Las
estrellas ya despuntaban en el cielo cuando salimos del cine y unas cuantas
nubes nada amistosas amenazaban con dejar caer sobre la ciudad un buen chapuzón
así que decidimos pararnos a comer algo – sí, pese a la tonelada de porquerías
que habíamos comido durante la película aún teníamos hambre – en el “Meat Town” antes de regresar a casa.
Hacia
unos cuantos años, una de esas tantas tardes que Violet, Roman y yo nos
habíamos dejado caer por Portailor para cambiar un poco de aires, nos topamos
por pura casualidad con un pequeño local – a simple vista bastante poco
conocido porque a diferencia de todos los demás lugares de ese estilo no solía
estar muy concurrido – del que, sin
temor a equivocarme, podía decir que servían las mejores hamburguesas de todo
Estados Unidos y a un precio bastante asequible teniendo en cuenta que nuestros
penosos bolsillos podían permitírselas, así que casi se había vuelto una
pequeña tradición ir a tomar algo allí cada vez que visitábamos Portailor.
“Hacer lo de siempre de un modo diferente”.
Ni
aunque se lo hubiera propuesto, Roman podría haber descrito mejor la que estaba
siendo – pese a un comienzo un tanto extraño – nuestra primera cita y es que
realmente no habíamos hecho nada que no hubiéramos podido hacer cualquier otro
día en calidad de amigos – pasear, ver una película, ir a comer algo – pero
pequeños detalles, como un beso robado en las sombras o un roce de manos
intencionado que quería pasar por fortuito, marcaban totalmente la diferencia y
lograban que por una vez en mi vida me sintiera la persona con más suerte del
mundo.
“Bueno, probablemente lo sea. Al fin y al
cabo parece que he sido una de las pocas que han logrado salir de la temida
friendzone. Para que luego digan que solo los chicos pueden pertenecer a ella”.
Pero
sí, aunque estuviera exultante, eufórica o como queráis llamarlo, por algo tan
sencillo como que Roman hubiera pasado su brazo por mis hombros para
estrecharme contra él mientras caminábamos hacia el “Meat Town” una parte de mí no podía parar de preguntarse qué
demonios habría pasado con Betty Michele o, mejor dicho, con la relación que
Roman mantenía con ella.
Y
claro, ¿desde cuándo destacaba yo por no estropear un momento casi idílico al
hacer la pregunta más inoportuna?
Desde
nunca.
-
¿Puedo preguntarte algo?
-
¿Desde cuándo eres de las que piden permiso?
– dijo Roman burlonamente.
“Desde que me da miedo escuchar la
respuesta”.
-
Venga, desembucha Doyle – me animó
estrechándome un poco más entre sus brazos cuando vio que me resistía a
formular la maldita pregunta.
“Vamos allá”.
-
¿Has hablando con Betty sobre… sobre esto?
No
tenía idea de qué esperaba Roman que le preguntara pero desde luego que no se
había imaginado que fuera a mencionar aquel día a “en boca de todos” porque pude sentir a la perfección como se
tensaba y, antes de que pudiera añadir algo más, se apartó de mí colocando sus
manos en los bolsillos de su cazadora vaquera.
-
Aun no – reconoció clavando sus oscuros ojos
en la acera mientras continuaba caminando – tenía una boda en Maryland este fin
de semana y no creo que sea muy buena idea decirle a través de un mensaje que
la dejo para estar contigo ¿no?
“La dejo para estar contigo”.
¿Sabéis
esas veces en la que estás delante de tus apuntes intentando estudiar para el examen
de turno y ves tantas palabras apiñadas sin sentido que decides subrayar con cualquier
rotulador aquellas que por pura lógica sabes que son las más importantes y que
serán las que te salvaran de un suspenso catastrófico?
Pues
básicamente, acababa de coger mi subrayador amarillo imaginario y había
decidido destacar hasta quedarme sin tinta aquella frase que me demostraba que
Roman verdaderamente quería empezar una relación conmigo – sí, se pasaba por el
arco del triunfo el recomendado periodo de luto sentimental tras salir de otra pero oye ¡tanto mejor para mí! –.
-
Desde luego no sería la manera más caballerosa
de terminar con alguien.
“Y ni siquiera alguien como Betty se merece
eso, aunque bueno… seguramente ella lo habrá hecho con el millón de tíos con
los que ha estado”.
Silencio.
Silencio. Silencio.
