martes, 24 de julio de 2012

CAPÍTULO 3

El cielo había amanecido totalmente despejado pese a que las noticias de la mañana habían augurado que podría producirse la típica tormenta veraniega a lo largo de la jornada pero eso, lejos de hacer que Roman y yo nos replanteásemos nuestro plan del día – chapotear un poco en el lago Loleylo y almorzar un par de sándwiches bajo el cobijo de las copas de los pinos silvestres del bosque – nos impulsó a coger nuestras bicicletas y a pedalear con ganas hasta las inmediaciones del bosque que rodeaba nuestro pueblo, lugar en el que se podía ver el gran cartel de madera que daba la bienvenida a los pocos incautos que se tomaban la molestia de visitar Saint Philippe-Loosle y donde ya nos esperaba con cara soñolienta Violet.

Violet Ives.

Esa chica de cabellera azabache, ojos pardos, piel pálida y figura curvilínea era la que completaba nuestro pequeño pero compacto grupo de amigos.

Lejos de lo que la mayoría de las personas del pueblo se imaginaban, ella – y no Roman – fue la primera amiga oficial que hice cuando aterricé en Saint Philippe-Loosle a la dulce edad de seis años y fue además gracias a ella que conocí a ese torbellino con complejo de Indiana Jones que era Roman ya que ambos, Violet y Roman, eran primos puesto que la madre de la primera y el padre del segundo eran, además de socios de la famosa cadena de supermercados Lemacks, hermanos.

-          ¡Forastera! – gritó Violet alzando su mano nada más que alcanzó a vernos cuando cogimos casi derrapando la curva de la desierta carretera.

Forastera. Casi había logrado olvidar en esos meses de verano que pese a llevar viviendo en el pueblo unos once años aún me seguían considerando la “forastera” del lugar.

Saint Philippe – Loosle era y es el típico pueblecito apacible en el que nunca pasa nada nuevo. Siempre las mismas caras, siempre los mismos coches recorriendo las tranquilas calles, siempre los mismos negocios abiertos y siempre las mismas familias habitando las mismas casas, por lo que no es de extrañar que en su momento supusiera un shock bastante importante en la vida de todos los habitantes del lugar que un buen día llegaran a sus oídos la noticia de que un matrimonio de la gran ciudad y su pequeña hija de seis años habían decidido instalarse en la antigua casa de la familia Applewhite.

Sobra decir que ese shock, además de perdurar hasta la actualidad, ya que aún no he conseguido quitarme de encima el San Benito de ser “la nueva”,  se acentuó aún más cuando a los pocos meses de nacer mi hermano y de instalarnos definitivamente en la zona mi padre decidió irse para no volver jamás, quedándose mi madre de buenas a primeras a cargo de dos hijos, una hipoteca chupasangre y las habladurías incesantes de los vecinos curiosos.

Así que, pensándolo bien, supongo que es mejor conservar el mote de “forastera” antes que algún otro del tipo “la abandonada” o “la repudiada por su padre”.

-          ¡Violet! – saludé a mi amiga dejando caer pesadamente la bicicleta en la calzada y corriendo hacia ella - ¿cómo es posible que estés aún más pálida que yo? Pensaba que después de pasarte un par de meses haciendo trabajos forzados en el rancho de tu abuela estarías negra como el carbón.

-          ¿Negra? ¿yo? Querrás decir color salmonete que es como me he puesto – contestó Violet echando un vistazo a sus brazos – vale, puede que ahora no se note pero te juro que hubo un momento en el que todo esto estaba rojo.

-          En tus sueños, querida prima – Roman se había acercado a nosotras arrastrando a duras penas su bicicleta y la mía – cuando naciste tu madre te metió durante dos días enteros en un bidón de crema con protección 50, de ahí que parezcas salida de “Crepúsculo”. Estás hecha toda una Cullen.

-          No sé si sentirme ofendida o aterrada porque hayas hecho de manera voluntaria referencia a “Crepúsculo” – mi amiga meneó con fingido pesar su oscura cabellera antes de decir - ¿sabes? Voy a ahorrarme el hacerte la pregunta de si eres Team Jacob o Team Edward porque de veras que me da pavor que sepas si quiera a qué me estoy refiriendo.

