Lo primero que hice a la mañana
siguiente al levantarme fue quitar las sábanas de mi cama, hacerlas una bola y
llevarlas bajo el brazo hasta el cesto de la ropa sucia.
Quizá fueran cosas mías, quizá me
hubiera vuelto de la noche a la mañana una paranoica sin remedio pero apenas
había conseguido pegar ojo en toda la noche porque sentía la presencia de Roman
aún en mi dormitorio, sentía su aroma cada vez que inhalaba e incluso, si
cerraba los ojos y permitía a mi mente huir hasta el páramo más lejano donde el
raciocinio no podía llegar, sentía sus dedos acariciando cada recodo de mi
cuerpo.
“Basta,
basta, basta”.
-
¡Buenos
días! – me saludó animadamente mi madre cuando entré en la cocina siguiendo el
olor de las tortitas recién hechas que embriagaba toda la casa - ¿cómo te
encuentras hoy?
“Mal,
fatal, con ganas de irme al centro de la tierra y hacer allí mi nuevo hogar”.
- Genial
– contesté entre gruñidos – parece que mi cabeza no tiene intención de
explosionar hoy así que… ¿qué más se le puede pedir a la vida?
Si algo bueno tenía mi madre era que
gozaba de la enorme virtud de saber cuándo me había despertado de un humor de
perros y debía de dejarme tranquila y no hacerme preguntas que pudieran
ocasionar que estallara cual volcán y si, esa mañana era un día de esos por lo
que en lugar de seguir derrochando ese positivismo mañanero que me sacaba de
quicio optó por terminar de tomarse su cargado café en completo silencio.
Recién había terminado de cargar el
lavavajillas mientras mi madre recogía las sobras del desayuno cuando atiné a
ver a través de la ventana como el destartalado coche de la señora Whitehorse
estacionaba frente a nuestra casa y como bajaba de él al segundo siguiente mi
hermano cargando con su pequeño petate de aventuras nocturnas al hombro y con
una sonrisa que bien podría rodearle toda la cara.
“¿Es
que hoy tiene que estar todo el mundo rematadamente feliz? ¿es esto una broma
cósmica o qué?”
- ¡Mamá! ¡mamá! – gritó Gust nada más entrar en
casa - ¿puedo volver a ir a casa de Ian la semana que viene? ¿puedo? Porfa, porfa, di que sí.
- Podrías
mudarte – espeté irrumpiendo en la entrada donde mi hermano había tirado sin
miramiento alguno su macuto al suelo – o mejor aún, los Whitehorse podrían
adoptarte y así dejaríamos de ser incluso hermanos. Tu dormitorio será una
maravillosa habitación recreativa para mi exclusivo uso y disfrute.
-
Prue…
- Solo
era una idea – contesté antes de que mi madre pudiera soltar una de sus
características retahílas acerca de que era mi deber como hermana mayor
comportarme de forma respetuosa con el pequeño mafioso de la casa – tiene
derecho a sopesar todas sus opciones.
- No
voy a irme de casa ahora que solo me queda una año para perderte de vista –
dijo mi hermano taladrándome con sus ojillos de cachorrito rabioso – y que
sepas que nada más que te largues pienso quedarme con tu habitación.
-
Ya
claro, sigue soñando renacuajo.
- Chicos,
chicos – mi madre, como buen arbitro que en contadas ocasiones había demostrado
ser, se interpuso entre nosotros para evitar por un lado, que yo pudiera darle
una colleja a mi hermano y, por otro lado, que él pudiera darme una patada en
la espinilla - ¿no creéis que es muy temprano para que empecéis a lanzaros
platos a la cabeza? Además, es sábado. Quizá podríamos hacer algo divertido en
familia como ir al cine o dar un paseo por Portailor ¿qué os parece?
“Que
alguien me mate, por favor”.
Hacer algo en familia. Casi me entraron
ganas de pellizcarme en el brazo para comprobar si estaba soñando porque, que
yo recordara, hacía ¿milenios? que no nos comportábamos como la típica e
idílica familia americana.
