Cualquier duda, por minúscula que fuera,
que cobijara aún en mi interior sobre si hacíamos bien o no en seguir se disipó
por completo cuando volví a rozar los labios de Roman, cuando volví a notar sus
manos en mi cintura, cuando estuve tan cerca de él que de haberlo querido
podría haber contado todas y cada una de sus largas y oscuras pestañas.
Mis manos descendieron por su cuello,
por sus torneados brazos, y se deslizaron por dentro de su manida camiseta. Las
yemas de mis dedos acariciaron el ligero vello que partía desde su ombligo hasta
perderse por la goma de los calzoncillos y una ligera sonrisa recorrió mi cara
cuando noté como Roman se estremecía bajo mi tacto.
-
¿Quieres
que me la quite? – me preguntó Roman a escasos centímetros de mi boca.
Asentí y casi me arrepentí de haberlo hecho
cuando se apartó de mí para sacarse de encima esa camiseta de rayas que, si no
recordaba mal, le habíamos regalado en su último cumpleaños Violet y yo para
así poderle llamar marinero de luces cada
vez que se la pusiera.
“Mi
estúpido y estupendo mejor amigo”.
Sin apartar mis ojos de los suyos -
¿cuándo se habían vuelto un imán para mí? – comencé a desabotonar uno a uno los
botones de la fina camisa que llevaba hasta que, de un ligero tirón, me deshice
de ella quedándome frente a Roman únicamente con mi sencillo sujetador de
encaje blanco.
- No
recordaba que tuvieras tantas pecas – dijo mientras, ladeando ligeramente su
cabeza, miraba mis hombros, mi escote, mi estómago.
-
Quizá
sea porque nunca te fijaste demasiado – contesté.
“¿Y
eso me molesta?”
Los largos dedos de Roman acariciaron
mis hombros y esa vez fui yo la que me estremecí de arriba abajo.
-
Quizá.
Lentamente, como si temiera hacer
cualquier movimiento brusco que me espantara, Roman hizo un sendero de besos
desde mi huesudo hombro hasta el cuello y para cuando llegó de nuevo a mi boca
tenía tanta necesidad de él que tuve que hacer uso de todo mi autocontrol para
no devorarlo en ese preciso momento.
-
¿Has
traído…?
- ¿Condones?
– terminó por mí sacando del bolsillo trasero de sus pantalones el brillante
envoltorio – soy novato en esto pero si algo saqué en claro de la charla sobre
sexualidad que recibimos en quinto es que el soldadito siempre debe llevar chubasquero.
- Si
vuelves a referirte a eso – dije en
tono amenazador señalando su entrepierna – como soldadito te echo de mi casa, y hablo totalmente enserio.
Pero él sabía que no hablaba enserio.
Continuamos besándonos y acariciándonos
con dedos inseguros y temblorosos hasta que terminamos completamente tumbados
uno al lado del otro, con la respiración agitada y los labios hinchados de
pasión.
Lo necesitaba, lo necesitaba como jamás
había necesitado a nadie, como jamás pensé que fuera a necesitar a nadie.
Y le quería, no de un modo sentimental o
al menos eso quería creer, sino de un modo físico. Mi cuerpo le quería dentro
de mí y ese pensamiento me hizo enrojecer de pies a cabeza pero era la verdad,
la auténtica verdad.
- Póntelo
– le ordené al oído cuando, alzando ligeramente mi cadera, me encontré con su
erección.
“Va
a pasar de verdad”, pensé
cuando Roman se bajó primero los pantalones y luego sus bóxer color negro,
cuando rasgó con los dientes el envoltorio del condón y se lo puso de un solo
tirón.
- ¿Has
estado practicando? – le pregunté con un deje de burla en mi voz cuando, con
una decisión para nada propia de él, desabrochó el cierre de mis short y los
deslizó por mis piernas mientras me acariciaba con sus pulgares mis pálidos
muslos – ¿has mancillado el honor de unos cuantos plátanos antes de venir?
- Más
o menos – respondió jugueteando con el elastiquillo de mis bragas – solo que en
vez de plátanos usé calabacines.
Una carcajada escapó de mi boca, una
carcajada que fue callada por los cada vez más seguros labios de Roman.
- ¿Estás…
estás lista? – sus dedos descendieron hasta rozar mi clítoris y de nuevo mis
caderas tomaron vida propia cuando se alzaron desesperadas hacia él – supongo
que eso es un sí.
-
Cállate
ya, Lemacks – repliqué entrecortadamente enroscando mis piernas entorno a las
suyas – y hazlo de una vez.
Y entonces ocurrió, entonces por fin mi
cuerpo recibió lo que tan anhelantemente había estado esperando.
