domingo, 13 de enero de 2013

CAPÍTULO 16.


Las estrellas ya despuntaban en el cielo cuando salimos del cine y unas cuantas nubes nada amistosas amenazaban con dejar caer sobre la ciudad un buen chapuzón así que decidimos pararnos a comer algo – sí, pese a la tonelada de porquerías que habíamos comido durante la película aún teníamos hambre – en el “Meat Town” antes de regresar a casa.

Hacia unos cuantos años, una de esas tantas tardes que Violet, Roman y yo nos habíamos dejado caer por Portailor para cambiar un poco de aires, nos topamos por pura casualidad con un pequeño local – a simple vista bastante poco conocido porque a diferencia de todos los demás lugares de ese estilo no solía estar muy concurrido –  del que, sin temor a equivocarme, podía decir que servían las mejores hamburguesas de todo Estados Unidos y a un precio bastante asequible teniendo en cuenta que nuestros penosos bolsillos podían permitírselas, así que casi se había vuelto una pequeña tradición ir a tomar algo allí cada vez que visitábamos Portailor.

“Hacer lo de siempre de un modo diferente”.

Ni aunque se lo hubiera propuesto, Roman podría haber descrito mejor la que estaba siendo – pese a un comienzo un tanto extraño – nuestra primera cita y es que realmente no habíamos hecho nada que no hubiéramos podido hacer cualquier otro día en calidad de amigos – pasear, ver una película, ir a comer algo – pero pequeños detalles, como un beso robado en las sombras o un roce de manos intencionado que quería pasar por fortuito, marcaban totalmente la diferencia y lograban que por una vez en mi vida me sintiera la persona con más suerte del mundo.

“Bueno, probablemente lo sea. Al fin y al cabo parece que he sido una de las pocas que han logrado salir de la temida friendzone. Para que luego digan que solo los chicos pueden pertenecer a ella”.

Pero sí, aunque estuviera exultante, eufórica o como queráis llamarlo, por algo tan sencillo como que Roman hubiera pasado su brazo por mis hombros para estrecharme contra él mientras caminábamos hacia el “Meat Town” una parte de mí no podía parar de preguntarse qué demonios habría pasado con Betty Michele o, mejor dicho, con la relación que Roman mantenía con ella.

Y claro, ¿desde cuándo destacaba yo por no estropear un momento casi idílico al hacer la pregunta más inoportuna?

Desde nunca.

-          ¿Puedo preguntarte algo?

-          ¿Desde cuándo eres de las que piden permiso? – dijo Roman burlonamente.

“Desde que me da miedo escuchar la respuesta”.

-          Venga, desembucha Doyle – me animó estrechándome un poco más entre sus brazos cuando vio que me resistía a formular la maldita pregunta.

“Vamos allá”.

-          ¿Has hablando con Betty sobre… sobre esto?

No tenía idea de qué esperaba Roman que le preguntara pero desde luego que no se había imaginado que fuera a mencionar aquel día a “en boca de todos” porque pude sentir a la perfección como se tensaba y, antes de que pudiera añadir algo más, se apartó de mí colocando sus manos en los bolsillos de su cazadora vaquera.

-          Aun no – reconoció clavando sus oscuros ojos en la acera mientras continuaba caminando – tenía una boda en Maryland este fin de semana y no creo que sea muy buena idea decirle a través de un mensaje que la dejo para estar contigo ¿no?

“La dejo para estar contigo”.

¿Sabéis esas veces en la que estás delante de tus apuntes intentando estudiar para el examen de turno y ves tantas palabras apiñadas sin sentido que decides subrayar con cualquier rotulador aquellas que por pura lógica sabes que son las más importantes y que serán las que te salvaran de un suspenso catastrófico?

Pues básicamente, acababa de coger mi subrayador amarillo imaginario y había decidido destacar hasta quedarme sin tinta aquella frase que me demostraba que Roman verdaderamente quería empezar una relación conmigo – sí, se pasaba por el arco del triunfo el recomendado periodo de luto sentimental tras salir de otra pero oye ¡tanto mejor para mí! –.

-          Desde luego no sería la manera más caballerosa de terminar con alguien.

“Y ni siquiera alguien como Betty se merece eso, aunque bueno… seguramente ella lo habrá hecho con el millón de tíos con los que ha estado”.