-
El lunes hablaré con ella – la mano de Roman
se enroscó en mi muñeca para evitar que siguiera andando, o corriendo porque
realmente mis pasos habían alcanzado una velocidad que ya la quisiera Usain
Bolt, y de un leve tirón consiguió que me girara hacia él – te lo prometo. Lo
primero que haga cuando la vea será decirle que…
-
Que qué.
Vale,
quizá estuviera un poco susceptible en esos momentos pero no me agradaba mucho
estar desempeñando el papel de la otra
a mis diecisiete años. No sé, llamadme maniática.
-
Que siempre has sido y serás tú.
Un
tirón más y de nuevo me estaba dejando abrazar por aquel chico adicto a los
cómics que a los ocho años se propuso como única meta en la vida el hacerme
memorizar todos y cada uno de los villanos de Batman y la historia de cada miembro de la Liga de la Justicia.
-
Quizá antes deberías decirle “bueno días” – sugerí sucumbiendo a mis
ansias desmedidas de rodear su cintura con mis brazos.
-
¿Tú crees? – murmuró socarronamente Roman
mientras acariciaba reconfortantemente mi espalda de arriba abajo – pensaba
decirle directamente que te quiero a ti. Ya sabes, para no andarme con rodeos.
Si
hubiera tenido la enorme fortuna de nacer con el poder o la capacidad de
congelar un momento de mi vida para poder verlo como si de una película se
tratara una y otra y otra vez, habría elegido sin asomos de dudas la primera
vez que Roman Lemacks, de manera totalmente espontánea, me dijo que me quería.
“Te quiero a ti”.
-
¿Que me quieres?
Estaba
totalmente convencida de que Roman podía notar a la perfección los desbocados
latidos de mi corazón e incluso oírlos y contarlos a placer.
-
¿Qué?
-
Has dicho que me quieres – dije alzando mis
ojos hacia él.
-
No, claro que no – negó Roman aun sin
soltarme - ¿sabes? Deberías hacer que un especialista te revisara los oídos
porque desde luego algo debe andar mal ahí dentro si has escuchado eso.
-
Mis oídos están perfectamente – rezongué
dándole un leve palmetazo en el brazo – y sé que has dicho que me quieres,
Lemacks.
Los
fornidos brazos de Roman dejaron de rodearme y esta vez fue él el que comenzó a
andar de nuevo por aquellas animadas calles.
-
Vamos, reconócelo – dije mientras me apuraba
para darle alcance – si lo reconoces
te dejaré… mmm, probar mi hamburguesa
y ya sabes que nunca comparto mi comida con nadie.
-
Por muy tentador que resulte tu ofrecimiento
creo que paso – contestó Roman mirándome de reojo – pero ¿qué te parece si
hacemos otro trato?
-
¿Qué trato?
Si algo
había aprendido durante todos los años que Roman y yo habíamos sido amigos era
que nada bueno salía de un trato que hubiera visto su nacimiento en la cabecita
de ese muchachito.
-
Solo te diré que te quiero cuando tú también
seas capaz de decirlo y de momento creo que eso no va a pasar así que…
-
Así que…
-
Así que de momento no te quiero – dijo como
si tal cosa aquel chico que segundos antes me había protegido del viento entre
sus brazos.
“Cuando tú también seas capaz de decirlo”.
Siendo
realistas, era más que probable que si Roman mantenía su palabra jamás volviera
a escuchar un “te quiero” por su
parte porque yo, Prudence Doyle, tenía lo que había bautizado como tequierofobia que básicamente significaba
que mientras otras personas le tenían pánico a las alturas o a las arañas yo se
lo tenía a mostrarle mis sentimientos, mis verdaderos y genuinos sentimientos,
a cualquier ser humano y ya no hablemos de verbalizar dichos sentimientos. Eso
ya pasaba a ser mi particular odisea.
“¿Por qué molestarme en ponerle palabras o
letras a algo que el propio cuerpo es capaz de percibir por sí mismo?” esa era mi salida comodín cuando alguien me tachaba de
arisca o fría y, como hasta la fecha nadie había sido capaz de darme una
respuesta que me convenciera lo suficiente como para cambiar mi actitud, seguía
siendo la misma chica de siempre que bromeaba cuando las cosas se ponían
demasiado sentimentales.
Perdón,
¿he dicho que seguía siendo la misma chica de siempre? Pues me temo que no,
porque aunque era cierto que aún era incapaz de decir demasiadas palabras
cariñosas sin que me entraran ganas de vomitar o unas urticarias terribles por
todo el cuello, sí que estas habían comenzado a tener un efecto en mí cuando
procedían de Roman.
Un
corazón que hacia el amago de detenerse. Unos brazos cuya piel se ponía de
gallina. Un estómago que se contraía. Una risa silenciosa que vibraba en mi
interior.
Los “te
quiero” y sus efectos.
-
¿Sabes? Cualquier otra chica en mi situación
se enfadaría y te dejaría aquí tirado – espeté mirándole igualmente de reojo – pero,
por suerte para ti, no soy como las demás y sé que cada vez que me digas que no
me quieres estarás diciendo en realidad todo lo contrario.
-
Pareces muy segura – contestó Roman esbozando
una media sonrisa.
-
Será porque lo estoy.
Sus
manos agarrando con firmeza mi cintura. Su frente sobre la mía. Sus ojos
cerrados. Su boca a escasos centímetros de la mía.
-
No te quiero, Prue – susurró casi con dolor.
Mis
dedos acariciando su mejilla. Mis labios besaron la comisura de su boca. Mi
respiración acompasándose con la suya.
-
Yo tampoco, Roman. Yo tampoco.
Nuestra
primera gran mentira.
***
-
Bueno, creo que oficialmente podemos decir
que hemos cumplido con todos los clichés que se deben seguir en una primera
cita – dijo Roman con la respiración aún entrecortada a causa de la carrera mientras tomaba asiento
frente a mí en la que debíamos considerar nuestra mesa por excelencia en el “Meat Town” – cine, empaparnos bajo la
lluvia y ahora cena ¡bom! ¡chúpate
esa Sam Claflin!
Y es
que, si… habíamos tenido que sufrir mientras caminábamos hacía el “Meat Town” que aquellos nubarrones
negros al fin cumplieran con su amenaza y descargaran sobre nosotros la
cantidad de agua suficiente como para abastecer a una región entera de ser
necesario, por lo que en esos momentos Roman y yo éramos la definición gráfica
de “estar calado hasta los huesos”, como
bien demostraba los charcos que habíamos ido dejando a nuestro paso por el
resbaladizo suelo del local cuando al fin logramos llegar y hacernos con aquella
mesa que estaba pegada al enorme ventanal donde esa noche de octubre
correteaban las gotas.
-
Para que podamos decir que hemos cumplido con
todos los clichés creo que deberíamos haber bailado bajo la lluvia o algo así –
añadí apartándome unos cuantos mechones de pelo empapado de los ojos.
-
Aún estamos a tiempo – masculló Roman como si
de un secreto se tratase – podemos dejar aquí las cosas y salir para bailar en
mitad de la calle como dos completos chiflados si eso es lo que quieres.
Lo
bonito de tener diecisiete años – pese a
que te encuentras en un momento de tu vida en el que realmente parece que no
perteneces a ningún lugar ya que ni eres completamente un crío al que poder
decirle que tiene o no que hacer sin tener en cuenta su opinión, ni tampoco
eres una persona adulta legalmente hablando –, es que te sientes con el poder
suficiente como para hacer lo que quieras cuando quieras, por mucho que aquello
que hagas pueda acarrear que te tachen de loco, porque sabes que todos tus
actos quedaran excusados por los conocidos “efectos
de la dulce juventud”.
¿Qué te
saltas el toque de queda y llegas pasada la medianoche a casa? Vale,
probablemente te caerá encima un buen castigo pero siempre habrá alguien que
diga “son cosas de la edad”.
¿Qué
tienes tu cuarto hecho una completa leonera y no lo ordenas por mucho que te
insista tu madre que lo hagas? Lo más seguro es que tengas que soportar que esa
señora obsesiva con la limpieza que te llevo en su vientre durante nueve meses
se pase horas regañándote por ser un completo desastre en lo que al
mantenimiento del hogar se refiere, pero siempre habrá alguien que diga “son cosas de la edad”.
¿Qué te
pones a bailar en plena calle mientras cae el diluvio universal con el único
chico que ha sido capaz de llegar hasta tu corazón? Pues habrá gente que os
mire desde el cobijo de sus enormes paraguas como si tuvierais tres cabezas en
vez de una sobre los hombros, pero siempre habrá alguien que diga “son cosas de la edad”.
-
¿Sabes? Una chica siempre ha de tener clara
sus prioridades y la mía ahora mismo es hincarle el diente a una grasienta
hamburguesa – contesté arrebatándole de las manos el menú que ya había empezado
a ojear – pero puede que acepte eso de dar un magnífico espectáculo de danza
callejera cuando tenga el estómago lleno.
-
Rezaré entonces para que no deje de llover
hasta entonces – replicó Roman esbozando una sonrisa – quien sabe, quizás
descubramos que somos realmente buenos dando espectáculos en medio de la calle
y podamos ganarnos la vida así.
-
Mi sueño hecho realidad – contesté rodando
los ojos.
-
Piénsalo – Roman se apoyó sobre la mesa y
acercó su cuerpo hacia mí – nada de universidades, nada de tener que mudarnos a
la otra punta del país, nada de pasarnos cuatro años estudiando idioteces con
las que solo lograremos tener un trabajo basura que apenas nos dará para
subsistir – sus dedos acariciaron mi mejilla – solo seremos tú y yo dejándonos
los pies sobre el asfalto mientras damos vueltas y vueltas totalmente
arrítmicas.
“Sólo seremos tú y yo”.
-
Terminaríamos mareados y probablemente vomitando
en cualquier callejón.
-
Y aun así merecería la pena.
“Porque no nos separaríamos”.
No, eso
no lo dijo en voz alta pero no hacía falta que lo hiciera porque lo conocía
demasiado bien como para saber qué le rondaba por la cabeza, que palabra se
había colado en su mente: DISTANCIA.
Era
extraño pero Roman y yo jamás habíamos hablado sobre los kilómetros que nos
separarían – 1.268’45 para ser exactos, que equivalían a catorce horas en coche
o a una hora en avión – cuando cada uno se marchara a estudiar a la universidad
de sus sueños: él a Chicago, yo a Nueva York.
Era
como nuestro tema tabú por excelencia, lo era desde antes de que hubiera pasado
algo entre nosotros, porque no importaba que nos viéramos como amigos o como
algo más, el hecho de no tener a Roman Lemacks a unas cuantas casas de
distancia era lo suficiente doloroso como para no querer pensar en ello, como
para confiar en que entre Violet y yo seríamos capaces de convencerle para que
se mudara con nosotras a la ciudad de los rascacielos, las noches interminables
y la Estatua de la Libertad, como para evitar hablar de ello y hacer la temida
pregunta: ¿qué va a pasar con nosotros?
Era
irónico cuanto menos que nuestra relación aun no hubiera empezado y ya nos
cuestionáramos el final, que estuviéramos en nuestra primera cita y ya planeara
sobre nosotros la idea de una última.
Pero lo más irónico de todo era que, pese a que nuestros ojos revelaban que ambos estábamos pensando en lo mismo – incluso cuando la camarera se acercó para tomarnos nota y luego para traernos el pedido –, ninguno de los dos fuimos capaces de hablar del tema y actuamos como si no nos preocupara que en nuestra historia de amor, de amistad o de lo que fuera que tuviéramos, siempre íbamos a ser tres: él, yo y Skype.
“Pero las relaciones a distancia pueden
funcionar”, me decía a mí misma mientras mordisqueaba de
manera mecánica mis patatas fritas, “hoy
en día existen los móviles y algún fin de semana él podría ir a verme o yo a
él, por no hablar de las vacaciones. Coincidiríamos incluso en el aeropuerto
cuando regresáramos al pueblo. Además, pensándolo bien tampoco estaríamos muy
lejos el uno del otro. Al fin y al cabo la diferencia horaria es solo de una
hora ¡eso no es nada!”
-
Si sigues dándole vueltas al asunto vas a conseguir
que te salga humo por las orejas.
Roman. Su
voz siempre conseguía traerme de nuevo a la realidad.
-
No le estoy dando vueltas a nada – suena convincente, suena convincente – solo
disfruto de esta estupenda cena.
Roman apartó
con delicadeza mi plato – algo que si hubiera hecho en otro momento le habría
acarreado la muerte – y sostuvo mi mano entre la suya.
-
Encontraremos la forma de que funcione – dijo
completamente serio – llevo toda mi vida queriendo salir contigo y ahora que al
fin lo he conseguido no voy a dejar que todo se vaya a la mierda solo porque tú
estudies en la NYU y yo en UIC.
Me aterraba
y maravillaba a partes iguales que supiera qué estaba pensando exactamente en
cada instante. Era abrumador tener a alguien en tu vida que te conociera lo
suficientemente bien como para interpretar cada minúsculo gesto o mueca que
hicieras mejor de lo que cualquier otra persona habría sido capaz de interpretar
unas cuantas palabras que has recitado a pleno pulmón.
-
Quizás podríamos hacernos con un jet privado –
sugería acercándome un poco más a él.
-
O fabricar un teletransportador.
Menos distancia.
Menos distancia. Menos distancia.
-
¿Sabes? Creo que una vez vi en Amazon que
alguien vendía uno de segunda mano por cincuenta dólares – bromeé pasando mis
dedos por su incipiente barba.
-
¿Cincuenta dólares? Vaya, creo que vamos a
poder permitírnoslo.
-
Tendré que romper mi hucha del cerdito pero
estoy dispuesta a sacrificarme.
Él. Yo.
-
Y yo tendré que recompensarte por tu
contribución a la causa. Al fin y al cabo, no todos los días uno mata a un
cerdo.
Me besa.
Le beso.
-
Creo que esa es la mejor parte de ser
altruista – murmuré contras sus labios en tono burlón – que el karma te
recompensa tu buena y desinteresada acción.
Su risa
colándose entre los dos, sus manos entre mis húmedos cabellos, su respiración
mezclándose con la mía.
-
Si empiezas a llamarme karma vas a lograr que mi hombría desaparezca por el desagüe y,
créeme – su lengua jugueteando con la mía – no quieres eso.
No,
claro que no quería eso – básicamente porque mis hormonas adolescentes estaban on fire en ese momento – pero lo que no
quería bajo ningún concepto era que sucediera lo que estaba a punto de suceder.
-
OH-DIOS-MIO.
La voz
de Violet resonó cual alarido lastimero de una banshee por todo el local
logrando que Roman y yo nos apartáramos dando un respingo.
Y sí,
desee con todo mi corazón tener en ese instante un maldito teletransportador
para evaporarme de aquel lugar antes de que el estado de shock que había dejado
a Violet en modo estatua frente a nuestra mesa se desvaneciera y ésta se abalanzara
sobre nosotros.
-
Violet, ¿qué estás haciendo aquí? –
tartamudeó aquel tomate en que se había convertido Roman – y con Vincent.
Vale,
desde luego que no me esperaba que:
1) Violet irrumpiera en mi cita secreta con Roman.
2) Que lo hiciera mientras ella tenía una con Vincent
Powell.
-
¿Que qué hago yo aquí? – bufó mi amiga
haciendo aspavientos con las manos mientras un ojiplático Vincent nos miraba de
manera intermitente a unos y otros – mejor por qué no me dices que hacéis
vosotros dos aquí dándoos el lote cuando tú – su dedo índice señaló desdeñosamente a
su primo – estás saliendo con Betty Michele y tú – añadió señalándome a mí – por
Dios, ¿a ti desde cuando diablos te gusta mi primo?
“Desde que nos acostamos, o puede que fuera
desde antes pero hasta entonces no terminé de darme cuenta”.
Esa habría
sido una buena respuesta y no el balbuceo inútil que di en su lugar.
-
V, si te calmas te juro que te lo explicaré
todo.
“¿Todo? ¿Eso incluye también el hecho de que
te acostaste con su primo hace un mes?”,
masculló una vocecita en mi cabeza.
-
¡¿Qué me calme?! ¡No puedo calmarme cuando me habéis estado viendo la cara de imbécil no
sé cuánto tiempo!
-
Nadie te ha estado viendo la cara de imbécil –
espetó Roman – y además, no sé por qué estás montando todo esto y te estás
haciendo la sorprendida cundo desde hace meses sabes lo que siento por Prue.
-
Usted perdone, caballero – contestó mi amiga
echando chispas – pero teniendo en cuenta que llevas liándote y Dios sabe que
cosas más desde este verano con “en boca de todos” pensé que tu cuelgue por
Prue era agua pasada – los verdosos y dolidos ojos de mi amiga se clavaron en
mí – por no hablar de que no tenía ni puñetera idea de que a ti te interesaba
mi primo pero claro, supongo que en diez años de amistad te habrá resultado difícil
encontrar un momento en el que decírmelo.
-
Tenía pensado hacerlo – intenté defenderme – te
he llamado mil veces y te he mandado cerca de un millón de mensajes pero no has
dado señales de vida ¿qué se suponía que debía hacer? ¿mandarte señales de
humo? ¿llamarte a gritos bajo tu ventana?
-
¡Vete a la mierda Prudence! – gritó Violet -
¡un día! ¡un puñetero día es el tiempo que llevábamos sin hablar! así que no me
vengas con que has intentado contármelo pero que yo no te he dado la oportunidad de abrirme tu corazón.
Mini punto
y punto para Violet Ives.
¿A
quién pretendía engañar? Violet y yo pasábamos prácticamente todo el día juntas
– y más desde que nuestro pequeño grupo de amigos había pasado a ser una pareja
de amigas – y, de haber querido, podría haberle contado desde hacía siglos que
había comenzado a ver a Roman como algo más que a un simple amigo pero la
realidad era que no lo había hecho.
Había decidido
guardarme para mí mis sentimientos por Roman porque temía que al hablar de
ellos se volvieran una realidad, porque temía la reacción que ella pudiera
tener y porque le tendría que haber seguido ocultando el hecho de que me había
acostado con su primo porque le prometí a este que jamás hablaría del tema con
nadie. Además, por muy rocambolesco que pueda parecer, no era más fan de las
medias mentiras que de las completas así que... ¿para qué complicar más las
cosas contando solo la mitad de un todo?
Promesa.
Promesa. Promesa.
-
Tienes razón – dije finalmente soltando todo
el aire que sin darme cuenta había retenido – pero ahora estás aquí y tenemos
la oportunidad de hablar así que…
-
Así que nada – me interrumpió Violet – no he
venido hasta Portailor para tener una conversación contigo que perfectamente podríamos
haber tenido en cualquier otro momento sino para pasar un buen rato con
Vincent.
Al oír
su nombre este dio un leve respingo y, algo azorado, alzó su mano a modo de
saludo mientras nos dedicaba una tímida sonrisa.
-
Y eso justamente es lo que voy a hacer –
continuó diciendo mientras recogía del suelo su bolso, el mismo bolso que se le
cayó cuando entró en el “Meat Town” y
nos vio besándonos – disfrutad de lo que os quede de cita y, sobretodo, rezad
para que nadie más de Saint Philippe-Loosle os haya visto y le vaya con el
cuento a Betty porque… algo me dice que aún no has cortado con ella ¿verdad?
El semblante
de Roman volvió a teñirse de rubor aunque esta vez estaba segura que no era a
causa de la vergüenza, sino de la rabia.
-
No, claro que no – añadió mi amiga.
Antes de
que Roman o yo pudieramos decir algo más, se dirigió hacia la salida dando grandes
zancadas, dejando a un incómodo Vincent tras ella.
-
Bueno, ha sido un placer veros – dijo a modo
de despedida el chico cámara antes de salir corriendo detrás de V.
“Si,… un completo placer”.
***
No tardamos
en seguir el ejemplo de Violet y marcharnos del “Meat Town” – como dato ilustrativo diré que lo hicimos dejando por
primera vez restos en nuestros platos –.
Nuestros
ánimos habían caído en picado tras el encuentro con V y durante el trayecto de
regreso a casa ni Roman ni yo intercambiamos ni una sola palabra.
Silencio.
Silencio. Silencio.
“Estas desperdiciando tu oportunidad de pasar
unos últimos minutos maravillosos con el chico de tus sueños por qué, ¿por qué no
paras de darle vueltas a un asunto que ahora no puedes solucionar?”, me reprochaba ese alter ego carente de remordimientos que
todos tenemos dentro de nosotros mismos y, aunque quizás esas palabras fueran
ciertas en cierto modo, no podía evitar sentir como si una tonelada de rocas
hubieran encontrado cobijo dentro de mi estómago cada vez que recordaba la
mirada dolida que me había lanzado Violet antes de irse.
-
Entrará en razón – murmuró Roman cuando
entramos en las inmediaciones del pueblo – solo necesita tiempo para asimilar
lo que vio.
Tiempo.
-
Sabes tan bien como yo que Violet no perdona
las mentiras. Ni las perdona, ni las olvida.
-
Pero nosotros no le hemos mentido – contestó –
en todo caso le hemos ocultado información, información que nosotros mismos
pusimos en consenso ayer.
-
¿Pusimos en consenso? ¿pero tú de dónde sacas
esas expresiones?
Una
sonrisa. Una mirada de reojo.
-
Del telediario.
Su mano
apretando mi pierna.
