martes, 14 de agosto de 2012

CAPÍTULO 10

Lo primero que hice a la mañana siguiente al levantarme fue quitar las sábanas de mi cama, hacerlas una bola y llevarlas bajo el brazo hasta el cesto de la ropa sucia.

Quizá fueran cosas mías, quizá me hubiera vuelto de la noche a la mañana una paranoica sin remedio pero apenas había conseguido pegar ojo en toda la noche porque sentía la presencia de Roman aún en mi dormitorio, sentía su aroma cada vez que inhalaba e incluso, si cerraba los ojos y permitía a mi mente huir hasta el páramo más lejano donde el raciocinio no podía llegar, sentía sus dedos acariciando cada recodo de mi cuerpo.

“Basta, basta, basta”.

-          ¡Buenos días! – me saludó animadamente mi madre cuando entré en la cocina siguiendo el olor de las tortitas recién hechas que embriagaba toda la casa - ¿cómo te encuentras hoy?

“Mal, fatal, con ganas de irme al centro de la tierra y hacer allí mi nuevo hogar”.

-         Genial – contesté entre gruñidos – parece que mi cabeza no tiene intención de explosionar hoy así que… ¿qué más se le puede pedir a la vida?

Si algo bueno tenía mi madre era que gozaba de la enorme virtud de saber cuándo me había despertado de un humor de perros y debía de dejarme tranquila y no hacerme preguntas que pudieran ocasionar que estallara cual volcán y si, esa mañana era un día de esos por lo que en lugar de seguir derrochando ese positivismo mañanero que me sacaba de quicio optó por terminar de tomarse su cargado café en completo silencio.

Recién había terminado de cargar el lavavajillas mientras mi madre recogía las sobras del desayuno cuando atiné a ver a través de la ventana como el destartalado coche de la señora Whitehorse estacionaba frente a nuestra casa y como bajaba de él al segundo siguiente mi hermano cargando con su pequeño petate de aventuras nocturnas al hombro y con una sonrisa que bien podría rodearle toda la cara.

“¿Es que hoy tiene que estar todo el mundo rematadamente feliz? ¿es esto una broma cósmica o qué?”

-     ¡Mamá! ¡mamá! – gritó Gust nada más entrar en casa - ¿puedo volver a ir a casa de Ian la semana que viene? ¿puedo?  Porfa, porfa, di que sí.

-   Podrías mudarte – espeté irrumpiendo en la entrada donde mi hermano había tirado sin miramiento alguno su macuto al suelo – o mejor aún, los Whitehorse podrían adoptarte y así dejaríamos de ser incluso hermanos. Tu dormitorio será una maravillosa habitación recreativa para mi exclusivo uso y disfrute.

-          Prue…   

-      Solo era una idea – contesté antes de que mi madre pudiera soltar una de sus características retahílas acerca de que era mi deber como hermana mayor comportarme de forma respetuosa con el pequeño mafioso de la casa – tiene derecho a sopesar todas sus opciones.

-     No voy a irme de casa ahora que solo me queda una año para perderte de vista – dijo mi hermano taladrándome con sus ojillos de cachorrito rabioso – y que sepas que nada más que te largues pienso quedarme con tu habitación.

-          Ya claro, sigue soñando renacuajo. 

-       Chicos, chicos – mi madre, como buen arbitro que en contadas ocasiones había demostrado ser, se interpuso entre nosotros para evitar por un lado, que yo pudiera darle una colleja a mi hermano y, por otro lado, que él pudiera darme una patada en la espinilla - ¿no creéis que es muy temprano para que empecéis a lanzaros platos a la cabeza? Además, es sábado. Quizá podríamos hacer algo divertido en familia como ir al cine o dar un paseo por Portailor ¿qué os parece?

“Que alguien me mate, por favor”.

Hacer algo en familia. Casi me entraron ganas de pellizcarme en el brazo para comprobar si estaba soñando porque, que yo recordara, hacía ¿milenios? que no nos comportábamos como la típica e idílica familia americana.

No me malinterpretéis, no me quejaba de ello y tampoco hacía responsable a mi madre de que en el seno de nuestro pequeño hogar  no hubiera cabida para almuerzos o cenas en los que nos contábamos como nos había ido el día, para viajes de carreteras veraniegos o para tardes en el parque o en cualquier otro lugar al que se suponían que iban las familias de bien a estrechar lazos porque era plenamente consciente de que día tras día, esa mujer que a veces sacaba lo peor de mí por ser una controladora nivel Premium, se dejaba los cuernos trabajando desde el amanecer hasta el anochecer para poder sacarnos adelante completamente sola y sin ningún tipo de ayuda tanto a Gust como a mí pero eso no evitó que por poco estallara en carcajadas ante la simple idea de pasar más de ¿dos horas? los tres juntos en un lugar que no fuera frente al pequeño televisor de nuestra sala de estar.

Quizá si mi subconsciente no siguiera dándole vueltas a lo ocurrido el día anterior entre Roman y yo, quizá si hubiera logrado dormir aunque solo fuera cinco minutos y quizá si no tuviera la sensación de tener un bloque de hormigón en mi estómago me habría hecho ilusión y habría considerado que era una idea fantástica la sorprendente ocurrencia de mi madre pero como ninguna de esas tres cosas se dieron aquella mañana en mi huraña persona me limité a cruzarme de brazos y a decir:

-          No contéis conmigo. Tengo una fiesta esta tarde.

Si, quizá no habría sido mala idea pedirle permiso para ir a mi madre antes de soltar a bocajarro mi festivo plan.

-          ¿Una fiesta? ¿una fiesta dónde?

-          En casa de Kevin.

-          ¿Y quién es Kevin? ¿se supone que debo conocerlo?

-        Bueno, vives en Saint Philippe-Loosle ¿no? – espeté encogiéndome de hombros  - se supone que deberías de conocer a todo ser viviente que deambula por aquí.

-    ¿Kevin no es ese gigante del equipo de baloncesto que tiene pinta de ser rematadamente estúpido? – apuntó mi hermano mirándome con cierto interés – ya sabes, el que marcó un triple el otro día.

-     Sí, creo que es ese – contesté sorprendida porque mi hermano, en tan poco tiempo, ya conociera a la élite del instituto.

-          ¿Crees? ¿es que ni siquiera conoces al chico?

-      Tu hija no es precisamente popular – se adelantó a decir Gust –  ya es un milagro el que la hayan invitado a esa fiesta. No pidas encima que sea amiga de esa gente.

No sabía si sentirme ofendida por las palabras de mi hermano en lo referente a mi estatus de pardilla nivel light en el entorno escolar o si alabar su perspicacia pre adolescente a la hora de cuadrar a la perfección la división social existente en High Philippe School.

-      ¿Se puede saber quién diablos te ha dado velas en este entierro? – sí, definitivamente había optado por sentirme algo ofendida – además, por si te interesa saberlo pequeño mequetrefe te diré que ha sido Cameron Mason el que se ha tomado la molestia de invitarme y que tuvo que insistir bastante para que yo considerase siquiera la idea de dejarme ver por allí.

-          ¿Cameron Mason? ¿ese no es el que está saliendo con la líder de las animadoras? Ya sabes, la chica esa con el mejor culo del…

-       Betty Michele – le interrumpí antes de que mi hermano dejara de manifiesto que efectivamente su primer cuelgue serio era, como no podía ser de otra forma, con “en boca de todos” – cortaron hace poco.

-          ¿Y ahora está por ti? ¡¿pero qué le pasa a ese tío?!

“¿Es el día oficial de ‘vamos a tirar la autoestima de Prudence Doyle por los suelos’ y yo no lo sabía?”

-          ¿Pero de qué narices estáis hablando? – espetó mi madre haciendo aspavientos con las manos – olvidadlo, creo que prefiero no saberlo.

-       Si, será lo mejor. Hay científicos que apuntan que recibir demasiada información de golpe hace que las neuronas se colapsen y que el cerebro se reblandezca.  

-       Bueno, por suerte mi cerebro no se ha reblandecido lo suficiente y aún soy capaz de decirte que no irás a esa fiesta.

Y de esta forma mi madre dejó claro que su maravilloso buen humor mañanero había desaparecido por el retrete en cuestión de segundos.

-         Mamá, es muy noble por tu parte que te hagas la dura y que hagas como que no me vas a dejar ir pero sabes tan bien como yo que al final cederás porque soy una hija estupenda que nunca se mete en líos y que piensa ser lo suficientemente responsable como para estar de regreso antes de las doce así que, ¿por qué no nos ahorramos todo esto y me das directamente permiso para divertirme de manera sana y controlada con gente de mi edad?

Prudence 1 – Mamá 0

-          ¿Antes de las doce?

-        Te doy mi palabra de girl scout – me apresuré a decir acompañando mis palabras con mi mejor carita angelical – y si, ya sé que nunca fui una girl scout pero aun así te doy mi palabra.

-       Bueno, supongo que solo quedamos tú y yo  – dijo finalmente mi madre pasando uno de sus brazos por los hombros de mi hermano - ¿qué me dices? Podríamos ir a ver alguna peli y luego cenar en el burguer.

La cara de mi hermano pasó de la satisfacción por haberme semi humillado, a la incredulidad al comprobar que me había salido con la mía sin haber tenido que batallar, al verdadero espanto al comprender que si yo me libraba del día familiar tendría que ser él el que soportara durante todo el día a nuestra madre dándoselas de mami joven y súper enrollada.

-         Acabo de acordarme de que tengo muchos deberes – contestó Gust rápidamente zafándose del abrazo de nuestra madre – muchísimo, así que será mejor que me ponga ya manos a la obra.

Si algo envidiaba de mi hermano era la asombrada habilidad que tenía para aparecer y desaparecer corriendo en cualquier situación. Era la versión cutre, enana y llena de los primeros brotes de acné juvenil de Flash.

-        Y yo creo que voy a comenzar a arreglarme ya – dije señalando con la cabeza las escaleras por las que había huido Gust pese a que aún quedaban horas para que Violet se pasara a recogerme pero es que, sinceramente, lo que menos necesitaba en esos momentos era escuchar los lamentos de mi madre acerca de lo rápido que crecíamos y lo poco que parecía que la necesitábamos – estaré arriba por si necesitas algo.

-          Sí, claro. Huye tú también – espetó mi madre desde la entrada conforme yo subía de dos en dos los escalones de la escalera – ya me echaréis de menos, ya. El día que no esté os acordaréis de mí pero ya será demasiado tarde, ¿me oís pequeños ingratos?

-          ¡Sí! – contestamos a la par mi hermano y yo asomando las cabezas por las puertas de nuestras respectivas habitaciones antes de echarnos a reír.

Pequeños momentos de complicidad fraternal.

***

Decir que había sacado y revuelto cerca de un millón de veces toda la ropa que contenía mi ropero era un eufemismo que ciertamente se quedaba corto porque, aunque no quisiera admitirlo, realmente parecía que una manada de búfalos hiperactivos habían irrumpido en mi dormitorio con el único fin de destrozarlo por completo pero después de horas y horas de probarme en modo bucle todos los conjuntos medianamente decentes que tenía al fin conseguí encontrar el modelito de la noche.

¿Ahora?  Ahora solo quedaba lo peor: que pasara el filtro moralista de mi madre.

Pese a que se había “ofrecido” – era la forma sutil que tenía para intentar decirme que debía o no ponerme – a echarme una mano con el peinado y con el maquillaje terminé cerrándome a cal y canto en mi habitación a la espera de la llegada de los refuerzos, es decir, de Violet porque sabía que con ella presente mi madre controlaría un poco mejor su impulso de ponerme un burka y quizá, solo quizá, podría salir de mi casa sin haber tenido que soportar el drama de la indumentaria inapropiada esa noche.

“¿Quién necesita un padre ultra protector cuando tiene una madre como la mía?”

