Si durante los meses de julio y agosto
el tiempo parecía incapaz de avanzar y los días se me hacían totalmente
interminables, durante las dos semanas que Violet, Roman y yo tuvimos para
disfrutar de nuestra libertad vacacional antes de comenzar nuestro último año
en High Philippe School el tiempo literalmente voló y una mañana, de buenas a
primeras, me encontraba a mediados de septiembre apagando medio dormida el
atronador despertador que martilleaba mi cabeza.
-
Oh,
cállate ya – murmuré propinándole un fuerte golpe mientras intentaba arañar
unos pocos minutos más para poder remolonear un rato en la cama.
Pasaré a
recogeros en veinte minutos.
-
Buenos
días a ti también, Roman – le recriminé a la pantalla del móvil cuando leí el
mensaje que mi amigo me acababa de mandar.
La noche anterior, mientras cenábamos
sentados en el sofá de mi salón – algo que solo podíamos hacer cuando mi madre salía
a cenar con Charlie y me obligaba a quedarme en casa cuidando de mi hermano, ya
que técnicamente no podíamos comer ni una pocas patatas fritas en su apreciado
sofá por temor a que mancháramos la tapicería. Por cierto, para los curiosos
diré que Charlie era el “amigo especial”
de mi madre, dueño del Green Pine y
por tanto jefe y padre del semi dios pelirrojo que nos hacía suspirar tanto a
Violet como a mí – planeamos nuestro conocido y apreciado calendario anual
denominado “a quién le toca conducir hoy”
en el que marcábamos con distintos colores – azul para Roman, verde para Violet
y amarillo para mí – quién se encargaría de llevar cada semana a los demás a
clase y si, efectivamente Roman fue el afortunado al que le tocó pringar la
primera semana de curso.
Después de pelearme un rato más con las
sábanas y de trastear en mi armario hasta dar con el modelito del día, bajé
arrastrando los pies hasta la cocina donde me esperaba con la cara desencajada
mi hermano.
-
¿Nervioso?
– le pregunté a Gust revolviéndole el pelo.
-
Cagado
– contestó mordisqueándose el carrillo.
-
Tranquilo,
todo irá bien – puag, este zumo de
naranjas sabe a rayos – y ya sabes que si necesitas algo o alguien te
molesta solo tienes que buscarme.
-
¿Cómo
cuando le pegaste a Gunter Goyle?
-
Ajam – asentí
mientras tragaba a duras penas la magdalena más seca de la historia – y esta
vez seré mucho más letal porque tendré a Roman y Violet cuidándome las espaldas
así que…
-
Eso
me tranquiliza algo más – convino mi hermano – habría que estar loco para
cabrear a Violet y a sus uñas.
No pude evitar reírme con la ocurrencia
de mi hermano porque efectivamente, si me paraba a pensarlo y observaba a
Violet desde fuera y no desde la burbuja de protección que me proporcionaba su
amistad, ciertamente habría que estar mal de la cabeza para hacerla enfurecer.
Gust y yo terminamos de desayunar en una
sorprender complicidad fraternal – algo que se daba una vez al año si había
suerte – y cuando la bocina del coche de Roman atravesó la ventana de la cocina,
ya teníamos las mochilas colgadas en las espaldas y aguantábamos estoicamente
que nuestra madre nos deseara buena suerte, le recordara a Gust que debía
portarse bien y no hacer enfurecer a los profesores el primer día de clase y me
hacía prometerle por vigesimocuarta vez que estaría pendiente de mi hermano.
-
Acelera
y no mires atrás – le dije a Roman nada más que cerré la puerta del copiloto y
me abroché el cinturón – hablo en serio, si no te pones en marcha ya mi madre
saldrá corriendo en pijama y Dios sabe que podría hacer.
-
Avergonzarnos
– espetó mi hermano en el asiento trasero – eso es lo que hará, o no te has
fijado en el pijama que lleva hoy.
El horroroso pijama rosa con conejitos
cruzó mi mente e hizo que me recorriera un escalofrío de arriba abajo.
-
Créeme,
me he fijado.
Roman se echó a reír – era la única
persona que conocía que se levantaba de buen humor – y, siguiendo mi sabio
consejo, aceleró rumbo a casa de Violet.
-
Por
el amor de Dios, arranca si no quieres quedarte sin tía o sin prima – bufó
Violet cuando se subió dando un portazo en la parte trasera junto a Gust – Vaya,
hola Gust. Había olvidado que te has unido al club del coche compartido. Espero
que no tardes mucho en sacarte el carnet porque nos vendría de lujo tener otro
chofer con el que contar.
-
Tiene
doce años – le recordé a mi amiga.
-
¿Y
qué? La primera vez que conduje un coche tenía trece.