-          Roman sería Team Jacob seguro – apostillé - ¿no ves que es mucho de correr por los bosques en gayumbos?

-        Vale, las dos sabéis perfectamente que ese día salí corriendo en calzoncillos porque no sé cómo diablos se coló una tarántula del tamaño de mi puño en la tienda de campaña  – espetó Roman mientras luchaba a duras penas para que sus mejillas no se enrojecieran – no quería arriesgarme a ser la versión pueblerina de Spiderman.

-          Aun me atormenta la imagen de tu culo de pollo correteando por entre los árboles – le pinchó su prima antes de que todos nos echáramos irremediablemente a reír.

***

Tras unos quince minutos deambulando entre los altos pinos al fin llegamos a nuestro pequeño refugio cerca del lago Loleylo.

No estaría exagerando si dijera que los mejores recuerdos de mi niñez tuvieron lugar entre aquellos árboles y en aquellas aguas cristalinas y es que, si cerraba bien fuerte los ojos e inhalaba aquel aire puro que nos rodeaba, casi podía ver mi pequeña versión de siete u ocho años, con el pelo rojizo recogido en una alta coleta, prestando atención a las indicaciones que el señor Lemacks nos hacía a Roman, Violet y a mí acerca de cómo debíamos sostener las cañas de pescar y qué debíamos hacer cuando notáramos que un pececillo había picado el anzuelo.

“Momentos mágicos envueltos en papel de regalos”.

-          ¿Quién se anima a hacer una carrera nadando hasta la roca? – preguntó Roman a la par que se deshacía de su camiseta y se quitaba sus viejas zapatillas de deporte con un par de tirones.

“Vale, sin lugar a dudas Roman ha estado haciendo mucho más deporte últimamente”.

No sabía cómo ni cuándo Roman había dejado de ser ese chico desgarbado que a duras penas podía dar tres pasos sin tropezarse con algo para ser… para ser el muchacho de cuerpo erguido y ligeramente musculoso que tenía frente a mí,  pero el caso era que quedaba muy pero que muy poco del que durante estos últimos años había sido mi mejor amigo y si, admito que ni en broma estaba preparada para ver con mis propios ojos como el patito normalucho se convertía en el patito primo de Zumosol.

“Ahora entiendo que se haya liado con Betty. Claro, ¿cómo iba a escapar un chico así del radar de “en boca de todos”?”

-        ¿Hola? Planeta Tierra llamando a Prue, aterriza – escuché lejanamente que decía Roman frente a mí - ¿te apuntas? No te habrás dejado el bañador en casa ¿no?

Solo cuando noté el afilado codo de Violet impactar en mis costillas pude reaccionar. De manera patética, sí, pero reaccioné al fin y al cabo.

-          Creo que de momento paso.

-          ¿Y tú? – le preguntó Roman a su prima - ¿te hace una carrerita por los viejos tiempos o tienes miedo de que te de la paliza de siempre?

-          Estoy con la regla y olvidé comprar Tampax así que me quedo en tierra – respondió Violet tendiendo su toalla con el logo de “Hijos de la Anarquía” en el suelo.

-          Joder, V – bufó Roman – no hacía falta ser tan especifica ¿vale?

A modo de respuesta Violet se encogió de hombros y, tirando de mi muñeca, me obligó a sentarme junto a ella mientras veíamos como Roman corría hacía el lago y se zambullía en sus aguas.

-          ¿Qué ha sido eso? – dijo socarronamente mirándome de reojo.

-          El qué.

-          Eso – mascullo Violet señalando levemente con la cabeza la zona donde Roman estaba nadandohe visto cómo has mirado a mi primo. Básicamente se ha formado un pequeño charquito de babas a tus pies.

-          ¡¿Qué?! ¡No! – exclamé horrorizada – se te ha ido la olla por completo.

-          Oh, por favor. Has puesto la misma cara que cuando ves al camarero macizo del Green Pine.

-          Mira, sin desmerecer la genética Lemacks-Ives tu primo no puede compararse con el semi dios pelirrojo del Green Pine – repliqué – y te puedo asegurar que me sacaría los ojos antes que mirar a Roman de la forma en la que según tú dices que le he mirado.