No me malinterpretéis, no me quejaba de
ello y tampoco hacía responsable a mi madre de que en el seno de nuestro
pequeño hogar no hubiera cabida para
almuerzos o cenas en los que nos contábamos como nos había ido el día, para
viajes de carreteras veraniegos o para tardes en el parque o en cualquier otro
lugar al que se suponían que iban las familias de bien a estrechar lazos porque
era plenamente consciente de que día tras día, esa mujer que a veces sacaba lo
peor de mí por ser una controladora nivel Premium, se dejaba los cuernos
trabajando desde el amanecer hasta el anochecer para poder sacarnos adelante completamente
sola y sin ningún tipo de ayuda tanto a Gust como a mí pero eso no evitó que
por poco estallara en carcajadas ante la simple idea de pasar más de ¿dos
horas? los tres juntos en un lugar que no fuera frente al pequeño televisor de
nuestra sala de estar.
Quizá si mi subconsciente no siguiera
dándole vueltas a lo ocurrido el día anterior entre Roman y yo, quizá si
hubiera logrado dormir aunque solo fuera cinco minutos y quizá si no tuviera la
sensación de tener un bloque de hormigón en mi estómago me habría hecho ilusión
y habría considerado que era una idea fantástica la sorprendente ocurrencia de
mi madre pero como ninguna de esas tres cosas se dieron aquella mañana en mi
huraña persona me limité a cruzarme de brazos y a decir:
-
No
contéis conmigo. Tengo una fiesta esta tarde.
Si, quizá no habría sido mala idea
pedirle permiso para ir a mi madre antes de soltar a bocajarro mi festivo plan.
-
¿Una
fiesta? ¿una fiesta dónde?
-
En
casa de Kevin.
-
¿Y
quién es Kevin? ¿se supone que debo conocerlo?
- Bueno,
vives en Saint Philippe-Loosle ¿no? – espeté encogiéndome de hombros - se supone que deberías de conocer a todo
ser viviente que deambula por aquí.
- ¿Kevin
no es ese gigante del equipo de baloncesto que tiene pinta de ser rematadamente
estúpido? – apuntó mi hermano mirándome con cierto interés – ya sabes, el que
marcó un triple el otro día.
- Sí,
creo que es ese – contesté sorprendida porque mi hermano, en tan poco tiempo,
ya conociera a la élite del instituto.
-
¿Crees?
¿es que ni siquiera conoces al chico?
- Tu
hija no es precisamente popular – se adelantó a decir Gust – ya es un milagro el que la hayan invitado a
esa fiesta. No pidas encima que sea amiga de esa gente.
No sabía si sentirme ofendida por las
palabras de mi hermano en lo referente a mi estatus de pardilla nivel light en
el entorno escolar o si alabar su perspicacia pre adolescente a la hora de
cuadrar a la perfección la división social existente en High Philippe School.
- ¿Se
puede saber quién diablos te ha dado velas en este entierro? – sí,
definitivamente había optado por sentirme algo ofendida – además, por si te
interesa saberlo pequeño mequetrefe te diré que ha sido Cameron Mason el que se
ha tomado la molestia de invitarme y que tuvo que insistir bastante para que yo
considerase siquiera la idea de dejarme ver por allí.
-
¿Cameron
Mason? ¿ese no es el que está saliendo con la líder de las animadoras? Ya
sabes, la chica esa con el mejor culo del…
- Betty
Michele – le interrumpí antes de que mi hermano dejara de manifiesto que
efectivamente su primer cuelgue serio era, como no podía ser de otra forma, con
“en boca de todos” – cortaron hace
poco.
-
¿Y
ahora está por ti? ¡¿pero qué le pasa a ese tío?!
“¿Es
el día oficial de ‘vamos a tirar la autoestima de Prudence Doyle por los
suelos’ y yo no lo sabía?”
-
¿Pero
de qué narices estáis hablando? – espetó mi madre haciendo aspavientos con las
manos – olvidadlo, creo que prefiero no saberlo.
- Si,
será lo mejor. Hay científicos que apuntan que recibir demasiada información de
golpe hace que las neuronas se colapsen y que el cerebro se reblandezca.
- Bueno,
por suerte mi cerebro no se ha reblandecido lo suficiente y aún soy capaz de
decirte que no irás a esa fiesta.
Y de esta forma mi madre dejó claro que
su maravilloso buen humor mañanero había desaparecido por el retrete en
cuestión de segundos.
- Mamá,
es muy noble por tu parte que te hagas la dura y que hagas como que no me vas a
dejar ir pero sabes tan bien como yo que al final cederás porque soy una hija
estupenda que nunca se mete en líos y que piensa ser lo suficientemente
responsable como para estar de regreso antes de las doce así que, ¿por qué no
nos ahorramos todo esto y me das directamente permiso para divertirme de manera
sana y controlada con gente de mi edad?
Prudence
1 – Mamá 0
-
¿Antes
de las doce?
- Te
doy mi palabra de girl scout – me
apresuré a decir acompañando mis palabras con mi mejor carita angelical – y si,
ya sé que nunca fui una girl scout
pero aun así te doy mi palabra.
- Bueno,
supongo que solo quedamos tú y yo – dijo
finalmente mi madre pasando uno de sus brazos por los hombros de mi hermano -
¿qué me dices? Podríamos ir a ver alguna peli y luego cenar en el burguer.
La cara de mi hermano pasó de la
satisfacción por haberme semi humillado, a la incredulidad al comprobar que me
había salido con la mía sin haber tenido que batallar, al verdadero espanto al
comprender que si yo me libraba del día familiar tendría que ser él el que soportara
durante todo el día a nuestra madre dándoselas de mami joven y súper enrollada.
- Acabo
de acordarme de que tengo muchos deberes – contestó Gust rápidamente zafándose
del abrazo de nuestra madre – muchísimo, así que será mejor que me ponga ya
manos a la obra.
Si algo envidiaba de mi hermano era la
asombrada habilidad que tenía para aparecer y desaparecer corriendo en
cualquier situación. Era la versión cutre, enana y llena de los primeros brotes
de acné juvenil de Flash.
- Y
yo creo que voy a comenzar a arreglarme ya – dije señalando con la cabeza las
escaleras por las que había huido Gust pese a que aún quedaban horas para que
Violet se pasara a recogerme pero es que, sinceramente, lo que menos necesitaba
en esos momentos era escuchar los lamentos de mi madre acerca de lo rápido que
crecíamos y lo poco que parecía que la necesitábamos – estaré arriba por si
necesitas algo.
-
Sí,
claro. Huye tú también – espetó mi madre desde la entrada conforme yo subía de
dos en dos los escalones de la escalera – ya me echaréis de menos, ya. El día
que no esté os acordaréis de mí pero ya será demasiado tarde, ¿me oís pequeños
ingratos?
-
¡Sí! – contestamos a la par mi
hermano y yo asomando las cabezas por las puertas de nuestras respectivas
habitaciones antes de echarnos a reír.
Pequeños
momentos de complicidad fraternal.
***
Decir que había sacado y revuelto cerca
de un millón de veces toda la ropa que contenía mi ropero era un eufemismo que
ciertamente se quedaba corto porque, aunque no quisiera admitirlo, realmente
parecía que una manada de búfalos hiperactivos habían irrumpido en mi
dormitorio con el único fin de destrozarlo por completo pero después de horas y
horas de probarme en modo bucle todos los conjuntos medianamente decentes que
tenía al fin conseguí encontrar el modelito de la noche.
¿Ahora?
Ahora solo quedaba lo peor: que pasara el filtro moralista de mi madre.
Pese a que se había “ofrecido” – era la forma sutil que tenía para intentar decirme que
debía o no ponerme – a echarme una mano con el peinado y con el maquillaje
terminé cerrándome a cal y canto en mi habitación a la espera de la llegada de
los refuerzos, es decir, de Violet porque sabía que con ella presente mi madre
controlaría un poco mejor su impulso de ponerme un burka y quizá, solo quizá,
podría salir de mi casa sin haber tenido que soportar el drama de la
indumentaria inapropiada esa noche.
“¿Quién
necesita un padre ultra protector cuando tiene una madre como la mía?”
