martes, 31 de julio de 2012

CAPÍTULO 6

-          Tu primo se ha enfadado conmigo a lo bestia.

Nada más llegar a casa me había encerrado en mi dormitorio, teléfono en mano, y había llamado a Violet no tanto para interceder entre ella y Roman – después de todo lo que este último me había dicho tenía bastante claro que lo mejor que podía hacer era mantenerme al margen y dejar que cada cual lidiara con lo suyo – sino para que mi amiga me consolara y me dijera algo del tipo “no te preocupes, mañana estará como si nada”, algo que no conseguí ni de lejos porque en lugar de eso contestó a mi revelación diciendo:

-          Mi primo es un capullo y un traidor. Si estuviera en mis manos le mandaría a cazar focas a la Antártida y con suerte le devoraría un oso polar lenta y dolorosamente.

-          ¿Puedes dejar de ser tan sádica por un segundo? – espeté haciendo una mueca de asco que por supuesta ella no podía ver.

-     Lo siento pero no. ¿Sabes lo que significa para mí que se haya rebajado a ser uno de los muñequitos sexuales de esa esbirro de Satanás? – esbirro de Satanás, buen punto Violet – No puedo creer que haya olvidado todas las burlas que tuve que soportar por su culpa.

-          No creo que lo haya hecho V – o puede que sí, quién sabe – pero quizás Roman haya visto un lado de Betty que nosotras no conocemos. Al fin y al cabo la gente cambia…

-          Sí, es cierto – convino Violet – la gente cambia pero siempre lo hace a peor y Betty ya era lo suficientemente maligna con diez años. Imagínate cómo puede ser ahora.

-          Mira, entiendo que pienses así – mide bien lo que vas a decir, Doyle porque puede marcar la diferencia entre estar de malas con uno de tus mejores amigos o con los dos – pero no merece la pena que estés sin hablarte con tu primo por esto. Roman no es el típico tío que se va con cualquiera y si en su momento decidió tener algo con Betty debió ser porque vio algo bueno en ella. Eso debería bastarnos tanto a ti como a mí para aceptar lo que pueda pasar o dejar de pasar entre ellos, ¿no crees?

“Pero, para qué engañarnos, espero que no pase nada más entre ese par”.

-      Deja de ser tan políticamente correcta y reconoce que te jode tanto como a mí saber que Roman se ha liado con “en boca de todos” – refunfuñó mi amiga al otro lado de la línea – reconócelo o te juro que te cuelgo.

“Pues claro que me jode, ¿cómo no me va a joder? Sin haber tenido nada serio este tema ha logrado que nos enfademos los unos con los otros. No me quiero ni imaginar que mierda saldría a la palestra si de repente la pareja formada por Roman Lemacks y Betty Michele fuera una realidad. Produciría un cataclismo como mínimo”.

-        Pues me temo que tendrás que colgarme – dije finalmente – mira, estás sacando las cosas de quicio porque al fin y al cabo lo único que sabemos es que tuvieron algo en verano y que hoy les hemos visto hablando. Punto.

-          Perdona, esa zorra se estaba comiendo con los ojos a mi primo y lo sabes – me corrigió Violet antes de preguntarme - ¿de qué crees que estarían hablando?

“Buena pregunta”.

-          Ten por seguro que de metafísica no.

Una carcajada retumbó al otro lado del teléfono y no pude por menos que sonreír al escuchar como mi amiga se deshacía de su malhumor a través de la risa.

-     Oye, cambiando de tema – dijo cuando logró recuperar la compostura - ¿tienes pensado ir enserio a la fiesta de Kevin?

La fiesta de Kevin.

Con todo el lío de Roman casi me había olvidado de Cameron y de su extraña invitación.

Por mucho que mi cerebro le diera vueltas al asunto e intentara dar con el motivo que le había llevado a Cam a preguntarme si me apetecía ir con él, no conseguía dar con la solución del enigma si bien me parecía curioso cuanto menos que justo cuando Betty mostraba interés por Roman – algo que era obvio porque, como bien dijo Violet, se lo comía con los ojos – de repente Cameron reparaba en mí.