-          Que extremista, chica.

-          Puede ser pero es la pura verdad – afirmé asintiendo vehementemente con la cabeza – ya sabes que Roman para mí es como si fuera mi hermano o, mejor aún, mi hermana. A veces incluso olvido que no tiene vagina ahí abajo.

Esas últimas palabras hicieron que Violet estallara en carcajadas, lo que a su vez acarreó que unos cuantos pájaros huyeran volando asustados por la estridente risa de mi amiga.

-          Vale, quizá haya visto fantasmas donde no los hay – aceptó finalmente Violet – pero ¿no sería genial que finalmente nos convirtiéramos en primas? Porque si te casaras con Roman pasaríamos a ser oficialmente familia. Deberías tener en cuenta ese pequeño detalle.

-          Casi que prefiero esperar a que tu hermano de el estirón – dije burlonamente – así seremos cuñadas, ¿qué te parece?

-          Genial, simplemente genial.

Y ese fue el día que me comprometí a esperar que un crío de nuevos años diera el estirón para pedirle en matrimonio.

Ese fue el día en que por primera vez en mi vida, durante una milésima de segundos, dudé acerca de la relación que teníamos Roman y yo.

***

Pasamos el resto de la tarde contándonos los unos a los otros que habíamos hecho durante ese par meses que estuvimos separados, si bien no me pasó por alto el hecho de que Roman optó por obviar delante de su prima su exótico y tórrido encuentro con Betty en aquellas playas paradisiacas, y solo cuando el cielo comenzó a oscurecerse y las primeras gotas de esa tormenta veraniega anunciada empezaron a caer sobre nosotros recogimos nuestro picnic – si es que se le podía llamar eso a unas cuantas botellas de refresco y unos sándwiches secos – y nos pusimos de nuevo de camino hasta el pueblo.

Las ruedas de las bicicletas derrapaban por la húmeda calzada y para cuando llegamos a la bifurcación donde Violet giraba hacia la izquierda mientras que Roman y yo girábamos hacia la derecha  los tres estábamos tan empapados que apenas nos detuvimos para despedirnos:

-          Tened cuidado y avisad cuando estéis en casa, ¿de acuerdo? – grito Violet para hacerse oír por encima de la lluvia torrencial – y eso último va sobre todo por ti Roman.

“Roman, el chico al que el teléfono móvil le produce urticaria”.

-          Si, mamá – contestó Roman mientras se alejaba por el camino contrario, aunque para ser honesta no creo que Violet llegara a apreciar el retintín en la voz de su primo.

Pedaleamos sin descanso – y ciertamente más rápido de lo que cualquier policía de tráfico nos recomendaría – lo que quedaba de trayecto y no tardamos en ver las luces encendidas del salón de mi casa, lo que implicaba que Gust y mi madre ya habían llegado de su excursión al maravilloso mundo de buscar trastos inútiles en Portailor.

Con un brusco frenazo me detuve frente a mi jardín y desmonté de la bici mientras internamente maldecía la lluvia y el viento que habían creído oportuno hacer que mis pelos empapados se me pegaran en la frente y en los ojos.

-          ¿Quieres pasar? – le pregunté a Roman luchando inútilmente para liberar mi campo de visión.

-          No, será mejor que me vaya a casa – contestó sacudiendo la cabeza cual perrillo recién lavado – hablamos luego ¿vale?

-          Claro – asentí andando apresuradamente hacia el porche¡no te olvides de llamar a Violet!

La lluvia era tan atronadora y caía tan intensamente que apenas podía ver u oír nada a no ser que estuviera a menos de un metro de distancia por eso, cuando al fin conseguí poner mis pies en la chirriante madera que conformaba el porche delantero de mi casa y noté que algo o alguien tiraba de mí, el corazón estuvo a punto de salírseme por la boca.

-          ¿Pero qué…?

-          Tranquila, soy yo – dijo Roman sosteniendo mis muñecas para impedir que le diera un sopapo – joder Doyle, el día menos pensado me abres la cabeza de un guantazo.

-          ¿Sabes el susto que me has dado? – bufé taladrándole con la mirada – se suponía que te ibas ya para casa. Además, ¿desde cuándo andas como un ninja?