-
Oye, hazme caso – volvió a la carga Roman
adoptando un tono serio – dentro de un par de días estará todo como siempre
entre vosotras y, con un poco de suerte, cuando el lunes deje a Betty quizá
vuelva a dirigirme la palabra a mí también.
Esta vez
fui yo la que le apretó cariñosamente la pierna.
***
No tardamos
en tener mi casa ante nosotros y, con solo echarle un ligero vistazo a las
ventanas que se encontraban iluminadas y al viejo coche que descansaba junto al
buzón, supe que tanto Gust como mi madre estaban ya en casa.
Bueno,
también me dio una ligera pista el hecho de que los gritos de mi hermano
resonaban por todo el jardín.
-
Genial, para rematar la noche tengo concierto
en mi menor de August Doyle – bufé dejando caer la cabeza sobre el salpicadero.
-
¿Para rematar? Joder, no sabía que nuestra
cita había sido tan desastrosa – espetó Roman en un tono burlón para nada
convincente.
-
No seas tonto, sabes que no lo he dicho con
esa intención – contesté girándome hacia él – no cambiaría absolutamente nada
de esta noche.
Los ojos
de Roman se iluminaron y algo dentro de mí se contrajo de puro amor.
-
Yo tampoco – reconoció jugueteando con un
mechón de mi pelo - ¿quién iba a pensar que alguien tan insoportable como tú
podría ser tan buena cita?
¡PLASH!
Mi mano
se estrelló contra el bíceps de Roman y este rompió a reír.
-
Eres odio, Lemacks – refunfuñé – y te aseguro
que tendrás que suplicarme mucho para que vuelva a salir contigo alguna vez.
“Mentirosa”.
Roman me
colocó lentamente el mechón con el que seguía jugueteando tras la oreja y con
ese gesto, con ese simple gesto, consiguió que contuviera el aliento.
Mi cuerpo
totalmente expectante.
-
Ojalá no tuvieras que entrar – murmuró Roman
entre las sombras de la noche.
-
Ojalá tú pudieras entrar – contesté trazando
con mis dedos el contorno de su rostro – ojalá pudieras subir hasta mi
dormitorio – frente, pómulos, mandíbula – ojalá pudieras quedarte a dormir
conmigo.
-
Si te soy sincero – replicó con voz ronca –
no creo que fuera capaz de dormir mucho.
Mis labios
al fin encontraron los suyos y un gemido de deseo, de anhelo, escapó de entre
ellos cuando conseguí sentarme a horcajadas sobre Roman, cuando éste me
aprisionó contra él y comenzó a acariciar mis muslos mientras me mordisqueaba
el cuello.
-
Prue, si seguimos no creo que sea capaz de
parar – masculló contra mi oreja Roman – así que si no quieres seguir será
mejor que…
De repente
la luz del porche de mi casa se encendió y la puerta se abrió de par en par
cuando mi madre se asomó, ataviada con sus mejores galas, en mi búsqueda.
-
¿Prue? ¿estás ahí?
La voz
de mi madre inundó cual tsunami el interior del coche.
“Mierda, mierda, mierda”.
Lo más
rápidamente que pude regresé al asiento del copiloto, dando gracias porque la
oscuridad de la noche ocultara mis mejillas encendidas y, antes de que a mi
madre se le ocurriera acercarse abrí de un tirón la puerta y dije:
-
¡Sí, soy yo! ¡me despido de Roman y entro!
-
Está bien, pero no tardes – contestó mi
madre, quien por supuesto no entró a casa sino que se quedó de brazos cruzados
esperando en el porche.
“Por Dios”.
-
Tu madre empeora con los años ¿eh?
-
Ya sabes lo que dicen, la edad no perdona.
Sonrisa.
-
¿Hablamos mañana?
-
Claro – contesté mientras luchaba con uñas y
dientes por controlar el impulso de volver a besarle – buenas noches, Roman.
“La mejor de las noches”.
-
Buenas noches, Prue.
Solo cuando
Roman arrancó de nuevo el coche fui capaz de entras en casa, donde, por
supuesto, me esperaba mi madre con un aluvión de preguntas que esperaban
respuestas.
Bien. Claro.
Sí. No.
Esas fueron
mis respuestas y es que, ¿cómo podía intentar decir algo más cuando Roman
acababa de mandarme el único mensaje compuesto por tres palabras capaz de
hacerme flotar?
No te quiero.
“Yo a ti tampoco”.