domingo, 5 de agosto de 2012

CAPÍTULO 8

Había caído la noche cuando mi madre llegó al fin a casa, con un humor de perros y un aura tan tangible de cansancio rodeándola que bien podríamos haber puesto otro plato sobre la mesa y hacerla la invitada vip de la velada.

Puede que os cueste creerlo y que penséis que el sacar adelante una tienducha de antigüedades no sea el trabajo más duro de este mundo – es más, hasta ese verano en el que tuve que trabajar codo con codo con mi madre en Los tesoros de María Antonieta yo también pensaba que mi madre se quejaba de puro vicio del trabajo –, sobre todo si lo comparamos con empleos como el de policía o bombero, pero os sorprendería todos los quebraderos de cabeza que daba pasarse el día allí metida: atender a clientes ciertamente pesados – básicamente porque tres cuartas partes de los que entraban lo hacían para cotillear –, mantener en perfecto estado esos muebles y objetos que cualquier otra persona hacía ya mucho tiempo que los habrían tirado al contenedor de la basura, reorganizar la tienda conforme iban llegando más cachivaches, encargarte de la contabilidad, asistir continuamente a subastas y mercadillos para hacerte con nuevas reliquias y, lo peor de todo, estar siempre con una magnífica sonrisa tras el mostrador y no perder los nervios aunque tuvieras enfrente al mismísimo Nostradamus vaticinándote tu muerte inminente.

“Ante todo, en esta vida hay que ser profesional”, me repetía sin cesar mi madre cada vez que dejaba escapar un resoplido durante esos largos días de verano en los que me paseaba por la tienda plumero en mano quitándole el polvo a mesas de estilo victoriano, gramolas de los años cincuenta y aparadores recién sacados de la casa de mi abuela.

-          ¿Día duro?

-          ¿Cuándo no lo es? – respondió mi madre dejándose caer pesadamente en el sofá – tengo los pies reventados. Recuérdame que jamás vuelva a ponerme estos zapatos.

¡CLAC!

Los horribles zapatos de mi madre se estrellaron sin miramiento alguno contra el parqué.

-          ¿Dónde está tu hermano? – me preguntó mientras se masajeaba los pies.

-          En su habitación – contesté sentándome a su lado – se supone que terminando los deberes pero he oído claramente como gritaba “¡sal de las mazmorras!” así que estará jugando al ordenador con esa pandilla de frikis que tiene como amigos.

En otro momento mi madre habría puesto el grito en el cielo, habría subido al dormitorio de Gust y le habría amenazado con quitarle internet hasta que tuviera cincuenta años si en menos de una hora no tenía todas las tareas hechas pero esa noche no, esa noche se limitó a soltar un largo suspiro.

-          ¿Se ha comido al menos toda la cena?

-          ¿Cuándo se ha comido Gust los brócolis? – inquirí rodando los ojos pero te alegrará saber que hoy, en un alarde de generosidad extrema, se ha encargado de recoger el correo.

-          ¿Facturas?

-          El agua, el gas y la luz – contesté mientras me levantaba para entregarle los sobres malditos, como bien le gustaba llamarlos mi madre – pero también has recibido una carta de un tal señor Rizzati. El remite pone que viene de Italia, ¿acaso has protagonizado tu propia versión de “Bajo el sol de la Toscana” y no me has dicho nada?

Gust y yo nos habíamos pasado toda la tarde divagando sobre quién podría ser ese misterioso italiano que se había tomado la molestia de ponerse en contacto con nuestra madre de esa forma tan años noventa.

Nuestras mentes nos había conducido a derroteros tales como que podría ser una vieja amistad de la época universitaria de mamá, un amante estrafalario o un tío perdido en tierra de nadie que había decidido dejarnos en herencia todas sus riquezas, y aunque mi hermano me había martilleado la cabeza como él solo sabía hacerlo para que leyéramos a escondidas la carta había conseguido ganar aquella batalla y mantenido el sobre lo más lejos de Gust posible.

-          Dame eso – espetó nerviosa mi madre arrebatandomela de un tirón.

“Pero que…”

-          Será mejor que te vayas a tu habitación, Prue – añadió cuando releyó un millón de veces el remite.

“… está pasando”

Si gran parte de mi cabeza no hubiera estado en esos momentos dándole vueltas a lo que al día siguiente pasaría entre Roman y yo habría replicado, habría intentado sonsacarle a mi madre que demonios le pasaba y quién era ese italiano de caligrafía perfecta que había decidido escribirle.

Quizá de haberlo hecho las cosas habrían sido muy diferentes.

O quizá no.

***

Viernes.

Por primera vez en mi vida, cuando esa mañana sonó el despertador, estaba con los ojos de par en par mirando el techo donde hacía unos cuantos años había pegado las típicas pegatinas de estrellas que se suponía que brillaban en la oscuridad.

Te veo en quince minutos
No me hagas esperar

Roman. Casi había olvidado que volvía a desempeñar el papel de chófer.

No voy a ir a clase hoy
Migrañas modo on

¿Te importa llevar de todas formas a Gust?

Mis dedos teclearon esas palabras antes de que mi mente pudiera sopesar los pros y los contras de hacerme la enferma y faltar a clase simplemente porque no creía tener las fuerzas suficientes – y la sangre fría, sobretodo la sangre fría – de guardar para mí todas las dudas y los nervios que en esos momentos sentía, de fingir frente a Violet que ese día era un día como otro cualquiera y no el día en el que me iba a acostar con Roman Lemacks.

Me encargaré de que el pequeño
Obi Wan llegue sano y salvo

Con todo el pesar de mi corazón salí de la cama y, después de practicar frente al espejo mi mejor cara de “estoy muy enferma pero no te preocupes mamá que de esta no me muero”, bajé hasta la cocina donde ya Gust estaba soportando estoicamente una regañina de mi madre por tener el cuarto hecho una completa leonera.

-    Buenos días – dije en apenas un susurro arrastrando los pies cual zombi en medio de un apocalipsis.

-          ¿Aún estás así? – espetó mi madre cuando vio que seguía en pijama – Roman debe de estar al llegar. Anda, sube corriendo y termina de arreglarte o llegaréis tarde.

-          No me encuentro bien – mascullé en un hilo de voz – la cabeza me va a explotar. Creo que me tomaré una pastilla y me meteré en la cama. 

Lo único bueno que tenía el que te hubieran diagnosticado migrañas a la inusual edad de quince años era que muy de vez en cuando – básicamente para no llamar a la mala suerte – podías usarla como excusa para parar tu vida durante unas cuantas horas.

Si, obviamente estaba mal hacer uso de una enfermedad para saltarse las clases pero en mi defensa diré que era la primera vez que lo hacía y que al menos sí que era cierto que sentía náuseas – uno de los tantos síntomas por los que tenía que pasar cada vez que verdaderamente me daba un brote -, aunque fuera porque estaba atacada de los nervios.

-        Cariño, ¿otra vez con migraña? – mi madre se acercó a mi rápidamente y me cogió la cara con sus suaves manos – cada vez te dan las crisis más seguidas. Quizá el tratamiento que te recetó el señor Mason no sea el adecuado para ti.

Efectivamente, es lo que todos estáis pensando: el padre de Cameron era mi médico de cabecera. Cosas que pasan cuando vives en un pueblo enano.

-          Anoche estabas bien – dijo Gust mirándome desconfiado.

Mi pequeño demonio particular.

-          No es como si la migraña me pidiera permiso para hacer que me entraran ganas de morirme, Gust.

De repente, la bocina del coche de Roman sonó haciendo que todos diéramos un respingo.

-          ¿No le has dicho a Roman que hoy no irías a clase? – me preguntó con cierto reproche mi madre cuando a través de la ventana atinó a ver el coche de mi amigo.

-          Sí, pero le pedí que llevara de todas formas a Gust - ¿soy o no soy buena hermana? – así que será mejor que te largues hermanito.

Los ojos de mi hermano se clavaron en los míos más tiempo de lo estrictamente necesario y solo cuando mi madre le propinó un pequeño empujón para que se largara de una santa vez al instituto apartó su suspicaz mirada de mí.

“Cazada, he sido cazada por un crío de doce años”.

¡PUM!

La puerta de la entrada se cerró y de lejos pude oír como Gust saludaba alegremente a Roman, como se montaba en el coche – y me apostaba todos mis ahorros a que lo hacía en el asiento del copiloto – y como este aceleraba para perderse por las calles del pueblo.

-          No me gusta dejarte sola cuando estás así pero no tengo más remedio que abrir la tienda – dijo mi madre con un deje de preocupación mientras me acariciaba el pelo de manera delicada, como si temiera que me fuera a romper de un momento a otro.

-          Ya sabes que lo único que necesito para que se me pase es cama, silencio y oscuridad – respondí frotándome teatralmente la frente una y otra vez – así que no te preocupes. Estaré bien.

-          Te llamaré a la hora del almuerzo para ver como sigues ¿de acuerdo? – los labios de mi madre se posaron levemente en mi mejilla – si necesitas algo ya sabes, llámame al teléfono de la tienda.

-          Lo haré, vete tranquila.

Ese día descubrí que era muy fácil mentir a la gente que creía ciegamente en ti y aprendí el significado de la palabra “remordimiento”.

***

Gust ni siquiera me preguntó cuando llegó como me encontraba.

Sabía que mi hermano sabía – vaya, eso me ha quedado un poco redundante – que había fingido aquel día un insoportable dolor de cabeza para quedarme en casa pero por alguna extraña razón se había guardado para él esa información y la tensión se palpaba en el ambiente porque, para ser sincera, estaba a la espera de que me zampara su descubrimiento y que me chantajeara con alguna de sus majaderías para que mantuviera la boca cerrada y no me delatara ante nuestra madre.

Sin embargo no lo hizo y cuando a las cinco llegó la señora Whitehorse – la madre de su amigo Ian, el pequeño gremlin con el que pasaría la noche haciendo lo que los críos de doce años hicieran en la intimidad de una habitación atestada de más gremlins con ortodoncia y los primeros brotes de acné juvenil – se limitó a decirme que se iba y que esperaba que me recuperara.

Sospechoso cuanto menos.

Al contrario que mi hermano, mi madre me llamó cerca de un millón de veces a lo largo del día para ver cómo me encontraba y solo cuando le dije que estaba muchísimo mejor y que incluso había tomado para almorzar las sobras de la cena que había en uno de los tropecientos taper que mi madre, como buena obsesa del control que era, había guardado y etiquetado en el frigorífico con una eficacia envidiable dejó el teléfono descansar.

Lástima que fuera el teléfono, y no mi mente, el que consiguió descansar.

***

Eran cerca de las seis de la tarde cuando logré, echando mano de todo el valor que no sabía siquiera que iba a necesitar, mandarle un mensaje a Roman diciéndole que mi casa ya era territorio seguro por eso, cuando mi móvil vibró a los pocos minutos en mi mesilla de noche, casi sentí como mi corazón se saltaba un latido.

“Por el amor de Dios, ¡tranquilízate! No es como si fueras a ir al paredón a que te fusilaran. Solo vas a tener sexo con tu mejor amigo. Vale, quizás así dicho suena muy mal pero ¡eh! ¡no es para tanto! Tú misma lo dijiste, es solo un trámite y los dos tenéis muy claro que será un hecho puntual que jamás en la vida se repetirá y que no cambiará lo que tenemos”.

Un pajarito me ha dicho que tu cabeza
amenaza con hacer ¡BOM!

Violet siempre tan refrescantemente gráfica.

Tu pajarito te ha informado bien
pero de momento controlo mi cabeza
La siento aún sobre mis hombros
y eso es buena cosa

Escribiendo, escribiendo, escribiendo.

¿Estarás bien para la fiesta de mañana
o abortamos misión?

La fiesta de Kevin o, mejor dicho, la fiesta de Cam por mucho que fuera en casa del primero.

¿Y perdernos la oportunidad de
cotillear la casa de Kevin?
No way

Escribiendo, escribiendo, escribiendo.

¡Esa es mi chica!
Mañana nos vemos entonces
y haz el favor de no volver a faltar
en lo que queda de curso

No pude evitar sonreír pese a que el nudo que llevaba aprisionando mi estómago durante todo el día se hacía cada vez más y más grande.

Te lo prometo

Nunca llegué a leer lo que Violet contestó, nunca llegué a saber si mi amiga se había tomado la molestia de contestar o había dado por finalizada la conversación al leer mi vacía promesa, porque en ese momento el timbre sonó y ya solo me importó una cosa, una persona: Roman.

***

-          ¿Y mis rosas? ¿dónde están mis rosas? – le pregunté dramáticamente nada más abrir la puerta. Me gustaba saber que mi yo interior siempre estaría capacitada para burlarse de Roman aunque mi ritmo cardiaco estuviera por las nubes –  No habrás venido con las manos vacías, ¿verdad?

-          ¿Si te digo que sí me darás con la puerta en las narices? – me preguntó a su vez Roman apartándome ligeramente de la entrada para pasar a la que consideraba su segunda casa.

-          Creo que ya es un poco tarde para eso – señalé al ver que comenzaba a subir por las escaleras hacia mi habitación.

“Vale, así que vamos directamente al tema. Estupendo. Será como quitarse una tirita: rápido y ligeramente doloroso”.

Mi dormitorio era, sin asomo de dudas, el templo más sagrado en el que jamás pondría un pie y aunque estaba acostumbrada a ver a Roman deambular por él, aquel día la piel de mis brazos se erizó cuando mi amigo se detuvo frente a mi cama y se giró para que sus oscuros y mis pardos ojos se encontraran.

-          ¿Y bien? Cómo… cómo…

Era un consuelo comprobar que no era la única de los dos que estaba ligeramente histérica y que no sabía qué hacer.

-          ¿Cómo empezamos? – terminé por él mientras cerraba de un puntapié la puerta – pues… no sé.

“Que cómodo y que bien va todo”.

-          Quizás deberíamos… ehh ¿besarnos? – dijo dubitativamente Roman a la par que sus mejillas comenzaban a teñirse de rojo – al menos eso es lo que suele hacer la gente ¿no?

Con pasos tembloroso – aunque de veras esperaba que Roman no se estuviera dando cuenta de eso – me acerqué más a él, me acerqué tanto que incluso podía ver esas pequeñas motas doradas que tenían sus iris, pero no tanto como para que nuestras respiraciones se entremezclaran.

“Esto es lo más surrealista que he hecho en toda mi existencia”, pensé cuando mis ojos alcanzaron a ver como los músculos del cuello de Roman se tensaban al tragar saliva, como su rostro se inclinaba poco a poco hacia mí, como sus labios se entreabrían lentamente invitándome a entrar.

Y entonces lo inevitable pasó: mis nervios explotaron por los aires en forma de carcajada.

-          Joder, Prue – espetó Roman alejándose azorado rápidamente de mí.

-         Lo siento, lo siento – me apresuré a decir mientras intentaba inútilmente parar de reírme – es que ha sido tan tan raro. Dios, tendrías que haberte visto la cara.

-        Mira esto ha sido una mala idea – dijo aquel Gusiluz que tenía como amigo – será mejor que me vaya.

-      No, no – mi mano se enroscó entorno a su muñeca para evitar que huyera despavorido – te prometo que me contendré de aquí en adelante.

Roman me miró detenidamente por lo que pareció una eternidad.

No me hacía falta estar dentro de su cerebro para saber que estaba sopesando muy seriamente si debía quedarse o dar por finalizado el asunto y cualquier oportunidad que aún pudiera tener de salir alguna vez con Betty. Tampoco me hacía falta estar dentro de su cerebro para saber que se quedaría.

-          Acabemos con esto – murmuró más bien para si mismo que para mí.

Los labios de Roman, esos labios que podría dibujar en un trozo de papel con los ojos cerrados y que me habían regalado las sonrisas más puras de este mundo, se posaron sobre los míos.

Suave, como una caricia. Irreal.

Una parte de mí quería apartarse, salir corriendo, meterse en el armario y no salir de ahí jamás. La otra quería permanecer eternamente en esos labios, devorarlos lentamente y acariciarlos con la lengua hasta que perdieran todo su sabor.

“Las dos caras de una misma moneda”.

Mis manos sostuvieron el rostro de Roman mientras su lengua se apoderaba de mi boca y tuve que contener un gemido de placer cuando de un fuerte tirón pegó totalmente su cuerpo al mío.

“Prometo que jamás de los jamases caeré rendida por ti”.

Tambaleándonos logramos llegar hasta mi cama y solo cuando me vi ahí tumbada, con Roman sobre mí, fui plenamente consciente de lo que estábamos haciendo, de lo que estábamos a punto de hacer y, sobretodo, de con quién estaba a punto de dar uno de los pasos más importantes de mi vida.

-          Espera, espera – murmuré aún contra los labios de mi amigo.

Rápidamente Roman se incorporó, quedando de rodillas entre mis piernas con la respiración agitada y la típica expresión de “qué acaba de pasar aquí” dibujada a cincel en su rostro.

“Ojalá lo supiera, ojalá supiera que ha sido… eso”.

La idea era que lo que pasara en esa cama entre los dos no tenía que despertar absolutamente nada en nosotros, pero entonces por qué había sentido como una sacudida en mi interior, por qué tenía la sensación de que un millón de hormigas correteaban por debajo de mi piel, por qué me había resultado tan difícil apartarme de él y había estado a punto de perder el control.

“Porque quien diablos se iba a pensar que Roman besaba así. Que mi cuerpo haya reaccionado de esa manera ante un simple beso no implica nada. Se trata de una mera reacción química. Hormonas locas, eso es todo”.

Lentamente me incorporé para quedar igualmente de rodillas frente a él y ahí estábamos los dos sobre mi viejo colchón, mirándonos como nunca antes nos habíamos mirado.

-          Aún estamos a tiempo de parar – conseguí decir a duras penas.

“¿Pero es eso lo que quiero? ¿Es eso realmente lo que quiero?”

-       Aún podemos hacer como si nada de esto hubiera pasado – dijo a su vez Roman – podemos olvidar incluso que vine a tu casa hoy.

-          Sería lo más sensato.

-          ¿Pero desde cuándo somos nosotros sensatos? – y ahí estaba su característica media sonrisa

-          Desde nunca, eso está claro – contesté devolviéndole la sonrisa.

“Si necesitaba alguna prueba de que todo sigue igual ahí la tengo. Aún soy capaz de devolverle la sonrisa con la misma facilidad de siempre. Aún soy capaz de pensar en él como mi mejor amigo y de verle como ese niñito que lloraba viendo ‘El Rey León’. Lo que he sentido, o creído sentir, ha sido solo producto de los nervios pero ya está todo bajo control y es que, al fin y al cabo, lo peor ya ha pasado. Ya sé lo que es besar a Roman y ya sé cómo reacciona a él mi cuerpo así que ¿por qué no seguir adelante? Ya hemos llegado demasiado lejos”.  

-          ¿Entonces…?

-       Acabemos con esto – dije repitiendo sus propias palabras mientras me inclinaba de nuevo hacia él.

3 comentarios:

  1. Oju otro con el te quiero a los dos dias

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  2. Siempre hay chicos ñoños querida anónima jajajajajajajaja

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  3. Sigo pensando que me encanta Cameron. Por este comentario ya sabrás quien soy. =)

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