El cielo había amanecido totalmente
despejado pese a que las noticias de la mañana habían augurado que podría
producirse la típica tormenta veraniega a lo largo de la jornada pero eso,
lejos de hacer que Roman y yo nos replanteásemos nuestro plan del día –
chapotear un poco en el lago Loleylo y almorzar un par de sándwiches bajo el
cobijo de las copas de los pinos silvestres del bosque – nos impulsó a coger
nuestras bicicletas y a pedalear con ganas hasta las inmediaciones del bosque
que rodeaba nuestro pueblo, lugar en el que se podía ver el gran cartel de
madera que daba la bienvenida a los pocos incautos que se tomaban la molestia
de visitar Saint Philippe-Loosle y donde ya nos esperaba con cara soñolienta
Violet.
Violet Ives.
Esa chica de cabellera azabache, ojos
pardos, piel pálida y figura curvilínea era la que completaba nuestro pequeño
pero compacto grupo de amigos.
Lejos de lo que la mayoría de las
personas del pueblo se imaginaban, ella – y no Roman – fue la primera amiga
oficial que hice cuando aterricé en Saint Philippe-Loosle a la dulce edad de
seis años y fue además gracias a ella que conocí a ese torbellino con complejo
de Indiana Jones que era Roman ya que ambos, Violet y Roman, eran primos puesto
que la madre de la primera y el padre del segundo eran, además de socios de la
famosa cadena de supermercados Lemacks, hermanos.
-
¡Forastera!
– gritó Violet alzando su mano nada más que alcanzó a vernos cuando cogimos
casi derrapando la curva de la desierta carretera.
Forastera. Casi había
logrado olvidar en esos meses de verano que pese a llevar viviendo en el pueblo
unos once años aún me seguían considerando la “forastera” del lugar.
Saint Philippe – Loosle era y es el
típico pueblecito apacible en el que nunca pasa nada nuevo. Siempre las mismas
caras, siempre los mismos coches recorriendo las tranquilas calles, siempre los
mismos negocios abiertos y siempre las mismas familias habitando las mismas
casas, por lo que no es de extrañar que en su momento supusiera un shock
bastante importante en la vida de todos los habitantes del lugar que un buen
día llegaran a sus oídos la noticia de que un matrimonio de la gran ciudad y su
pequeña hija de seis años habían decidido instalarse en la antigua casa de la
familia Applewhite.
Sobra decir que ese shock, además de
perdurar hasta la actualidad, ya que aún no he conseguido quitarme de encima el
San Benito de ser “la nueva”, se acentuó aún más cuando a los pocos meses de
nacer mi hermano y de instalarnos definitivamente en la zona mi padre decidió
irse para no volver jamás, quedándose mi madre de buenas a primeras a cargo de
dos hijos, una hipoteca chupasangre y las habladurías incesantes de los vecinos
curiosos.
Así que, pensándolo bien, supongo que es
mejor conservar el mote de “forastera”
antes que algún otro del tipo “la
abandonada” o “la repudiada por su
padre”.
-
¡Violet!
– saludé a mi amiga dejando caer pesadamente la bicicleta en la calzada y
corriendo hacia ella - ¿cómo es posible que estés aún más pálida que yo?
Pensaba que después de pasarte un par de meses haciendo trabajos forzados en el
rancho de tu abuela estarías negra como el carbón.
-
¿Negra?
¿yo? Querrás decir color salmonete que es como me he puesto – contestó Violet
echando un vistazo a sus brazos – vale, puede que ahora no se note pero te juro
que hubo un momento en el que todo esto estaba rojo.
-
En
tus sueños, querida prima – Roman se había acercado a nosotras arrastrando a
duras penas su bicicleta y la mía – cuando naciste tu madre te metió durante
dos días enteros en un bidón de crema con protección 50, de ahí que parezcas
salida de “Crepúsculo”. Estás hecha
toda una Cullen.
-
No
sé si sentirme ofendida o aterrada porque hayas hecho de manera voluntaria referencia
a “Crepúsculo” – mi amiga meneó con
fingido pesar su oscura cabellera antes de decir - ¿sabes? Voy a ahorrarme el
hacerte la pregunta de si eres Team Jacob o Team Edward porque de veras que me
da pavor que sepas si quiera a qué me estoy refiriendo.
-
Roman
sería Team Jacob seguro – apostillé - ¿no ves que es mucho de correr por los
bosques en gayumbos?
- Vale,
las dos sabéis perfectamente que ese día salí corriendo en calzoncillos porque
no sé cómo diablos se coló una tarántula del tamaño de mi puño en la tienda de
campaña – espetó Roman mientras luchaba
a duras penas para que sus mejillas no se enrojecieran – no quería arriesgarme
a ser la versión pueblerina de Spiderman.
-
Aun
me atormenta la imagen de tu culo de pollo correteando por entre los árboles –
le pinchó su prima antes de que todos nos echáramos irremediablemente a reír.
***
Tras unos quince minutos deambulando
entre los altos pinos al fin llegamos a nuestro pequeño refugio cerca del lago
Loleylo.
No estaría exagerando si dijera que los
mejores recuerdos de mi niñez tuvieron lugar entre aquellos árboles y en
aquellas aguas cristalinas y es que, si cerraba bien fuerte los ojos e inhalaba
aquel aire puro que nos rodeaba, casi podía ver mi pequeña versión de siete u
ocho años, con el pelo rojizo recogido en una alta coleta, prestando atención a
las indicaciones que el señor Lemacks nos hacía a Roman, Violet y a mí acerca
de cómo debíamos sostener las cañas de pescar y qué debíamos hacer cuando
notáramos que un pececillo había picado el anzuelo.
“Momentos
mágicos envueltos en papel de regalos”.
-
¿Quién
se anima a hacer una carrera nadando hasta la roca? – preguntó Roman a la par
que se deshacía de su camiseta y se quitaba sus viejas zapatillas de deporte
con un par de tirones.
“Vale,
sin lugar a dudas Roman ha estado haciendo mucho más deporte últimamente”.
No sabía cómo ni cuándo Roman había
dejado de ser ese chico desgarbado que a duras penas podía dar tres pasos sin
tropezarse con algo para ser… para ser el muchacho de cuerpo erguido y
ligeramente musculoso que tenía frente a mí, pero el caso era que quedaba muy pero que muy
poco del que durante estos últimos años había sido mi mejor amigo y si, admito
que ni en broma estaba preparada para ver con mis propios ojos como el patito
normalucho se convertía en el patito primo de Zumosol.
“Ahora
entiendo que se haya liado con Betty. Claro, ¿cómo iba a escapar un chico así
del radar de “en boca de todos”?”
- ¿Hola?
Planeta Tierra llamando a Prue, aterriza – escuché lejanamente que decía Roman
frente a mí - ¿te apuntas? No te habrás dejado el bañador en casa ¿no?
Solo cuando noté el afilado codo de
Violet impactar en mis costillas pude reaccionar. De manera patética, sí, pero
reaccioné al fin y al cabo.
-
Creo
que de momento paso.
-
¿Y
tú? – le preguntó Roman a su prima - ¿te hace una carrerita por los viejos
tiempos o tienes miedo de que te de la paliza de siempre?
-
Estoy
con la regla y olvidé comprar Tampax así que me quedo en tierra – respondió
Violet tendiendo su toalla con el logo de “Hijos
de la Anarquía” en el suelo.
-
Joder,
V – bufó Roman – no hacía falta ser tan especifica ¿vale?
A modo de respuesta Violet se encogió de
hombros y, tirando de mi muñeca, me obligó a sentarme junto a ella mientras
veíamos como Roman corría hacía el lago y se zambullía en sus aguas.
-
¿Qué
ha sido eso? – dijo socarronamente mirándome de reojo.
-
El
qué.
-
Eso
– mascullo Violet señalando levemente con la cabeza la zona donde Roman estaba
nadando – he visto cómo has mirado a
mi primo. Básicamente se ha formado un pequeño charquito de babas a tus pies.
-
¡¿Qué?!
¡No! – exclamé horrorizada – se te ha ido la olla por completo.
-
Oh,
por favor. Has puesto la misma cara que cuando ves al camarero macizo del Green Pine.
-
Mira,
sin desmerecer la genética Lemacks-Ives tu primo no puede compararse con el
semi dios pelirrojo del Green Pine –
repliqué – y te puedo asegurar que me sacaría los ojos antes que mirar a Roman
de la forma en la que según tú dices que le he mirado.
-
Que
extremista, chica.
-
Puede
ser pero es la pura verdad – afirmé asintiendo vehementemente con la cabeza –
ya sabes que Roman para mí es como si fuera mi hermano o, mejor aún, mi
hermana. A veces incluso olvido que no tiene vagina ahí abajo.
Esas últimas palabras hicieron que
Violet estallara en carcajadas, lo que a su vez acarreó que unos cuantos
pájaros huyeran volando asustados por la estridente risa de mi amiga.
-
Vale,
quizá haya visto fantasmas donde no los hay – aceptó finalmente Violet – pero
¿no sería genial que finalmente nos convirtiéramos en primas? Porque si te
casaras con Roman pasaríamos a ser oficialmente familia. Deberías tener en
cuenta ese pequeño detalle.
-
Casi
que prefiero esperar a que tu hermano de el estirón – dije burlonamente – así
seremos cuñadas, ¿qué te parece?
-
Genial,
simplemente genial.
Y ese fue el día que me comprometí a
esperar que un crío de nuevos años diera el estirón para pedirle en matrimonio.
Ese fue el día en que por primera vez en
mi vida, durante una milésima de segundos, dudé acerca de la relación que
teníamos Roman y yo.
***
Pasamos el resto de la tarde contándonos
los unos a los otros que habíamos hecho durante ese par meses que estuvimos
separados, si bien no me pasó por alto el hecho de que Roman optó por obviar
delante de su prima su exótico y tórrido encuentro con Betty en aquellas playas
paradisiacas, y solo cuando el cielo comenzó a oscurecerse y las primeras gotas
de esa tormenta veraniega anunciada empezaron a caer sobre nosotros recogimos
nuestro picnic – si es que se le podía llamar eso a unas cuantas botellas de
refresco y unos sándwiches secos – y nos pusimos de nuevo de camino hasta el
pueblo.
Las ruedas de las bicicletas derrapaban
por la húmeda calzada y para cuando llegamos a la bifurcación donde Violet
giraba hacia la izquierda mientras que Roman y yo girábamos hacia la
derecha los tres estábamos tan empapados
que apenas nos detuvimos para despedirnos:
-
Tened
cuidado y avisad cuando estéis en casa, ¿de acuerdo? – grito Violet para
hacerse oír por encima de la lluvia torrencial – y eso último va sobre todo por
ti Roman.
“Roman,
el chico al que el teléfono móvil le produce urticaria”.
-
Si,
mamá – contestó Roman mientras se alejaba por el camino contrario, aunque para
ser honesta no creo que Violet llegara a apreciar el retintín en la voz de su
primo.
Pedaleamos sin descanso – y ciertamente
más rápido de lo que cualquier policía de tráfico nos recomendaría – lo que
quedaba de trayecto y no tardamos en ver las luces encendidas del salón de mi
casa, lo que implicaba que Gust y mi madre ya habían llegado de su excursión al
maravilloso mundo de buscar trastos inútiles en Portailor.
Con un brusco frenazo me detuve frente a
mi jardín y desmonté de la bici mientras internamente maldecía la lluvia y el
viento que habían creído oportuno hacer que mis pelos empapados se me pegaran
en la frente y en los ojos.
-
¿Quieres
pasar? – le pregunté a Roman luchando inútilmente para liberar mi campo de
visión.
-
No,
será mejor que me vaya a casa – contestó sacudiendo la cabeza cual perrillo
recién lavado – hablamos luego ¿vale?
-
Claro
– asentí andando apresuradamente hacia el porche – ¡no te olvides de llamar a Violet!
La lluvia era tan atronadora y caía tan
intensamente que apenas podía ver u oír nada a no ser que estuviera a menos de
un metro de distancia por eso, cuando al fin conseguí poner mis pies en la
chirriante madera que conformaba el porche delantero de mi casa y noté que algo
o alguien tiraba de mí, el corazón estuvo a punto de salírseme por la boca.
-
¿Pero
qué…?
-
Tranquila,
soy yo – dijo Roman sosteniendo mis muñecas para impedir que le diera un sopapo
– joder Doyle, el día menos pensado me abres la cabeza de un guantazo.
-
¿Sabes
el susto que me has dado? – bufé taladrándole con la mirada – se suponía que te
ibas ya para casa. Además, ¿desde cuándo andas como un ninja?
-
Si
te lo digo tendría que matarte.
-
Ya
has estado a punto de matarme – repliqué intentando inútilmente contener la
sonrisa que ya me había aparecido en la cara - ¿y bien? ¿se puede saber que
quieres?
Roman finalmente me soltó las muñecas y
para mi sorpresa empezó a rebuscar en su calada mochila.
Estaba a punto de preguntarle que mosca
le había picado y que se suponía que estaba buscando en su bolso de Mary
Poppins particular cuando, triunfalmente, Roman sacó un pequeño sobre el cual tenía
la tinta algo emborronada.
-
¡Aquí
está! Espero que no se haya estropeado mucho con la lluvia – dijo mi amigo
tendiéndome el maltrecho sobre – tenía pensado habértelo dado anoche pero entre
unas cosas y otras se me pasó.
No me hacía falta abrir aquel trozo de
papel húmedo para saber lo que había en su interior: la postal número
veintitrés.
Por cada viaje que Roman hacía con su
familia a alguna parte del globo terráqueo siempre me traía – o me envía – una
postal que pasaría a decorar la pared frente a la cual había colocado mi
escritorio.
Era una pequeña tradición que
ciertamente no sabía muy bien como había empezado, solo sabía que cada vez que
sostenía entre mis manos una de esas cartulinas coloridas en las que se podía
ver el monumento más característico de la ciudad de turno o un paisaje precioso
que conseguía dejarte con la boca abierta algo en mi interior se iluminaba y
esa luz terminaba reflejándose en mis ojos pardos, en mi pálido rostro, en todo
mi ser.
La postal número veintitrés mostraba un
precioso paisaje de arena blanca, aguas cristalinas y un cielo tan azul que
parecía irreal pero no era la imagen lo que me importaba, no era la visión de
esa impresionante playa paradisíaca lo que alteraba los latidos de mi corazón
sino el pensar qué habría escrito Roman en el reverso en esta ocasión, qué
palabras habría elegido esta vez para hacerme reír o enfurruñar.
Sin pensármelo demasiado, sin importarme
que él estuviera frente a mí sonriéndome con los ojos, giré la tarjeta y
recorrí con mi mirada las líneas que me había dedicado:
Te escribo desde
el que probablemente sea el sitio más absolutamente bestial en el que jamás
haya estado, sosteniendo una piña colada con mi mano libre y soportando
estoicamente una cantidad indecorosa de arena en zonas
que no escribiré
para no traumatizarte demasiado.
No sé cuándo
leerás esto, ni si quiera sé si podré enviártelo por correo o si al final tendré
que darte esta postal en mano, pero sea cuando sea que leas estas líneas te
puedo asegurar que este viaje habría sido mucho mejor contigo a mi lado.
Te echa de
menos,
El tío más cañón
de toda la Playa del Carmen.
-
¿El
tío más cañón de la playa?
-
Ese
soy yo – respondió risueño Roman, el cual, para mi total sorpresa, no me había
interrumpido ni una sola vez mientras leía la postal - ¿vas a colgarla en la
pared?
-
Como
todas las demás – respondí alzando mis ojos hacia él.
“¿Cuándo
demonios se ha vuelto tan alto?”
La sonrisa de Roman se intensificó aún
más, como si en algún momento hubiera temido que aquella postal acabara tirada
en el cubo de basura en vez de junto a sus hermanas.
-
Muchas
gracias – dije volviendo a mirar aquel paraíso en miniatura que sostenía entre
mis manos – pero que sepas que te odio bastante por haber estado en un sitio
tan increíble y no haberme llevado contigo. Que esta cara angelical no te haga
pensar lo contrario, te odio.
Roman se acercó aún más a mí y golpeó
cariñosamente mi nariz con su dedo índice antes de decirme:
-
Sé
que jamás podrías odiarme, Doyle.
No me dio tiempo a replicar, ni si
quiera me dio tiempo para que pudiera lanzarle mi mejor mirada de hielo, porque
antes de que me diera cuenta salió corriendo entre la lluvia, cogió su
bicicleta y desapareció entre las sombras.
Esa noche, cuando coloqué la postal en
la pared junto a esa otra que retrataba las Cataratas del Niagara, mis labios
cobraron vida propia y besaron levemente aquel colorido trozo de papel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario