-
Vale,
oficialmente has perdido la cabeza.
Puede que Roman tuviera razón, puede que
verdaderamente hubiera perdido la poca cordura que aún tenía y estuviera loca
pero ¿qué era lo que decía el Sombrerero Loco de “Alicia en el País de las Maravillas”? ¡Ah, sí! “las mejores personas lo están”, así que
me consolaba creer que aunque terminara mis días encerradas en un psiquiátrico
al menos me habría ganado el título de buena
persona.
- Antes
de huir despavorido escúchame, ¿quieres? – dije agarrando con fuerza la muñeca
de Roman – si después de oír mi sabio punto de vista sigues pensando que estoy
loca haremos como si esto nunca hubiera pasado.
Roman me escrutó la cara detenidamente y
finalmente asintió lentamente.
- Mira,
perder la virginidad es un mero trámite por el que todos los que queremos tener
una vida sexual activa tenemos que pasar – planteé de manera resuelta – y no
nos engañemos, sabemos perfectamente que cuando nos acostemos por primera vez
con alguien va a ser un completo desastre – añadí en el mejor tono profesional
de mi repertorio – razón por la cual tienes tantos reparos en hacerlo con Betty
pese a que la tienes sin lugar a dudas a
tiro, como decís los tíos. Personalmente considero que esa expresión es
repulsiva pero en fin… vuestros cerebros pocos desarrollados os hacen hablar
así.
-
Prue,
deja de divagar – me cortó Roman - ¿a dónde quieres ir a parar?
- A
que si ambos nos usamos mutuamente saldremos ganando – atajé – piénsalo
fríamente ¿sí? Si nos acostamos y perdemos la virginidad juntos tú podrás
lanzarte a los brazos de Betty cuando quieras y perfeccionar lo que tengas que
perfeccionar entre las sábanas y yo me ahorraré el tener que pasar por una
situación traumática con Dios sabe quién.
La sombra de la duda apareció en el
rostro de Roman, como si por fin los engranajes de su cerebro hubieran
comenzado a funcionar y estuviera viendo las cosas tal y como yo las veía: de
manera totalmente práctica.
-
Sigue
pareciéndome una locura – dijo finalmente – Prue somos amigos, casi hermanos,
si pasamos esa línea…
- Qué,
¿acaso te vas a enamorar de mí si te acuestas conmigo? – repliqué enarcando una
ceja. Al parecer había heredado esa habilidad de mi madre – mira, no soy yo la
que está colgada por una chica y no se atreve a tener nada con ella por temor a
ser un paquete en la cama. Creo que sería una buena solución para tu problemita dar este paso con alguien con
quien tengas total confianza y resulta que solo hay dos personas en el mundo
que cumplen ese requisito, tu prima y yo. Si prefieres acostarte con Violet o
morir virgen por mi bien. No es mi vida sexual la que está pendiendo de un
hilo.
- No
está en mi lista de deseos el morir virgen precisamente – espetó Roman
taladrándome con la mirada – mira, le encuentro la lógica a todo lo que estás
diciendo ¿vale? Pero solo quiero asegurarme que si… si hacemos eso nuestra amistad no se irá a la
mierda y las cosas no se pondrán raras entre nosotros.
“¿Raras?
¿Por qué tendrían que ponerse raras?”
- ¿Quieres
que hagamos una pinky promesa o qué?
– dije burlonamente enganchando mi dedo meñique con el suyo – pinky prometo que jamás de los jamases
caeré rendida por ti o te retiraré la palabra por haberme hecho pasar el peor
rato de mi vida. Además, pinky
prometo que no iré comentando por ahí que eres un cuerpo escombro penoso en la
cama y ni aunque me apunten con una pistola en la cabeza reconoceré que alguna
vez me acosté contigo.
- No
tengo cuerpo escombro – ante mi fingida incrédula mirada, porque efectivamente
había podido comprobar en el lago que ya no era el delgaducho sin forma de
siempre, añadió – al menos ya no. Reconozco que antes no estaba del todo
definido pero…
-
¿Quién
está divagando ahora? – le interrumpí yo esta vez – deja de irte por las ramas
y haz tu pinky promesa.
Pinky promesa.
Si había algo que verdaderamente odiaba
Roman en esta vida era que Violet y yo le obligáramos a usar esas dos inocentes
palabras – y que le obligáramos a prometer algo que, como bien señalaba
siempre, no sabía nunca al cien por cien si podría cumplir – ya que según él
cada vez que las decía en voz alta perdía un porcentaje significativo de
hombría pero en fin, Violet y yo aprovechábamos cualquier ocasión que teníamos
para torturarle y no estaba dispuesta a perder la que se me acababa de
presentar.
-
¿Es
realmente necesario?
-
Ya
sabes que si – contesté apretando levemente el dedo.
Si las miradas matasen habría muerto en
ese instante.
-
Pinky prometo – gruñó
Roman – que nunca, ni en cien años que viva, pensaré en ti de otra manera que
no sea como mi mejor amiga y que antes me cortaré la lengua que contarle a
alguien que me he… que me he acostado contigo.
No pude más que sonreír cuando vi como
las mejillas de Roman se teñían poco a poco de un intenso tono rojizo cuando
pronunció las palabras finales de su promesa.
Siempre había sido el más vergonzoso de
los tres a la hora de hablar de temas sexuales y demás derivados y con los
años, en vez de ir tratando de una forma natural y sin tabúes esos temas iba
esquivándolos aún más, como si de armas mortales se trataran. Era ciertamente
adorable.
- Ea, pues listo –
dije soltando al fin sus enclenque dedillo meñique – supongo que hemos llegado
a un acuerdo y que hemos establecido las claves de confidencialidad así que
será mejor que movamos el culo o llegaremos tarde a clase.
Ya me había puesto en pie y había
comenzado a bajar las escaleras cuando Roman tiró de mi camiseta bruscamente,
haciendo que trastabillara y que por poco me comiera unos cuantos sabrosos
escalones de mármol.
-
Lo
siento, lo siento – se apresuró a decir ayudándome a estabilizarme – es que…
quería saber cuándo… ya sabes.
“Oh,
por Dios. Si me sigue hablando en clave no me hago responsable de mis actos
violentos”.
-
¿Mañana
por la noche? – sugerí – mi madre sale a cenar todos los viernes con Charlie y creo
que Gust se queda a pasar la noche en casa de un amigo así que tendremos mi morada
libre.
-
¿Mañana?
-
¿Prefieres
otro día? porque a mí me da igual – repliqué encogiéndome de hombros – avísame cuando te venga bien pero
desde ya te digo que el sábado no cuentes conmigo porque voy a ir a la fiesta
de Kevin.
- No,
no… por mí está bien mañana – contestó Roman haciéndose de nuevo crujir los
dedos por decimotercera vez en lo que iba de día. Sí, tenía esa desquiciante
manía. Cada vez que estaba nervioso o preocupado por algo se dedicaba a
juguetear con las falanges de sus dedos – es solo que no pensé que sería tan
pronto pero… genial. Sí, genial. Cuanto antes nos lo quitemos de encima mejor.
-
Mañana
serás todo un hombre, pequeño Lemacks – espeté burlonamente golpeándole el
brazo – por cierto, te toca a ti traer los condones.
Y sin más, cuando oí sonar el timbre que
indicaba que las clases comenzaban de nuevo, salí corriendo dejando atrás al
chico que única y exclusivamente podría desempeñar el papel de mi mejor amigo
el resto de mi vida.
Pero eso era lo único que quería que él
siguiera siendo para mí.
¿Verdad?
Verdad o, al menos por aquel entonces,
creía que esa era la verdad.
***
El resto del día me fue totalmente
imposible concentrarme, aunque solo fuera un poco, en lo que los profesores se
esforzaban por hacernos entender ya que mi mente había tomado vida propia e
inevitablemente no paraba de darle vueltas al acuerdo al que había llegado con
Roman.
Seguía creyendo a pies putillas que no
era una mala idea, que el simple hecho de que me acostara con mi mejor amigo no
iba a perjudicar nuestra relación porque, como bien le dije, era un mero
trámite por el que tarde o temprano tendríamos que pasar y ¿acaso no era mejor
que pasáramos el mal trago de perder la virginidad juntos que con cualquier
extraño que podría juzgarnos apresuradamente si metíamos la pata? pero sin
embargo no podía evitar estar nerviosa y quizás una pequeña parte de mí, la
parte ñoña que fantaseaba con el puñetero príncipe azul, se preguntaba si no me
arrepentiría en el futuro de no haber compartido ese momento con alguien a quien
verdaderamente quisiera.
“Pero
quiero a Roman. Quizá no de la manera que se cabría esperar para dar ese paso
pero le quiero así que ¿cómo podría arrepentirme de hacer algo así? No, es
absurdo”.
-
No
me has contado que tal te fue con Roman.
No lo pude evitar, al oír las palabras
de Violet poco después de que el señor Tudur abandonara la clase di un respingo
y, dejando que mi lado más paranoico saliera a la luz, comencé a preguntarme a qué
demonios se estaría refiriendo.
-
¿Con
Roman?
-
Sí,
ya sabes – contestó mirándome extrañada – ese chico alto y moreno al que
conoces desde siempre y que lleva días sin mirarnos a la cara porque es un
tarugo mental. Me dijiste que ibas a hablar con él.
“Y
lo hice. Vaya si lo hice”.
- Lo
hemos arreglado – dije finalmente mientras terminaba de recoger los libros y
los pocos apuntes que había tomado – es más, se ofreció a hacer de chófer de
nuevo así que hoy me ahorro el mal trago de ir en el autobús de la muerte.
- Suerte
la tuya – refunfuñó mi amiga – yo seguiré yendo a patitas hasta que ese ser
despreciable reconozca que es un traidor.
-
Violet…
- No,
Prue – me cortó V alzando una de sus manos para enfatizar que mantuviera mi
pico cerrado – me alegro que lo hayáis solucionado y que volváis a ser amigos
pero yo no puedo pasar por alto que mi primo haya tenido un lío o peor, que
esté verdaderamente interesado, en la tía que se dedicó a hacerme la vida
imposible durante toda la santa infancia – mi amiga cerró de un portazo su
taquilla y comenzó a caminar con pasos furiosos hacia la salida mientras yo
trotaba tras ella cual perrito desvalido – por no hablar de que ni siquiera
tuvo el valor de ser él mismo el que me contará lo ocurrido este verano sino
que me tuve que enterar por ti. No es suficientemente malo que confraternice
con el enemigo, no. Encima tiene que ser un maldito cobarde.
No podía negar que en parte Violet
tuviera razón pero desde que sabía lo que Roman sentía por Betty y lo que había
vivido con ella en ese mundo paralelo para el que nadie más tenía permiso de entrada,
la balanza interna que todos poseíamos, esa que antes había estado inequívocamente
del lado de mi amiga, ahora no sabía hacía dónde decantarse.
“¿Y
dónde me deja todo esto a mí? En medio, en medio de una batalla campal entre
dos orgullosos y testarudos cabezotas”.
-
No
podéis estar evitándoos toda la vida – le recordé, ya que al parecer se le
había olvidado el pequeño detalle de que si bien en el instituto podía girarle
la cara cada vez que le veía pasar tendría que soportar su presencia en las famosas
reuniones familiares de los Lemacks-Ives – y me consta que Roman te echa de
menos.
-
Estupendo
– rezongó mi amiga – así no le costará mucho trabajo dar su brazo a torcer y
reconocer que es un imbécil.
Aquel día Violet no se despidió con
alguno de esos chascarrillos a los que tanto me tenía acostumbrada. Tampoco amenazó
con llamarme para que mantuviéramos una de nuestras famosas macro llamadas
telefónicas en las planificábamos hasta el más mínimo detalle nuestra futura
vida neoyorkina, solo se alejó entre aquel mar de gente despreocupada mientras
el sol se reflejaba en su pelo azabache y la brisa mecía su larga melena.
***
-
Prometedme
que jamás os volveréis a enfadar – dijo Gust mientras acariciaba con amor casi
celestial la tapicería del coche de Roman.
Si creía que yo era la única a la que se
le había hecho un mundo el tener que depender del autobús estaba totalmente
equivocada.
“Vaya,
y yo que pensaba que Gust estaba a sus anchas en aquel viejo trasto rodeado de aquellos
ruidosos salvajes de hormonas alteradas”.
-
Eso
no depende de mí, sino de tu hermana – contestó Roman lanzándole una mirada cómplice
a mi hermano – ya sabes lo difícil que es tratar con ella.
-
Qué
me vas a contar – rezongó Gust apoyando la barbilla en el respaldo de mi
asiento – no te haces ni una idea de la tortura que supone vivir con ella.
¡PLAS!
Mi mano se estrelló en la frente de mi
hermano con la fuerza suficiente como para que se pudiera apreciar a simple
vista una ligera rojez bajo su despeinado flequillo cobrizo.
-
Recuerda
que soy plenamente capaz de lanzarte del coche en marcha – dije girándome hacia
él – y que puedo hacer de tu vida un auténtico infierno.
-
¿Más?
Lo dudo mucho – espetó Gust frotándose la frente.
Por el rabillo del ojo vi como Roman
intentaba inútilmente evitar que una sonrisa apareciera en su rostro pero si creía
que se pondría de mi parte estaba muy equivocada porque, alzando su puño, le
dijo a mi hermano de manera solemne:
-
Resiste
chaval.
Esta vez fue Roman el que recibió una
torta – en el brazo, tampoco era tan idiota como para darle en plena cara
cuando estaba conduciendo – pero solo conseguí que se echara a reír y que me
devolviera el golpe.
“Tocada
y hundida”.
-
Deja
de dártelas de enrollado con mi hermano, Lemacks – taladrándole con la mirada y
haciendo oídos sordos de las carcajadas que Gust daba tras de mí me froté el
brazo dolorido – y sobretodo deja de meterle ideas raras en la cabeza. Vas a
lograr que de verdad crea que tiene alguna posibilidad de sobrevivir si se mete
conmigo.
-
Solo
le ofrezco mi apoyo – contestó Roman guiñándole el ojo a Gust a través del
retrovisor – sé lo que es que una tía loca te mangoneé o ¿has olvidado que eso
es lo que lleváis haciendo Violet y tú conmigo desde que tengo uso de razón?
¿debo recordarte la famosa acampada que hicimos a los nueve años en tu jardín?
No, claro que no.
4 de julio del 2001.
Ese año la familia Lemacks se había
quedado en Saint Philippe-Loosle a pasar el verano y aprovechando que por una
vez podíamos pasar el Día de la Independencia juntos, nuestros padres decidieron
preparar juntos una pequeña barbacoa en el jardín trasero de mi casa para los
pocos vecinos de nuestra calle que aún no se habían ido de vacaciones.
Pese a que Violet, Roman y yo nos pasamos
toda la tarde correteando de un lado para otro, cuando cayó la noche y
terminamos de ver los tan esperados fuegos artificiales estábamos tan hiperactivos
– debido en gran medida a la desmesurada cantidad de dulces y chucherías que
habíamos comido – que mi madre dejó que montáramos nuestra remendada tienda de
campaña para que durmiéramos a la intemperie esa cálida noche de verano.
No fue hasta bien entrada la madruga que
el pequeño Lemacks cayó rendido en un profundo sueño pero no así Violet y yo –
ciertamente estábamos más despierta cada minuto que pasaba – por lo que, escabulléndonos
silenciosamente hasta el interior de mi casa, sacamos al jardín la artillería
pesada de toda niña de nueve años: peines, coleteros y el maquillaje caro de
mamá.
Digamos que a la mañana siguiente,
cuando Roman se despertó, parecía recién salido de un capítulo de “Tarta de Fresa” y aunque él se apresuró
para quitarse de encima toda esa porquería que le habíamos puesto en la cara la
noche anterior, no fue lo suficientemente rápido como para escapar de mi
temible cámara de fotos.
Si, estuvimos chantajeándole durante
años con esa pequeña instantánea cada vez que él se resistía a hacer lo que
queríamos así que podía entender que sintiera cierta empatía por Gust.
Supongo que todos los que conformaban el
auténtico sexo débil debían de apoyarse y ayudarse entre ellos.
-
No
sé de lo que me estás hablando – dije inocentemente mientras subía aún más la música
de la radio y ahogaba con ella la risa de mi amigo.
***
Cuando paramos frente a mi casa el coche
de mi madre aún no estaba aparcado en su sitio habitual, lo que solo podía significaba
una cosa: que me tocaría una vez más preparar la cena y luchar con Gust para
que terminara los malditos deberes antes de que nuestra madre llegara.
La simple idea de que me tocaría
batallar con mi hermano – algo que realmente podía ser agotador – hizo que me
entraran ganas de permanecer encerrada en el coche de Roman por tiempo
indefinido y que incluso me preguntase si sería posible vivir por siempre jamás
en un vehículo de apenas cinco metros de largo y dos de ancho.
-
Gust,
¿por qué no vas entrando? Tengo que hablar una cosa con Roman.
Si tenía pensado poner resistencia no lo
demostró porque, después de despedirse de Roman y de chocar su puño con el de
mi amigo, salió corriendo por el camino de grava hasta la casa.
-
¡Recoge
las cartas! – le ordené cuando vi que esquivaba intencionadamente nuestro
atestado buzón.
El por qué mi hermano detestaba tantísimo
encargarse de comprobar si había correspondencia o de sacar la basura era un
misterio que la ciencia aún estaba investigando y que a mi ponía de los
nervios.
-
¿Sabes?
Eres rematadamente afortunado por ser hijo único – resoplé dejando caer mi
cabeza contra el salpicadero.
-
No
seas quejica, Doyle – dijo Roman frotando mi espalda – ¿ya has olvidado como
éramos cuando teníamos su edad?
-
Nunca
fui tan repelente – o puede que sí.
-
Sí
que lo eras – vaya, gracias – y en
cierto modo lo sigues siendo – añadió en tono burlón, tono que desapareció por
completo cuando dijo – Bueno, ¿vas a decirme de qué querías hablar conmigo?
-
De
nada, era solo una excusa para poder quedarme un rato más aquí sin hacer
absolutamente nada – murmuré aún sin levantar la cabeza – quería disfrutar de
unos minutos de tranquilidad antes de enfrentarme al monstruo que tengo como
hermano.
Casi noté como Roman soltaba un suspiro
de alivio. Casi.
-
¿De
qué creías que quería hablar contigo? – le pregunté alzando mi cabeza al fin
para poder escrutar con mis ojos su cara – ya sé, de lo de mañana ¿o me
equivoco?
No, no me equivocaba. Por supuesto que
no.
-
Solo
pensé que te habías echado para atrás.
-
Yo
no, ¿lo has hecho tú? – creo que era la primera vez en mi vida que Roman no era
como un libro abierto para mí y era muy pero que muy frustrante.
Mi amigo negó con la cabeza.
-
Vale,
pues entonces ya sabes – dije resueltamente saliendo del coche – mañana por la
tarde en mi casa. Te mandaré un mensaje cuando mi madre y Gust se hayan ido.
Ya había cerrado la puerta del copiloto
y había comenzado a alejarme del coche cuando Roman pronunció mi nombre,
haciendo que girara sobre mí misma y me quedara de nuevo frente a él.
-
Esto
no nos explotará en la cara, ¿verdad?
De nuevo esa sombra de duda en su cara.
-
¿Necesitas
otra pinky promesa, Lemacks?
Sonrisa. La sonrisa de siempre en el
rostro de siempre.
-
No,
confío en ti – contestó Roman antes de arrancar y desaparecer por la silenciosa
calle.
“Confío
en ti”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario