Una hora y media después estábamos los
dos repanchingados en el suelo de la habitación de Roman, terminando de devorar
los cuencos de palomitas que nos habíamos preparado para la ocasión, mientras representábamos
solemnemente y de memoria el glorioso monólogo que John Bender recitaba a voz
en off mientras recorría decidido el campo de fútbol del instituto:
“Querido señor Bernard:
Admitimos el hecho de tener que quedarnos castigados todo un sábado por habernos portado mal, pero pensamos que está usted loco al intentar forzarnos a escribir un ensayo explicándole quiénes creemos ser, porque usted simplemente nos ve como quiere vernos. En pocas palabras, la definición más conveniente sería que hemos sacado en limpio lo que hay en cada uno de nosotros: un cerebro, un atleta, una irresponsable, una princesa y un criminal. ¿Contesta eso a su pregunta?
Atentamente le saluda, El club de los cinco.”
Admitimos el hecho de tener que quedarnos castigados todo un sábado por habernos portado mal, pero pensamos que está usted loco al intentar forzarnos a escribir un ensayo explicándole quiénes creemos ser, porque usted simplemente nos ve como quiere vernos. En pocas palabras, la definición más conveniente sería que hemos sacado en limpio lo que hay en cada uno de nosotros: un cerebro, un atleta, una irresponsable, una princesa y un criminal. ¿Contesta eso a su pregunta?
Atentamente le saluda, El club de los cinco.”
-
¿Sabes?
Creo que si hubiera nacido en los ochenta habría tenido un cuelgue bastante
importante con Bender – admití mientras contemplaba extasiada la mítica escena
final de la película en la que el chico malo alzaba su puño al cielo de manera
triunfal – posiblemente en su época todas estuvieran loquitas por los huesos de
Andrew por ser el típico deportista mono pero, sin ninguna duda, yo me habría
quedado con el rebelde sin causa.
-
¿Y
qué hay del nerd? Pensaba que te iban los intelectuales Doyle – contestó Roman mirándome
de reojo.
-
Brian
es adorable, y probablemente sea el que mejor ha envejecido de todos ellos,
pero en esta ocasión no puede competir con John. Hay algo sexy en ese modo de
ver la vida que tiene, como si en cualquier segundo ¡pum! todo se pudiera ir a la mierda pero a él no le importara en
absoluto.
-
A
todo el mundo le importa que su vida se vaya a la mierda – Roman se incorporó
de un salto, guardó el DVD en su funda y lo colocó cuidadosamente en el sitio
exacto de su enorme estantería cinéfila – al igual que a todo el mundo le
importa que le rompan el corazón. Todos los que dan a entender lo contrario
mienten.
-
¿Te
importa que te rompan el corazón? - ¿desde
cuándo Roman se preocupa por eso? - ¿ha habido novedades en tu pobre vida
amorosa durante este verano? Porque si resulta que te has echado novia en la
Conchinchina o donde sea te aviso desde ya que espero un informe detallado de
la susodicha.
La risa de Roman retumbó entre las
paredes de su dormitorio y cuando se giró de nuevo hacia mí pude ver la
característica mirada del tipo “estás
completamente loca” que en contadas ocasiones me dedicaba a lo largo del
día.
Y si, una pequeña parte de mí se relajó
cuando con aquella carcajada Roman me dio a entender que no había ninguna otra
chica en su vida que no fuera yo.
-
Siento
desilusionarte pero mucho me temo que sigo siendo el adolescente virgen y
soltero de siempre, Doyle – replicó mi amigo mientras hacía crujir sus nudillos
– mi viaje a la Rivera Maya no ha sido tan trascendental como te imaginas.
-
¡Oh,
qué pena! ¡y yo que esperaba que me contaras que habías vivido un tórrido
romance con una guapa mexicana!
-
Créeme,
yo también lo esperaba.
Pero sabía que no era cierto. Roman era
el chico con menos expectativas sobre el amor que conocía. Jamás me había
hablado acerca de ninguna chica, jamás había demostrado un interés que fuera
más allá del puramente físico por ninguna de las chicas que conocíamos y si no
fuera porque sabía que su amor platónico por Scarlett Johansson – o por las
curvas que a esta se le acentuaban cuando iba caracterizada de la Viuda Negra
en las películas de “Los Vengadores”
– era totalmente genuino habría sopesado seriamente la idea de que quizás mi
mejor amigo fuera gay.
-
Lo
que no me esperaba ni de coña era encontrarme en mitad de la Playa del Carmen
con Betty Michele y sin embargo ¡zas!
me topé con ella a los pocos días de llegar.
Y así fue como Roman Lemacks dejó caer
como si nada la bomba más grande que mis oídos alguna vez alcanzaron a
escuchar.
Betty “en boca de todos” Michele era, sin asomo de dudas, la chica más
explosiva de todo High Philippe School lo que, por supuesto, la catapultaba
directamente a ser la líder de las animadoras de mi apreciado y queridísimo instituto.
Con su tez bronceada, su preciosa melena
dorada, sus grandes ojos color cielo y su perfecto y estilizado cuerpo – cuerpo
que según se rumorea por los pasillos del instituto recibió algún que otro
retoque durante el pasado año como regalo de cumpleaños, retoque que
básicamente puede resumirse en pasar de tener una 85B a una 95C de pecho de la
noche a la mañana – aquella mezcla de sirena y de princesa sacada de los
cuentos de hadas era la fantasía sexual de toda la población adolescente
masculina del pueblo y, si me apuras, de un tercio de la población adolescente
femenina que habitaba en Saint Philippe-Loosle.
Pero no nos engañemos, si Betty Michele
era realmente conocida en todo el pueblo no era por su belleza de estrella de
cine o de ángel de Victoria´s Secret sino por el particular trato que les daba a todo chico medianamente atractivo
que su afilado radar localizaba. Vamos, para que me entendáis, había pasado
tantas veces la mononucleosis que algunos ya nos empezábamos a preguntar cómo
era posible que aún no fuera inmune a la enfermedad.
Así que, teniendo todo esto en cuenta,
podéis haceros una idea del shock que fue para mí enterarme de golpe y porrazo
que Roman había coincidido con Betty en el paraje más exótico que existe en el
mundo.
-
¿Me
estás diciendo que has pasado todo el verano con Betty “en boca de todos” Michele y que te lo has estado callando hasta
ahora? ¡serás capullo!
-
Vaya,
no sabía que tenía que darte una lista detallada de toda la gente a la que he
visto y/o hablado estas vacaciones – se defendió burlonamente Roman
encogiéndose de hombros – además, no me he pasado todo el verano con Betty.
Solo coincidimos en el mismo resort durante quince días.
-
¿Os
habéis liado?
Fue instantáneo. La pregunta brotó de
mis labios antes de que pudiera al menos haber intentado darle la orden de mi
cerebro de que cerrara la boca y no me dejara en evidencia.
-
Estás
celosa o qué – espetó Roman cruzándose de brazos frente a mí.
-
No
digas tonterías, claro que no estoy celosa – repliqué rodando los ojos – solo
me preocupo por tu salud… íntima.
-
Vaya,
qué considerada.
-
Considerada
es mi segundo nombre.
-
Y
yo que pensaba que era Grace – apostilló irónicamente Roman – de todas formas sabes
que todo lo que dicen sobre Betty son meros cuentos ¿no? - ¿Cómo era el dicho? ¡ah, sí! Todo cuento tiene algo de verdad –
bueno, quizás no todo pero si la gran mayoría. Si quieres saber la verdad, la
Betty que he conocido este verano no tiene nada que ver con la que se deja ver
por el instituto. Supongo que todos somos diferentes cuando nos alejamos del
pueblo.
-
Ilústrame,
¿cómo es esa Betty que al parecer solo tú has tenido el enorme placer de
conocer? – pregunté socarronamente acomodándome entre los cojines que habíamos
tirado por todo el suelo para ver la película.
-
Es bastante agradable y
sorprendentemente graciosa – contestó Roman tumbándose de nuevo a mi lado – y
besa mejor de lo que me imaginaba aunque tampoco puedo decir que tenga muchas
con quien compararla.
“OH
DIOS TODO PODEROSO”.
-
¡No
me lo puedo creer! – exclamé incorporándome de golpe - ¡te has liado con Betty “en boca de todos” Michele! No, no…
¡mucho peor! ¡te has colgado de Betty “en
boca de todos” Michele!
-
¿Qué?
¡no! ¡claro que no me he colgado de Betty!
-
¡Claro
que sí! – bufé propinándole un cojinazo a Roman en plena cara – te conozco lo
suficiente como saber que no eres la clase de tíos que se lía con una chica por
liar así que no me vengas con la mierda esta de hacerte el machito y reconoce
que te gusta Betty.
-
Betty
es… interesante – dijo finalmente Roman arrebatándome de las manos el segundo
cojín que iba destinado de nuevo a su cara – y supongo que lo pasamos bien este
verano pero el verano terminó lo que básicamente significa que ella volverá a
ser la reina del baile y yo el pardillo encargado del mantenimiento del
laboratorio del instituto que trabajaba a media jornada en el supermercado de
sus padres.