¿Pretendía darle celos a su ex conmigo? No, no creo que fuera eso porque básicamente podría haber elegido a cualquier tía del instituto para ello antes que a mí. ¿Pretendía devolverle el golpe a Roman por haberse este enrollado con Betty? Bueno, eso era una total gilipollez porque no creo que pudiera importarle menos a Roman que yo fuera con Cam a esa fiesta. ¿Habría hecho alguna apuesta con sus amigotes del tipo “a que no eres capaz de llevar a la mojigata de Prudence Doyle a la fiesta”? Eso no me parecía tan descabellado pero realmente quería creer que habíamos superado ya esa época de jugar a ser los más malotes del insti.  

-      Solo si tú me acompañas – contesté dejando que recayera sobre Violet el meternos o no en aquel nido de víboras y sanguijuelas.

-          Supongo que no perdemos nada por pasarnos a echar un vistazo.

-          No, supongo que no.

***

Pasé el resto de la tarde luchando conmigo misma para no mandarle ningún mensaje a Roman por dos motivos principalmente: el primero, porque creía que nos vendría bien darnos un poco de espacio y dejar que el tiempo se encargara de hacer que todo volviera a la normalidad; el segundo, porque en cierto modo pensaba que estaba exagerando y haciendo una montaña de un maldito grano de arena.

No me resultó fácil. No me resultó fácil enfrentarme a ese atronador silencio que producía que Roman no diera señales de vida. No me resultó fácil controlar mi impulso de ir a casa de los Lemacks y aporrear la puerta hasta que lograra que ese orgulloso cabeza dura accediera a hablar conmigo y perdonara mi metedura de pata. No me resultó fácil dejar de preguntarme qué estaría haciendo o si a él también le estaría resultando tan duro como a mí hacer como si yo no existiera.

“Deja de dramatizar ¿quieres? Ha sido solo una discusión sin importancia. Roman no va a tirar por la borda tantos años de amistad por esta tontería”.

Pero pese a eso, pese a que me repetí esas palabras una y otra vez, no logré quitarme ese regusto amargo de la boca y finalmente, cuando esa noche me acosté lo hice deseando con todas mis fuerzas que al día siguiente actuara como si no hubiera pasado nada.

“Por favor, por favor, por favor”.

***

La mañana siguiente el coche de Roman no estuvo frente a mi casa esperando para llevarme a clase. Tampoco lo hizo el día siguiente, ni el otro.

No me habría importado que después de dos años tuviera que volver a ir a clase en la tartana amarilla que se suponía que era el autobús del centro si al menos en el instituto se hubiera tomado la molestia de saludarme pero no, directamente actuaba como si nunca hubiera intercambiado ni una sola palabra conmigo y se dedicaba a ir de un lado para otro completamente solo – Violet se había puesto de mi lado ya que aún no había superado enterarse del notición del verano – con los cascos puestos, aunque sinceramente sospechaba que en realidad no escuchaba ninguna canción sino que usaba esos pinganillos de colores chillones para evitar que nadie se le acercara.

-          No me puedo creer que después de lo que hizo sea él el que se las dé de ofendido.

Aunque Violet lo negara miles de veces sabía que para ella esa situación de no intercambiar ni una simple palabra con Roman le estaba afectando tanto como a mí pero si por algo se caracterizaban los primos Lemacks-Ives era por ser orgullosos hasta la médula así que mucho me temía que ese pacto de silencio podría alargarse indefinidamente si yo no entraba en acción.

Pero claro, ¿querría Roman escuchar lo que le tuviera a decir? ¿Llevaría días deseando que me acercara de rodillas pidiendo clemencia y esa actitud tosca sería solo una pose?

-     Voy a ir a hablar con él – le dije a Violet cuando le vi dejar la mesa donde había simulado tomar el almuerzo, y digo simulado porque la comida estaba a simple vista intacta.

V se encogió de hombros como si le importara bien poco lo que iba a hacer pero tras esa mascara de indiferencia que se había colocado sabía que había gratitud porque intentara hacer que todo volviera a ser como antes.

“Bueno, vamos allá”.

Casi tuve que correr para alcanzarlo pero aunque no lo hubiera hecho sabía dónde podría encontrarle: en las escaleras del segundo piso.

-          Eyy – saludé tímidamente alzando mi mano – ¿Puedo sentarme? Te prometo que vengo en son de paz.

-          Las escaleras son un sitio público – contestó haciéndose a un lado.

“Así me gusta Roman, que me pongas las cosas fáciles”.

