¿Nunca
habéis temido salir de la cama porque os daba auténtico pavor comprobar que eso
tan maravilloso que llevabas siglos esperando que sucediera y que al final
sucedió no fue real, que se trataba únicamente de un sueño?
Pues
exactamente ese era el mayor de mis miedos aquella mañana de sábado con cielos
encapotados en la que desperté envuelta entre unas sábanas que aún guardaban el
inconfundible olor de mi mejor amigo.
Roman
se fue la noche anterior antes de que mi madre y mi hermano – quien, por
supuesto, llegó más tarde de las ocho – regresaran a casa para cenar y desde
entonces no había podido borrar de mi cara aquella sonrisa de niña tonta que el
recuerdo de las palabras, de las caricias, de los besos de Roman había dejado
en cada resquicio de mi cuerpo y de mi mente.
Sí,
definitivamente no podía auto proclamarme la reina del disimulo porque incluso
mi madre – y ya no hablemos de Gust, el niño híper sensitivo – se había dado
cuenta que algo tremendamente maravilloso me había sucedido gracias a que mi
estado de ánimo había pasado de estar en el inframundo a estar por todo lo alto
rumbo a Plutón pero ¿a quién le importaba que mi madre pudiera estar luchando
contra la tentación de registrar mi habitación en busca de setas alucinógenas o
algún otro tipo de psicotrópicos que hubieran provocado que de golpe y porrazo
fuera la versión adolescente, delgaducha y semi pecosa del Doctor Jekyll y Mister Hyde?
A mí desde luego que no.
A mí desde luego que no.
-
No sé si alegrarme o preocuparme porque te
hayas levantado tan temprano – me saludó mi madre cuando al fin me digné a
bajar a la cocina para desayunar.
-
Alegrarte, siempre alegrarte – respondí
quitándole de entre sus manos la humeante taza de café que se había preparado –
¿dónde está Gust? ¿sigue durmiendo?
-
¿Durmiendo? Tu hermano se fue hace una hora
al lago con sus amigos – contestó mientras se preparaba otro café – el padre de
Andy se ha atrevido a llevar de pesca a toda esa jauría ¡que Dios le de fuerza
y paciencia!
Solo me
hizo falta recordar a todos esos enanos gritones que, como mínimo, una vez por
semana se dejaban caer por casa para pasarse horas jugando con la vieja consola
de mi hermano para considerar muy seriamente el proponer al señor Finch como el
nuevo héroe local.
-
Bueno, y tú qué ¿tienes planes para hoy o vas
a ser una hija ejemplar y me vas a hacer compañía en la tienda todo el día?
“¡¡Mayday, mayday!! Mamá ha empleado la
técnica ‘hija ejemplar’ para dar pena y hacer que me sienta lo suficientemente
mal como para que pase de forma voluntaria mi sábado entre trastos inútiles y polvorientos”.
-
Supongo que voy a ganarme el título de hija horrible pero quedé con Roman para
pasar el día en Portailor – controla esa
sonrisita delatadora, mujer – queremos ir mirando disfraces para Halloween
y quizá luego vayamos al cine.
-
¿Roman? No sabía que habíais hecho las paces
– replicó mi madre alzando una de sus perfiladas cejas.
Vale,
quizá deba hacer un alto en el camino para poneros en antecedentes sobre qué
era lo que mi madre sabía acerca de mi distanciamiento de Roman.
En un
principio no tenía intención de contarle
nada a la señora que me dio la vida sobre qué había pasado entre él y yo para
que ambos hubiéramos optado por ignorarnos – bueno, yo no opté precisamente por
eso… - pero, teniendo en cuenta que prácticamente Roman pasaba más tiempo en mi
casa que en la suya propia, su ausencia no tardó mucho en hacerse notar – eso y
que Gust cada dos por tres preguntaba con su vocecilla de pito “¿cuándo va a volver a llevarnos al
instituto Roman?”- y, harta de que mi madre me preguntara día tras día por
el que desde siempre había sido mi mejor amigo, no me quedó más remedio que
decirle que nos habíamos peleado por una chorrada que ya ni siquiera recuerdo.