Fue como si un centenar de diminutas
cuchillas se hubieran hecho paso a través de mí arañándome sin pudor, como si
me estuvieran desgarrando por dentro, pero aun así se sentía… bien.
Pese al dolor, pese a cualquier molestia
que pudiera estar sintiendo por nada del mundo quería que Roman se apartara
sino todo lo contrario, quería que ese instante fuera eterno porque sabía que
una vez que termináramos jamás volvería a pasar nada parecido entre los dos y
aunque mi mente hacia mucho que había asimilado eso, mi cuerpo se resistía a creerlo.
Me había mordido los labios para evitar
soltar un quejido pero la siguiente embestida de Roman consiguió que dejara
escapar un gemido de dolor que hizo que él se detuviera y me mirara con ojos
preocupados, incluso con cierto temor, y cuando nuestras miradas se encontraron
entre aquella vorágine de cabellos empapados de sudor, supe que Roman jamás se
perdonaría el haberme lastimado aunque él no hubiera podido hacer nada para
evitarlo.
-
Está
bien, está bien – susurré clavando mis uñas en su espalda – solo ve más
despacio.
-
Puedo
parar si…
-
Solo
ve más despacio – repetí atrayéndolo más hacia mí.
Roman se introdujo de nuevo en mí lenta,
muy lentamente, y esta vez el gemido que se dejó oír de mis labios fue de puro
placer.
Sentía como por cada segundo que pasaba
nuestros cuerpos se iban acompasando hasta que todas las piezas del puzzle que
formábamos encajaron a la perfección.
- Roman
– jadeé de manera entrecortada hincando aún más mis uñas en él cuando el placer
comenzó a nublarme los sentidos.
Había llegado a un punto en el que sólo
me era posible agarrar con mis puños las sábanas de mi cama y dejar que mi
cuerpo actuara por propia inercia, dejar que mis instintos más primarios
tomaran las riendas de la situación, dejarme ir por completo entre los brazos
del único chico del mundo que estaba totalmente vetado para mí.
No había forma alguna de volver atrás
pero ¿acaso quería hacerlo? ¿acaso quería olvidar todo lo que estaba
experimentando? ¿acaso quería olvidar como algo que se suponía que iba a ser un
hecho carente de emoción y meramente puntual había sacado a relucir
sentimientos y deseos que mi subconsciente había enterrado tiempo atrás?
- Prue
– masculló mi amigo, mi mejor amigo, contra mi cuello cuando llegó al clímax y
se derrumbó junto a mí.
“No,
claro que no quiero olvidar nada de eso”.
***
No sé cuánto tiempo permanecimos
tumbados en la cama, el uno al lado del otro, sin decir absolutamente nada.
¿Horas? ¿minutos? ¿segundos?
No tenía la más remota idea porque había
perdido por completo la noción del tiempo – y puede que incluso la noción de la
realidad –, solo sabía que aquel día había descubierto que estaba altamente
capacitada para hacer promesas imposibles de cumplir.
“Prometo
que jamás de los jamases caeré rendida por ti”.
Había fallado, había fallado
estrepitosamente, y sabía que pagaría por ello un precio demasiado alto pero
aun así no me arrepentía, no podía arrepentirme de lo que había pasado entre
Roman y yo en aquella habitación aunque eso hubiera desencadenado que por
primera vez en mi vida me planteara algo que de otra forma jamás me habría
atrevido a preguntarme a mí misma por temor a las respuestas.
¿Me gustaba Roman Lemacks? ¿Sentía algo
más que amistad por ese chico que había formado parte de los mejores y peores
momentos de mi vida desde que tenía uso de razón? ¿Mi corazón había amado en
silencio, a escondidas y sin permiso durante años a mi mejor amigo?
“No,
no, no”.
- ¿Sigue
todo bien entre nosotros? – preguntó finalmente Roman rompiendo de ese modo el
silencio que nos rodeaba y oprimía.
- Claro
– todo está bien, todo está bien - ¿por
qué iba a estar mal? Los dos sabíamos a lo que veníamos así que…
-
Pero
es que todo ha sido tan… raro.
“Raro,
intenso, íntimo, desquiciantemente perfecto”.
-
Supongo
que sí – contesté aún con la mirada fija en el techo – pero ya está hecho. Ahora
eres todo un machote libre de ir tras Betty o tras cualquier otra que se te
antoje.
“Y
eso no me molesta. ¿Te enteras corazón? ¡Eso no me molesta! Así que deja de
contraerte ante la simple idea de ver a Roman paseando de la mano de otra chica”.
-
¿Y
eso no te importa?
Roman se giró hacia mí apoyando su codo
en la almohada y cuando mis ojos se desviaron irremediablemente hacia los
suyos, cuando descubrí esa pequeña arruga que se le formaba en el ceño cada vez
que algo se le escapaba de su entendimiento o tomaba un giro que él ni siquiera
había previsto dudé acerca de qué debía responder.
“Sí,
me importa. No sé por qué pero me importa y me fastidia más de lo humanamente posible
el pensar que mañana mismo podrías estar besando a cualquier otra de la misma
forma en la que me besaste a mí y es una completa mierda el sentir… qué sé yo
¿celos? ¿envidia? ¿pura y genuina rabia? ante la simple idea de que sigas
adelante y cumplas con el trato que hicimos, que tú sí que seas capaz de
olvidar esto y hacer como si nunca nos hubiéramos acostado pero claro, no es tu
culpa. No es tu culpa que yo sea una debilucha con complejo de Hércules, que
creyera ciegamente que no me afectaría nada de esto, que realmente pensara que
la situación no se me escaparía de las manos y que nunca me planteara que
podrías despertar algo completamente nuevo y terrorífico en mí. Eres tan
molestamente perfecto que ni aunque me destruyas por completo podré culparte
por ello”.
- ¿Por
qué debería importarme? – le pregunté a su vez intentando sonar completamente
indiferente – por lo que a mí respecta, hoy solo hemos sido un pene y una
vagina que ¡pum! se han encontrado
por casualidad. Además, el trato era que nos acostáramos para que no te
impusieras ningún límite a la hora de estar con quien quieras, no que nos prometiésemos
amor eterno y nos fugásemos a Las Vegas para casarnos en un arrebato de pasión
desmedida.
- Me
alegra que pienses así – dijo mi amigo poniéndose de un salto en pie para
comenzar a vestirse – pensé que te molestaría saber que pienso ir mañana a la
fiesta de Kevin para intentar hablar con Betty pero – aun subiéndose los
pantalones se giró hacía mí y me dedico una de sus sonrisas burlonas – es un alivio
comprobar que no estás enamoradita de mis huesos después de que...
- ¿De
que hayamos follado? – espeté rodando los ojos dramáticamente aunque por dentro
sentía como si mil puñales hubieran atravesado mi alma – Lemacks, no eres
ningún virtuoso en la cama así que créeme cuando te digo que te hará falta
mucho más que echar un polvo con cualquier tía para hacer que esta pierda la
cabeza por ti.
- Vamos
Doyle, ten un poco de fe en mí – respondió como si nada lanzándome mi camisa –
pronto seré todo un rompe corazones y si me lo propusiera estoy seguro de que
incluso podría quitarle el título de “Don Juan de High
Philippe School” a Cameron Mason.
- Si,
seguro que si – me esforcé a responder mientras, aun con las sábanas
cubriéndome el cuerpo, buscaba a tientas el resto de mi ropa en el suelo – ya te
estoy viendo en lo alto del escenario recogiendo la corona del rey del baile
este año.
“Y
con Betty Michele a su lado, meneando su maravillosa melena dorada mientras saluda
a sus plebeyos con una gracia casi divina”.
***
Terminamos de vestirnos en silencio, en
un silencio que quemaba y que me daban ganas de gritar pero que por el
contrario a él parecía no afectarle en absoluto.
- Bueno,
será mejor que me vaya – dijo finalmente Roman cuando terminó de anudarse sus
zapatillas de deporte - ¿nos vemos mañana en la fiesta?
-
Claro
– contesté – iré con Violet así que nos veremos directamente allí.
-
Genial.
-
Si,
genial.
“Vete,
vete, vete. Por favor, vete ya”.
Ya había puesto la mano en el picaporte,
ya había abierto la puerta cuando se giró de nuevo hacia mí para decir mientras
posaba sus labios, esos labios que hacía nada habían saboreado mi boca y mi
piel, en mi frente:
- Gracias,
gracias de veras Prue. No sabes cuánto me has ayudado con esto. Eres una buena
amiga.
“Eres
una buena amiga”.
- La
mejor – respondí forzando por primera vez el regalarle una sonrisa a Roman
antes de que este desapareciera escaleras abajo y me dejara a solas en mi
dormitorio con la única compañía de ese nudo que había decidido aparecer en mi
garganta y que me asfixiaba un poco más cada segundo que pasaba.
“Prometo
que nunca, ni en cien años que viva, pensaré en ti de otra manera que no sea
como mi mejor amiga”.
Aquella noche, cuando mi madre llegó
pasada la media noche y entró en mi habitación sin hacer ruido para ver si ya
estaba dormida, tuve que esconder mi rostro entre las sábanas, tuve que
esconder esas lágrimas solitaria que habían brotado de mis ojos y que poco a
poco recorrían mis mejillas envueltas de una melodía silenciosa de sollozos
perdidos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario