domingo, 22 de julio de 2012

CAPÍTULO 2

Una hora y media después estábamos los dos repanchingados en el suelo de la habitación de Roman, terminando de devorar los cuencos de palomitas que nos habíamos preparado para la ocasión, mientras representábamos solemnemente y de memoria el glorioso monólogo que John Bender recitaba a voz en off mientras recorría decidido el campo de fútbol del instituto:

“Querido señor Bernard:
Admitimos el hecho de tener que quedarnos castigados todo un sábado por habernos portado mal, pero pensamos que está usted loco al intentar forzarnos a escribir un ensayo explicándole quiénes creemos ser, porque usted simplemente nos ve como quiere vernos. En pocas palabras, la definición más conveniente sería que hemos sacado en limpio lo que hay en cada uno de nosotros: un cerebro, un atleta, una irresponsable, una princesa y un criminal. ¿Contesta eso a su pregunta?
Atentamente le saluda, El club de los cinco.”

-          ¿Sabes? Creo que si hubiera nacido en los ochenta habría tenido un cuelgue bastante importante con Bender – admití mientras contemplaba extasiada la mítica escena final de la película en la que el chico malo alzaba su puño al cielo de manera triunfal – posiblemente en su época todas estuvieran loquitas por los huesos de Andrew por ser el típico deportista mono pero, sin ninguna duda, yo me habría quedado con el rebelde sin causa.

-          ¿Y qué hay del nerd? Pensaba que te iban los intelectuales Doyle – contestó Roman mirándome de reojo.

-          Brian es adorable, y probablemente sea el que mejor ha envejecido de todos ellos, pero en esta ocasión no puede competir con John. Hay algo sexy en ese modo de ver la vida que tiene, como si en cualquier segundo ¡pum! todo se pudiera ir a la mierda pero a él no le importara en absoluto.

-          A todo el mundo le importa que su vida se vaya a la mierda – Roman se incorporó de un salto, guardó el DVD en su funda y lo colocó cuidadosamente en el sitio exacto de su enorme estantería cinéfila – al igual que a todo el mundo le importa que le rompan el corazón. Todos los que dan a entender lo contrario mienten.

-          ¿Te importa que te rompan el corazón? - ¿desde cuándo Roman se preocupa por eso? - ¿ha habido novedades en tu pobre vida amorosa durante este verano? Porque si resulta que te has echado novia en la Conchinchina o donde sea te aviso desde ya que espero un informe detallado de la susodicha.

La risa de Roman retumbó entre las paredes de su dormitorio y cuando se giró de nuevo hacia mí pude ver la característica mirada del tipo “estás completamente loca” que en contadas ocasiones me dedicaba a lo largo del día.

Y si, una pequeña parte de mí se relajó cuando con aquella carcajada Roman me dio a entender que no había ninguna otra chica en su vida que no fuera yo.

-          Siento desilusionarte pero mucho me temo que sigo siendo el adolescente virgen y soltero de siempre, Doyle – replicó mi amigo mientras hacía crujir sus nudillos – mi viaje a la Rivera Maya no ha sido tan trascendental como te imaginas.

-          ¡Oh, qué pena! ¡y yo que esperaba que me contaras que habías vivido un tórrido romance con una guapa mexicana!

-          Créeme, yo también lo esperaba.

Pero sabía que no era cierto. Roman era el chico con menos expectativas sobre el amor que conocía. Jamás me había hablado acerca de ninguna chica, jamás había demostrado un interés que fuera más allá del puramente físico por ninguna de las chicas que conocíamos y si no fuera porque sabía que su amor platónico por Scarlett Johansson – o por las curvas que a esta se le acentuaban cuando iba caracterizada de la Viuda Negra en las películas de “Los Vengadores” – era totalmente genuino habría sopesado seriamente la idea de que quizás mi mejor amigo fuera gay. 

-          Lo que no me esperaba ni de coña era encontrarme en mitad de la Playa del Carmen con Betty Michele y sin embargo ¡zas! me topé con ella a los pocos días de llegar.

Y así fue como Roman Lemacks dejó caer como si nada la bomba más grande que mis oídos alguna vez alcanzaron a escuchar.

Betty “en boca de todos” Michele era, sin asomo de dudas, la chica más explosiva de todo High Philippe School lo que, por supuesto, la catapultaba directamente a ser la líder de las animadoras de mi apreciado y queridísimo instituto.

Con su tez bronceada, su preciosa melena dorada, sus grandes ojos color cielo y su perfecto y estilizado cuerpo – cuerpo que según se rumorea por los pasillos del instituto recibió algún que otro retoque durante el pasado año como regalo de cumpleaños, retoque que básicamente puede resumirse en pasar de tener una 85B a una 95C de pecho de la noche a la mañana – aquella mezcla de sirena y de princesa sacada de los cuentos de hadas era la fantasía sexual de toda la población adolescente masculina del pueblo y, si me apuras, de un tercio de la población adolescente femenina que habitaba en Saint Philippe-Loosle.

Pero no nos engañemos, si Betty Michele era realmente conocida en todo el pueblo no era por su belleza de estrella de cine o de ángel de Victoria´s Secret sino por el particular trato que les daba a todo chico medianamente atractivo que su afilado radar localizaba. Vamos, para que me entendáis, había pasado tantas veces la mononucleosis que algunos ya nos empezábamos a preguntar cómo era posible que aún no fuera inmune a la enfermedad.

Así que, teniendo todo esto en cuenta, podéis haceros una idea del shock que fue para mí enterarme de golpe y porrazo que Roman había coincidido con Betty en el paraje más exótico que existe en el mundo.

-          ¿Me estás diciendo que has pasado todo el verano con Betty “en boca de todos” Michele y que te lo has estado callando hasta ahora? ¡serás capullo!

-          Vaya, no sabía que tenía que darte una lista detallada de toda la gente a la que he visto y/o hablado estas vacaciones – se defendió burlonamente Roman encogiéndose de hombros – además, no me he pasado todo el verano con Betty. Solo coincidimos en el mismo resort durante quince días.

-          ¿Os habéis liado?

Fue instantáneo. La pregunta brotó de mis labios antes de que pudiera al menos haber intentado darle la orden de mi cerebro de que cerrara la boca y no me dejara en evidencia.

-          Estás celosa o qué – espetó Roman cruzándose de brazos frente a mí.

-          No digas tonterías, claro que no estoy celosa – repliqué rodando los ojos – solo me preocupo por tu salud… íntima.

-          Vaya, qué considerada.

-          Considerada es mi segundo nombre.

-          Y yo que pensaba que era Grace – apostilló irónicamente Roman – de todas formas sabes que todo lo que dicen sobre Betty son meros cuentos ¿no? - ¿Cómo era el dicho? ¡ah, sí! Todo cuento tiene algo de verdad – bueno, quizás no todo pero si la gran mayoría. Si quieres saber la verdad, la Betty que he conocido este verano no tiene nada que ver con la que se deja ver por el instituto. Supongo que todos somos diferentes cuando nos alejamos del pueblo.

-          Ilústrame, ¿cómo es esa Betty que al parecer solo tú has tenido el enorme placer de conocer? – pregunté socarronamente acomodándome entre los cojines que habíamos tirado por todo el suelo para ver la película.

-          Es bastante agradable y sorprendentemente graciosa – contestó Roman tumbándose de nuevo a mi lado – y besa mejor de lo que me imaginaba aunque tampoco puedo decir que tenga muchas con quien compararla.

“OH DIOS TODO PODEROSO”.

-          ¡No me lo puedo creer! – exclamé incorporándome de golpe - ¡te has liado con Betty “en boca de todos” Michele! No, no… ¡mucho peor! ¡te has colgado de Betty “en boca de todos” Michele!

-          ¿Qué? ¡no! ¡claro que no me he colgado de Betty!

-          ¡Claro que sí! – bufé propinándole un cojinazo a Roman en plena cara – te conozco lo suficiente como saber que no eres la clase de tíos que se lía con una chica por liar así que no me vengas con la mierda esta de hacerte el machito y reconoce que te gusta Betty.


-          Betty es… interesante – dijo finalmente Roman arrebatándome de las manos el segundo cojín que iba destinado de nuevo a su cara – y supongo que lo pasamos bien este verano pero el verano terminó lo que básicamente significa que ella volverá a ser la reina del baile y yo el pardillo encargado del mantenimiento del laboratorio del instituto que trabajaba a media jornada en el supermercado de sus padres.

-          No eres ningún pardillo – eres el mejor chico que conozco – y cualquier tía de este planeta ¿qué digo planeta? ¡de este universo! Sería tremendamente afortunada por tener aunque fuera una cita contigo, incluida Betty.

-          Jugamos en ligas diferentes, Doyle – no había pesar o resentimiento en sus palabras, simplemente una aceptación pragmática de los hechos – además, ¿quién necesita a una Betty Michel en su vida cuando ya tiene una Prudence Doyle en ella?

-          Ciertamente nadie. Soy mucha mejor compañía que esa Barbie de carne y hueso – contesté apoyando la cabeza en el hombro de mi amigo – pero que sepas que si Betty no se arrastra a tus pies suplicándote una cita el primer día de clase demostrará ser una completa cabeza hueca.

-          Nunca dije que fuera inteligente.

-          No, nunca lo hiciste – mascullé divertida contra el cuerpo de Roman antes de estrujarlo con fuerza, antes de que él correspondiera mi abrazo dándome un leve beso en la coronilla.

“¿Quién necesita a cualquier otro chico cuando tiene a Roman Lemacks entre sus brazos? Yo desde luego que no”.
***

Eran exactamente las 10:37 de la noche cuando, intentando ser la persona más sigilosa de todo el planeta Tierra, giré mi llave en la cerradura de la puerta de mi casa.

Sobra decir que fracasé estrepitosamente y es que mi madre estaba esperándome en la penumbra del pequeño recibidor con los brazos cruzados bajo el pecho y con el ceño fruncido más acentuado que le había visto en mucho, mucho tiempo.

-          Ehh… ¿buenas noches? – saludé cerrando tras de mí la puerta.

-          Llegas tarde – dijo acusadoramente mi madre pasando por alto mis educadas palabras.

-          ¿En serio? – eso es Prue, hazte la tonta todo lo que puedas – vaya, mi reloj debió de quedarse sin pilas. Lo siento.

Mi madre enarcó una de sus perfiladas cejas y como dato significativo diré que Claire Doyle, es decir, mi señora madre, ostentaba el récord mundial de levantamiento cejil que más terror producía.

-          Con que el reloj ¿eh?

-          Ajam – asentí mientras caminaba rápidamente hacía las escaleras – mañana sin falta iré a que le echen un vistazo.

-          Pues me temo que tendrás que ir cuando termines de organizar todo el papeleo de la tienda – señaló mi madre con su famoso tono de voz “y ni se te ocurra replicar” – me agruparás con sumo cuidado en varias carpetas los recibos de estos últimos años mientras yo me acerco a Portailor a echar un vistazo por el mercadillo de antigüedades ¿de acuerdo?

-          ¿Y no podría hacer eso Gust? – no, claro que no. El hombrecito de la casa no puede hacer otra cosa que no sea quedarse ciego de tanto jugar con esos malditos videojuegos – Roman me dijo que mañana llega Violet y teníamos pensado pasar el día en el lago.

-          ¿Acaso ha sido Gust el que ha llegado tarde?

-          No lo sé, ¿lo hizo? Porque si es así tendré una charla con él acerca de la importancia de ser puntual.

-          Irónico cuanto menos que seas tú la que quieras darle esa charla a tu hermano ¿no crees? – dijo mi madre enarcando en esta ocasión su segunda ceja ¡doble alzamiento cejil!

-          Curioso más bien – la corregí mientras avanzaba hacia las escaleras – pero tranquila, le haré entrar en razón en lo que a respetar el toque de queda se refiere. Seguro que después de pasarse toda una mañana ordenando el papeleo de la tienda aprende la lección y ahora, si no tienes nada más que decirme, me voy a la cama que estoy agotada. Buenas noches mamá.

“Pies para qué os quiero”.

-          Prue, ¡Prue! – me llamó mi madre desde el pie de las escaleras, esas escaleras por las que había salido corriendo para cobijarme en mi habitación - ¡baja aquí ahora mismo! No vas a volver a hacerme el lío como acostumbras a hacer. Esta vez no jovencita.

Pero supongo que sí, supongo que al final sí que le hice el lío, supongo que al final sí que me salí con la mía porque a la mañana siguiente, cuando me desperté, lo primero que vi en la cocina fue un pequeño papel sujetado con imanes en la puerta del frigorífico en el que podía leer la pulcra caligrafía de mi madre diciéndome lo siguiente:
  

Gust y yo pasaremos el día en Portailor.
Disfruta de tu día en el lago y no olvides que hay un millón
de recibos esperando con ansias que los organices.

Te quiere, mamá.


“Y así es como comienza un gran día”.

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