-        Echo de menos a mi mejor amigo – aquellas palabras no eran el discurso que tenía pensado dar pero era la simple y pura verdad. Todo mi malestar se resumía en que extrañaba poder contar con Roman Lemacks para cualquier cosa, en que extrañaba tener a alguien que estuviera dispuesto a escaparse de casa a las tantas de la madrugada para hacerme compañía en el jardín todas esas noches que el mundo se me venía encima y era incapaz de conciliar el sueño – y siento haber sido una bocazas.

Por primera vez en varios días Roman clavó sus oscuros ojos en mí. Por primera vez en varios días tuve ganas de volver a sonreír.

-    Yo también echo de menos a mi mejor amiga – contestó finalmente esbozando una media sonrisa – aunque sea una bocazas que hace peligrar mi paz familiar.

“Si, esa soy yo”.

-          Violet también te extraña, lo sabes ¿verdad?

-       Sí, pero no sé cómo solucionar las cosas con ella -  Roman apartó la mirada de mí y fijo su ceño fruncido en el suelo - ¿crees que no sé que piensa que la he traicionado? Pues claro que sí. Sé que odia a Betty por esa chiquillada que pasó hace años y sé que si quiero arreglar las cosas con mi prima tendré que hacer como si Betty no existiera pero no puedo hacer eso.

-          No puedes…

Mi mente intentaba procesar las palabras de Roman pero por alguna razón no lograba encajar cada una en su lugar, no lograba entenderlas.

No, claro que lograba entenderlas pero no quería hacerlo.

-          Me gusta Betty, Doyle. Me gusta en serio.

Mi estómago se contrajo. Noté claramente como lo hizo. Noté como si hubiera recibido un puñetazo o una patada.

-          Ya sé la fama que tiene y lo que pensáis de ella – continuó diciendo – pero… me gusta. Joder, me aterra estar con ella pero es lo único que quiero.

-          ¿Te aterra estar con ella?

Y entonces fue cuando Roman me lo contó todo.

El día que se topó con ella por casualidad en mitad de la playa pensó que era imposible, que entre todos los lugares del mundo, se encontraran precisamente allí pero el destino había jugado sus cartas y decidió que era el momento de que dos adolescentes tan diferentes, con estilos de vidas totalmente opuestos, se conocieran de una vez por todas después de haberse pasado años y años compartiendo profesores, clases e incluso algún que otro amigo.

Todo el mundo tenía una ligera idea de quién era Betty Michele, todo el mundo creía saber lo suficiente de ella como para juzgarla y definirla con palabras que no se podían catalogar de amables precisamente, y Roman no era ninguna excepción a eso.

Había oído suficientes rumores de aquella chica de medidas perfectas como para forjarse la idea de que Betty solo era un físico bonito. Durante los quince días que pasaron juntos averiguó que aparte de eso era una persona inteligente, elocuente e incluso amable – aunque ese pequeño aspecto de su personalidad muy pocas veces lo mostraba – que había optado por interpretar conscientemente el papel de la chica frívola sin cerebro por mera comodidad y diversión.

Lo cautivó.

Roman no sabía cómo ni cuándo había ocurrido pero una noche se encontró tumbado en la gigantesca cama del hotel, contemplando como giraba una y otra vez las aspas del ventilador de techo, contando las horas que quedaban para volver a verla y cuando lo hizo, cuando la vio aparecer dentro de ese vestido blanco que realzaba su bronceada piel, se tuvo que pellizcar para comprobar que no estaba soñando.

Y entonces pasó: el primer beso.

Los labios de Betty sabían a sal, a promesas silenciosas, a libertad y Roman supo que su vida jamás volvería a ser igual.

Había oído hablar de los amores de verano, de esas relaciones cortas pero intensas que al llegar septiembre se olvidaban, pero Roman no quería olvidar.

Sabía que al llegar a Saint Philippe-Loosle volvería a ser invisible para ella, sólo un chico más entre miles y miles, y sabía que le dolería, sabía que esa preciosa chica le iba a romper el corazón pero aun así no quería olvidar, no quería olvidarla.

¿Cómo iba a olvidar a la única persona que le había hecho ver el mundo tal y como era?

Solo las estrellas fueron testigos de como, la última noche que pasaron juntos en aquel paraje exótico, esos dos chicos que durante años no habían intercambiado más de dos palabras dejaban que sus cuerpos hablaran por ellos, que las caricias y los besos dijeran todo lo que temían expresar con palabras.