Y,
bueno… mi madre se limitó a darme la charla sobre que en ocasiones debíamos dar
nuestro brazo a torcer, que no merecía la pena perder a un amigo tan estupendo
como Roman por una tontería y que esperaba que ambos fuéramos capaces de dejar
a un lado nuestra testarudez y comportarnos como personas adultas – consejos
que en la teoría estaban muy bien pero que en la práctica como que no
funcionaba demasiado en nuestro caso – mientras me hacía el tremendo favor de
atiborrar nuestro congelador con tarrinas de helados quita penas.
Exactamente,
es cierto eso que todos estáis pensando: gracias a los helados mi madre era, es y será la mejor del
mundo pese a que en ocasiones tenga brotes ciertamente preocupantes de
controladora compulsiva.
-
No podíamos estar enfadados toda la vida,
¿no? – me limité a decir mientras jugueteaba con la cucharilla de café.
“Y eso también se aplica contigo, Violet
Ives”.
-
No, claro que no – convino mi madre – y me
alegro de que al fin hayáis solucionado todo y volváis a ser tan amigos como
siempre. La verdad es que se me hacía muy raro no ver a ese muchachito por
aquí.
-
Créeme, a mí también.
Morder.
Masticar. Tragar.
-
¿Y Violet irá con vosotros a Portailor?
“Bien mamá, así me gusta, que metas el dedito
en la herida”.
-
No, está bastante liada hoy – liada pasando de mis llamadas y mensajes,
por ejemplo – además, las cosas siguen un poco tirantes entre ella y Roman
así que…
-
Así que te toca partirte en dos para estar un
rato con cada uno, ¿no? – terminó por mí mi madre.
-
Supongo que se podría decir así – admití
encogiéndome de hombros.
Morder. Masticar. Tragar.
Es
increíble como a veces te escudas en hacer movimientos puramente mecánicos para
evitar seguir hablando de ese tema que consigue empañar la felicidad
desbordante que unos cuantos sucesos imprevisibles, deseados y encadenados te
han provocado. La sabiduría intrínseca del ser humano, supongo.
-
Bueno, seguro que pronto arreglan las cosas –
dijo finalmente mi madre apurando el último sorbo de café antes de apilar en el
fregadero los restos de su desayuno – al
fin y al cabo son familia ¿no? y una no puede estar siempre enfurruñada con
quien comparte un lazo tan fuerte como ese.
Podría
haberle rebatido.
Podría
haberle contestado que eso no tenía que ser del todo cierto.
Podría
haberle dicho que justamente yo era la prueba viviente de que no podía estar
más equivocada.
Podría
haberle contado que, pese a que hacía cerca de doce años de su marcha, aun
sentía en mi interior una rabia casi enfermiza hacia ese hombre con el que
compartía unos cuantos rasgos físicos y al que debía considerar mi padre.
Pero si
lo hubiera hecho, si en vez de guardar silencio y esbozar una media sonrisa le
hubiera rebelado a mi madre el odio que sentía por una persona cuyo rostro
apenas recordaba, habría incumplido la norma número uno de mi casa – no
hablar, bajo ningún concepto, de Phil Doyle – haciendo que mi madre se
pusiera a la defensiva y estuviera al borde de un ataque nervioso que
terminaría con ella encerrada durante horas en su habitación hecha un mar de
lágrimas.
“Quien dijo que siempre hay que decir lo que
se piensa y siente estaba total e inequívocamente equivocado”.
***
¿Si paso ya a recogerte me tendrás una hora esperándote
o por un casual ya has terminado de ponerte tus mejores
galas
y estás lista esperándome pacientemente sentada en el
sofá
intentando prestar atención a lo que sea que haya en la
tele?
Porque estoy harto de dar vueltas por mi habitación
esperando a que sean las cuatro para poder ir
hasta tu casa a buscarte.
El día
que Roman me mandara un mensaje y no lograra sacarme una sonrisa el mundo se
habría ido a pique y el temido apocalipsis estaría a la vuelta de la esquina.
La paciencia es una gran virtud ¿sabes?
Tecleé
rápidamente mientras de fondo oía el programa musical de turno que había puesto
en la televisión del salón en un burdo intento de mantener mi cerebro lo
suficientemente ocupado como para que no me pusiera a contar los segundos
exactos que quedaban para que mi primera cita oficial con Roman Lemacks comenzara.
¿Qué si
estaba nerviosa? No, creo que esa palabra se quedaba corta para describir como
me sentía en esos momentos. Quizá atacada o histérica fueran más acertadas.
Mi
madre se fue a la tienda cerca de las nueve y media de la mañana – los sábados
se permitía el lujo de abrir un poco más tarde, total… los clientes iban a ser
los mismos: CERO – y aunque había intentado hacer algo útil y productivo como
ordenar el desastre que tenía por habitación, terminar las pocas tareas que aún
me quedaban por hacer o comenzar la nueva lectura obligatoria que el señor
Tudur nos había puesto – esta vez era el turno de “Jane Eyre” – finalmente había tenido que asumir que mis cinco
sentidos – e incluso el sexto, si es que es cierto que las mujeres gozamos de
uno más – estaban totalmente volcados en la tarde que pasaría con Roman en
Portailor, lo que significaba que me había permitido el lujo de empezar a
arreglarme casi cuatro horas antes de que él pasara a recogerme.
¿Era
acaso la primera vez que pasaría una tarde a solas con Roman? Obviamente no.
¿Era
acaso la primera vez que iría con Roman a Portailor? Por supuesto que no.
¿Era
acaso la primera vez que vería en el cine una película con Roman? Claro que no.
Pero sí
que era la primera vez que haría todas esas cosas con mi mejor amigo en calidad
de… bueno, no sabía muy bien de qué teniendo en cuenta que hasta donde yo sabía
seguía saliendo con Betty, pero desde luego de algo muy distinto a una amiga.
-
Oye, ¿qué te parece si mañana pasamos la
tarde en Portailor? – me preguntó Roman la noche anterior cuando ambos
estábamos tumbados en mi cama, el uno junto al otro, contemplando las estrellas
pegadas en el techo de mi dormitorio – ya sabes… los dos solos.
-
¿En plan cita? – le pregunté a su vez en tono
burlón pese a que sentía como las famosas mariposas que delatan la presencia
del primer amor revoloteaban en mi estómago.
-
Si, supongo que podríamos llamarlo cita – contestó girándose hacia mí
mientras lo hoyuelos que precedían a la más amplia de sus sonrisas aparecían en
sus mejillas - ¿qué me dices Doyle? ¿tendrás una cita conmigo?
Obviamente
ya sabéis cual fue mi respuesta y es que ¿acaso era posible que le hubiera dado
una que no consistiera en un rotundo si?
“No, claro que no. Ni aunque del cielo
empezaran a caer bolas de fuego y del suelo surgieran murallas de espinas
contestaría otra cosa que no fuera sí
a esa pregunta”.
Y ahí
estaba yo, mordiéndome las uñas sin apartar mis ojos de las manecillas del
horrendo reloj que mi madre había colocado sobre la repisa de la chimenea del
salón – exactamente, al final había sucumbido a la tentación por mucho que la
televisión siguiera encendida – cuando mis oídos captaron el crujido delatador
de los escalones del porche, crujido que fue seguido por un solitario golpe en
la vidriera floreada que decoraba la puerta de la entrada.
“¡Tranquilízate! Solo es Roman”, me recriminé mentalmente cuando, con el corazón desbocado,
me levanté de un salto del sofá.
Pero
aquel chico algo azorado que me sonrío cuando abrí la puerta hacía mucho tiempo
que había dejado ser “solo Roman”
para mí.
-
Aún no son las cuatro – dije a modo de saludo
apoyándome sobre el quicio de la puerta para impedir que se colara en mi casa –
así que creo que te voy a dejar esperando aquí de pie hasta que sea la hora.
Los
ojos de Roman me recorrieron con lentitud de arriba abajo – primero mis botines
de cuero negro, luego mis largas piernas cubiertas por unas finas medias
oscuras, después mi corto vestido donde se entremezclaban extrañas figuras en
distintos tonos negros, grises y blancos, a continuación la cazadora biker de
polipiel negra y la pañoleta color marfil que había optado usar para resguardarme
de la brisa otoñal y, por último, aquella maraña cobriza que había intentado
inútilmente adecentar y que enmarcaba ese rostro pecoso ligeramente maquillado
del que era dueña – y solo cuando notó que mis mejillas se empezaban a sonrojar
ante su minucioso examen visual se molestó en hablar.
-
Estás…
-
¿Increíblemente arrebatadora? – bromeé
alisando una arruga inexistente de mi vestido.
-
Preciosa – contestó al fin Roman logrando que
una pequeña parte de mí se derritiera pero, como estamos hablando del chico que
durante años se había dedicado a chincharme por puro placer, añadió en tono
burlón – ¿has sacado la artillería pesada de tu armario para mí?
-
Solo hay un hombre en este mundo por el que
haría uso de la artillería pesada y ese es…
-
Sam Claflin.
-
Exacto – convine acompañando mis palabras con
un asentimiento – así que no te hagas ilusiones.
“Pese a que yo he puesto todas las que tengo
en esta cita”.
-
“El hombre tiene ilusiones, como el pájaro alas. Eso es
lo que le sostiene” – citó Roman con su mejor tono solemne – Blaise
Pascal, gran filósofo y mejor persona.
Una
carcajada escapó de entre mis labios, una carcajada que no tardó en ser
acompañada por la luminosa risa de Roman.
-
Está bien Wikipedia,
vámonos – dije aun entre risas mientras alcanzaba el bolso colgado en la percha
que había junto a la puerta – cuanto antes lleguemos al cine antes podré dejar
de soportar tus friki-comentarios.
¡PUM!
De un
fuerte tirón cerré la puerta tras de mí y anduve por el sendero de gravilla con
Roman junto a mí hasta su coche.
-
Reconócelo – espetó mi amigo con un brillo en
su mirada mientras abría para mí la puerta del copiloto – te encantan mis friki-comentarios.
“Si supieras que me encanta absolutamente
todo de ti…”, pensé cuando Roman ocupó su lugar frente al
volante y arrancó para poner rumbo a Portailor.
***
A decir
verdad, durante todo el trayecto hasta Portailor Roman y yo no intercambiamos
más que unas cuantas palabras – y estas se habían centrado exclusivamente en
que emisora de radio era mejor –, supongo que porque por primera vez ninguno de
los dos sabía muy bien cómo tratar al otro, y lo que había prometido ser el
mejor día de mi vida adolescente de momento estaba resultando cuanto menos
incómodo y algo decepcionante.
“No seas pesimista, Prue”, me decía a mí misma una y otra vez mientras contemplaba
el paisaje que veía pasar a través de la ventanilla, “es normal que todo sea un poco raro pero solo tenemos que situarnos y
acostumbrarnos a vernos como… como…”
Y ahí
estaba el problema, ahí estaba el motivo por el que ambos no teníamos ni la más
remota idea de cómo acercarnos el uno al otro pese a que en un principio
parecía que la cita iría sobre ruedas: ninguno de los dos sabíamos muy bien
cómo teníamos que ver al otro.
¿Como
amigos? Bueno, los amigos no se besaban de la forma en la que nosotros lo
habíamos hecho la noche anterior.
¿Como
personas que intentan conocerse mutuamente? Dudaba que Roman pudiera conocerme
más de lo que ya lo hacía y viceversa.
¿Como novios?
Por favor, si algo odiaba en el mundo eran esas personas que conocían a un
chico o a una chica un día y al siguiente ya lo paseaban por el mundo entero
como el futuro padre o madre de sus hijos imaginarios.
Habíamos como quien dice empezado la casa por el tejado – primero nos acostamos y luego
nos planteamos que sentimos el uno por el otro – pero pese a que eso podía
acarrear que lo poco que teníamos construido – si es que acaso habíamos
construido algo – se viniera abajo con
un simple soplido, una parte de mí, la parte enfermizamente positiva que creía a
escondidas en los cuentos de hadas y los finales felices, se aferraba con uñas
y dientes a la promesa cósmica de que existía una oportunidad para que la
historia de ¿amor? ¿era eso posible? entre Roman y yo fuera real.
Y esa
parte de mí fue la que se atrevió a romper el silencio al formular la pregunta
del millón de dólares.
-
¿Esto te resulta tan raro como a mí?