Silencio. Silencio. Silencio.

-          El lunes hablaré con ella – la mano de Roman se enroscó en mi muñeca para evitar que siguiera andando, o corriendo porque realmente mis pasos habían alcanzado una velocidad que ya la quisiera Usain Bolt, y de un leve tirón consiguió que me girara hacia él – te lo prometo. Lo primero que haga cuando la vea será decirle que…

-          Que qué.

Vale, quizá estuviera un poco susceptible en esos momentos pero no me agradaba mucho estar desempeñando el papel de la otra a mis diecisiete años. No sé, llamadme maniática.

-          Que siempre has sido y serás tú.

Un tirón más y de nuevo me estaba dejando abrazar por aquel chico adicto a los cómics que a los ocho años se propuso como única meta en la vida el hacerme memorizar todos y cada uno de los villanos de Batman y la historia de cada miembro de la Liga de la Justicia.

-          Quizá antes deberías decirle “bueno días” – sugerí sucumbiendo a mis ansias desmedidas de rodear su cintura con mis brazos.

-          ¿Tú crees? – murmuró socarronamente Roman mientras acariciaba reconfortantemente mi espalda de arriba abajo – pensaba decirle directamente que te quiero a ti. Ya sabes, para no andarme con rodeos.

Si hubiera tenido la enorme fortuna de nacer con el poder o la capacidad de congelar un momento de mi vida para poder verlo como si de una película se tratara una y otra y otra vez, habría elegido sin asomos de dudas la primera vez que Roman Lemacks, de manera totalmente espontánea, me dijo que me quería.

“Te quiero a ti”.

-          ¿Que me quieres?

Estaba totalmente convencida de que Roman podía notar a la perfección los desbocados latidos de mi corazón e incluso oírlos y contarlos a placer.

-          ¿Qué?

-          Has dicho que me quieres – dije alzando mis ojos hacia él.

-          No, claro que no – negó Roman aun sin soltarme - ¿sabes? Deberías hacer que un especialista te revisara los oídos porque desde luego algo debe andar mal ahí dentro si has escuchado eso.

-          Mis oídos están perfectamente – rezongué dándole un leve palmetazo en el brazo – y sé que has dicho que me quieres, Lemacks.

Los fornidos brazos de Roman dejaron de rodearme y esta vez fue él el que comenzó a andar de nuevo por aquellas animadas calles.

-          Vamos, reconócelo – dije mientras me apuraba para darle alcancesi lo reconoces te dejaré… mmm, probar mi hamburguesa y ya sabes que nunca comparto mi comida con nadie.

-          Por muy tentador que resulte tu ofrecimiento creo que paso – contestó Roman mirándome de reojo – pero ¿qué te parece si hacemos otro trato?

-          ¿Qué trato?

Si algo había aprendido durante todos los años que Roman y yo habíamos sido amigos era que nada bueno salía de un trato que hubiera visto su nacimiento en la cabecita de ese muchachito.

-          Solo te diré que te quiero cuando tú también seas capaz de decirlo y de momento creo que eso no va a pasar así que…

-          Así que…

-          Así que de momento no te quiero – dijo como si tal cosa aquel chico que segundos antes me había protegido del viento entre sus brazos.

“Cuando tú también seas capaz de decirlo”.

Siendo realistas, era más que probable que si Roman mantenía su palabra jamás volviera a escuchar un “te quiero” por su parte porque yo, Prudence Doyle, tenía lo que había bautizado como tequierofobia que básicamente significaba que mientras otras personas le tenían pánico a las alturas o a las arañas yo se lo tenía a mostrarle mis sentimientos, mis verdaderos y genuinos sentimientos, a cualquier ser humano y ya no hablemos de verbalizar dichos sentimientos. Eso ya pasaba a ser mi particular odisea.

“¿Por qué molestarme en ponerle palabras o letras a algo que el propio cuerpo es capaz de percibir por sí mismo?” esa era mi salida comodín cuando alguien me tachaba de arisca o fría y, como hasta la fecha nadie había sido capaz de darme una respuesta que me convenciera lo suficiente como para cambiar mi actitud, seguía siendo la misma chica de siempre que bromeaba cuando las cosas se ponían demasiado sentimentales.

Perdón, ¿he dicho que seguía siendo la misma chica de siempre? Pues me temo que no, porque aunque era cierto que aún era incapaz de decir demasiadas palabras cariñosas sin que me entraran ganas de vomitar o unas urticarias terribles por todo el cuello, sí que estas habían comenzado a tener un efecto en mí cuando procedían de Roman.

Un corazón que hacia el amago de detenerse. Unos brazos cuya piel se ponía de gallina. Un estómago que se contraía. Una risa silenciosa que vibraba en mi interior.

Los “te quiero” y sus efectos.

-          ¿Sabes? Cualquier otra chica en mi situación se enfadaría y te dejaría aquí tirado – espeté mirándole igualmente de reojo – pero, por suerte para ti, no soy como las demás y sé que cada vez que me digas que no me quieres estarás diciendo en realidad todo lo contrario.

-          Pareces muy segura – contestó Roman esbozando una media sonrisa.

-          Será porque lo estoy.

Sus manos agarrando con firmeza mi cintura. Su frente sobre la mía. Sus ojos cerrados. Su boca a escasos centímetros de la mía.

-          No te quiero, Prue – susurró casi con dolor.

Mis dedos acariciando su mejilla. Mis labios besaron la comisura de su boca. Mi respiración acompasándose con la suya.

-          Yo tampoco, Roman. Yo tampoco.

Nuestra primera gran mentira.

***

-          Bueno, creo que oficialmente podemos decir que hemos cumplido con todos los clichés que se deben seguir en una primera cita – dijo Roman con la respiración aún entrecortada a causa de la carrera mientras tomaba asiento frente a mí en la que debíamos considerar nuestra mesa por excelencia en el “Meat Town” – cine, empaparnos bajo la lluvia y ahora cena ¡bom! ¡chúpate esa Sam Claflin!  

Y es que, si… habíamos tenido que sufrir mientras caminábamos hacía el “Meat Town” que aquellos nubarrones negros al fin cumplieran con su amenaza y descargaran sobre nosotros la cantidad de agua suficiente como para abastecer a una región entera de ser necesario, por lo que en esos momentos Roman y yo éramos la definición gráfica de “estar calado hasta los huesos”, como bien demostraba los charcos que habíamos ido dejando a nuestro paso por el resbaladizo suelo del local cuando al fin logramos llegar y hacernos con aquella mesa que estaba pegada al enorme ventanal donde esa noche de octubre correteaban las gotas.

-          Para que podamos decir que hemos cumplido con todos los clichés creo que deberíamos haber bailado bajo la lluvia o algo así – añadí apartándome unos cuantos mechones de pelo empapado de los ojos.

-          Aún estamos a tiempo – masculló Roman como si de un secreto se tratase – podemos dejar aquí las cosas y salir para bailar en mitad de la calle como dos completos chiflados si eso es lo que quieres.

Lo bonito de tener diecisiete años –  pese a que te encuentras en un momento de tu vida en el que realmente parece que no perteneces a ningún lugar ya que ni eres completamente un crío al que poder decirle que tiene o no que hacer sin tener en cuenta su opinión, ni tampoco eres una persona adulta legalmente hablando –, es que te sientes con el poder suficiente como para hacer lo que quieras cuando quieras, por mucho que aquello que hagas pueda acarrear que te tachen de loco, porque sabes que todos tus actos quedaran excusados por los conocidos “efectos de la dulce juventud”.

¿Qué te saltas el toque de queda y llegas pasada la medianoche a casa? Vale, probablemente te caerá encima un buen castigo pero siempre habrá alguien que diga “son cosas de la edad”.

¿Qué tienes tu cuarto hecho una completa leonera y no lo ordenas por mucho que te insista tu madre que lo hagas? Lo más seguro es que tengas que soportar que esa señora obsesiva con la limpieza que te llevo en su vientre durante nueve meses se pase horas regañándote por ser un completo desastre en lo que al mantenimiento del hogar se refiere, pero siempre habrá alguien que diga “son cosas de la edad”.

¿Qué te pones a bailar en plena calle mientras cae el diluvio universal con el único chico que ha sido capaz de llegar hasta tu corazón? Pues habrá gente que os mire desde el cobijo de sus enormes paraguas como si tuvierais tres cabezas en vez de una sobre los hombros, pero siempre habrá alguien que diga “son cosas de la edad”.

-          ¿Sabes? Una chica siempre ha de tener clara sus prioridades y la mía ahora mismo es hincarle el diente a una grasienta hamburguesa – contesté arrebatándole de las manos el menú que ya había empezado a ojear – pero puede que acepte eso de dar un magnífico espectáculo de danza callejera cuando tenga el estómago lleno.

-          Rezaré entonces para que no deje de llover hasta entonces – replicó Roman esbozando una sonrisa – quien sabe, quizás descubramos que somos realmente buenos dando espectáculos en medio de la calle y podamos ganarnos la vida así.

-          Mi sueño hecho realidad – contesté rodando los ojos.

-          Piénsalo – Roman se apoyó sobre la mesa y acercó su cuerpo hacia mí – nada de universidades, nada de tener que mudarnos a la otra punta del país, nada de pasarnos cuatro años estudiando idioteces con las que solo lograremos tener un trabajo basura que apenas nos dará para subsistir – sus dedos acariciaron mi mejilla – solo seremos tú y yo dejándonos los pies sobre el asfalto mientras damos vueltas y vueltas totalmente arrítmicas.

“Sólo seremos tú y yo”.

-          Terminaríamos mareados y probablemente vomitando en cualquier callejón.

-          Y aun así merecería la pena.

“Porque no nos separaríamos”.

No, eso no lo dijo en voz alta pero no hacía falta que lo hiciera porque lo conocía demasiado bien como para saber qué le rondaba por la cabeza, que palabra se había colado en su mente: DISTANCIA.

Era extraño pero Roman y yo jamás habíamos hablado sobre los kilómetros que nos separarían – 1.268’45 para ser exactos, que equivalían a catorce horas en coche o a una hora en avión – cuando cada uno se marchara a estudiar a la universidad de sus sueños: él a Chicago, yo a Nueva York.

Era como nuestro tema tabú por excelencia, lo era desde antes de que hubiera pasado algo entre nosotros, porque no importaba que nos viéramos como amigos o como algo más, el hecho de no tener a Roman Lemacks a unas cuantas casas de distancia era lo suficiente doloroso como para no querer pensar en ello, como para confiar en que entre Violet y yo seríamos capaces de convencerle para que se mudara con nosotras a la ciudad de los rascacielos, las noches interminables y la Estatua de la Libertad, como para evitar hablar de ello y hacer la temida pregunta: ¿qué va a pasar con nosotros?

Era irónico cuanto menos que nuestra relación aun no hubiera empezado y ya nos cuestionáramos el final, que estuviéramos en nuestra primera cita y ya planeara sobre nosotros la idea de una última.

Pero lo más irónico de todo era que, pese a que nuestros ojos revelaban que ambos estábamos pensando en lo mismo – incluso cuando la camarera se acercó para tomarnos nota y luego para traernos el pedido –, ninguno de los dos fuimos capaces de hablar del tema y actuamos como si no nos preocupara que en nuestra historia de amor, de amistad o de lo que fuera que tuviéramos, siempre íbamos a ser tres: él, yo y Skype.

“Pero las relaciones a distancia pueden funcionar”, me decía a mí misma mientras mordisqueaba de manera mecánica mis patatas fritas, “hoy en día existen los móviles y algún fin de semana él podría ir a verme o yo a él, por no hablar de las vacaciones. Coincidiríamos incluso en el aeropuerto cuando regresáramos al pueblo. Además, pensándolo bien tampoco estaríamos muy lejos el uno del otro. Al fin y al cabo la diferencia horaria es solo de una hora ¡eso no es nada!”

-          Si sigues dándole vueltas al asunto vas a conseguir que te salga humo por las orejas.

Roman. Su voz siempre conseguía traerme de nuevo a la realidad.

-          No le estoy dando vueltas a nada – suena convincente, suena convincente – solo disfruto de esta estupenda cena.

Roman apartó con delicadeza mi plato – algo que si hubiera hecho en otro momento le habría acarreado la muerte – y sostuvo mi mano entre la suya.

-          Encontraremos la forma de que funcione – dijo completamente serio – llevo toda mi vida queriendo salir contigo y ahora que al fin lo he conseguido no voy a dejar que todo se vaya a la mierda solo porque tú estudies en la NYU y yo en UIC.

Me aterraba y maravillaba a partes iguales que supiera qué estaba pensando exactamente en cada instante. Era abrumador tener a alguien en tu vida que te conociera lo suficientemente bien como para interpretar cada minúsculo gesto o mueca que hicieras mejor de lo que cualquier otra persona habría sido capaz de interpretar unas cuantas palabras que has recitado a pleno pulmón.

-          Quizás podríamos hacernos con un jet privado – sugería acercándome un poco más a él.

-          O fabricar un teletransportador.

Menos distancia. Menos distancia. Menos distancia.

-          ¿Sabes? Creo que una vez vi en Amazon que alguien vendía uno de segunda mano por cincuenta dólares – bromeé pasando mis dedos por su incipiente barba.

-          ¿Cincuenta dólares? Vaya, creo que vamos a poder permitírnoslo.

-          Tendré que romper mi hucha del cerdito pero estoy dispuesta a sacrificarme.

Él. Yo.

-          Y yo tendré que recompensarte por tu contribución a la causa. Al fin y al cabo, no todos los días uno mata a un cerdo.

Me besa. Le beso.

-          Creo que esa es la mejor parte de ser altruista – murmuré contras sus labios en tono burlón – que el karma te recompensa tu buena y desinteresada acción.

Su risa colándose entre los dos, sus manos entre mis húmedos cabellos, su respiración mezclándose con la mía.

-          Si empiezas a llamarme karma vas a lograr que mi hombría desaparezca por el desagüe y, créeme – su lengua jugueteando con la mía – no quieres eso.

No, claro que no quería eso – básicamente porque mis hormonas adolescentes estaban on fire en ese momento – pero lo que no quería bajo ningún concepto era que sucediera lo que estaba a punto de suceder.

-          OH-DIOS-MIO.

La voz de Violet resonó cual alarido lastimero de una banshee por todo el local logrando que Roman y yo nos apartáramos dando un respingo.

Y sí, desee con todo mi corazón tener en ese instante un maldito teletransportador para evaporarme de aquel lugar antes de que el estado de shock que había dejado a Violet en modo estatua frente a nuestra mesa se desvaneciera y ésta se abalanzara sobre nosotros.

-          Violet, ¿qué estás haciendo aquí? – tartamudeó aquel tomate en que se había convertido Roman – y con Vincent.

Vale, desde luego que no me esperaba que:

1)      Violet irrumpiera en mi cita secreta con Roman.
2)      Que lo hiciera mientras ella tenía una con Vincent Powell.

-          ¿Que qué hago yo aquí? – bufó mi amiga haciendo aspavientos con las manos mientras un ojiplático Vincent nos miraba de manera intermitente a unos y otros – mejor por qué no me dices que hacéis vosotros dos aquí dándoos el lote cuando tú – su dedo índice señaló desdeñosamente a su primo – estás saliendo con Betty Michele y tú – añadió señalándome a mí – por Dios, ¿a ti desde cuando diablos te gusta mi primo?

“Desde que nos acostamos, o puede que fuera desde antes pero hasta entonces no terminé de darme cuenta”.

Esa habría sido una buena respuesta y no el balbuceo inútil que di en su lugar.

-          V, si te calmas te juro que te lo explicaré todo.

“¿Todo? ¿Eso incluye también el hecho de que te acostaste con su primo hace un mes?”, masculló una vocecita en mi cabeza.

-          ¡¿Qué me calme?! ¡No puedo calmarme cuando  me habéis estado viendo la cara de imbécil no sé cuánto tiempo!

-          Nadie te ha estado viendo la cara de imbécil – espetó Roman – y además, no sé por qué estás montando todo esto y te estás haciendo la sorprendida cundo desde hace meses sabes lo que siento por Prue.

-          Usted perdone, caballero – contestó mi amiga echando chispas – pero teniendo en cuenta que llevas liándote y Dios sabe que cosas más desde este verano con “en boca de todos” pensé que tu cuelgue por Prue era agua pasada – los verdosos y dolidos ojos de mi amiga se clavaron en mí – por no hablar de que no tenía ni puñetera idea de que a ti te interesaba mi primo pero claro, supongo que en diez años de amistad te habrá resultado difícil encontrar un momento en el que decírmelo.

-          Tenía pensado hacerlo – intenté defenderme – te he llamado mil veces y te he mandado cerca de un millón de mensajes pero no has dado señales de vida ¿qué se suponía que debía hacer? ¿mandarte señales de humo? ¿llamarte a gritos bajo tu ventana?

-          ¡Vete a la mierda Prudence! – gritó Violet - ¡un día! ¡un puñetero día es el tiempo que llevábamos sin hablar! así que no me vengas con que has intentado contármelo pero que yo no te he dado la oportunidad de abrirme tu corazón.

Mini punto y punto para Violet Ives.

¿A quién pretendía engañar? Violet y yo pasábamos prácticamente todo el día juntas – y más desde que nuestro pequeño grupo de amigos había pasado a ser una pareja de amigas – y, de haber querido, podría haberle contado desde hacía siglos que había comenzado a ver a Roman como algo más que a un simple amigo pero la realidad era que no lo había hecho.

Había decidido guardarme para mí mis sentimientos por Roman porque temía que al hablar de ellos se volvieran una realidad, porque temía la reacción que ella pudiera tener y porque le tendría que haber seguido ocultando el hecho de que me había acostado con su primo porque le prometí a este que jamás hablaría del tema con nadie. Además, por muy rocambolesco que pueda parecer, no era más fan de las medias mentiras que de las completas así que... ¿para qué complicar más las cosas contando solo la mitad de un todo?

Promesa. Promesa. Promesa.

-          Tienes razón – dije finalmente soltando todo el aire que sin darme cuenta había retenido – pero ahora estás aquí y tenemos la oportunidad de hablar así que…

-          Así que nada – me interrumpió Violet – no he venido hasta Portailor para tener una conversación contigo que perfectamente podríamos haber tenido en cualquier otro momento sino para pasar un buen rato con Vincent.

Al oír su nombre este dio un leve respingo y, algo azorado, alzó su mano a modo de saludo mientras nos dedicaba una tímida sonrisa.

-          Y eso justamente es lo que voy a hacer – continuó diciendo mientras recogía del suelo su bolso, el mismo bolso que se le cayó cuando entró en el “Meat Town” y nos vio besándonos – disfrutad de lo que os quede de cita y, sobretodo, rezad para que nadie más de Saint Philippe-Loosle os haya visto y le vaya con el cuento a Betty porque… algo me dice que aún no has cortado con ella ¿verdad?

El semblante de Roman volvió a teñirse de rubor aunque esta vez estaba segura que no era a causa de la vergüenza, sino de la rabia.

-          No, claro que no – añadió mi amiga.

Antes de que Roman o yo pudieramos decir algo más, se dirigió hacia la salida dando grandes zancadas, dejando a un incómodo Vincent tras ella.

-          Bueno, ha sido un placer veros – dijo a modo de despedida el chico cámara antes de salir corriendo detrás de V.

“Si,… un completo placer”.

***

No tardamos en seguir el ejemplo de Violet y marcharnos del “Meat Town” – como dato ilustrativo diré que lo hicimos dejando por primera vez restos en nuestros platos –.

Nuestros ánimos habían caído en picado tras el encuentro con V y durante el trayecto de regreso a casa ni Roman ni yo intercambiamos ni una sola palabra.

Silencio. Silencio. Silencio.

“Estas desperdiciando tu oportunidad de pasar unos últimos minutos maravillosos con el chico de tus sueños por qué, ¿por qué no paras de darle vueltas a un asunto que ahora no puedes solucionar?”, me reprochaba ese alter ego carente de remordimientos que todos tenemos dentro de nosotros mismos y, aunque quizás esas palabras fueran ciertas en cierto modo, no podía evitar sentir como si una tonelada de rocas hubieran encontrado cobijo dentro de mi estómago cada vez que recordaba la mirada dolida que me había lanzado Violet antes de irse.

-          Entrará en razón – murmuró Roman cuando entramos en las inmediaciones del pueblo – solo necesita tiempo para asimilar lo que vio.

Tiempo.

-          Sabes tan bien como yo que Violet no perdona las mentiras. Ni las perdona, ni las olvida.

-          Pero nosotros no le hemos mentido – contestó – en todo caso le hemos ocultado información, información que nosotros mismos pusimos en consenso ayer.

-          ¿Pusimos en consenso? ¿pero tú de dónde sacas esas expresiones?

Una sonrisa. Una mirada de reojo.

-          Del telediario.

Su mano apretando mi pierna.

-          Oye, hazme caso – volvió a la carga Roman adoptando un tono serio – dentro de un par de días estará todo como siempre entre vosotras y, con un poco de suerte, cuando el lunes deje a Betty quizá vuelva a dirigirme la palabra a mí también.

Esta vez fui yo la que le apretó cariñosamente la pierna.

***

No tardamos en tener mi casa ante nosotros y, con solo echarle un ligero vistazo a las ventanas que se encontraban iluminadas y al viejo coche que descansaba junto al buzón, supe que tanto Gust como mi madre estaban ya en casa.

Bueno, también me dio una ligera pista el hecho de que los gritos de mi hermano resonaban por todo el jardín.

-          Genial, para rematar la noche tengo concierto en mi menor de August Doyle – bufé dejando caer la cabeza sobre el salpicadero.

-          ¿Para rematar? Joder, no sabía que nuestra cita había sido tan desastrosa – espetó Roman en un tono burlón para nada convincente.

-          No seas tonto, sabes que no lo he dicho con esa intención – contesté girándome hacia él – no cambiaría absolutamente nada de esta noche.

Los ojos de Roman se iluminaron y algo dentro de mí se contrajo de puro amor.

-          Yo tampoco – reconoció jugueteando con un mechón de mi pelo - ¿quién iba a pensar que alguien tan insoportable como tú podría ser tan buena cita?

¡PLASH!

Mi mano se estrelló contra el bíceps de Roman y este rompió a reír.

-          Eres odio, Lemacks – refunfuñé – y te aseguro que tendrás que suplicarme mucho para que vuelva a salir contigo alguna vez.

“Mentirosa”.

Roman me colocó lentamente el mechón con el que seguía jugueteando tras la oreja y con ese gesto, con ese simple gesto, consiguió que contuviera el aliento.

Mi cuerpo totalmente expectante.

-          Ojalá no tuvieras que entrar – murmuró Roman entre las sombras de la noche.

-          Ojalá tú pudieras entrar – contesté trazando con mis dedos el contorno de su rostro – ojalá pudieras subir hasta mi dormitorio – frente, pómulos, mandíbula – ojalá pudieras quedarte a dormir conmigo.

-          Si te soy sincero – replicó con voz ronca – no creo que fuera capaz de dormir mucho.

Mis labios al fin encontraron los suyos y un gemido de deseo, de anhelo, escapó de entre ellos cuando conseguí sentarme a horcajadas sobre Roman, cuando éste me aprisionó contra él y comenzó a acariciar mis muslos mientras me mordisqueaba el cuello.

-          Prue, si seguimos no creo que sea capaz de parar – masculló contra mi oreja Roman – así que si no quieres seguir será mejor que…

De repente la luz del porche de mi casa se encendió y la puerta se abrió de par en par cuando mi madre se asomó, ataviada con sus mejores galas, en mi búsqueda.

-          ¿Prue? ¿estás ahí?

La voz de mi madre inundó cual tsunami el interior del coche.

“Mierda, mierda, mierda”.

Lo más rápidamente que pude regresé al asiento del copiloto, dando gracias porque la oscuridad de la noche ocultara mis mejillas encendidas y, antes de que a mi madre se le ocurriera acercarse abrí de un tirón la puerta y dije:

-          ¡Sí, soy yo! ¡me despido de Roman y entro!

-          Está bien, pero no tardes – contestó mi madre, quien por supuesto no entró a casa sino que se quedó de brazos cruzados esperando en el porche.

“Por Dios”.

-          Tu madre empeora con los años ¿eh?

-          Ya sabes lo que dicen, la edad no perdona.

Sonrisa.

-          ¿Hablamos mañana?

-          Claro – contesté mientras luchaba con uñas y dientes por controlar el impulso de volver a besarle – buenas noches, Roman.

“La mejor de las noches”.

-          Buenas noches, Prue.

Solo cuando Roman arrancó de nuevo el coche fui capaz de entras en casa, donde, por supuesto, me esperaba mi madre con un aluvión de preguntas que esperaban respuestas.

Bien. Claro. Sí. No.

Esas fueron mis respuestas y es que, ¿cómo podía intentar decir algo más cuando Roman acababa de mandarme el único mensaje compuesto por tres palabras capaz de hacerme flotar?

No te quiero.



“Yo a ti tampoco”.