Acababa de terminar de ponerme mis discretos tacones negros y justo estaba recogiendo mi larga melena caoba en un moño desenfadado cuando oí como alguien llamaba a la puerta para, solo en minuto después, escuchar como la voz de mi madre me gritaba desde la planta de abajo que mi amiga ya había llegado.

La puntualidad inglesa de Violet Ives.

No esperes obtener unos minutos extras de cortesía por su parte porque si le dices que esté en tal sitio a las siete de la tarde – por decir una hora cualquiera – ten por seguro que a en punto estará como un clavo esperándote impacientemente.

-          ¿Tienes pensado ir a misa en vez de a una fiesta o qué?

Desde luego, Violet sabía saludar con estilo. E irrumpir en habitaciones ajenas sin llamar también.

-          ¿Qué tiene de malo mi conjunto? – le pregunté algo indignada.

De acuerdo, podía admitir que no había arriesgado en exceso porque había acudido a unos pitillos negros y a una blusa de tirantas blanca que dejaba ligeramente la espalda al aire pero tampoco era como para echarse las manos a la cabeza. 

-        Podría pasarme la tarde entera enumerando cosas pero entonces no llegaríamos a tiempo a la fiesta – contestó mi amiga sentándose como si nada en mi cama – solo diré que esperaba algo más… ¿explosivo? No todos los días nos invitan a codearnos con la élite descerebrada del pueblo.

-   Ya vas tú lo suficientemente explosiva por las dos – repliqué observando su modelito compuesto por una ajustada falda color granate y un crop top del mismo tono que en conjunto creaban la ilusión de ser un sencillo vestido corto capaz de acentuar las envidiables curvas de mi amiga, mientras que a los pies llevaba calzadas las joyas de la corona: sus altísimas sandalias de tacón plateadas – además, no me gustaría desviar la atención de ti.

-          Oh, vaya. Gracias – Violet se puso en pie y apoyó sus manos de manera teatral sobre mis hombros – eres la persona más considerada que jamás he conocido y por eso te quiero.

-      Bueno es saberlo – espeté burlonamente girándome de nuevo hacia el espejo de mi armario para terminar de maquillarme – por cierto, necesito uno de tus sabios consejos maquillisticos. ¿Labial nude o rojo?

-       Regla número uno, ante la duda opta siempre por el rojo – dijo mi amiga de forma solemne antes de lanzarme el pintalabios que descansaba sobre mi escritorio – y ahora querida, mueve ese culito escuálido que tienes y vámonos. Tenemos mucho que cotillear y criticar esta noche.

“Y mucho que comprobar”, pensé restregándome una y otra vez mis sudorosas manos  cuando recordé que en menos de una hora quizás viera a Betty en brazos de Roman y que quizá mi mundo se pondría patas arriba si sentía como si me arrancaran y pisotearan el corazón en vez de una total y completa indiferencia ante aquella extraña visión – ¿semi nerd y diosa del universo juntos? ¿en serio? por favor, sonaba a cliché de película adolescente de los años noventa – mientras seguía a Violet, mientras salía de mi habitación y cerraba la puerta tras de mí.

***

-     ¿En serio el Gigante verde vive aquí? – preguntó al aire Violet cuando aparcó frente a la inmensa y realmente ruidosa casa de Kevin.

-       Al parecer para pertenecer a la realeza del instituto además de estar bueno tienen que salirte los billetes de cincuenta por las orejas – contesté mientras miraba sorprendida aquella espectacular y renovada casa de estructura victoriana – y debes tener un jardín del tamaño de un campo de futbol. 

-      Y un árbol en el que construir una casita – añadió mi amiga bajando del coche -¿sabes? siempre quise tener una casa del árbol. Es mi sueño infantil frustrado.

-     ¿Intentas decirme sutilmente que esperas que te regale una casa del árbol este año por tu cumpleaños?

-          ¿Si te digo sí me la regalarás?

-          ¿Honestamente? No – contesté mientras subía los pequeños escalones del porche tras Violet – ya sabes que no soy demasiado manitas pero estoy segura de que si le pides una a Vincent te la construirá en menos que canta un gallo.

-      Ja, ja ¡que graciosa eres! – espetó Violet haciendo una mueca justo antes de que Cameron abriera la puerta de la casa de Kevin de par en par esbozando su mejor sonrisa de conquistador nato.

Nunca había entendido todo el revuelo que había formado entorno a Cameron Mason. Nunca había entendido porque prácticamente todas las chicas que conocía, aunque solo fuera de vista, babeaban y suspiraban por los huesos de aquel rubito sacado de un anuncio de Abercombrie. Nunca había entendido que encontraban de fascinante en ese chico que al parecer únicamente sabía regalar los oídos de los demás, guiñar de forma picarona sus ojos – espectaculares, eso sí – y sonreír como si del mismísimo príncipe encantador se tratara.

Aquella noche lo entendí.

Con su camisa blanca, sus vaqueros desgastados y su rubio pelo estratégicamente revuelto Cameron Mason era la encarnación en la Tierra de la perfección humana y aunque no se podía decir que Violet y yo formáramos parte de su club de fan ambas nos quedamos con la boca ligeramente abierta cuando lo encontramos de sopetón frente a nosotras.

-      Vaya, mira a quién tenemos aquí – dijo dejándose caer en el marco de la puerta – si es Prudence Doyle y compañía. Pensé que me darías plantón y que me romperías el corazón.

-          No creo que tengas de eso, Mason – contesté cruzándome de brazos.

-          Deja que te enseñe la casa – replicó aún con esa sonrisa pícara pintada en su cara.

Mis ojos buscaron los de mi amiga para lanzarle la típica mirada de “no te apartes ni de coña de mí” pero la mano de Cameron fue mucho más rápida que yo y antes de que pudiera hacer contacto visual con Violet se enroscó en mi muñeca y tiró de mí hacia el interior de la casa.

Si por fuera la mansión – porque si, acababa de decidir que esa casa enorme con tropecientas mil ventanas se había ganado la consideración de mansión – de Kevin te dejaba sin aliento por dentro no iba a ser menos.

Mirases donde mirases, y pese a que al parecer todo el instituto había decidido dejarse caer por allí esa noche del sábado, te encontrabas con muebles suntuosos, jarrones y cuadros de aspectos increíblemente caros, y alfombras que a simple vista parecían persas.

“El paraíso terrenal de mi madre”, pensé cuando pasé justo al lado del que creía que era un Monet auténtico.

-    El salón – señaló con la cabeza Cameron pasando de largo ante la gigantesca sala donde algunos de mis compañeros ya se habían acomodado cerveza en mano – el baño – indicó esta vez al pasar junto a una puerta próxima al comedor – la cocina y por allí – añadió girándose hacia mí aun sin soltarme mientras señalaba las escaleras por las que subían y bajan alguna que otra parejita en búsqueda de algo de intimidad – se va a la segunda planta, ¿quieres que te la enseñe también?

-       Creo que de momento he tenido suficiente – contesté librándome al fin de su alcance – además, debería buscar a Violet.

-          Se me olvidaba eso del pacto de ir siempre juntitas a todos lados.

-          Pues que no se te olvide, Mason – dijo tras de mí mi amiga – donde vaya Prue voy yo así que si vuelve a desaparecer de mi lado por tu culpa ten por seguro que cuando te encuentre te patearé las pelotas, ¿me he expresado con claridad?

Con esas palabras Violet habría conseguido intimidar a cualquier ser viviente que se encontrara en un radio de cien kilómetros, a cualquier ser viviente salvo a Cameron quien, sin inmutarse en lo más mínimo, se limitó a preguntar:

-       ¿Sois lesbianas o algo por el estilo? No es que me importe que os lo montéis ni nada de eso pero me gustaría saberlo para no perder mi preciado tiempo en intentar conquistarte, Doyle.

-          Pierdes el tiempo – contesté antes de que Violet se lanzará a su yugular – pero no porque sea lesbiana sino porque jamás estaría con alguien como tú.

-     ¿Alguien como yo? – la sonrisa de Cameron, lejos de lo que hubiera podido pensar en un principio, se ensanchó aún más.

“Bueno, cavémonos nuestra propia tumba social”.

-          Creído, prepotente, algo narcisista, con un serio problema de sobreestima…

-          Deja de alabarme – espetó acercándose un poco más a mí – vas a hacer que me sonroje.

-    Por el amor de Dios, si voy a tener que aguantar este bochornoso espectáculo de seudo conquista toda la noche será mejor que vaya a por una copa – dijo Violet haciendo aspavientos, aspavientos que pasaron totalmente desapercibidos para Cameron porque este no se molestó en apartar sus ojos de mí – o a por dos, visto lo visto.

“¡Traidora! ¿Dónde queda eso de no apartarte de mí ni un segundo?”

-        La cocina está por ahí – fue lo único que dijo Cameron antes de que mi amiga desapareciera, no sin antes hacerme la promesa silenciosa de que regresaría en menos que cantaba un gallo.

Acababa de ver desaparecer entre el barullo la oscura melena de Violet cuando una de las preguntas que llevaba rondándome por la cabeza desde que a comienzos de la semana Cameron se acercó a nuestra mesa del comedor para invitarnos a la fiesta salió expulsada al fin entre mis labios.

-          ¿Vas a decirme a que viene todo esto?

-          ¿El qué?

-          Este interés repentino que pareces sentir por mí – contesté resueltamente.

-          ¿Y quién dice que es repentino?

-          ¡Por favor! – exclamé dejando escapar esa carcajada que llevaba décadas intentando ver la luz – seamos sinceros ¿sí? Llevamos coincidiendo en clase desde hace años y las únicas veces que te has dignado a dirigirme la palabra han sido para pedirme apuntes. Bueno, miento. Una vez también me hablaste para que te dejara copiar en un examen de química, cosa que por supuesto no hice y que me acarreó el tener que soportar que tus amigotes se pasaran una larga temporada llamándome come libros por los pasillos, así que comprenderás que esté a la espera de que me digas de una santa vez que demonios quieres esta vez de mí.

Oficialmente acababa de tener la conversión – o el monologo, según se mirase – más larga con Cameron Mason en esos casi diez años que hacía que nos conocíamos.

-   Puede que quiera algo de ti – reconoció Cameron mientras colocaba uno de mis tantos mechones rebeldes tras mi oreja – pero tú también debes querer algo de mí, porque si no ¿qué haces en una fiesta rodeada de toda esta gente que alguna vez en su vida se rió y burló de ti?  

Vale, debía reconocer que esa era una buena pregunta y que Cameron había sabido darle a la perfección la vuelta a la tortilla porque si me detenía a pensarlo ni si quiera yo sabía que narices hacía en ese mausoleo cuando podía estar perfectamente con Violet dando una vuelta por Portailor.

“Roman. Estoy aquí por él y por la maravillosa Betty ‘en boca de todos’ Michele. Estoy aquí porque necesito saber de primera mano que sucede entre esos dos y como me afecta a mí. Estoy aquí porque necesito comprobar que todo sigue como siempre, que lo de ayer no cambió ni mi relación con Roman ni lo que siento por él”.

-          ¿No vas a decir nada, Doyle? Venga, si algo me ha gustado siempre de ti es que eres capaz de reaccionar rápido ante una amistosa confrontación verbal.

-          No hay nada que quiera de ti, Cameron – fue lo único que logré articular – y lo mejor de todo es que no tienes nada que ofrecerme que me pueda interesar así que sea lo que sea que necesites de mí lamento comunicarte que no lo obtendrás.

Cameron Mason era lo más parecido a un depredador feroz con lo que te podías topar por las calles de Saint Philippe-Loosle.

Acostumbrado como estaba a salirse siempre con la suya se tomaba cualquier no como un simple reto más al que debía de hacer frente y realmente desconocía si era porque su ego desmesurado le impedía tirar la toalla cuando las cosas parecían ponerse bastante feas o simplemente porque sabía concienzudamente que había nacido con una estrella en el culo que impedía que nada le saliera mal pasara lo que pasase, pero el caso era que nuestro queridísimo rey del instituto jamás se daba por vencido y ante la más simple negativa sacaba a la palestra su lado más lobuno y se preparaba para jugar como todo un campeón.

Si creía que aquella vez sería una excepción y dejaría encerradito entre rejas a su lobo interior me equivocaba.

-          ¿Y si te ofreciera el recuperar a tu queridísimo amigo Roman?

Recuperar. Esa palabra parpadeo en mi mente con luces de neón.

-          ¿Recuperar? ¿por qué querría recuperar algo que no he perdido?

-          Eres tan inocente – contestó entre risas Cameron – querida Prue, en el preciso momento en el que tu amiguito caiga en las redes de Betty podrás empezar a despedirte de él porque te aseguro que mi adorada ex no permitirá que te acerques a él. Es una chiflada posesiva y celosa hasta la extenuación.

“Genial. Esta es la información que justamente necesitaba obtener en estos momentos. Como si no tuviera suficientes cosas de las que preocuparme, como si no estuviera lo suficientemente histérica ya”.

-        ¿Sabes? Te oigo hablar mucho acerca de mi amistad con Roman pero aún no me has dicho que necesitas de mí.

-          Tu ayuda, por supuesto – uno de los miembros del equipo de baloncesto pasó por nuestro lado y palmeó sonoramente la espalda de Cameron a modo de saludo pero él no se inmutó, siguió manteniendo su mirada clavada en la mía como si intentara hipnotizarme para que fuera uno de sus tantos juguetitos de carne y hueso – tu ayuda para recuperar a Betty.

“Vaya, esto sí que es bueno”.

-          ¿Hablas enserio? ¿quieres usarme para volver con tu ex?

-          Es una forma de decirlo.

-        Vaya, has logrado sorprenderme – dije meneando la cabeza – no pensaba que la quisieras tanto como para montar un numerito por ella. Bueno, si te soy sincera ni siquiera pensaba que te importara.

Una de las verdades universales más verificadas y comprobadas de la historia de la humanidad era que la relación entre Betty y Cameron era la cosa más insustancial de este mundo, que ambos se querían tantísimo a ellos mismos que eran incapaces de sentir el más mínimo apego sentimental por el otro y que solo se dedicaban a follar como conejos y a dejarse ver por las fiestas más sonoras y esperadas en el ámbito adolescente de Saint Philippe-Loosle, ¿y ahora pretendía venir el bueno de Mason a tirar por tierra uno de los pilares existenciales de mi vida?

-       Ni la quiero ni me importa – replicó Cameron en un tono de voz que parecía querer decir “eres tonta o solo te lo estás haciendo” – lo único que me interesa es que mi reputación no se vea tocada por culpa de lo que ella y tu amiguito se traigan entre manos. ¿Qué crees que pensarían y dirían todos estos estúpidos de mí si se enterasen que el don nadie de Roman Lemacks me ha levantado la novia?

-     ¿Qué quizás no eres muy bueno en la cama? – me aventuré a decir sonriendo con cierta malicia.

-       Peor – Cameron apoyó su mano en la pared para acorralarme contra ella – pensarían que soy un perdedor. Prue, eres una chica lista y como tal estoy convencido de que serás capaz de comprender que no puedo permitir que el ecosistema que con tanto esfuerzo he creado se resienta y justamente eso es lo que pasaría si de golpe y porrazo hablaran de mí de una forma un tanto despectiva.

-     Pasando por alto que me parece una completa gilipollez todo lo que estás diciendo – espeté mientras en mi fuero interno deseaba que se abriera un agujero a mis pies que me tragara por completo – sigo sin saber que pinto yo en todo esto. Si lo que quieres es darle celos a Betty podrías usar a cualquier otra chica para ello. Estoy segura de que tendrás un harén completo esperando su pequeña oportunidad.

-          Cierto, pero solo contigo podría además fastidiar a Lemacks.

Fastidiar a Roman.

Si Cameron no me sacara una cabeza probablemente le habría dado – o intentado al menos – un puñetazo por el mero hecho de creer que yo iba a aliarme con él para lastimar a una de las personas más importantes de mi vida, para dañar intencionadamente a mi mejor amigo.

-         Si crees que alguna vez, en mi sano juicio, haría algo para perjudicar a Roman es que eres más idiota de lo que creía – contesté a la par que le daba un ligero empujón para separarlo de mí – y si encima crees que por el simple hecho de verme contigo se molestaría o se pondría celoso o cualquier otra chorrada que tu diabólico cerebro crea que pasaría entre nosotros, deberías directamente hacértelo mirar por un profesional porque definitivamente no estás bien de la cabeza.

-       Y definitivamente tú estás mucho más ciega de lo que creía – dijo resueltamente Cameron – ¿sabes cuál es una de las muchas virtudes que tengo? que soy capaz de leer a la perfección a los demás y de saber cosas sobre ellos que ni si quieran aún han averiguado.

-          Si va a resultar que eres una eminencia y todo – dije lacónicamente rodando los ojos.

Era realmente frustrante intentar insultar o humillar a Cameron porque todo, absolutamente todo lo que pudiera decirle, se lo tomaba como un maldito cumplido.

“Me crispa los nervios”.

-          Lo soy, y por eso mismo sé que a Roman le sentaría como una patada en los cojones el verte a ti conmigo y que eso podría abrir una gran brecha entre la prometedora nueva pareja de High Philippe School.

-      Vamos a hacer como que te creo ¿de acuerdo? – repliqué echando mano de toda la paciencia que tenía – vamos a hacer como que en tu mundo paralelo particular es cierto que a Roman le sienta fatal que ande por ahí contigo, ¿no crees que te estás precipitando aunque solo sea un poquito con todo este plan retorcido y patético de dar celos sin ton ni son? Porque hasta donde yo sé mi amigo y tu ex aún no están juntos.

-          Oficialmente no, pero lo estarán – contestó con una seguridad apabullante Cameron – esta noche ese par se ganaran el ser el lunes el titular de las noticias sociales del instituto y no estoy dispuesto a permitir que eso suceda. ¿Sabes cómo se contrarresta un bombazo de ese tipo? Dando uno aun mayor, y tú y yo podríamos darlo.

De repente, gracias al divino cielo celestial, vi aparecer de nuevo a Violet entre ese mar de gente luchando para conservar el equilibrio y no tirarse por encima aquellos descomunales vasos rojos que llevaba en las manos.

Decir que fue como si el mismísimo Dios se hubiera aparecido frente a mí se quedaría corto y es que mi amiga no podría haber regresado en un momento mejor porque había llegado a un punto en el que no sabía salir por mí misma de todo ese lío maquiavélico que Mason había formado en cuestión de minutos.

-        Sigo sin estar interesada – lo que me faltaba, pactar con el diablo – y ahora, si me disculpas, Violet está esperándome.

-          Por supuesto, no seré yo el que separe a las siamesas más conocidas del pueblo.

Ya había alcanzado a mi amiga – no sé muy bien como porque mi estabilidad en tacones dejaba mucho que desear – y la había agarrado bruscamente del brazo para tirar de ella hasta el primer pasillo que atinara a ver para poner distancia al fin entre Cameron y yo cuando este gritó mi nombre, logrando con esto que a regañadientes me girara una vez más hacia él.

-          Solo quería recordarte que si cambias de opinión siempre estaré aquí para ti.

“¿Cambiar de opinión? ¿a qué precio? ¿al de vender mi amistad con Roman?”

-          ¡Nunca cambiaré de opinión! – grité girándome bruscamente para alejarme de allí como si la vida me fuera en ello.

-          ¡Nunca es mucho tiempo! – oí la voz divertida de Cameron tras de mí aun por encima de la música.


Y tenía razón. Nunca es mucho tiempo y nadie sabe cuándo tendrá que tragarse sus palabras y tirar al traste aquellas convicciones que tan arraigadas creía tener dentro de sí. 

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