-          Si te lo digo tendría que matarte.

-          Ya has estado a punto de matarme – repliqué intentando inútilmente contener la sonrisa que ya me había aparecido en la cara - ¿y bien? ¿se puede saber que quieres?

Roman finalmente me soltó las muñecas y para mi sorpresa empezó a rebuscar en su calada mochila.

Estaba a punto de preguntarle que mosca le había picado y que se suponía que estaba buscando en su bolso de Mary Poppins particular cuando, triunfalmente, Roman sacó un pequeño sobre el cual tenía la tinta algo emborronada.

-          ¡Aquí está! Espero que no se haya estropeado mucho con la lluvia – dijo mi amigo tendiéndome el maltrecho sobre – tenía pensado habértelo dado anoche pero entre unas cosas y otras se me pasó.

No me hacía falta abrir aquel trozo de papel húmedo para saber lo que había en su interior: la postal número veintitrés.

Por cada viaje que Roman hacía con su familia a alguna parte del globo terráqueo siempre me traía – o me envía – una postal que pasaría a decorar la pared frente a la cual había colocado mi escritorio.

Era una pequeña tradición que ciertamente no sabía muy bien como había empezado, solo sabía que cada vez que sostenía entre mis manos una de esas cartulinas coloridas en las que se podía ver el monumento más característico de la ciudad de turno o un paisaje precioso que conseguía dejarte con la boca abierta algo en mi interior se iluminaba y esa luz terminaba reflejándose en mis ojos pardos, en mi pálido rostro, en todo mi ser.

La postal número veintitrés mostraba un precioso paisaje de arena blanca, aguas cristalinas y un cielo tan azul que parecía irreal pero no era la imagen lo que me importaba, no era la visión de esa impresionante playa paradisíaca lo que alteraba los latidos de mi corazón sino el pensar qué habría escrito Roman en el reverso en esta ocasión, qué palabras habría elegido esta vez para hacerme reír o enfurruñar.

Sin pensármelo demasiado, sin importarme que él estuviera frente a mí sonriéndome con los ojos, giré la tarjeta y recorrí con mi mirada las líneas que me había dedicado:


Te escribo desde el que probablemente sea el sitio más absolutamente bestial en el que jamás haya estado, sosteniendo una piña colada con mi mano libre y soportando estoicamente una cantidad indecorosa de arena en zonas
que no escribiré para no traumatizarte demasiado.

No sé cuándo leerás esto, ni si quiera sé si podré enviártelo por correo o si al final tendré que darte esta postal en mano, pero sea cuando sea que leas estas líneas te puedo asegurar que este viaje habría sido mucho mejor contigo a mi lado.
Te echa de menos,
El tío más cañón de toda la Playa del Carmen.


-          ¿El tío más cañón de la playa?

-          Ese soy yo – respondió risueño Roman, el cual, para mi total sorpresa, no me había interrumpido ni una sola vez mientras leía la postal - ¿vas a colgarla en la pared?

-          Como todas las demás – respondí alzando mis ojos hacia él.

“¿Cuándo demonios se ha vuelto tan alto?”

La sonrisa de Roman se intensificó aún más, como si en algún momento hubiera temido que aquella postal acabara tirada en el cubo de basura en vez de junto a sus hermanas.

-          Muchas gracias – dije volviendo a mirar aquel paraíso en miniatura que sostenía entre mis manos – pero que sepas que te odio bastante por haber estado en un sitio tan increíble y no haberme llevado contigo. Que esta cara angelical no te haga pensar lo contrario, te odio.

Roman se acercó aún más a mí y golpeó cariñosamente mi nariz con su dedo índice antes de decirme:

-          Sé que jamás podrías odiarme, Doyle.

No me dio tiempo a replicar, ni si quiera me dio tiempo para que pudiera lanzarle mi mejor mirada de hielo, porque antes de que me diera cuenta salió corriendo entre la lluvia, cogió su bicicleta y desapareció entre las sombras.


Esa noche, cuando coloqué la postal en la pared junto a esa otra que retrataba las Cataratas del Niagara, mis labios cobraron vida propia y besaron levemente aquel colorido trozo de papel.

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