jueves, 9 de agosto de 2012

CAPÍTULO 9

Cualquier duda, por minúscula que fuera, que cobijara aún en mi interior sobre si hacíamos bien o no en seguir se disipó por completo cuando volví a rozar los labios de Roman, cuando volví a notar sus manos en mi cintura, cuando estuve tan cerca de él que de haberlo querido podría haber contado todas y cada una de sus largas y oscuras pestañas.

Mis manos descendieron por su cuello, por sus torneados brazos, y se deslizaron por dentro de su manida camiseta. Las yemas de mis dedos acariciaron el ligero vello que partía desde su ombligo hasta perderse por la goma de los calzoncillos y una ligera sonrisa recorrió mi cara cuando noté como Roman se estremecía bajo mi tacto.

-          ¿Quieres que me la quite? – me preguntó Roman a escasos centímetros de mi boca.

Asentí y casi me arrepentí de haberlo hecho cuando se apartó de mí para sacarse de encima esa camiseta de rayas que, si no recordaba mal, le habíamos regalado en su último cumpleaños Violet y yo para así poderle llamar marinero de luces cada vez que se la pusiera.

“Mi estúpido y estupendo mejor amigo”.

Sin apartar mis ojos de los suyos - ¿cuándo se habían vuelto un imán para mí? – comencé a desabotonar uno a uno los botones de la fina camisa que llevaba hasta que, de un ligero tirón, me deshice de ella quedándome frente a Roman únicamente con mi sencillo sujetador de encaje blanco.

-      No recordaba que tuvieras tantas pecas – dijo mientras, ladeando ligeramente su cabeza, miraba mis hombros, mi escote, mi estómago.

-          Quizá sea porque nunca te fijaste demasiado – contesté.

“¿Y eso me molesta?”

Los largos dedos de Roman acariciaron mis hombros y esa vez fui yo la que me estremecí de arriba abajo.

-          Quizá.

Lentamente, como si temiera hacer cualquier movimiento brusco que me espantara, Roman hizo un sendero de besos desde mi huesudo hombro hasta el cuello y para cuando llegó de nuevo a mi boca tenía tanta necesidad de él que tuve que hacer uso de todo mi autocontrol para no devorarlo en ese preciso momento.

-          ¿Has traído…?

-    ¿Condones? – terminó por mí sacando del bolsillo trasero de sus pantalones el brillante envoltorio – soy novato en esto pero si algo saqué en claro de la charla sobre sexualidad que recibimos en quinto es que el soldadito siempre debe llevar chubasquero.

-    Si vuelves a referirte a eso – dije en tono amenazador señalando su entrepierna – como soldadito te echo de mi casa, y hablo totalmente enserio.

Pero él sabía que no hablaba enserio.

Continuamos besándonos y acariciándonos con dedos inseguros y temblorosos hasta que terminamos completamente tumbados uno al lado del otro, con la respiración agitada y los labios hinchados de pasión.

Lo necesitaba, lo necesitaba como jamás había necesitado a nadie, como jamás pensé que fuera a necesitar a nadie.

Y le quería, no de un modo sentimental o al menos eso quería creer, sino de un modo físico. Mi cuerpo le quería dentro de mí y ese pensamiento me hizo enrojecer de pies a cabeza pero era la verdad, la auténtica verdad.

-    Póntelo – le ordené al oído cuando, alzando ligeramente mi cadera, me encontré con su erección.

“Va a pasar de verdad”, pensé cuando Roman se bajó primero los pantalones y luego sus bóxer color negro, cuando rasgó con los dientes el envoltorio del condón y se lo puso de un solo tirón.

-     ¿Has estado practicando? – le pregunté con un deje de burla en mi voz cuando, con una decisión para nada propia de él, desabrochó el cierre de mis short y los deslizó por mis piernas mientras me acariciaba con sus pulgares mis pálidos muslos – ¿has mancillado el honor de unos cuantos plátanos antes de venir?

-       Más o menos – respondió jugueteando con el elastiquillo de mis bragas – solo que en vez de plátanos usé calabacines.

Una carcajada escapó de mi boca, una carcajada que fue callada por los cada vez más seguros labios de Roman.

-       ¿Estás… estás lista? – sus dedos descendieron hasta rozar mi clítoris y de nuevo mis caderas tomaron vida propia cuando se alzaron desesperadas hacia él – supongo que eso es un sí.

-          Cállate ya, Lemacks – repliqué entrecortadamente enroscando mis piernas entorno a las suyas – y hazlo de una vez.

Y entonces ocurrió, entonces por fin mi cuerpo recibió lo que tan anhelantemente había estado esperando.