Todo. No, no se dijeron todo.

Roman quería que Betty supiera lo que significaba para él, el impacto que había producido sin darse cuenta en su vida, pero mientras ella acariciaba con sus labios de fresa cada centímetro de su piel los miedos y las inseguridades surgieron.

Ella había estado con otros chicos, ella sabía lo que quería, sabía lo que hacía. Él jamás había tocado a una chica más arriba de la cintura.

Ella lo era todo. Él era nada.

Aquella noche el temor a hacer el ridículo le ganó la partida al deseo y a la mañana siguiente, cuando fue a buscar a Betty para ir a desayunar, se encontró con una habitación vacía y con una despedida negada.

-          Estás enamorado de ella - susurré con el corazón encogido.

“¿Cómo he estado tan ciega? ¿Cómo he podido no darme cuenta hasta ahora?”

-          No – negó mientras hacía crujir cada uno de sus dedos – no lo sé, pero ¿qué más da? Perdí mi oportunidad Prue.

-          No lo creo – contesté apoyando mi mano en su rodilla – vi cómo te miraba ayer, Roman. Una chica no mira así a un chico a no ser que esté interesada en él.

-          No lo entiendes – no, claro que no. Lo único que entiendo es que el mundo se ha puesto de golpe y porrazo patas arriba – el problema no es que Betty esté o no interesada en mí, el problema es que no puedo darle lo que ella quiere.

-          Roman…

“Roman qué, ¿qué se supone que debo decirle? ¿que se lance a la piscina? ¿que se olvide de sus inseguridades y vaya a por la chica a la que quiere? ¿que si al final termina con el corazón roto yo le ayudaré a recomponerlo?”

-          Betty viene de estar con Cameron y no puedo evitar pensar que si me acuesto con ella me comparará con él en todo momento – reconoció finalmente mi amigo – ayer me invitó a la fiesta de Kevin y joder, estaba deseando decirle que sí pero no pude.

-          ¿Por qué no? Roman, tú mismo estás echándote piedras sobre tu propio tejado.

-          Lo sé, ¡lo sé! – bufó exasperado - Quiero estar con ella, quiero salir enserio con ella pero...

-          Pero crees que se reirá de ti cuando se entere de que eres virgen o cuando vea que no tienes mucha experiencia en el asunto ¿no?

Roman clavó de nuevo sus ojos en mí, me sostuvo la mirada durante lo que parecieron horas, y cuando ya había perdido la esperanza de que me contestara asintió levemente con la cabeza.

-          Bien, entonces te ayudaré.

-          ¿Cómo?

Realmente nunca pensé, nunca imaginé, que alguna vez en mi vida le diría esas palabras a Roman Lemacks y quizá si me hubiera tomado unos segundos más para pensar lo que estaba a punto de decir no las hubiera dicho jamás de los jamases. O quizá sí, ¿quién sabe? El caso es que aquel jueves de mediados de septiembre yo, Prudence Doyle, me cavé mi propia tumba cuando contesté a la pregunta de mi amigo diciendo resueltamente:

-          Siendo tu primera vez.

viernes, 27 de julio de 2012

CAPÍTULO 5



La bendita hora del almuerzo.

Después de una mañana agotadora – agotadora porque mis neuronas tendrían que acostumbrarse de nuevo a prestar atención al soporífero tono de voz del señor Feurstein, el profesor de Historia del Arte – al fin había sonado el timbre que indicaba que podíamos correr en tropel hasta el comedor y pelearnos por ser los primeros en la cola de la cafetería.

Nuestros años de experiencia nos permitieron estar en la cabecera antes de que la mayoría de los estudiantes hubieran tenido apenas tiempo de salir de sus respectivas clases, pero no solo eso, sino que incluso logramos hacernos con la mejor mesa de todo el comedor: la que estaba pegada al gran ventanal desde el cual podía verse el patio.

“La pequeña victoria del día”.

-          Vaya, había olvidado la apetitosa comida que nos servían aquí – dijo irónicamente Violet removiendo con desgana la nada apetecible sopa de tomate que tocaba hoy como primer plato en el menú.

-          ¿En serio? Porque a mí me persiguen en mis peores pesadillas – contesté mirando con desconfianza el trozo de carne que descansaba frente a mí y que se suponía que era una hamburguesa de ternera.

-          Te cambio la hamburguesa por el salmón – me ofreció Roman mientras que robaba una de mis patatas fritas.

-          Ni de coña Lemacks – negué con rotundidad propinándole el primer mordisco a ese nutritivo trozo de cartón – este año me he propuesto no caer en tus estrategias culinarias.

Roman se encogió de hombros de manera inocente y entonces sacó de la nada un pequeño táper que contenía en su interior un trozo de la apetitosa lasaña casera de la señora Lemacks.

-          Vaya, es una pena que hayas optado por hacer oídos sordos a mis ofertas. Justo ahora iba a preguntarte si me cambiabas ese caldillo rojizo que se supone que es sopa por este maravilloso plato italiano.

-          Te doy permiso para atravesarle el ojo con mi tenedor – dijo Violet llevándose la cuchara a la boca – enserio, puedes hacerlo sin remordimiento alguno. Declararé a tu favor si te llevan a juicio.

-          Quien necesita enemigos cuando te tiene a ti en la familia.

Y en esas estábamos, lanzándonos pullas los unos a los otros mientras terminamos de almorzar, cuando apareció él: Cameron Mason.

No es ningún secreto que en todo instituto debe haber una reina, al igual que tampoco es ningún secreto que también debe haber un rey. Pues bien, ese rey era Cameron Mason.

Ese chico alto y musculoso de cabello rubio y penetrantes ojos verdes, que con paso decidido se acercaba a nuestra mesa, era el causante de que prácticamente todas las chicas presentes en el comedor hubieran estallado en risitas más bien propias de crías de cinco años ultra hormonadas y también era el causante de que en segundo curso yo tuviera mi pequeño momento de fama cuando por los pasillos corrió como la pólvora la noticia de que Prudence Doyle se había dado su primer beso con el chico más popular y más deseado de todo High Philippe School.

Y si, fue exactamente como todos estáis pensado: jugando al bochornoso juego de la botella

Creo que sobra decir que no guardo un grato recuerdo del momento ya que desde luego no pasará a los anales de la historia como “el mejor primer beso del mundo” sino más bien como todo lo contrario, aunque supongo que en eso tuvo mucho más que ver que llevara ortodoncia y que estuviera tan sumamente nerviosa que sudaba como un pequeño cochinillo de camino al matadero que la forma de besar del experimentado treceañero Cameron Mason.

-     Mason, creo que deberías hacer que tu padre te echara un vistazo – espetó Violet cuando Cameron se dejó caer en el asiento que quedaba libre – te han salido unos bultos bastante preocupantes en los brazos.

-          Se llaman bíceps definidos Ives – contestó Cam guiñándole un ojo con chulería – y gracias por haber reparado en ellos. He trabajado muy duro todo el verano.

-          Me imagino.

Si hubiera tenido una cámara en mis manos en esos momentos – ahora entendía porque Vincent iba siempre con una encima – habría congelado para la posteridad el gesto de desdén mal disimulado que le dedicó mi amiga a Cameron.

-          ¿Y qué tal vuestras vacaciones chicos? ¿habéis hecho algo interesante? – la gigantesca mano de Cameron impactó en la espalda de Roman con tal potencia que hizo que este estuviera a punto de enterrar su cara en los restos de lasaña que aún le quedaban – Bueno Lemacks, tú no hace falta que me respondas. Ya me puso al día de todo Betty.

Ah, sí. Me había olvidado mencionar la famosa relación intermitente que Betty “en boca de todos” Michele y Cameron Mason mantenían desde prácticamente parvulario.

Por relación intermitente me refiero a que ese par se dedicaban a salir juntos de manera formal exclusivamente cuando había alguna fiesta o algún baile en el que fuera necesario mostrar al populacho estudiantil que la realeza del instituto permanecía unida y más fuerte que nunca para evitar de esta forma que se diera cualquier tipo de golpe de Estado que pusiera en peligro sus parcelas de poder. Por lo demás, el resto del tiempo cada uno seguía su camino y experimentaban los entresijos del amor con cualquier ser viviente que les resultaran medianamente interesantes.

-          ¿Betty? ¿qué me he perdido? – preguntó en general Violet entrecerrando sus ojos de manera desconfiada.

-          Bastante, según me ha llegado a mis oídos, aunque estoy convencido de que tu primo no tardará en contártelo todo con lujo de detalles – contestó Cameron esbozando su característica media sonrisa – pero bueno, realmente no he venido para hablar de eso – continuó diciendo mientras sacaba del bolsillo trasero de sus vaqueros lo que a simple vista parecía unas invitaciones para quién sabe qué – sino para invitaros formalmente a la fiesta que da este sábado Kevin.

-          ¿Kevin sabe si quiera que nos estás invitando a ir a su fiesta?

Por la expresión que momentáneamente puso Cameron supe que la única respuesta posible existente para la pregunta que Roman le acababa de hacer era un rotundo no.

-          Tengo carta blanca – ya, claro que si – que me dices Doyle, ¿vendrás conmigo a la fiesta?

“Vale, eso no lo he visto venir”.

-          Creía que a este tipo de eventos ibas con Betty.

-          Betty y yo hemos roto – respondió resueltamente Cam.

-      ¿No habéis roto como un millón y medio de veces? – zampó Violet, ganándose que le propinara una patada en la espinilla bajo la mesa.

-          Esta vez definitivamente. Digamos que ambos hemos comprendido que lo nuestro no estaba destinado a durar.

“Y casualmente Betty ha llegado a esa conclusión después de pasarse quince días a solas con Roman en mitad del paraíso”.

-          ¿Y bien? ¿vas a hacerme sufrir o vendrás conmigo? – volvió a la carga Cameron usando su mirada más encantadora.

-          Lo siento, pero Violet y yo hicimos un pacto de sangre en el cual juramos ir siempre juntas a cualquier fiesta – no me pasó inadvertida la sonrisa que poco a poco se le iba formando en la cara a Roman pero me obligué a mantener el semblante más serio que era capaz de poner – pero seguro que nos vemos por allí.

-     Bueno, supongo que tendré que conformarme con eso – respondió fingiendo una mueca de genuino dolor – aunque si cambias de opinión ya sabes dónde encontrarme.

-      Imagino que estudiando matemáticas puras en la biblioteca, ¿verdad? – dijo socarronamente Violet.

Pero Cameron no le contestó, se limitó a soltar una grave carcajada y a irse por donde había venido.

-          Vale, ¿recordáis cuando dije esta mañana que mi vida era surrealista? Pues retiro lo dicho, la tuya es aún más surrealista que la mía – espetó mi amiga mientras le arrebataba de las manos a Roman los restos de lasaña y empezaba a zampárselos.

***

El resto del día pasó sin pena ni gloria y, salvo por el pequeño detalle de que la señora Gómez, nuestra profesora de Literatura Universal, había sido sustituida con motivo de su inminente maternidad por el apuesto profesor Tudur, parecía que seguía atascada en séptimo curso en vez de en el que se suponía que debería ser el año académico más transcendental de toda mi existencia.

Supongo que aún tendría que esperar un poco para notar que efectivamente mi vida comenzaba a cambiar.

Al finalizar la última clase del día, y una vez que Violet y yo terminamos de recoger nuestras cosas de las taquillas, nos encaminamos como siempre entre aquel mar de gente hasta las escaleras que conducían al laboratorio de química en búsqueda de Roman.

-          ¡Prue! ¡Prue! – gritó la inconfundible voz de mi hermano tras de mí.

“Mierda, me había olvidado por completo de Gust”.

Estaba tan acostumbrada a que mis días siguieran el patrón de siempre – ir a clase, aguantar estoicamente las ocho horas diarias de tortura, reunirme con Violet y Roman frente a las taquillas próximas al salón de acto a la salida, huir a toda velocidad de allí y rezar para que hubiera una intensa nevada o una inundación de proporciones desmesuradas que imposibilitara ir a clases el día siguiente – que se me había pasado totalmente por alto el meter a Gust en ese planning diario que involuntariamente había construido mi cerebro durante esos últimos años.

“Nota mental: no abandonar a mi hermano pequeño cual perrillo en una gasolinera”.

-        Pensé que ibas a esperarme en tu taquilla – dijo acusadoramente cuando consiguió alcanzarnos – no me puedo creer que me fueras a dejar tirado.

-          No te iba a dejar tirado – mentí – solo íbamos a buscar a Roman, pequeño melodramático.

Mi hermano me lanzó su mirada “ya, claro”, aunque el efecto que él esperaba lograr quedó eclipsado cuando Violet dijo:

-          Aunque creo que ya lo hemos encontrado.

Efectivamente, lo habíamos encontrado.

Justo al lado de la fuente que había próxima al baño de chicos, Roman hablaba como si fuera la cosa más normal de este mundo con Betty “en boca de todos” Michele.

Justo al lado de la fuente que había próxima al baño de chicos, Betty coqueteaba de manera bastante obvia con mi mejor amigo.

“Y el mundo explosionó”.

-          ¿Alguien puede explicarme qué diablos hace mi primo con esa? – preguntó Violet mirándonos alternativamente a Gust y a mí – y ya que estamos, ¿alguien puede explicarme que quiso decir hoy Cameron en el almuerzo? Ya sabes, eso de que Betty le había puesto al día sobre el verano de Roman.

-          Coincidieron este verano y…

“¿Hasta cuánto se supone que tengo permitido contar? Si Roman hubiera querido que su prima supiera que se ha liado con Betty se lo habría dicho él mismo pero Violet es mi amiga y no está bien que le oculte algo que, por otra parte, tarde o temprano acabara sabiendo”.

-          Y digamos que… se liaron un poquito.

¡BOM!

Fue como si la bomba de Hiroshima hubiera estallado en mitad del pasillo.

-          ¡¿Que Roman hizo qué?! – exclamó Violet abriendo de par en par los ojos.

-          Baja la voz, ¿quieres? – susurré tirando de mi amiga hacia las escaleras para evitar que Roman se diera cuenta de que mientras él se dejaba seducir por Betty nosotras nos dedicábamos a contemplar desde la barrera aquel penoso ritual de apareamiento – mira, no sé mucho más pero según me contó tuvieron un pequeño lío este verano.

-          ¿Se han acostado? – me preguntó mi amiga aún con la boca abierta – vale, no contestes. No quiero saber si mi primo ha perdido la virginidad con “en boca de todos”.

-          Yo si quiero saberlo – espetó mi hermano – porque si Roman ha tenido sexo con esa tía será mi nuevo ídolo. Lo juro.

“¿Mi hermano acaba de decir en voz alta la palabra sexo? ¡¿Pero qué está pasando?!”

-          Por el amor de Dios – bufé meneando la cabeza – esto se está desmadrando demasiado. Mira, no debería haber dicho nada y mucho menos delante de ti – añadí señalando a mi hermano.

-          Oye, ya sé que no puedo contar nada de lo habléis pero eso no implica que no pueda dar mi opinión – replicó Gust – hay un vacío legal al respecto en nuestro contrato verbal, hermanita.

Estaba a punto de darle una colleja a ese pequeño mafioso que tenía como hermano cuando Roman se acercó a nosotros lanzando corazoncitos por los ojos.

O al menos así lo vi yo.

Puede que el haberme pasado gran parte de mi infancia viendo caricaturas de los Looney Tunes hubiera influenciado un poco mi visión de la realidad.

-          Aquí estáis – dijo efusivamente – qué, ¿nos vamos?

-          Prue, dile a mi primo que regresaré a casa andando – oh, oh… alguien está muy pero que muy enfadada – y que no será necesario que mañana pase a recogerme.

-          Violet…

-          Hablamos luego.

Conocía lo suficiente a Violet como para saber que en esos momentos sería imposible razonar con ella por lo que la dejé ir mientras sostenía por el brazo a Roman para impedir que fuera detrás de su prima.

-          Pero ¿qué cojones le pasa? – me preguntó frunciendo el ceño.

-          Sabe que te has liado con Betty – contestó mi hermano, quién se puso ligeramente pálido cuando alcanzó a verme la cara – y creo que acabo de meter la pata porque se suponía que no tenía que hablar de esto así que mejor os espero fuera.

-          Si, será la mejor – bufé taladrándole con la mirada.

Mi hermano no tardó en salir corriendo y desaparecer por el cada vez más vacío pasillo y solo cuando perdí finalmente de vista su roja mochila me atreví a enfrentarme a la furiosa mirada de Roman.

-          ¿Enserio le has contado a mi prima y a tu hermano lo mío con Betty? ¿Enserio, Prudence?

Vale, oficialmente la había cagado a lo grande porque Roman únicamente me llamaba por mi nombre completo cuando estaba realmente cabreado conmigo.

-          Lo siento – balbuceé como si fuera una cría – Violet te vio hablando con Betty y entre eso y lo que dijo Cam hoy en el almuerzo se puso un poco loca y terminé contándole lo poco que sé.

-          ¿Y no te has parado a pensar que si hubiera querido que lo supiera se lo habría contado yo al igual que te lo conté a ti? – espetó Roman – no eres nadie para ir hablando de mi puta vida privada ¿está claro?

-          Pensé que era tu mejor amiga – repliqué dolida – y no lo hice adrede ¿de acuerdo? Solo estaba intentando evitar que Violet montara una escena con medio instituto delante. Ya sabes que odia a Betty desde la fiesta de cumpleaños de Shatoya Lambert.

La famosa fiesta de cumpleaños de Shatoya Lambert.  

Cuando teníamos diez años Violet y yo fuimos sorprendentemente invitadas a la fiesta infantil más pija de todo Saint Philippe-Loosle – se podría decir que la familia Lambert, además de ser una de las más longevas del lugar, era una de las más acaudaladas – y digo sorprendentemente porque hasta ese momento Shatoya, quién casualmente era la mejor amiga de Betty Michele por aquella época, nos había ignorado de una manera bastante obvia durante años.

No voy a negar que nuestras inocentes versiones de diez años estaban realmente emocionadas ante la idea de asistir al que considerábamos el evento del siglo, por lo que pese a que Roman – con toda la sabiduría propia de la edad – nos tachó de majaderas por pensar ir a ese mundo de tafetán rosado y purpurina multicolor, el día indicado nos presentamos en la lujosa casa de los Lambert vestidas con nuestros vestidos favoritos y cargadas de regalos que habíamos comprado después de haber roto nuestras respectivas huchas.

Lo que no sabíamos entonces, cuando envolvíamos como buenamente podíamos esos juguetes que en el fondo deseábamos que formaran parte de nuestra colección particular, era que nosotras no éramos unas simples invitadas sino que éramos el regalo que Betty Michele había decidido brindarle a su amiga en su décimo cumpleaños.

Voy a ahorrarme el contar todo lo que pasó entre las cuatro paredes de la gigantesca habitación de Shatoya aquel día, solo diré que cuando esa tarde nuestras madres vinieron a recogernos mi vestido estaba completamente destrozado y la larga melena de Violet en esos momentos apenas lograban cubrir sus orejas recién agujereadas.

Supongo que con el transcurso de los años una es capaz de perdonar que un mini demonio rubio decidiera destrozarte tu prenda de ropa favorita para hacer reír a sus amigas pero que cuesta un poco más de trabajo superar el hecho de que te llamaran durante años “la hormiga atómica” gracias a que los trasquilones que una niñita con complejo de peluquera de barrio te hizo en los pelos con las tijeras que la señora Johnson – nuestra profesora de Plástica en esos años – solo nos dejaba usar en su presencia para recortar tiras de papel maché te obligaron a llevar, incluso en pleno mes de mayo, un gorro de lana blanco para tapar aquel estropicio capilar.

Las humillaciones infantiles nunca se olvidan y muy pocas veces se perdonan.  

-          ¡Y por eso mismo no le dije nada! – gritó Roman - ¿sabes en el lío en que me has metido con mi prima?

-          Hablaré con ella – me ofrecí – estoy segura que puedo convencerla para que no le dé más importancia de la que tiene a todo esto. Enserio, la llamaré y…

-          No – me interrumpió bruscamente – no quiero que hables con ella y, sinceramente, tampoco quiero seguir hablando ahora mismo contigo.

-          Roman…

-          Enserio Prue, ahora no – no, no, no – y por cierto, las mejores amigas no hacen lo que tú hiciste.

Algo se rompió dentro de mí cuando vi marcharse a Roman, cuando lo vi atravesar la puerta acristalada, cuando se montó en su coche y, sin mirar atrás, se largó dejándonos a mí y a mi hermano tirados en el instituto.

-          Se ha enfadado enserio, ¿no? – dijo mi hermano mirándome de reojo.

No contesté. No podía contestar. No quería contestar.

-          Espero que tengas ganas de caminar porque nos queda un largo camino por delante – conseguí decir mientras me recolocaba la mochila en el hombro y comenzaba a andar rumbo a casa.



Si hubiera sabido en ese momento lo acertadas que eran mis palabras, si hubiera sabido entonces todo lo que tendría que caminar ese año, me habría reído y dado una palmadita en mi propia espalda.