-
No
era un coche, era el tractor de la abuela y no había nada con que te pudieras
estrellar a un radio de doce kilómetros – le recordó Roman - ¿se puede saber
que te ha pasado ahora con tu madre?
-
Nada,
lo de siempre – Violet le echó un rápido vistazo a Gust y le dijo – oye chaval,
tápate los oídos hasta que te avise ¿de acuerdo?
Gust se encogió de hombros pero para mi
sorpresa hizo caso de las palabras de mi amiga y aprisionó con las manos sus
orejas.
-
Tu
tía es imbécil – bufó Violet – y aparte de eso es una metomentodo incapaz de
respetar el derecho a la intimidad, lo cual es inconstitucional así que si
quisiera podría llevarla ante la Corte.
-
¿Ha
vuelto a husmear entre tus cosas?
-
Según
ella no – contestó mi amiga echando chispas – según estos hermosos ojos sí. La
pillé registrando mi cuarto porque ahora se le ha metido en la cabeza que estoy
saliendo con alguien o que sé yo, y todo porque anoche me llamó Vincent Powell
contándome no sé qué historia de que tenía pensado grabar un corto y que le
gustaría que yo saliera en él. ¿Puede mi vida ser más surrealista? Y además,
¿quién en pleno siglo veintiuno que tenga menos de ochenta años llama al teléfono
fijo?
Por el retrovisor vi como mi hermano me
preguntaba con la mirada si ya podía disfrutar de nuevo de sus cinco sentidos
en toda su plenitud y, aunque estuve tentada de torturarle un poquito más y hacer
que estuviera todo el camino sin oír nada, al final mi corazón se ablandó y
dije:
-
Gust,
ya puedes destaparte los oídos y – añadí dirigiéndome esta vez a mi amiga -
¿puedes explicarme eso de que Vincent Powell quiere que salgas en uno de sus
cortos?
Vale, debo hacer un alto en el camino
para comentar brevemente quien es Vincent Powell.
Con su pelo negro a lo afro, su metro
noventa de altura y su tez olivácea, Vincent era el redactor jefe del pequeño
periódico o, mejor dicho, del boletín informativo del instituto pero no solo
eso, sino que era lo más parecido a un paparazzi que podíamos encontrar en
Saint Philippe-Loosle ya que prácticamente iba las veinticuatro horas del día
cargando con su cámara de video para filmar absolutamente todo lo que apareciera
en su paso.
Por último, con respecto a Vincent, solo
diré que siempre tuve la corazonada de que estaba detrás de Violet y esa
corazonada en esos momentos no había hecho más que afianzarse.
Quien sabe, quizás ese año alguien
tallara V&V en el muro parejil del
patio, también conocido como “el muro de
las lamentaciones” porque habían escritas con coloridos rotuladores tantas
parejas como cruces tachándolas.
-
No
puedo explicártelo porque no tengo ni idea de qué narices se le pasó por la
cabeza para creer que iba a aceptar posar para él cual Venus de Botticelli.
-
Primero,
no tendrías que posar sino que actuar – la corrigió Roman – y segundo, todo el
instituto sabe que Vincent lleva detrás de ti tres años. Joder, se supone que
las tías sois las que tenéis un sexto sentido para estas cosas.
-
¿Tienes
novio? – le pregunto Gust a Violet, quién puso una cara de horror como si en
lugar de eso le hubiera preguntado si le apetecía comerse un plato de gusanos
vivos.
Antes de que mi amiga pudiera
contestarle me giré en el asiento hacia mi hermano y le recordé la regla número
uno que le había obligado jurar que respetaría esa misma mañana:
-
Si
quieres seguir yendo a clase con nosotros en coche en vez de en el autobús más
te vale no volver a abrir la boca y muchísimo menos contar nada de lo que oigas
aquí.
Gust entrecerró sus ojos completamente
dolido pero en lugar de replicar con palabras – lo que le habría acarreado ir
al día siguiente en el autobús escolar – me hizo un corte de mangas antes de
colocarse los cascos de su mp4 y pasarse el resto del trayecto mirando huraño
por la ventanilla.
-
Te
has pasado un poco ¿no crees? – masculló Roman mirándome de reojo.
No le contesté, me limité a removerme
incómoda en el asiento y a encender la radio para que la música despejara mi
mente de cualquier tipo de remordimiento que pudiera sentir.
***
El aparcamiento estaba atestado cuando
finalmente llegamos al instituto pero después de dar un par de vueltas por él
logramos encontrar un hueco en la zona más alejada de la entrada.
-
Bueno,
¿estáis todos listos para empezar el último año de tortura? – nos preguntó
Violet nada más salir del coche.
-
¿Eres
consciente de que el año que viene estaremos en la universidad y que igualmente
tendremos que estudiar? – dijo Roman pasándole el brazo por los hombros.