-
No
eres ningún pardillo – eres el mejor
chico que conozco – y cualquier tía de este planeta ¿qué digo planeta? ¡de
este universo! Sería tremendamente afortunada por tener aunque fuera una cita
contigo, incluida Betty.
-
Jugamos
en ligas diferentes, Doyle – no había pesar o resentimiento en sus palabras,
simplemente una aceptación pragmática de los hechos – además, ¿quién necesita a
una Betty Michel en su vida cuando ya tiene una Prudence Doyle en ella?
-
Ciertamente
nadie. Soy mucha mejor compañía que esa Barbie
de carne y hueso – contesté apoyando la cabeza en el hombro de mi amigo – pero
que sepas que si Betty no se arrastra a tus pies suplicándote una cita el
primer día de clase demostrará ser una completa cabeza hueca.
-
Nunca
dije que fuera inteligente.
-
No,
nunca lo hiciste – mascullé divertida contra el cuerpo de Roman antes de
estrujarlo con fuerza, antes de que él correspondiera mi abrazo dándome un leve
beso en la coronilla.
“¿Quién
necesita a cualquier otro chico cuando tiene a Roman Lemacks entre sus brazos?
Yo desde luego que no”.
***
Eran exactamente las 10:37 de la noche
cuando, intentando ser la persona más sigilosa de todo el planeta Tierra, giré
mi llave en la cerradura de la puerta de mi casa.
Sobra decir que fracasé estrepitosamente
y es que mi madre estaba esperándome en la penumbra del pequeño recibidor con los
brazos cruzados bajo el pecho y con el ceño fruncido más acentuado que le había
visto en mucho, mucho tiempo.
-
Ehh…
¿buenas noches? – saludé cerrando tras de mí la puerta.
-
Llegas
tarde – dijo acusadoramente mi madre pasando por alto mis educadas palabras.
-
¿En
serio? – eso es Prue, hazte la tonta todo
lo que puedas – vaya, mi reloj debió de quedarse sin pilas. Lo siento.
Mi madre enarcó una de sus perfiladas
cejas y como dato significativo diré que Claire Doyle, es decir, mi señora
madre, ostentaba el récord mundial de levantamiento cejil que más terror producía.
-
Con
que el reloj ¿eh?
-
Ajam – asentí mientras
caminaba rápidamente hacía las escaleras – mañana sin falta iré a que le echen
un vistazo.
-
Pues
me temo que tendrás que ir cuando termines de organizar todo el papeleo de la
tienda – señaló mi madre con su famoso tono de voz “y ni se te ocurra replicar” – me agruparás con sumo cuidado en
varias carpetas los recibos de estos últimos años mientras yo me acerco a
Portailor a echar un vistazo por el mercadillo de antigüedades ¿de acuerdo?
-
¿Y
no podría hacer eso Gust? – no, claro que
no. El hombrecito de la casa no puede hacer otra cosa que no sea quedarse ciego
de tanto jugar con esos malditos videojuegos – Roman me dijo que mañana
llega Violet y teníamos pensado pasar el día en el lago.
-
¿Acaso
ha sido Gust el que ha llegado tarde?
-
No
lo sé, ¿lo hizo? Porque si es así tendré una charla con él acerca de la
importancia de ser puntual.
-
Irónico
cuanto menos que seas tú la que quieras darle esa charla a tu hermano ¿no
crees? – dijo mi madre enarcando en esta ocasión su segunda ceja ¡doble
alzamiento cejil!
-
Curioso
más bien – la corregí mientras avanzaba hacia las escaleras – pero tranquila,
le haré entrar en razón en lo que a respetar el toque de queda se refiere.
Seguro que después de pasarse toda una mañana ordenando el papeleo de la tienda
aprende la lección y ahora, si no tienes nada más que decirme, me voy a la cama
que estoy agotada. Buenas noches mamá.
“Pies
para qué os quiero”.
-
Prue,
¡Prue! – me llamó mi madre desde el pie de las escaleras, esas escaleras por
las que había salido corriendo para cobijarme en mi habitación - ¡baja aquí
ahora mismo! No vas a volver a hacerme el lío como acostumbras a hacer. Esta
vez no jovencita.
Pero supongo que sí, supongo que al
final sí que le hice el lío, supongo que al final sí que me salí con la mía
porque a la mañana siguiente, cuando me desperté, lo primero que vi en la
cocina fue un pequeño papel sujetado con imanes en la puerta del frigorífico en
el que podía leer la pulcra caligrafía de mi madre diciéndome lo siguiente:
Gust y yo
pasaremos el día en Portailor.
Disfruta de tu
día en el lago y no olvides que hay un millón
de recibos
esperando con ansias que los organices.
Te quiere, mamá.
“Y
así es como comienza un gran día”.
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