-
El qué, ¿conducir? – pero él sabía que no me
refería a eso, que me refería a nosotros, por eso añadió – sí, un poco pero me
alegro que lo estemos haciendo. A decir verdad siempre había fantaseado con el
día en que los dos saliéramos por ahí e hiciéramos lo de siempre de un modo
diferente. Vale, no sé si me he explicado bien.
-
Entiendo lo que has querido decir – contesté
sonriendo – yo también… ya sabes, me imaginé a nosotros así y ahora…
-
Y ahora estamos aquí – dijo entrelazando sus
dedos con los míos sin apartar la vista de la carretera.
Ahora
estábamos juntos, codo con codo, respirando el mismo aire con un ligero aroma a
pinos silvestres y escuchando las mismas canciones de éxito que salían
expulsadas por los altavoces de la radio.
Ahora
estábamos superando nuestro temor compartido de fastidiar la complicidad
intrínseca que teníamos tras años de amistad por intentar que algo para nada planeado ni
esperado viera la luz.
Ahora
estábamos desprendiéndonos de las personas que habíamos sido para dejar que al
fin saliera al exterior esos Prue y Roman capaces de sentir amor, cariño, deseo,
ternura y pasión por alguien a quién siempre habían visto exclusivamente como un
compañero de aventuras.
-
Si, ahora estamos aquí – repetí estrechando
su mano, aquella mano que encajaba perfectamente con la mía, volviendo a clavar
mi mirada en la ventanilla.
“Ahora estamos aquí”.
***
No
tardamos en vislumbrar a lo lejos las luces y los edificios de Portailor y para
cuando aparcamos cerca del cine donde aquella tarde emitían la vieja película
de “Independence Day” – ya avisé
sobre nuestro particular gusto cinematográfico – habíamos conseguido superar la
primera barrera incómoda de la velada.
A
diferencia de Saint Philippe-Loosle, el cual era poco más que una aldea
compuesta de antiguas familias con tradiciones concienzudamente arraigadas,
Portailor era lo más parecido a una ciudad que teníamos cerca y que al menos a
mí me permitía hacerme una lejana idea de cómo sería mi futuro viviendo en un
lugar donde la paz y la tranquilidad brillaran por su ausencia.
Con
unas calles rebosantes de vida los trescientos sesenta y cinco días del año y
una actividad turística que era la envidia de los alrededores – gracias en gran
medida al magnifico puerto del cual gozaba el lugar y que antiguamente había
sido el encargado de hacer llegar los productos de ultramar que se consumían en
la zona – Portailor se había convertido en los últimos años en el lugar
favorito de los habitantes de pueblos vecinos para comenzar una nueva vida y
prueba de ello eran las numerosas tiendas, cafeterías y demás locales de ocio
que se habían apiñado como buenamente podían por esas amplias calles y
avenidas.
¡Ah! Se
me olvidaba.
Portailor
también era el sitio elegido por prácticamente todos los estudiantes de High
Philippe School para pasar el sábado por la tarde así que si Roman y yo
esperábamos pasar desapercibidos y mantener nuestra extraña cita en secreto
habíamos fallado estrepitosamente en la elección de nuestro escenario.
-
Aún queda un rato para que la película
empiece – dijo Roman comprobando la hora en su móvil – podríamos dar una vuelta
si quieres.
-
Claro – acepté – le dije a mi madre que
miraríamos disfraces para Halloween así que podríamos ir a “Trick or Costume”.
La
mueca de genuino disgusto que apareció en su cara sirvió para dejarme
totalmente claro que preferiría que le extirparan un riñón sin anestesia antes
que pasarse la tarde trasteando entre ropa rocambolescas y complementos imposibles
pero, para mi total sorpresa, comenzó a andar hacia la tienda sin poner
resistencia alguna.
Como
dato informativo diré que lo de no poner resistencia no era sinónimo de no
intentar tirar por los suelos mi entusiasmo festivo.
-
¿Cuándo piensas dejar todo ese rollo de
Halloween de lado? – me preguntó.
“Roman y su aversión casi enfermiza por todo
lo que tenga que ver con disfraces, fantasmas y calabazas”.
-
¡Nunca! Halloween es el único día en el año
en el que puedo dejar salir a mi friki
interior sin temor a que el señor y la señora popular caven mi tumba social –
contesté refiriendo, por supuesto, a Cameron y Betty – además, este año tengo
una idea fabulosa.
-
Dime por favor que no te vas a disfrazar de
uno de esos personajes de libros que solamente tú conoces.
-
¡Elizabeth Bennet es archiconocida! – exclamé
con más ímpetu del necesario cuando recordé como el año anterior tuve que
pasarme toda la noche diciéndole a la gente que iba disfrazada de la
protagonista de “Orgullo y prejuicio”
– no es mi culpa que la mitad del pueblo sean unos paletos.
Roman
se echó a reír – pese a que él había sido uno de esos paletos que no había
reconocido la obra de arte que llevaba por disfraz – y aceleró su paso para
darme alcance ya que a causa de mi indignación me había puesto a trotar cual
cervatillo por la acera.
-
¿Tanto trabajo te costaría disfrazarte de
bruja, vampira o cualquier otra cosa típica de la fecha? – me preguntó con la
única intención de hacerme rabiar, de eso estaba plenamente convencida.
-
No, lo que me costaría trabajo sería ser
igual que el resto – contesté taladrándole con la mirada mientras ambos
esperábamos a que el semáforo que nos separaba del colorido escaparate de “Trick and Costume” se tornara verde -
¡la originalidad es valiosa, Lemacks!
-
Lo sé – masculló junto a mi oído haciendo que
sus palabras besaran mis mejillas – créeme, lo sé.
Habría
sido capaz – si fuera la clase persona que se deja llevar por sus instintos más
primarios y no me importara que por nuestro lado anduvieran un centenar de
personas – de empujarle hasta la pared más próxima y pegarme a él mientras mi
boca devoraba la suya de tal forma que ambos hubiéramos pasado a ser un solo
cuerpo en ese preciso y precioso instante.
Y él lo
sabía.
-
¿Vienes o qué? – el semáforo había cambiado
al fin de color, algo de lo que me habría dado cuenta si mis hormonas no
hubieran estado bailando la danza del vientre dentro de mí, y Roman había
cruzado sin molestarse en sacarme de mi trance porque seguramente estaría
disfrutando de lo lindo de verme con las mejillas encendidas – tengo un disfraz
que comprarme y ¿quién mejor que la loca de Halloween para ayudarme a elegirlo?
Mis
pies, mucho más rápido que mi cerebro visto lo visto, se pusieron en marcha y
antes de que Roman fuera capaz de hacerme alguna mueca burlona abrí de par en
par la puerta de la tienda – haciendo sonar la característica campanilla de los
comercios de ese estilo – y, sin dignarme a mirarle porque me negaba en redondo
a que fuera testigo de cómo mi rubor había desaparecido en forma de sonrisa mal
disimulada, contesté con toda la dignidad que fui capaz de reunir:
-
Nadie, de eso puedes estar seguro.
***
¿Sabéis
que es más complicado que conseguir que Roman entre por propia voluntad en una
tienda de disfraces? Hacerlo salir.
Por mucho
que el señorito Roman Lemacks se jactase de ser lo suficientemente maduro como para
prestarse a niñerías como festejar Halloween por todo lo alto, la realidad era
que una vez que comenzaba a ponerse encima pelucas, máscaras o sombreros
rocambolescos no había nadie en la faz de la tierra capaz de hacerle volver a
la realidad y justamente por eso, porque Roman había dejado salir a jugar a su
niño interior y yo no había podido hacer otra cosa más que contagiarme de su
emoción desmedida mientras danzaba por la tienda probándome miles de disfraces
horribles, tuvimos que correr y esquivar todo cuanto se nos ponía en nuestro
camino para llegar a tiempo de ver comenzar la película.
-
¿Palomitas? – me preguntó Roman desde el
mostrador mientras yo me encargaba de completar nuestros aprovisionamientos
cinematográficos con golosinas y chocolatinas.
-
¡Y Coca-Cola! – grité para hacerme oír por
encima del infernal hilo musical - ¡mediana!
-
¡Oído!
Un cubo
gigantesco de palomitas, dos vasos enormes de Coca-Cola, tres paquetes de
M&M y una bolsa atestada de chucherías después, conseguimos llegar hasta la
sala de cine más solitaria de la historia porque si, solo me hizo falta echar
un vistazo entre la oscuridad para comprobar que éramos las únicas personas del
cosmos con ganas de volver a ver aquella película noventera.
“Bueno, al menos no tendré que preocuparme
porque me toque un gigante en el asiento delantero que no me deje ver
absolutamente nada”.
-
Me parece que vamos a tener donde elegir para
sentarnos – dijo tras de mí Roman cuando comprobó que efectivamente estábamos
totalmente solos.
-
Podríamos sentarnos cada uno en una punta y
comentar la película a gritos y no importaría porque no habría nadie para
mandarnos a callar.
-
No pienso comentar la película hasta que
termine.
Roman comenzó
a subir por aquellos escalones cuyas lucecitas parpadeantes de color azul
hacían que tuvieras constantemente la sensación de que ibas a caerte y partirte
la crisma de un momento a otro hasta que finalmente decidió sentarse en el centro
justo de la sala.
-
Siempre dices lo mismo y al final eres el
primero en murmurar por lo bajo cosas del tipo “¡pero qué haces! ¡por ahí no! ¡buaah, qué pasada!”- le reproché
cuando tomé asiento junto a él – reconócelo, eres la maruja bocazas del cine.
-
Te apuesto lo que quieras a que esta vez serás
tú la primera en hablar.
-
¿Lo que quiera? – pregunté enarcando
maliciosamente una ceja.
-
Bueno, tiene que estar dentro de mis
posibilidades – se apresuró a contestar Roman – no puedes pedirme que te pague
un viaje a Europa, por ejemplo.
-
Quiero tener carta blanca para pedirte
cualquier cosa en el momento que sea – dije llevándome un puñado de palomitas a
la boca – un favor sin fecha de caducidad.
-
Hecho. Si ganas tendrás tu favor vitalicio
pero… - oh, oh… - si gano yo…
Nunca llegué
a saber qué quería jugarse Roman conmigo en aquella apuesta que estaba
destinado a perder porque de pronto las pocas luces que aún estaban encendidas
se apagaron y la gigantesca pantalla se iluminó con el comienzo de la película
y, antes de que pudiera terminar de decirme el retorcido premio que quería como
recompensa de su hipotética victoria, mi mano le tapó la boca para que guardara
silencio.
-
La apuesta empieza ahora – susurré sonriendo
entre las sombras – así que… ¡shhhh!
A modo
de respuesta Roman mordisqueó levemente mi mano, aquella mano que a decir
verdad se estaba recreando demasiado sobre sus labios, logrando que diera un
respingo en mi asiento.
¿Estuve
a punto de hablar? ¿Estuve a punto de decirle de todo menos bonito? Por supuesto
que sí, pero sabía que eso era precisamente lo que buscaba así que guardé todas
aquellas palabritas para nada halagüeñas que deseaba compartir con él y me
esforcé en prestar toda la atención del mundo en el personaje que encarnaba esa
vez Will Smith y en aquella historia sobre extraterrestres malvados.
Quince minutos
y ninguno de los dos había hecho ni un solo comentario.
Veinte minutos
y el único ruido que se escuchaba – aparte de los diálogos de la película – era
el crujir de las palomitas que devorábamos y el rasgar de los paquetes de
M&M conforme los abríamos para mezclar aquellas pequeñas bolitas de
chocolates con las saladas palomitas de maíz.
Treinta
minutos y el inconfundible sonido de que un mensaje había aterrizado en mi
móvil consiguió que diera un bote en mi asiento.
El Mayor Mitchell lleva años
experimentando con tres pobre alienígenas
y luego se quejará de que los invadan.
¿En qué
momento había sacado Roman su móvil y me había mandado aquel mensaje? No tenía
idea pero de lo que sí tenía idea era de que Roman Lemacks era el ser más
tramposo del mundo.
-
Eres…
No terminé
de calificar cariñosamente a aquel señoritingo de moral cuestionable porque los
cada vez más conocidos labios de Roman se tragaron por completo mis palabras cuando
colisionaron con los míos.
Aún hoy
sigo sin saber cómo termina la película.