martes, 31 de julio de 2012

CAPÍTULO 6

-          Tu primo se ha enfadado conmigo a lo bestia.

Nada más llegar a casa me había encerrado en mi dormitorio, teléfono en mano, y había llamado a Violet no tanto para interceder entre ella y Roman – después de todo lo que este último me había dicho tenía bastante claro que lo mejor que podía hacer era mantenerme al margen y dejar que cada cual lidiara con lo suyo – sino para que mi amiga me consolara y me dijera algo del tipo “no te preocupes, mañana estará como si nada”, algo que no conseguí ni de lejos porque en lugar de eso contestó a mi revelación diciendo:

-          Mi primo es un capullo y un traidor. Si estuviera en mis manos le mandaría a cazar focas a la Antártida y con suerte le devoraría un oso polar lenta y dolorosamente.

-          ¿Puedes dejar de ser tan sádica por un segundo? – espeté haciendo una mueca de asco que por supuesta ella no podía ver.

-     Lo siento pero no. ¿Sabes lo que significa para mí que se haya rebajado a ser uno de los muñequitos sexuales de esa esbirro de Satanás? – esbirro de Satanás, buen punto Violet – No puedo creer que haya olvidado todas las burlas que tuve que soportar por su culpa.

-          No creo que lo haya hecho V – o puede que sí, quién sabe – pero quizás Roman haya visto un lado de Betty que nosotras no conocemos. Al fin y al cabo la gente cambia…

-          Sí, es cierto – convino Violet – la gente cambia pero siempre lo hace a peor y Betty ya era lo suficientemente maligna con diez años. Imagínate cómo puede ser ahora.

-          Mira, entiendo que pienses así – mide bien lo que vas a decir, Doyle porque puede marcar la diferencia entre estar de malas con uno de tus mejores amigos o con los dos – pero no merece la pena que estés sin hablarte con tu primo por esto. Roman no es el típico tío que se va con cualquiera y si en su momento decidió tener algo con Betty debió ser porque vio algo bueno en ella. Eso debería bastarnos tanto a ti como a mí para aceptar lo que pueda pasar o dejar de pasar entre ellos, ¿no crees?

“Pero, para qué engañarnos, espero que no pase nada más entre ese par”.

-      Deja de ser tan políticamente correcta y reconoce que te jode tanto como a mí saber que Roman se ha liado con “en boca de todos” – refunfuñó mi amiga al otro lado de la línea – reconócelo o te juro que te cuelgo.

“Pues claro que me jode, ¿cómo no me va a joder? Sin haber tenido nada serio este tema ha logrado que nos enfademos los unos con los otros. No me quiero ni imaginar que mierda saldría a la palestra si de repente la pareja formada por Roman Lemacks y Betty Michele fuera una realidad. Produciría un cataclismo como mínimo”.

-        Pues me temo que tendrás que colgarme – dije finalmente – mira, estás sacando las cosas de quicio porque al fin y al cabo lo único que sabemos es que tuvieron algo en verano y que hoy les hemos visto hablando. Punto.

-          Perdona, esa zorra se estaba comiendo con los ojos a mi primo y lo sabes – me corrigió Violet antes de preguntarme - ¿de qué crees que estarían hablando?

“Buena pregunta”.

-          Ten por seguro que de metafísica no.

Una carcajada retumbó al otro lado del teléfono y no pude por menos que sonreír al escuchar como mi amiga se deshacía de su malhumor a través de la risa.

-     Oye, cambiando de tema – dijo cuando logró recuperar la compostura - ¿tienes pensado ir enserio a la fiesta de Kevin?

La fiesta de Kevin.

Con todo el lío de Roman casi me había olvidado de Cameron y de su extraña invitación.

Por mucho que mi cerebro le diera vueltas al asunto e intentara dar con el motivo que le había llevado a Cam a preguntarme si me apetecía ir con él, no conseguía dar con la solución del enigma si bien me parecía curioso cuanto menos que justo cuando Betty mostraba interés por Roman – algo que era obvio porque, como bien dijo Violet, se lo comía con los ojos – de repente Cameron reparaba en mí.

¿Pretendía darle celos a su ex conmigo? No, no creo que fuera eso porque básicamente podría haber elegido a cualquier tía del instituto para ello antes que a mí. ¿Pretendía devolverle el golpe a Roman por haberse este enrollado con Betty? Bueno, eso era una total gilipollez porque no creo que pudiera importarle menos a Roman que yo fuera con Cam a esa fiesta. ¿Habría hecho alguna apuesta con sus amigotes del tipo “a que no eres capaz de llevar a la mojigata de Prudence Doyle a la fiesta”? Eso no me parecía tan descabellado pero realmente quería creer que habíamos superado ya esa época de jugar a ser los más malotes del insti.  

-      Solo si tú me acompañas – contesté dejando que recayera sobre Violet el meternos o no en aquel nido de víboras y sanguijuelas.

-          Supongo que no perdemos nada por pasarnos a echar un vistazo.

-          No, supongo que no.

***

Pasé el resto de la tarde luchando conmigo misma para no mandarle ningún mensaje a Roman por dos motivos principalmente: el primero, porque creía que nos vendría bien darnos un poco de espacio y dejar que el tiempo se encargara de hacer que todo volviera a la normalidad; el segundo, porque en cierto modo pensaba que estaba exagerando y haciendo una montaña de un maldito grano de arena.

No me resultó fácil. No me resultó fácil enfrentarme a ese atronador silencio que producía que Roman no diera señales de vida. No me resultó fácil controlar mi impulso de ir a casa de los Lemacks y aporrear la puerta hasta que lograra que ese orgulloso cabeza dura accediera a hablar conmigo y perdonara mi metedura de pata. No me resultó fácil dejar de preguntarme qué estaría haciendo o si a él también le estaría resultando tan duro como a mí hacer como si yo no existiera.

“Deja de dramatizar ¿quieres? Ha sido solo una discusión sin importancia. Roman no va a tirar por la borda tantos años de amistad por esta tontería”.

Pero pese a eso, pese a que me repetí esas palabras una y otra vez, no logré quitarme ese regusto amargo de la boca y finalmente, cuando esa noche me acosté lo hice deseando con todas mis fuerzas que al día siguiente actuara como si no hubiera pasado nada.

“Por favor, por favor, por favor”.

***

La mañana siguiente el coche de Roman no estuvo frente a mi casa esperando para llevarme a clase. Tampoco lo hizo el día siguiente, ni el otro.

No me habría importado que después de dos años tuviera que volver a ir a clase en la tartana amarilla que se suponía que era el autobús del centro si al menos en el instituto se hubiera tomado la molestia de saludarme pero no, directamente actuaba como si nunca hubiera intercambiado ni una sola palabra conmigo y se dedicaba a ir de un lado para otro completamente solo – Violet se había puesto de mi lado ya que aún no había superado enterarse del notición del verano – con los cascos puestos, aunque sinceramente sospechaba que en realidad no escuchaba ninguna canción sino que usaba esos pinganillos de colores chillones para evitar que nadie se le acercara.

-          No me puedo creer que después de lo que hizo sea él el que se las dé de ofendido.

Aunque Violet lo negara miles de veces sabía que para ella esa situación de no intercambiar ni una simple palabra con Roman le estaba afectando tanto como a mí pero si por algo se caracterizaban los primos Lemacks-Ives era por ser orgullosos hasta la médula así que mucho me temía que ese pacto de silencio podría alargarse indefinidamente si yo no entraba en acción.

Pero claro, ¿querría Roman escuchar lo que le tuviera a decir? ¿Llevaría días deseando que me acercara de rodillas pidiendo clemencia y esa actitud tosca sería solo una pose?

-     Voy a ir a hablar con él – le dije a Violet cuando le vi dejar la mesa donde había simulado tomar el almuerzo, y digo simulado porque la comida estaba a simple vista intacta.

V se encogió de hombros como si le importara bien poco lo que iba a hacer pero tras esa mascara de indiferencia que se había colocado sabía que había gratitud porque intentara hacer que todo volviera a ser como antes.

“Bueno, vamos allá”.

Casi tuve que correr para alcanzarlo pero aunque no lo hubiera hecho sabía dónde podría encontrarle: en las escaleras del segundo piso.

-          Eyy – saludé tímidamente alzando mi mano – ¿Puedo sentarme? Te prometo que vengo en son de paz.

-          Las escaleras son un sitio público – contestó haciéndose a un lado.

“Así me gusta Roman, que me pongas las cosas fáciles”.

-        Echo de menos a mi mejor amigo – aquellas palabras no eran el discurso que tenía pensado dar pero era la simple y pura verdad. Todo mi malestar se resumía en que extrañaba poder contar con Roman Lemacks para cualquier cosa, en que extrañaba tener a alguien que estuviera dispuesto a escaparse de casa a las tantas de la madrugada para hacerme compañía en el jardín todas esas noches que el mundo se me venía encima y era incapaz de conciliar el sueño – y siento haber sido una bocazas.

Por primera vez en varios días Roman clavó sus oscuros ojos en mí. Por primera vez en varios días tuve ganas de volver a sonreír.

-    Yo también echo de menos a mi mejor amiga – contestó finalmente esbozando una media sonrisa – aunque sea una bocazas que hace peligrar mi paz familiar.

“Si, esa soy yo”.

-          Violet también te extraña, lo sabes ¿verdad?

-       Sí, pero no sé cómo solucionar las cosas con ella -  Roman apartó la mirada de mí y fijo su ceño fruncido en el suelo - ¿crees que no sé que piensa que la he traicionado? Pues claro que sí. Sé que odia a Betty por esa chiquillada que pasó hace años y sé que si quiero arreglar las cosas con mi prima tendré que hacer como si Betty no existiera pero no puedo hacer eso.

-          No puedes…

Mi mente intentaba procesar las palabras de Roman pero por alguna razón no lograba encajar cada una en su lugar, no lograba entenderlas.

No, claro que lograba entenderlas pero no quería hacerlo.

-          Me gusta Betty, Doyle. Me gusta en serio.

Mi estómago se contrajo. Noté claramente como lo hizo. Noté como si hubiera recibido un puñetazo o una patada.

-          Ya sé la fama que tiene y lo que pensáis de ella – continuó diciendo – pero… me gusta. Joder, me aterra estar con ella pero es lo único que quiero.

-          ¿Te aterra estar con ella?

Y entonces fue cuando Roman me lo contó todo.

El día que se topó con ella por casualidad en mitad de la playa pensó que era imposible, que entre todos los lugares del mundo, se encontraran precisamente allí pero el destino había jugado sus cartas y decidió que era el momento de que dos adolescentes tan diferentes, con estilos de vidas totalmente opuestos, se conocieran de una vez por todas después de haberse pasado años y años compartiendo profesores, clases e incluso algún que otro amigo.

Todo el mundo tenía una ligera idea de quién era Betty Michele, todo el mundo creía saber lo suficiente de ella como para juzgarla y definirla con palabras que no se podían catalogar de amables precisamente, y Roman no era ninguna excepción a eso.

Había oído suficientes rumores de aquella chica de medidas perfectas como para forjarse la idea de que Betty solo era un físico bonito. Durante los quince días que pasaron juntos averiguó que aparte de eso era una persona inteligente, elocuente e incluso amable – aunque ese pequeño aspecto de su personalidad muy pocas veces lo mostraba – que había optado por interpretar conscientemente el papel de la chica frívola sin cerebro por mera comodidad y diversión.

Lo cautivó.

Roman no sabía cómo ni cuándo había ocurrido pero una noche se encontró tumbado en la gigantesca cama del hotel, contemplando como giraba una y otra vez las aspas del ventilador de techo, contando las horas que quedaban para volver a verla y cuando lo hizo, cuando la vio aparecer dentro de ese vestido blanco que realzaba su bronceada piel, se tuvo que pellizcar para comprobar que no estaba soñando.

Y entonces pasó: el primer beso.

Los labios de Betty sabían a sal, a promesas silenciosas, a libertad y Roman supo que su vida jamás volvería a ser igual.

Había oído hablar de los amores de verano, de esas relaciones cortas pero intensas que al llegar septiembre se olvidaban, pero Roman no quería olvidar.

Sabía que al llegar a Saint Philippe-Loosle volvería a ser invisible para ella, sólo un chico más entre miles y miles, y sabía que le dolería, sabía que esa preciosa chica le iba a romper el corazón pero aun así no quería olvidar, no quería olvidarla.

¿Cómo iba a olvidar a la única persona que le había hecho ver el mundo tal y como era?

Solo las estrellas fueron testigos de como, la última noche que pasaron juntos en aquel paraje exótico, esos dos chicos que durante años no habían intercambiado más de dos palabras dejaban que sus cuerpos hablaran por ellos, que las caricias y los besos dijeran todo lo que temían expresar con palabras.

Todo. No, no se dijeron todo.

Roman quería que Betty supiera lo que significaba para él, el impacto que había producido sin darse cuenta en su vida, pero mientras ella acariciaba con sus labios de fresa cada centímetro de su piel los miedos y las inseguridades surgieron.

Ella había estado con otros chicos, ella sabía lo que quería, sabía lo que hacía. Él jamás había tocado a una chica más arriba de la cintura.

Ella lo era todo. Él era nada.

Aquella noche el temor a hacer el ridículo le ganó la partida al deseo y a la mañana siguiente, cuando fue a buscar a Betty para ir a desayunar, se encontró con una habitación vacía y con una despedida negada.

-          Estás enamorado de ella - susurré con el corazón encogido.

“¿Cómo he estado tan ciega? ¿Cómo he podido no darme cuenta hasta ahora?”

-          No – negó mientras hacía crujir cada uno de sus dedos – no lo sé, pero ¿qué más da? Perdí mi oportunidad Prue.

-          No lo creo – contesté apoyando mi mano en su rodilla – vi cómo te miraba ayer, Roman. Una chica no mira así a un chico a no ser que esté interesada en él.

-          No lo entiendes – no, claro que no. Lo único que entiendo es que el mundo se ha puesto de golpe y porrazo patas arriba – el problema no es que Betty esté o no interesada en mí, el problema es que no puedo darle lo que ella quiere.

-          Roman…

“Roman qué, ¿qué se supone que debo decirle? ¿que se lance a la piscina? ¿que se olvide de sus inseguridades y vaya a por la chica a la que quiere? ¿que si al final termina con el corazón roto yo le ayudaré a recomponerlo?”

-          Betty viene de estar con Cameron y no puedo evitar pensar que si me acuesto con ella me comparará con él en todo momento – reconoció finalmente mi amigo – ayer me invitó a la fiesta de Kevin y joder, estaba deseando decirle que sí pero no pude.

-          ¿Por qué no? Roman, tú mismo estás echándote piedras sobre tu propio tejado.

-          Lo sé, ¡lo sé! – bufó exasperado - Quiero estar con ella, quiero salir enserio con ella pero...

-          Pero crees que se reirá de ti cuando se entere de que eres virgen o cuando vea que no tienes mucha experiencia en el asunto ¿no?

Roman clavó de nuevo sus ojos en mí, me sostuvo la mirada durante lo que parecieron horas, y cuando ya había perdido la esperanza de que me contestara asintió levemente con la cabeza.

-          Bien, entonces te ayudaré.

-          ¿Cómo?

Realmente nunca pensé, nunca imaginé, que alguna vez en mi vida le diría esas palabras a Roman Lemacks y quizá si me hubiera tomado unos segundos más para pensar lo que estaba a punto de decir no las hubiera dicho jamás de los jamases. O quizá sí, ¿quién sabe? El caso es que aquel jueves de mediados de septiembre yo, Prudence Doyle, me cavé mi propia tumba cuando contesté a la pregunta de mi amigo diciendo resueltamente:

-          Siendo tu primera vez.

2 comentarios:

  1. Precioso! Pásate por mi blog. ^^ http://beautipsinyournails.blogspot.com.es/ Sigueme te sigo

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    1. Muchísimas gracias! me alegro de que te guste :)
      Me acabo de pasar por tu blog ¡¡y me encanta!!

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