Fue como si un centenar de diminutas cuchillas se hubieran hecho paso a través de mí arañándome sin pudor, como si me estuvieran desgarrando por dentro, pero aun así se sentía… bien.

Pese al dolor, pese a cualquier molestia que pudiera estar sintiendo por nada del mundo quería que Roman se apartara sino todo lo contrario, quería que ese instante fuera eterno porque sabía que una vez que termináramos jamás volvería a pasar nada parecido entre los dos y aunque mi mente hacia mucho que había asimilado eso, mi cuerpo se resistía a creerlo.

Me había mordido los labios para evitar soltar un quejido pero la siguiente embestida de Roman consiguió que dejara escapar un gemido de dolor que hizo que él se detuviera y me mirara con ojos preocupados, incluso con cierto temor, y cuando nuestras miradas se encontraron entre aquella vorágine de cabellos empapados de sudor, supe que Roman jamás se perdonaría el haberme lastimado aunque él no hubiera podido hacer nada para evitarlo.

-          Está bien, está bien – susurré clavando mis uñas en su espalda – solo ve más despacio.

-          Puedo parar si…

-          Solo ve más despacio – repetí atrayéndolo más hacia mí.

Roman se introdujo de nuevo en mí lenta, muy lentamente, y esta vez el gemido que se dejó oír de mis labios fue de puro placer.

Sentía como por cada segundo que pasaba nuestros cuerpos se iban acompasando hasta que todas las piezas del puzzle que formábamos encajaron a la perfección.

-     Roman – jadeé de manera entrecortada hincando aún más mis uñas en él cuando el placer comenzó a nublarme los sentidos.

Había llegado a un punto en el que sólo me era posible agarrar con mis puños las sábanas de mi cama y dejar que mi cuerpo actuara por propia inercia, dejar que mis instintos más primarios tomaran las riendas de la situación, dejarme ir por completo entre los brazos del único chico del mundo que estaba totalmente vetado para mí.

No había forma alguna de volver atrás pero ¿acaso quería hacerlo? ¿acaso quería olvidar todo lo que estaba experimentando? ¿acaso quería olvidar como algo que se suponía que iba a ser un hecho carente de emoción y meramente puntual había sacado a relucir sentimientos y deseos que mi subconsciente había enterrado tiempo atrás?

-     Prue – masculló mi amigo, mi mejor amigo, contra mi cuello cuando llegó al clímax y se derrumbó junto a mí.

“No, claro que no quiero olvidar nada de eso”.

***

No sé cuánto tiempo permanecimos tumbados en la cama, el uno al lado del otro, sin decir absolutamente nada.

¿Horas? ¿minutos? ¿segundos?

No tenía la más remota idea porque había perdido por completo la noción del tiempo – y puede que incluso la noción de la realidad –, solo sabía que aquel día había descubierto que estaba altamente capacitada para hacer promesas imposibles de cumplir.

“Prometo que jamás de los jamases caeré rendida por ti”.

Había fallado, había fallado estrepitosamente, y sabía que pagaría por ello un precio demasiado alto pero aun así no me arrepentía, no podía arrepentirme de lo que había pasado entre Roman y yo en aquella habitación aunque eso hubiera desencadenado que por primera vez en mi vida me planteara algo que de otra forma jamás me habría atrevido a preguntarme a mí misma por temor a las respuestas.

¿Me gustaba Roman Lemacks? ¿Sentía algo más que amistad por ese chico que había formado parte de los mejores y peores momentos de mi vida desde que tenía uso de razón? ¿Mi corazón había amado en silencio, a escondidas y sin permiso durante años a mi mejor amigo?

“No, no, no”.

-     ¿Sigue todo bien entre nosotros? – preguntó finalmente Roman rompiendo de ese modo el silencio que nos rodeaba y oprimía.

-      Claro – todo está bien, todo está bien - ¿por qué iba a estar mal? Los dos sabíamos a lo que veníamos así que…

-          Pero es que todo ha sido tan… raro.

“Raro, intenso, íntimo, desquiciantemente perfecto”.

-          Supongo que sí – contesté aún con la mirada fija en el techo – pero ya está hecho. Ahora eres todo un machote libre de ir tras Betty o tras cualquier otra que se te antoje.

“Y eso no me molesta. ¿Te enteras corazón? ¡Eso no me molesta! Así que deja de contraerte ante la simple idea de ver a Roman paseando de la mano de otra chica”.

-          ¿Y eso no te importa?

Roman se giró hacia mí apoyando su codo en la almohada y cuando mis ojos se desviaron irremediablemente hacia los suyos, cuando descubrí esa pequeña arruga que se le formaba en el ceño cada vez que algo se le escapaba de su entendimiento o tomaba un giro que él ni siquiera había previsto dudé acerca de qué debía responder.

“Sí, me importa. No sé por qué pero me importa y me fastidia más de lo humanamente posible el pensar que mañana mismo podrías estar besando a cualquier otra de la misma forma en la que me besaste a mí y es una completa mierda el sentir… qué sé yo ¿celos? ¿envidia? ¿pura y genuina rabia? ante la simple idea de que sigas adelante y cumplas con el trato que hicimos, que tú sí que seas capaz de olvidar esto y hacer como si nunca nos hubiéramos acostado pero claro, no es tu culpa. No es tu culpa que yo sea una debilucha con complejo de Hércules, que creyera ciegamente que no me afectaría nada de esto, que realmente pensara que la situación no se me escaparía de las manos y que nunca me planteara que podrías despertar algo completamente nuevo y terrorífico en mí. Eres tan molestamente perfecto que ni aunque me destruyas por completo podré culparte por ello”.

-   ¿Por qué debería importarme? – le pregunté a su vez intentando sonar completamente indiferente – por lo que a mí respecta, hoy solo hemos sido un pene y una vagina que ¡pum! se han encontrado por casualidad. Además, el trato era que nos acostáramos para que no te impusieras ningún límite a la hora de estar con quien quieras, no que nos prometiésemos amor eterno y nos fugásemos a Las Vegas para casarnos en un arrebato de pasión desmedida.

-     Me alegra que pienses así – dijo mi amigo poniéndose de un salto en pie para comenzar a vestirse – pensé que te molestaría saber que pienso ir mañana a la fiesta de Kevin para intentar hablar con Betty pero – aun subiéndose los pantalones se giró hacía mí y me dedico una de sus sonrisas burlonas – es un alivio comprobar que no estás enamoradita de mis huesos después de que...

-         ¿De que hayamos follado? – espeté rodando los ojos dramáticamente aunque por dentro sentía como si mil puñales hubieran atravesado mi alma – Lemacks, no eres ningún virtuoso en la cama así que créeme cuando te digo que te hará falta mucho más que echar un polvo con cualquier tía para hacer que esta pierda la cabeza por ti.

-     Vamos Doyle, ten un poco de fe en mí – respondió como si nada lanzándome mi camisa – pronto seré todo un rompe corazones y si me lo propusiera estoy seguro de que incluso podría quitarle el título de “Don Juan de High Philippe School” a Cameron Mason.

-    Si, seguro que si – me esforcé a responder mientras, aun con las sábanas cubriéndome el cuerpo, buscaba a tientas el resto de mi ropa en el suelo – ya te estoy viendo en lo alto del escenario recogiendo la corona del rey del baile este año.

“Y con Betty Michele a su lado, meneando su maravillosa melena dorada mientras saluda a sus plebeyos con una gracia casi divina”.

***

Terminamos de vestirnos en silencio, en un silencio que quemaba y que me daban ganas de gritar pero que por el contrario a él parecía no afectarle en absoluto.

-     Bueno, será mejor que me vaya – dijo finalmente Roman cuando terminó de anudarse sus zapatillas de deporte - ¿nos vemos mañana en la fiesta?

-          Claro – contesté – iré con Violet así que nos veremos directamente allí.

-          Genial.

-          Si, genial.

“Vete, vete, vete. Por favor, vete ya”.

Ya había puesto la mano en el picaporte, ya había abierto la puerta cuando se giró de nuevo hacia mí para decir mientras posaba sus labios, esos labios que hacía nada habían saboreado mi boca y mi piel, en mi frente:

-     Gracias, gracias de veras Prue. No sabes cuánto me has ayudado con esto. Eres una buena amiga.

“Eres una buena amiga”.

-       La mejor – respondí forzando por primera vez el regalarle una sonrisa a Roman antes de que este desapareciera escaleras abajo y me dejara a solas en mi dormitorio con la única compañía de ese nudo que había decidido aparecer en mi garganta y que me asfixiaba un poco más cada segundo que pasaba.

“Prometo que nunca, ni en cien años que viva, pensaré en ti de otra manera que no sea como mi mejor amiga”.



Aquella noche, cuando mi madre llegó pasada la media noche y entró en mi habitación sin hacer ruido para ver si ya estaba dormida, tuve que esconder mi rostro entre las sábanas, tuve que esconder esas lágrimas solitaria que habían brotado de mis ojos y que poco a poco recorrían mis mejillas envueltas de una melodía silenciosa de sollozos perdidos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario