano las escondía en el cual se podía leer “vale por una caja de chocolatinas Ultra
Choc Maxi Cruch”.
Para que luego dijeran que era mala
hermana.
-
¡Mamá
me voy a casa de Roman! – grité apenas cerré la puerta tras de mí - ¡no me
esperes para cenar!
-
Espera
un momento señorita – oh, oh… nada bueno
sale cuando mi madre me llama señorita - ¿a quién le has pedido permiso
para ir a casa de los Lemacks? Porque a mí desde luego que no.
-
No
estarás hablando enserio ¿verdad? – dije enarcando una ceja – ¿desde cuándo
tengo que pedirte permiso para ir a ver a Roman?
-
Desde
que tu hermano y tú me habéis crispado los nervios el único día libre a la
semana que tengo – contestó mi madre tirando al suelo los sucios guantes de
jardinería.
-
¡Son
inocentes riñas entre hermanos! – bufé exasperada – ¿piensas estar cabreada
todo el día por esa tontería? Por Dios, ya sé de quien heredó ese carácter tan
melodramático Gust. A esta familia ciertamente le falta una pizca de sentido
del humor.
-
Tú
y tu sentido del humor me habéis costado algún que otro jarrón roto y ya no
hablemos de vasos y platos ¡mi vajilla tiembla cada vez que August y tú os
sentáis en la misma mesa!
-
Mamá,
entiendo que tú al ser hija única no logres comprenderlo pero hay una ley no
escrita en el firmamento en la que queda claramente estipulado que el hermano o
hermana mayor deberá fastidiar a su hermano pequeño para curtirlo en la vida – un
simple vistazo al serio rostro de mi madre me hizo comprender que en aquella
ocasión mis bromas no me librarían de aquella absurda situación así que,
dejando caer con pesar mis brazos admití lo inadmisible – ya sabes que pese a
todas las discusiones y peleas quiero a Gust y que incluso daría mi vida por él
si fuera necesario ¿acaso no es eso suficiente? ¿necesitas que vaya adentro y
le suplique perdón de rodillas para que me dejes ir a casa de Roman?
-
Prue,
lo único que necesito es que le hagas ver a tu hermano que estarás ahí para él
siempre – replicó mi madre meneando levemente la cabeza para apartarse de sus
ojos un mechón de su corto pelo castaño – está pasando por una época de cambios
y…
“Oh,
Dios mío”.
-
¿Insinúas
que debería tener la típica conversación sobre sexualidad con Gust? Porque si
estás dándome esta charla tan instructiva para endosarme a mí el tener que
explicarle que el papá no le planta precisamente una semillita a la mamá en la
barriga para hacer un bebé desde ahora te digo que me niego.
-
¡¿Qué?!
¡No! ¡Claro que no! – exclamó horrorizada mi madre - ¡¿Cómo se te ha ocurrido
si quiera eso?! ¡Por favor! ¡tu hermano aún es un crío!
-
Tú
eres la que has dicho que está pasando por una época de cambios – espeté
alzando las manos al cielo - ¿a qué se supone que te estabas refiriendo? Y
además, permíteme recordarte que me distes esa charlita cuando tenía exactamente
la edad de Gust así que siento mucho que lo primero que se me viniera a la
cabeza fuera que te estabas refiriendo a eso.
-
Me
refería al instituto o ¿acaso has olvidado que este año te cruzarás con tu
hermano por los pasillos entre cambio y cambio de clase?
-
¿Honestamente?
Si, lo había olvidado por completo – reconocí encogiéndome de hombros – pero si
lo que pretendes sacar de mí es una promesa del tipo “mamá, me aseguraré de que a Gust le vaya bien en su primer día de
clase” te diré que me ofende, y mucho por cierto, que necesites oír salir
de mi boca esas palabras. ¿Por quién me tomas? ¿acaso crees que voy a permitir
que le pase algo a mi hermano pequeño? Porque te recuerdo que la única vez que
me castigaron en el colegio lo hicieron porque le pegué una patada en los
huevos a ese matón que todos los días le robaba el almuerzo a Gust así que…
-
Vale,
vale – me interrumpió mi madre resoplando – cierra el pico y vete a casa de Roman
o a dónde demonios tuvieras pensado ir pero te quiero de vuelta como muy tardar
a las diez ¿está claro?
- ¿Diez y media? – tensé un poco la cuerda lanzando la mejor mirada angelical de mi
repertorio.
-
Diez y media – aceptó a regañadientes mi madre.
Y antes de que pudiera
arrepentirse de haber cedido sobre el toque de queda tan absurdo como
innecesario que me había impuesto salí corriendo por el camino de grava hasta
la casa de los Lemacks.
***
-
Había
olvidado que tu concepción de cinco minutos equivalía a una hora y media – dijo
a modo de saludo Roman desde la ventana de su habitación cuando me vio
aparecer.
-
¡Oh,
cállate y mueve tu culo plano hasta aquí Lemacks!
-
Una
señorita como tú no debería hablar de ese modo ¿sabes?
-
Querido
Romeo, ¿por qué no bajas de tu balcón y me enseñas como debería hablar una
señorita?
-
Como
guste, querida Julieta.
Un segundo después la nacarada puerta de
la casa de los señores Lemacks se abrieron de par en par y, cual polvorín,
Roman salió a través de ella para estrecharme entre sus firmes brazos.
-
¡Eyy!
¡mira quién ha estado haciendo ejercicio estas vacaciones! – exclamé cuando me
vi libre del abrazo de mi amigo - ¿intentas impresionarme Lemacks?
-
¿Lo
he conseguido? – me preguntó a su vez Roman esbozando esa sonrisa que tanto me
gustaba, esa sonrisa que conseguía que sus ojos castaños se achinases y que
unos hoyuelos adorables le aparecieran en sus mejillas.
-
Mmm…
quizás un poco – admití golpeándome levemente la barbilla con mi dedo índice.
Con esas simples palabras conseguí que
la ya de por sí amplía sonrisa de Roman se ampliara aún más y algo dentro de mí
se contrajo de pura felicidad.
-
Bueno,
espero por tu bien que hayas seleccionado las mejores anécdotas de tu paso por
la Riviera Maya – con un fluido movimiento me descolgué la atestada mochila de
la espalda y tomé asiento en uno de los pequeños escalones del porche de los
Lemacks – ya sabes que adoro que me des envidia y me pongas los dientes largos.
-
Y
ya sabes que yo vivo para complacerte – contestó Roman guiñándome el ojo y
sentándose a mi lado.
-
Había
olvidado lo servicial que eras.
-
Tienes
cierta tendencia a olvidar los mejores atributos de las personas, Doyle.
-
Afloja
un poco ¿quieres? O te haré llorar como a un bebé – le amenacé mientras le
tendía una de las chocolatinas de Gust – recuerda que conozco tus puntos
débiles muchachito.
Roman se encogió divertido de hombros y
de un solo bocado se zampó la chocolatina, logrando dejar un reguero de chocolate
por toda su mandíbula, por esa mandíbula en la que desde hacía menos de un año
se podía apreciar una leve oscuridad producto de la incipiente barba que
empezaba a florecer en ese rostro varonil – y bastante apuesto, aunque eso
jamás lo diría en voz alta porque una tiene algo de dignidad – que antaño solía
ser la regordeta cara de mi amigo.
“El
pequeño barbilampiño se hace mayor”.
-
¿Sabes
Roman? Algún día deberías aprender a comer como los seres humanos de verdad – aunque entonces dejaría de ser el Roman que
conozco – y empezar a valorar los poderes ocultos que guardan las
servilletas y los pañuelos porque, adivina qué, con esos pequeños pedazos de
tela o papel puedes… ¡puedes limpiarte la boca después de haberte zampado una
chocolatina ultra mega hiper derretida por culpa de este insoportable calor!
-
¿Y
perderme el enorme placer de hacer esto? – espetó mi amigo restregando su boca
y su barbilla contra mi mejilla – no, creo que no.
-
¡Eres
un cerdo Lemacks! – dije entre risas mientras intentaba inútilmente limpiarme
con el dorso de la mano – pero no creas que te vas a librar de darme los
detalles jugosos de tu verano por haberte comportado como un cavernícola con
olor a chocolate rancio y a varias horas de vuelo en un avión atestado de
veraneantes sumidos en la conocida depresión post-vacacional.
-
Tendrás
todos los detalles que quieras, pecosa larguirucha – contestó Roman poniéndose
en pie y tendiéndome la mano para ayudarme a levantarme – pero ¿qué te parece
si primero hacemos nuestro maratón de pelis ochenteras? Ya tengo preparada “El club de los cincos”.
Como dato informativo diré que “El club de los cincos” es mi película
ochentera favorita por antonomasia, puede que incluso sea mi película favorita
a secas así que, efectivamente, el señor Roman Lemacks acababa de darme un
golpe muy bajo porque mi vena cotilla quedó irremediablemente eclipsada por mi
vena cinéfila.
-
Me
conoces demasiado bien, Lemacks – mi pálida mano aceptó la de Roman mientras
los brillantes ojos de mi amigo se clavaban en los míos – demasiado bien.
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