miércoles, 25 de julio de 2012

CAPÍTULO 4

Si durante los meses de julio y agosto el tiempo parecía incapaz de avanzar y los días se me hacían totalmente interminables, durante las dos semanas que Violet, Roman y yo tuvimos para disfrutar de nuestra libertad vacacional antes de comenzar nuestro último año en High Philippe School el tiempo literalmente voló y una mañana, de buenas a primeras, me encontraba a mediados de septiembre apagando medio dormida el atronador despertador que martilleaba mi cabeza.

-          Oh, cállate ya – murmuré propinándole un fuerte golpe mientras intentaba arañar unos pocos minutos más para poder remolonear un rato en la cama. 

Pasaré a recogeros en veinte minutos.

-          Buenos días a ti también, Roman – le recriminé a la pantalla del móvil cuando leí el mensaje que mi amigo me acababa de mandar.

La noche anterior, mientras cenábamos sentados en el sofá de mi salón – algo que solo podíamos hacer cuando mi madre salía a cenar con Charlie y me obligaba a quedarme en casa cuidando de mi hermano, ya que técnicamente no podíamos comer ni una pocas patatas fritas en su apreciado sofá por temor a que mancháramos la tapicería. Por cierto, para los curiosos diré que Charlie era el “amigo especial” de mi madre, dueño del Green Pine y por tanto jefe y padre del semi dios pelirrojo que nos hacía suspirar tanto a Violet como a mí – planeamos nuestro conocido y apreciado calendario anual denominado “a quién le toca conducir hoy” en el que marcábamos con distintos colores – azul para Roman, verde para Violet y amarillo para mí – quién se encargaría de llevar cada semana a los demás a clase y si, efectivamente Roman fue el afortunado al que le tocó pringar la primera semana de curso.

Después de pelearme un rato más con las sábanas y de trastear en mi armario hasta dar con el modelito del día, bajé arrastrando los pies hasta la cocina donde me esperaba con la cara desencajada mi hermano.

-          ¿Nervioso? – le pregunté a Gust revolviéndole el pelo.

-          Cagado – contestó mordisqueándose el carrillo.

-          Tranquilo, todo irá bien – puag, este zumo de naranjas sabe a rayos – y ya sabes que si necesitas algo o alguien te molesta solo tienes que buscarme.

-          ¿Cómo cuando le pegaste a Gunter Goyle?

-          Ajam – asentí mientras tragaba a duras penas la magdalena más seca de la historia – y esta vez seré mucho más letal porque tendré a Roman y Violet cuidándome las espaldas así que…

-          Eso me tranquiliza algo más – convino mi hermano – habría que estar loco para cabrear a Violet y a sus uñas.

No pude evitar reírme con la ocurrencia de mi hermano porque efectivamente, si me paraba a pensarlo y observaba a Violet desde fuera y no desde la burbuja de protección que me proporcionaba su amistad, ciertamente habría que estar mal de la cabeza para hacerla enfurecer.

Gust y yo terminamos de desayunar en una sorprender complicidad fraternal – algo que se daba una vez al año si había suerte – y cuando la bocina del coche de Roman atravesó la ventana de la cocina, ya teníamos las mochilas colgadas en las espaldas y aguantábamos estoicamente que nuestra madre nos deseara buena suerte, le recordara a Gust que debía portarse bien y no hacer enfurecer a los profesores el primer día de clase y me hacía prometerle por vigesimocuarta vez que estaría pendiente de mi hermano.

-          Acelera y no mires atrás – le dije a Roman nada más que cerré la puerta del copiloto y me abroché el cinturón – hablo en serio, si no te pones en marcha ya mi madre saldrá corriendo en pijama y Dios sabe que podría hacer.

-          Avergonzarnos – espetó mi hermano en el asiento trasero – eso es lo que hará, o no te has fijado en el pijama que lleva hoy.

El horroroso pijama rosa con conejitos cruzó mi mente e hizo que me recorriera un escalofrío de arriba abajo.

-          Créeme, me he fijado.

Roman se echó a reír – era la única persona que conocía que se levantaba de buen humor – y, siguiendo mi sabio consejo, aceleró rumbo a casa de Violet.

-          Por el amor de Dios, arranca si no quieres quedarte sin tía o sin prima – bufó Violet cuando se subió dando un portazo en la parte trasera junto a Gust – Vaya, hola Gust. Había olvidado que te has unido al club del coche compartido. Espero que no tardes mucho en sacarte el carnet porque nos vendría de lujo tener otro chofer con el que contar.

-          Tiene doce años – le recordé a mi amiga.

-          ¿Y qué? La primera vez que conduje un coche tenía trece.

-          No era un coche, era el tractor de la abuela y no había nada con que te pudieras estrellar a un radio de doce kilómetros – le recordó Roman - ¿se puede saber que te ha pasado ahora con tu madre?

-          Nada, lo de siempre – Violet le echó un rápido vistazo a Gust y le dijo – oye chaval, tápate los oídos hasta que te avise ¿de acuerdo?

Gust se encogió de hombros pero para mi sorpresa hizo caso de las palabras de mi amiga y aprisionó con las manos sus orejas.

-          Tu tía es imbécil – bufó Violet – y aparte de eso es una metomentodo incapaz de respetar el derecho a la intimidad, lo cual es inconstitucional así que si quisiera podría llevarla ante la Corte.

-          ¿Ha vuelto a husmear entre tus cosas?

-          Según ella no – contestó mi amiga echando chispas – según estos hermosos ojos sí. La pillé registrando mi cuarto porque ahora se le ha metido en la cabeza que estoy saliendo con alguien o que sé yo, y todo porque anoche me llamó Vincent Powell contándome no sé qué historia de que tenía pensado grabar un corto y que le gustaría que yo saliera en él. ¿Puede mi vida ser más surrealista? Y además, ¿quién en pleno siglo veintiuno que tenga menos de ochenta años llama al teléfono fijo?

Por el retrovisor vi como mi hermano me preguntaba con la mirada si ya podía disfrutar de nuevo de sus cinco sentidos en toda su plenitud y, aunque estuve tentada de torturarle un poquito más y hacer que estuviera todo el camino sin oír nada, al final mi corazón se ablandó y dije:

-          Gust, ya puedes destaparte los oídos y – añadí dirigiéndome esta vez a mi amiga - ¿puedes explicarme eso de que Vincent Powell quiere que salgas en uno de sus cortos?

Vale, debo hacer un alto en el camino para comentar brevemente quien es Vincent Powell.

Con su pelo negro a lo afro, su metro noventa de altura y su tez olivácea, Vincent era el redactor jefe del pequeño periódico o, mejor dicho, del boletín informativo del instituto pero no solo eso, sino que era lo más parecido a un paparazzi que podíamos encontrar en Saint Philippe-Loosle ya que prácticamente iba las veinticuatro horas del día cargando con su cámara de video para filmar absolutamente todo lo que apareciera en su paso. 

Por último, con respecto a Vincent, solo diré que siempre tuve la corazonada de que estaba detrás de Violet y esa corazonada en esos momentos no había hecho más que afianzarse.

Quien sabe, quizás ese año alguien tallara V&V en el muro parejil del patio, también conocido como “el muro de las lamentaciones” porque habían escritas con coloridos rotuladores tantas parejas como cruces tachándolas.

-          No puedo explicártelo porque no tengo ni idea de qué narices se le pasó por la cabeza para creer que iba a aceptar posar para él cual Venus de Botticelli.

-          Primero, no tendrías que posar sino que actuar – la corrigió Roman – y segundo, todo el instituto sabe que Vincent lleva detrás de ti tres años. Joder, se supone que las tías sois las que tenéis un sexto sentido para estas cosas.

-          ¿Tienes novio? – le pregunto Gust a Violet, quién puso una cara de horror como si en lugar de eso le hubiera preguntado si le apetecía comerse un plato de gusanos vivos.  

Antes de que mi amiga pudiera contestarle me giré en el asiento hacia mi hermano y le recordé la regla número uno que le había obligado jurar que respetaría esa misma mañana:

-          Si quieres seguir yendo a clase con nosotros en coche en vez de en el autobús más te vale no volver a abrir la boca y muchísimo menos contar nada de lo que oigas aquí.

Gust entrecerró sus ojos completamente dolido pero en lugar de replicar con palabras – lo que le habría acarreado ir al día siguiente en el autobús escolar – me hizo un corte de mangas antes de colocarse los cascos de su mp4 y pasarse el resto del trayecto mirando huraño por la ventanilla.

-          Te has pasado un poco ¿no crees? – masculló Roman mirándome de reojo.

No le contesté, me limité a removerme incómoda en el asiento y a encender la radio para que la música despejara mi mente de cualquier tipo de remordimiento que pudiera sentir.

***

El aparcamiento estaba atestado cuando finalmente llegamos al instituto pero después de dar un par de vueltas por él logramos encontrar un hueco en la zona más alejada de la entrada.

-          Bueno, ¿estáis todos listos para empezar el último año de tortura? – nos preguntó Violet nada más salir del coche.

-          ¿Eres consciente de que el año que viene estaremos en la universidad y que igualmente tendremos que estudiar? – dijo Roman pasándole el brazo por los hombros.

-          Con el último año de tortura me refería al último año que tendré que vivir bajo el techo paternal no al hecho de tener que estudiar – respondió mi amiga – créeme, aprender doscientas páginas para un solo examen es el menor de mis problemas en estos momentos.

-          Cuando el año que viene maldigas tu suerte por tener que hacer la colada o cocinar te recordaré estas palabras – añadí haciéndole una mueca.

En lugar de responderme a mí, y aún en brazos de su primo, se giró hacia mi hermano y le dijo:

-          Tu hermana es una completa tocapelotas. Aún no nos hemos ido a vivir juntas y ya me estoy arrepintiendo de haberle dado mi palabra.

Vivir juntas. Todavía no me podía creer que nuestra fantasía infantil estuviera a un año de hacerse realidad y es que, si todo salía según lo previsto, dentro de poco ambas seriamos estudiantes de la NYU y compartiríamos un pequeño apartamento – con tropecientas personas más, seamos realistas – en pleno East Village.

“Y si la suerte está aún más de nuestro lado, puede que incluso Roman se anime a abandonar su idea de estudiar en la Universidad de Chicago y nos acompañe en nuestras aventuras neoyorkinas”.

-           Genial, gracias por hablarle tan bien de mí a mi hermano.

Esta vez fue ella la que me hizo una mueca burlona y yo no pude menos que sonreír.

Demonios, esa familia siempre conseguía que mis enfados durasen una media de dos segundos.

Los cuatros continuamos nuestro camino hasta la enorme escalinata que conducía a la entrada del centro, donde ya se agolpaban mis antiguos compañeros.

Los chicos del equipo de baloncesto, las animadoras, los miembros del comité estudiantil, los ratones de biblioteca,… A simple vista no faltaba nadie, todos estaban como siempre ocupando su lugar en aquel entresijo social que conformaba la vida en el instituto, pero mis ojos captaron rápidamente como en el centro de toda esa marabunta los novatos de primer curso se movían nerviosos y buscaban entre la multitud un rostro amigo que les proporcionara un poco de seguridad en el que sería el primer día del resto de su vida.

De repente noté como mi hermano, quién sin darme cuenta se había quedado bastante rezagado, me agarraba de la mano y tiraba de mí con los ojos como platos y la cara más pálida que de costumbre, lo que hacía resaltar las pecas que recorrían sus mofletes.

-          No puedo hacerlo – masculló clavando su mirada en el suelo – no puedo entrar ahí con toda esa gente.

-          Claro que puedes hacerlo – la angustia que veía reflejada en la cara de Gust era tal que mi instinto de buena hermana salió a la luz y abracé con fuerza a ese crío que conseguía sacarme de quicio las veinticuatro horas del día – oye, todos hemos pasado por esto y sé que ahora mismo lo ves todo un poco negro pero pronto te darás cuenta que la vida en el instituto es exactamente igual a la vida en el colegio. La única diferencia que hay es que verás a tíos de dos metros andando como si nada por los pasillos y que yo estaré acechándote en cada esquina para vigilar que te portas bien y que no tiras por tierra el apellido Doyle.

-          Tampoco hace falta que me vigiles tanto.

-          Eso díselo a mamá – repliqué revolviéndole el pelo – bueno, ¿estás listo para hacer tu entrada triunfal?

Un asentimiento con la cabeza fue todo lo que conseguí de mi hermano pero algo había cambiado en su mirada, ya no había miedo sino una cierta determinación que logró hacerme sentir cien por cien orgullosa de él.

-          ¿Quieres que te acompañe? – me ofrecí pese a que ya sabía cuál sería su respuesta.

-          No, puedo hacerlo solo.

Y así fue como vi a mi hermano pequeño subir por primera vez los escalones del High Philippe School.

-          Se hace mayor, ¿eh?

Ni si quiera me había dado cuenta de que Roman se había acercado a mí o de que Violet andaba hablando con Vincent a unos pocos metros de mí porque, por mucho que me fastidiara reconocerlo, había sido incapaz de apartar mis ojos de la enorme mochila roja que colgaba de la espalda de mi hermano, de sus gastadas zapatillas de deporte que pisaban seguras los gastados escalones de mármol.

-          Sí, me temo que no he podido evitarlo.

Pestañeé un par de veces para contener la humedad de mis ojos y, sin girarme aún hacia Roman, añadí con un tono de voz más firme del que realmente me veía capacita para usar:

-          ¿Entramos chico de último curso?

Roman sostuvo mi mano entre la suya y, regalándome la mejor de sus sonrisas, me infundió todo el valor que ni siquiera yo sabía que necesitaba para enfrentarme al año de los grandes cambios.

-          Claro, chica del último curso.


“El año de los grandes cambios. Si, desde luego que sí”.

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