Acababa de terminar de ponerme mis
discretos tacones negros y justo estaba recogiendo mi larga melena caoba en un
moño desenfadado cuando oí como alguien llamaba a la puerta para, solo en
minuto después, escuchar como la voz de mi madre me gritaba desde la planta de
abajo que mi amiga ya había llegado.
La puntualidad inglesa de Violet Ives.
No esperes obtener unos minutos extras
de cortesía por su parte porque si le dices que esté en tal sitio a las siete
de la tarde – por decir una hora cualquiera – ten por seguro que a en punto
estará como un clavo esperándote impacientemente.
-
¿Tienes
pensado ir a misa en vez de a una fiesta o qué?
Desde luego, Violet sabía saludar con
estilo. E irrumpir en habitaciones ajenas sin llamar también.
-
¿Qué
tiene de malo mi conjunto? – le pregunté algo indignada.
De acuerdo, podía admitir que no había
arriesgado en exceso porque había acudido a unos pitillos negros y a una blusa
de tirantas blanca que dejaba ligeramente la espalda al aire pero tampoco era
como para echarse las manos a la cabeza.
- Podría
pasarme la tarde entera enumerando cosas pero entonces no llegaríamos a tiempo
a la fiesta – contestó mi amiga sentándose como si nada en mi cama – solo diré
que esperaba algo más… ¿explosivo? No todos los días nos invitan a codearnos
con la élite descerebrada del pueblo.
- Ya
vas tú lo suficientemente explosiva por las dos – repliqué observando su
modelito compuesto por una ajustada falda color granate y un crop top del mismo
tono que en conjunto creaban la ilusión de ser un sencillo vestido corto capaz
de acentuar las envidiables curvas de mi amiga, mientras que a los pies llevaba
calzadas las joyas de la corona: sus altísimas sandalias de tacón plateadas – además,
no me gustaría desviar la atención de ti.
-
Oh,
vaya. Gracias – Violet se puso en pie y apoyó sus manos de manera teatral sobre
mis hombros – eres la persona más considerada que jamás he conocido y por eso
te quiero.
- Bueno
es saberlo – espeté burlonamente girándome de nuevo hacia el espejo de mi
armario para terminar de maquillarme – por cierto, necesito uno de tus sabios
consejos maquillisticos. ¿Labial nude
o rojo?
- Regla
número uno, ante la duda opta siempre por el rojo – dijo mi amiga de forma
solemne antes de lanzarme el pintalabios que descansaba sobre mi escritorio – y
ahora querida, mueve ese culito escuálido que tienes y vámonos. Tenemos mucho
que cotillear y criticar esta noche.
“Y
mucho que comprobar”, pensé restregándome una y otra vez mis sudorosas
manos cuando recordé que en menos de una
hora quizás viera a Betty en brazos de Roman y que quizá mi mundo se pondría
patas arriba si sentía como si me arrancaran y pisotearan el corazón en vez de
una total y completa indiferencia ante aquella extraña visión – ¿semi nerd y
diosa del universo juntos? ¿en serio? por favor, sonaba a cliché de película
adolescente de los años noventa – mientras seguía a Violet, mientras salía de mi
habitación y cerraba la puerta tras de mí.
***
- ¿En
serio el Gigante verde vive aquí? –
preguntó al aire Violet cuando aparcó frente a la inmensa y realmente ruidosa
casa de Kevin.
- Al
parecer para pertenecer a la realeza del instituto además de estar bueno tienen
que salirte los billetes de cincuenta por las orejas – contesté mientras miraba
sorprendida aquella espectacular y renovada casa de estructura victoriana – y
debes tener un jardín del tamaño de un campo de futbol.
- Y
un árbol en el que construir una casita – añadió mi amiga bajando del coche
-¿sabes? siempre quise tener una casa del árbol. Es mi sueño infantil
frustrado.
- ¿Intentas
decirme sutilmente que esperas que te regale una casa del árbol este año por tu
cumpleaños?
-
¿Si
te digo sí me la regalarás?
-
¿Honestamente?
No – contesté mientras subía los pequeños escalones del porche tras Violet – ya
sabes que no soy demasiado manitas pero estoy segura de que si le pides una a
Vincent te la construirá en menos que canta un gallo.
- Ja,
ja ¡que graciosa eres! – espetó Violet
haciendo una mueca justo antes de que Cameron abriera la puerta de la casa de
Kevin de par en par esbozando su mejor sonrisa de conquistador nato.
Nunca había entendido todo el revuelo
que había formado entorno a Cameron Mason. Nunca había entendido porque
prácticamente todas las chicas que conocía, aunque solo fuera de vista,
babeaban y suspiraban por los huesos de aquel rubito sacado de un anuncio de
Abercombrie. Nunca había entendido que encontraban de fascinante en ese chico
que al parecer únicamente sabía regalar los oídos de los demás, guiñar de forma
picarona sus ojos – espectaculares, eso sí – y sonreír como si del mismísimo
príncipe encantador se tratara.
Aquella noche lo entendí.
Con su camisa blanca, sus vaqueros
desgastados y su rubio pelo estratégicamente revuelto Cameron Mason era la
encarnación en la Tierra de la perfección humana y aunque no se podía decir que
Violet y yo formáramos parte de su club de fan ambas nos quedamos con la boca
ligeramente abierta cuando lo encontramos de sopetón frente a nosotras.
- Vaya,
mira a quién tenemos aquí – dijo dejándose caer en el marco de la puerta – si
es Prudence Doyle y compañía. Pensé que me darías plantón y que me romperías el
corazón.
-
No
creo que tengas de eso, Mason – contesté cruzándome de brazos.
-
Deja
que te enseñe la casa – replicó aún con esa sonrisa pícara pintada en su cara.
Mis ojos buscaron los de mi amiga para
lanzarle la típica mirada de “no te
apartes ni de coña de mí” pero la mano de Cameron fue mucho más rápida que
yo y antes de que pudiera hacer contacto visual con Violet se enroscó en mi
muñeca y tiró de mí hacia el interior de la casa.
Si por fuera la mansión – porque si,
acababa de decidir que esa casa enorme con tropecientas mil ventanas se había
ganado la consideración de mansión – de Kevin te dejaba sin aliento por dentro
no iba a ser menos.
Mirases donde mirases, y pese a que al
parecer todo el instituto había decidido dejarse caer por allí esa noche del
sábado, te encontrabas con muebles suntuosos, jarrones y cuadros de aspectos
increíblemente caros, y alfombras que a simple vista parecían persas.
“El
paraíso terrenal de mi madre”, pensé cuando pasé justo al lado del que
creía que era un Monet auténtico.
- El
salón – señaló con la cabeza Cameron pasando de largo ante la gigantesca sala donde
algunos de mis compañeros ya se habían acomodado cerveza en mano – el baño –
indicó esta vez al pasar junto a una puerta próxima al comedor – la cocina y
por allí – añadió girándose hacia mí aun sin soltarme mientras señalaba las
escaleras por las que subían y bajan alguna que otra parejita en búsqueda de
algo de intimidad – se va a la segunda planta, ¿quieres que te la enseñe
también?
- Creo
que de momento he tenido suficiente – contesté librándome al fin de su alcance
– además, debería buscar a Violet.
-
Se
me olvidaba eso del pacto de ir siempre juntitas a todos lados.
-
Pues
que no se te olvide, Mason – dijo tras de mí mi amiga – donde vaya Prue voy yo
así que si vuelve a desaparecer de mi lado por tu culpa ten por seguro que
cuando te encuentre te patearé las pelotas, ¿me he expresado con claridad?
Con esas palabras Violet habría
conseguido intimidar a cualquier ser viviente que se encontrara en un radio de
cien kilómetros, a cualquier ser viviente salvo a Cameron quien, sin inmutarse
en lo más mínimo, se limitó a preguntar:
- ¿Sois
lesbianas o algo por el estilo? No es que me importe que os lo montéis ni nada
de eso pero me gustaría saberlo para no perder mi preciado tiempo en intentar
conquistarte, Doyle.
-
Pierdes
el tiempo – contesté antes de que Violet se lanzará a su yugular – pero no
porque sea lesbiana sino porque jamás estaría con alguien como tú.
- ¿Alguien
como yo? – la sonrisa de Cameron, lejos de lo que hubiera podido pensar en un
principio, se ensanchó aún más.
“Bueno,
cavémonos nuestra propia tumba social”.
-
Creído,
prepotente, algo narcisista, con un serio problema de sobreestima…
-
Deja
de alabarme – espetó acercándose un poco más a mí – vas a hacer que me sonroje.
- Por
el amor de Dios, si voy a tener que aguantar este bochornoso espectáculo de
seudo conquista toda la noche será mejor que vaya a por una copa – dijo Violet
haciendo aspavientos, aspavientos que pasaron totalmente desapercibidos para
Cameron porque este no se molestó en apartar sus ojos de mí – o a por dos,
visto lo visto.
“¡Traidora! ¿Dónde queda eso de no apartarte de mí
ni un segundo?”
- La
cocina está por ahí – fue lo único que dijo Cameron antes de que mi amiga
desapareciera, no sin antes hacerme la promesa silenciosa de que regresaría en
menos que cantaba un gallo.
Acababa de ver
desaparecer entre el barullo la oscura melena de Violet cuando una de las
preguntas que llevaba rondándome por la cabeza desde que a comienzos de la
semana Cameron se acercó a nuestra mesa del comedor para invitarnos a la fiesta
salió expulsada al fin entre mis labios.
-
¿Vas a decirme a que viene todo
esto?
-
¿El qué?
-
Este interés repentino que
pareces sentir por mí – contesté resueltamente.
-
¿Y quién dice que es repentino?
-
¡Por favor! – exclamé dejando
escapar esa carcajada que llevaba décadas intentando ver la luz – seamos sinceros
¿sí? Llevamos coincidiendo en clase desde hace años y las únicas veces que te
has dignado a dirigirme la palabra han sido para pedirme apuntes. Bueno,
miento. Una vez también me hablaste para que te dejara copiar en un examen de
química, cosa que por supuesto no hice y que me acarreó el tener que soportar
que tus amigotes se pasaran una larga temporada llamándome come libros por los pasillos, así que comprenderás que esté a la
espera de que me digas de una santa vez que demonios quieres esta vez de mí.
Oficialmente acababa
de tener la conversión – o el monologo, según se mirase – más larga con Cameron
Mason en esos casi diez años que hacía que nos conocíamos.
- Puede que quiera algo de ti –
reconoció Cameron mientras colocaba uno de mis tantos mechones rebeldes tras mi
oreja – pero tú también debes querer algo de mí, porque si no ¿qué haces en una
fiesta rodeada de toda esta gente que alguna vez en su vida se rió y burló de
ti?
Vale, debía
reconocer que esa era una buena pregunta y que Cameron había sabido darle a la
perfección la vuelta a la tortilla porque si me detenía a pensarlo ni si quiera
yo sabía que narices hacía en ese mausoleo cuando podía estar perfectamente con
Violet dando una vuelta por Portailor.
“Roman. Estoy aquí por él y por la maravillosa Betty
‘en boca de todos’ Michele. Estoy aquí porque necesito saber de primera mano
que sucede entre esos dos y como me afecta a mí. Estoy aquí porque necesito
comprobar que todo sigue como siempre, que lo de ayer no cambió ni mi relación
con Roman ni lo que siento por él”.
-
¿No vas a decir nada, Doyle? Venga,
si algo me ha gustado siempre de ti es que eres capaz de reaccionar rápido ante
una amistosa confrontación verbal.
-
No hay nada que quiera de ti,
Cameron – fue lo único que logré articular – y lo mejor de todo es que no
tienes nada que ofrecerme que me pueda interesar así que sea lo que sea que
necesites de mí lamento comunicarte que no lo obtendrás.
Cameron Mason
era lo más parecido a un depredador feroz con lo que te podías topar por las
calles de Saint Philippe-Loosle.
Acostumbrado como
estaba a salirse siempre con la suya se tomaba cualquier no como un simple reto más al que debía de hacer frente y realmente
desconocía si era porque su ego desmesurado le impedía tirar la toalla cuando
las cosas parecían ponerse bastante feas o simplemente porque sabía concienzudamente
que había nacido con una estrella en el culo que impedía que nada le saliera
mal pasara lo que pasase, pero el caso era que nuestro queridísimo rey del instituto jamás se daba por vencido y ante la
más simple negativa sacaba a la palestra su lado más lobuno y se preparaba para
jugar como todo un campeón.
Si creía que
aquella vez sería una excepción y dejaría encerradito entre rejas a su lobo
interior me equivocaba.
-
¿Y si te ofreciera el recuperar a
tu queridísimo amigo Roman?
Recuperar. Esa
palabra parpadeo en mi mente con luces de neón.
-
¿Recuperar? ¿por qué querría recuperar
algo que no he perdido?
-
Eres tan inocente – contestó entre
risas Cameron – querida Prue, en el preciso momento en el que tu amiguito caiga
en las redes de Betty podrás empezar a despedirte de él porque te aseguro que
mi adorada ex no permitirá que te acerques a él. Es una chiflada posesiva y
celosa hasta la extenuación.
“Genial. Esta es la información que justamente necesitaba
obtener en estos momentos. Como si no tuviera suficientes cosas de las que
preocuparme, como si no estuviera lo suficientemente histérica ya”.
- ¿Sabes? Te oigo hablar mucho
acerca de mi amistad con Roman pero aún no me has dicho que necesitas de mí.
-
Tu ayuda, por supuesto – uno de
los miembros del equipo de baloncesto pasó por nuestro lado y palmeó sonoramente
la espalda de Cameron a modo de saludo pero él no se inmutó, siguió manteniendo
su mirada clavada en la mía como si intentara hipnotizarme para que fuera uno
de sus tantos juguetitos de carne y hueso – tu ayuda para recuperar a Betty.
“Vaya, esto sí que es bueno”.
-
¿Hablas enserio? ¿quieres usarme
para volver con tu ex?
-
Es una forma de decirlo.
- Vaya, has logrado sorprenderme –
dije meneando la cabeza – no pensaba que la quisieras tanto como para montar un
numerito por ella. Bueno, si te soy sincera ni siquiera pensaba que te importara.
Una de las
verdades universales más verificadas y comprobadas de la historia de la
humanidad era que la relación entre Betty y Cameron era la cosa más insustancial
de este mundo, que ambos se querían tantísimo a ellos mismos que eran incapaces
de sentir el más mínimo apego sentimental por el otro y que solo se dedicaban a
follar como conejos y a dejarse ver por las fiestas más sonoras y esperadas en
el ámbito adolescente de Saint Philippe-Loosle, ¿y ahora pretendía venir el
bueno de Mason a tirar por tierra uno de los pilares existenciales de mi vida?
- Ni la quiero ni me importa –
replicó Cameron en un tono de voz que parecía querer decir “eres tonta o solo te lo estás haciendo” – lo único que me interesa
es que mi reputación no se vea tocada por culpa de lo que ella y tu amiguito se
traigan entre manos. ¿Qué
crees que pensarían y dirían todos estos estúpidos de mí si se enterasen que el
don nadie de Roman Lemacks me ha levantado la novia?
- ¿Qué
quizás no eres muy bueno en la cama? – me aventuré a decir sonriendo con cierta
malicia.
- Peor – Cameron apoyó su mano en
la pared para acorralarme contra ella – pensarían que soy un perdedor. Prue,
eres una chica lista y como tal estoy convencido de que serás capaz de
comprender que no puedo permitir que el ecosistema que con tanto esfuerzo he
creado se resienta y justamente eso es lo que pasaría si de golpe y porrazo
hablaran de mí de una forma un tanto despectiva.
- Pasando por alto que me parece
una completa gilipollez todo lo que estás diciendo – espeté mientras en mi
fuero interno deseaba que se abriera un agujero a mis pies que me tragara por
completo – sigo sin saber que pinto yo en todo esto. Si lo que quieres es darle
celos a Betty podrías usar a cualquier otra chica para ello. Estoy segura de
que tendrás un harén completo esperando su pequeña oportunidad.
-
Cierto, pero solo contigo podría
además fastidiar a Lemacks.
Fastidiar a
Roman.
Si Cameron no
me sacara una cabeza probablemente le habría dado – o intentado al menos – un puñetazo
por el mero hecho de creer que yo iba a aliarme con él para lastimar a una de
las personas más importantes de mi vida, para dañar intencionadamente a mi
mejor amigo.
- Si crees que alguna vez, en mi
sano juicio, haría algo para perjudicar a Roman es que eres más idiota de lo
que creía – contesté a la par que le daba un ligero empujón para separarlo de
mí – y si encima crees que por el simple hecho de verme contigo se molestaría o
se pondría celoso o cualquier otra chorrada que tu diabólico cerebro crea que
pasaría entre nosotros, deberías directamente hacértelo mirar por un
profesional porque definitivamente no estás bien de la cabeza.
- Y definitivamente tú estás mucho más
ciega de lo que creía – dijo resueltamente Cameron – ¿sabes cuál es una de las
muchas virtudes que tengo? que soy capaz de leer a la perfección a los demás y
de saber cosas sobre ellos que ni si quieran aún han averiguado.
-
Si va a resultar que eres una
eminencia y todo – dije lacónicamente rodando los ojos.
Era realmente
frustrante intentar insultar o humillar a Cameron porque todo, absolutamente
todo lo que pudiera decirle, se lo tomaba como un maldito cumplido.
“Me crispa los nervios”.
-
Lo soy, y por eso mismo sé que a
Roman le sentaría como una patada en los cojones el verte a ti conmigo y que
eso podría abrir una gran brecha entre la prometedora nueva pareja de High
Philippe School.
- Vamos a hacer como que te creo
¿de acuerdo? – repliqué echando mano de toda la paciencia que tenía – vamos a
hacer como que en tu mundo paralelo particular es cierto que a Roman le sienta
fatal que ande por ahí contigo, ¿no crees que te estás precipitando aunque solo
sea un poquito con todo este plan retorcido y patético de dar celos sin ton ni
son? Porque hasta donde yo sé mi amigo y tu ex aún no están juntos.
-
Oficialmente no, pero lo estarán –
contestó con una seguridad apabullante Cameron – esta noche ese par se ganaran
el ser el lunes el titular de las noticias sociales del instituto y no estoy
dispuesto a permitir que eso suceda. ¿Sabes cómo se contrarresta un bombazo de
ese tipo? Dando uno aun mayor, y tú y yo podríamos darlo.
De repente,
gracias al divino cielo celestial, vi aparecer de nuevo a Violet entre ese mar de
gente luchando para conservar el equilibrio y no tirarse por encima aquellos
descomunales vasos rojos que llevaba en las manos.
Decir que fue
como si el mismísimo Dios se hubiera aparecido frente a mí se quedaría corto y
es que mi amiga no podría haber regresado en un momento mejor porque había
llegado a un punto en el que no sabía salir por mí misma de todo ese lío
maquiavélico que Mason había formado en cuestión de minutos.
- Sigo sin estar interesada – lo que me faltaba, pactar con el diablo –
y ahora, si me disculpas, Violet está esperándome.
-
Por supuesto, no seré yo el que
separe a las siamesas más conocidas del pueblo.
Ya había
alcanzado a mi amiga – no sé muy bien como porque mi estabilidad en tacones
dejaba mucho que desear – y la había agarrado bruscamente del brazo para tirar
de ella hasta el primer pasillo que atinara a ver para poner distancia al fin
entre Cameron y yo cuando este gritó mi nombre, logrando con esto que a
regañadientes me girara una vez más hacia él.
-
Solo quería recordarte que si
cambias de opinión siempre estaré aquí para ti.
“¿Cambiar de opinión? ¿a qué precio? ¿al de vender
mi amistad con Roman?”
-
¡Nunca cambiaré de opinión! –
grité girándome bruscamente para alejarme de allí como si la vida me fuera en
ello.
-
¡Nunca es mucho tiempo! – oí la
voz divertida de Cameron tras de mí aun por encima de la música.
Y tenía razón.
Nunca es mucho tiempo y nadie sabe cuándo tendrá que tragarse sus palabras y
tirar al traste aquellas convicciones que tan arraigadas creía tener dentro de sí.
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