-
Con
el último año de tortura me refería al último año que tendré que vivir bajo el
techo paternal no al hecho de tener que estudiar – respondió mi amiga – créeme,
aprender doscientas páginas para un solo examen es el menor de mis problemas en
estos momentos.
-
Cuando
el año que viene maldigas tu suerte por tener que hacer la colada o cocinar te
recordaré estas palabras – añadí haciéndole una mueca.
En lugar de responderme a mí, y aún en
brazos de su primo, se giró hacia mi hermano y le dijo:
-
Tu
hermana es una completa tocapelotas. Aún no nos hemos ido a vivir juntas y ya
me estoy arrepintiendo de haberle dado mi palabra.
Vivir juntas. Todavía no me podía creer
que nuestra fantasía infantil estuviera a un año de hacerse realidad y es que, si
todo salía según lo previsto, dentro de poco ambas seriamos estudiantes de la
NYU y compartiríamos un pequeño apartamento – con tropecientas personas más,
seamos realistas – en pleno East Village.
“Y
si la suerte está aún más de nuestro lado, puede que incluso Roman se anime a
abandonar su idea de estudiar en la Universidad de Chicago y nos acompañe en
nuestras aventuras neoyorkinas”.
-
Genial, gracias por hablarle tan bien de
mí a mi hermano.
Esta vez fue ella la que me hizo una
mueca burlona y yo no pude menos que sonreír.
Demonios, esa familia siempre conseguía
que mis enfados durasen una media de dos segundos.
Los cuatros continuamos nuestro camino
hasta la enorme escalinata que conducía a la entrada del centro, donde ya se
agolpaban mis antiguos compañeros.
Los chicos del equipo de baloncesto, las
animadoras, los miembros del comité estudiantil, los ratones de biblioteca,… A
simple vista no faltaba nadie, todos estaban como siempre ocupando su lugar en
aquel entresijo social que conformaba la vida en el instituto, pero mis ojos
captaron rápidamente como en el centro de toda esa marabunta los novatos de
primer curso se movían nerviosos y buscaban entre la multitud un rostro amigo
que les proporcionara un poco de seguridad en el que sería el primer día del
resto de su vida.
De repente noté como mi hermano, quién
sin darme cuenta se había quedado bastante rezagado, me agarraba de la mano y
tiraba de mí con los ojos como platos y la cara más pálida que de costumbre, lo
que hacía resaltar las pecas que recorrían sus mofletes.
-
No
puedo hacerlo – masculló clavando su mirada en el suelo – no puedo entrar ahí
con toda esa gente.
-
Claro
que puedes hacerlo – la angustia que veía reflejada en la cara de Gust era tal
que mi instinto de buena hermana salió a la luz y abracé con fuerza a ese crío
que conseguía sacarme de quicio las veinticuatro horas del día – oye, todos
hemos pasado por esto y sé que ahora mismo lo ves todo un poco negro pero
pronto te darás cuenta que la vida en el instituto es exactamente igual a la
vida en el colegio. La única diferencia que hay es que verás a tíos de dos
metros andando como si nada por los pasillos y que yo estaré acechándote en
cada esquina para vigilar que te portas bien y que no tiras por tierra el
apellido Doyle.
-
Tampoco
hace falta que me vigiles tanto.
-
Eso
díselo a mamá – repliqué revolviéndole el pelo – bueno, ¿estás listo para hacer
tu entrada triunfal?
Un asentimiento con la cabeza fue todo
lo que conseguí de mi hermano pero algo había cambiado en su mirada, ya no
había miedo sino una cierta determinación que logró hacerme sentir cien por
cien orgullosa de él.
-
¿Quieres
que te acompañe? – me ofrecí pese a que ya sabía cuál sería su respuesta.
-
No,
puedo hacerlo solo.
Y así fue como vi a mi hermano pequeño
subir por primera vez los escalones del High Philippe School.
-
Se
hace mayor, ¿eh?
Ni si quiera me había dado cuenta de que
Roman se había acercado a mí o de que Violet andaba hablando con Vincent a unos
pocos metros de mí porque, por mucho que me fastidiara reconocerlo, había sido
incapaz de apartar mis ojos de la enorme mochila roja que colgaba de la espalda
de mi hermano, de sus gastadas zapatillas de deporte que pisaban seguras los gastados
escalones de mármol.
-
Sí,
me temo que no he podido evitarlo.
Pestañeé un par de veces para contener
la humedad de mis ojos y, sin girarme aún hacia Roman, añadí con un tono de voz
más firme del que realmente me veía capacita para usar:
-
¿Entramos
chico de último curso?
Roman sostuvo mi mano entre la suya y,
regalándome la mejor de sus sonrisas, me infundió todo el valor que ni siquiera
yo sabía que necesitaba para enfrentarme al año de los grandes cambios.
-
Claro,
chica del último curso.
“El
año de los grandes cambios. Si, desde luego que sí”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario