lunes, 27 de agosto de 2012

CAPÍTULO 12

Diez días.

Según Violet ese sería el tiempo que Roman iba a tardar en volver en sí y regresar a nuestro lado haciendo como si nada hubiera ocurrido entre nosotros, pero la realidad era que esos diez días fueron convirtiéndose en largas semanas de absoluto silencio en las que, para sorpresa de todos – y por todos me refiero a cada uno de los estudiantes de High Philippe School, mi hermano pequeño incluido – fuimos testigos de cómo Roman Lemacks pasó de ser ese chico algo friki que generalmente pasaba desapercibido por los pasillos del instituto, a el tipo más popular del pueblo – bueno, aún se encontraba por detrás de Cameron pero si las cosas seguían marchando a la velocidad a la que iban no tardaría mucho en superar al alabado capitán del equipo de baloncesto en lo que a celebridad se refería – gracias a su relación con Betty Michele.

Efectivamente, tal y como había vaticinado Cameron, la ya lejana fiesta de Kevin sirvió como trampolín para que lo que durante el verano se había ido cocinando entre Roman y Betty finalmente cuajara en forma de “pareja más top del momento”, y solo me hizo falta poner un pie en el instituto el lunes siguiente a la fiesta para que mis oídos quedaran entaponados a causa del sin fin de rumores y cuchicheos que pululaban por los pasillos y las aulas sobre cómo habían pillado en actitud acaramelada el sábado por la noche a ‘en boca de todos’ y a Roman, rumores que se convirtieron en una indiscutible realidad cuando aquella misma mañana Betty salió del coche de mi amigo, cuando se bajó del asiento que hasta hacía nada yo solía ocupar, y entró en el instituto con él de la mano.

Si alguien me preguntara qué o cómo me sentí cuando pasaron por mi lado haciendo como si no existiera, como si no fuera nadie merecedora de la más mínima atención, contestaría que fue como si vertieran sobre mi cabeza una jarra de agua fría y me colocaran en mitad del monte Everest para que me convirtiera en una rígida figura de hielo.

O al menos así es como lo recuerdo.

Pero lo peor de aquellos interminables días en los que al parecer me había vuelto una completa extraña para el que había sido mi mejor amigo no era el hecho de verle con otra chica pese a que ese pequeño detalle hacía que me entraran ganas de vomitar, ni tampoco era el hecho de que todas las veces que me había acercado a él para intentar solucionar las cosas Roman se hubiera limitado a darse la vuelta y largarse sin darme si quiera la oportunidad de decir un simple “hola”, o que tuviera que soportar que cada dos por tres mi madre me preguntara si habíamos discutido y necesitaba desahogarme con ella sobre lo ocurrido.

Lo peor no era que tuviera que pasarme horas asintiendo mecánicamente cuando Violet despotricaba sobre la actitud de su primo, ni que fuera incapaz de estar en mi dormitorio más de cinco minutos seguidos porque imágenes de Roman tendido junto a mí en la cama aparecían cual ninja en mi mente logrando que deseara arrancarme la piel a tiras para así dejar de sentir como sus dedos acariciaban partes de mí que jamás habían sido tocadas antes por nadie.
Tampoco lo era que el mundo tal y como lo conocía hubiera dado una vuelta de campana y todo estuviera patas arribas haciendo que me sintiera completamente perdida, o que mi estado de ánimo hubiera caído en picado y me hubiera vuelto una cascarrabias insoportable.

No, nada de eso era lo suficientemente malo como para estar en el número uno de mi lista titulada “cosas que me dan ganas de tirarme por la ventana”, ya que ese puesto estaba exclusivamente reservado para el hecho de que Cameron Mason se había vuelto mi sombra persiguiendo allá a donde iba.

¿Podéis haceros una idea de lo increíblemente insoportable que era tener a don popular y a su séquito de fieles lameculos detrás de mí todo el santo día? ¿podéis haceros una idea del increíble autocontrol del que tenía que echar mano para no ponerme a gritar como una completa desquiciada en mitad del instituto cada vez que me giraba y veía la sonrisa petulante del que había resultado ser el mayor acosador de todo Saint Philippe-Loosle?

Conforme los días iban pasando el acoso y derribo de Cam se intensificaba notablemente, supongo que iba en proporción al peligro que corría su puesto como DOE -  Dios del Olimpo Estudiantil -, pero realmente tenía que estar de coña si pensaba que iba a dar mi brazo a torcer y a prestarme a ese teatrito que él mismo había maquinado solo porque me sentía en cierto modo intimidada por la gigantesca muestra de atención que me estaba profesando.

Realmente, hacía tiempo que su plan había dejado de parecerme descabellado – y con esto os podéis hacer una ligera idea de cuánto me estaba afectando el no tener ningún tipo de contacto con mi amigo – pero todo aquello de la persecución nada disimulada para hacerme sucumbir a la presión se había vuelto una cuestión de orgullo y me negaba a dar el brazo a torcer frente a Cam, me negaba a darle la razón y a suplicarle su ayuda para recuperar – recuperar… cuanto me dolía esa palabra asociada a la perdida – a Roman.

Pocas veces mi madre hablaba de mi padre, pero cada vez que lo hacía era para señalar que era de él, y solo de él, de quien había heredado ese enorme orgullo que tenía, así que Mason lo tenía muy jodido para hacerme cambiar de opinión por mucho que pudiera ser cierto que solo usándonos mutuamente ambos conseguiríamos lo que más queríamos: él, seguir siendo el chico más popular; yo, traer de vuelta a Roman a mi vida.

¿Estaba dispuesta a perder verdaderamente a mi mejor amigo por ser incapaz de reconocer que Mason estaba en lo cierto? ¿estaba dispuesta a correr ese riesgo pese a que el no tener a mi lado a Roman podía hacerme la persona más infeliz sobre la faz de la Tierra?

“No, claro que no pero quizá no tenga que tragarme mi orgullo para hacer que todo sea como antes. Quizá solo necesite darle la vuelta a la situación y hacer que sea Cam el que me suplique…”

-     ¡Si vuelvo a veros merodeando por mi taquilla os juro que os estampo la cabeza contra la pared! – gritó furiosa Violet cuando al salir de clase de literatura y acercarnos a nuestras taquillas para recoger nuestras cosas antes de irnos a casa nos encontramos con la mitad del equipo de baloncesto, capitaneados por Cam, esperándonos en nuestro pasillo.

En defensa de la violencia demostrada por mi amiga, diré que no estaba llevando particularmente bien – aunque seguía llevándolo mejor que yo, por motivos obvios – el ser ignorada por su primo, por mucho que se esforzara en hacerme creer lo contrario, y desde hacía unos cuantos días estaba particularmente susceptible ante cualquier cosa que sucediera y que se saliera del patrón de cotidianidad que conocíamos. 

Obviamente, el ser atosigada por la élite deportista de nuestro instituto, aunque fuera a causa de un daño colateral ocasionado indirectamente por mí, se salía de lo que considerábamos cotidianidad por lo que no me extrañaba en lo más mínimo que estuviera a punto de hacer correr ríos de sangre.

Digamos que en esos momentos, Violet Ives era como una pequeña granada de mano a punto de explotar y cuando lo hiciera se llevaría por delante con ella al mayor número de víctimas posibles, de eso no me cabía la menor duda.

-       Dejaremos de merodear, como tú dices, cuando tu amiga me haga el enorme favor de hablar conmigo – contestó como si nada Cameron por encima de las risas de sus amigotes – a solas, por supuesto.

-        No tiene nada que hablar contigo – espetó Violet cerrando de un portazo su taquilla, portazo que si me apuras hasta hizo temblar los cimientos del edificio – asume de una puñetera vez que una tía te ha dado calabazas y vete a lamerte tu descomunal ego herido a la otra punta del planeta.

Se me había olvidado deciros que Violet seguía viviendo en la ignorancia más absoluta por mi culpa y creía que el tener a Cameron pegado a mis talones se debía, única y exclusivamente, a que de golpe y porrazo perdía los vientos por mí en vez de porque quería que le ayudase a recuperar a su novia trofeo.

Sí, lo sé. La regla número uno del código de mejores amigas dice que no se debe ocultar nada, y mucho menos un bombazo como era el que Cam quisiera que trabajásemos codo con codo en una misión que podía catalogarse como suicida, a la que se supone que es tu compañera de fatigas pero ¿cuántas explicaciones tendría que darle a Violet si decidía contarle de qué iba todo en realidad? ¿cómo podía hacer que tuviera una idea más o menos clara sobre lo que se estaba cociendo a nuestro alrededor sin revelarle lo que realmente había sucedido entre Roman y yo, sin darle pie a que averiguara gracias a su perspicacia natural que era más que probable que ya no viera a su primo con los mismos ojos de siempre?

-        No tengo tiempo para esto Cameron – me apresuré a decir antes de que Cam contestara algo que pudiera hacer que Violet empezara a sospechar que quizá había algo más gordo escondido detrás de la partida de “El gato y el ratón” que Mason había iniciado – mi hermano está esperándome para que le lleve a casa así que sea lo que sea que tengas que decirme tendrá que esperar.

-        ¿Sabes? Todo esto hace mucho tiempo que dejó de parecerme divertido y la verdad es que se me está agotando la paciencia.

El tono juguetón que solía acompañar cada palabra que emanaba de la boca de Cameron había desaparecido por completo y, no sabría decir por qué, pero eso logró llamar mi atención mucho más que cualquiera de las otras emboscadas que me había tendido tanto él como sus amiguitos durante todos esos días.

-          Si lo que buscas es diversión – contesté colgando de mi hombro la mochila mientras daba un tirón del brazo de Violet para sacarla del trance “perro guardián” en el que se había sumido – el circo no tardará en llegar al pueblo. Disfrutad del entrenamiento.


Esa noche me tocaría anotar en mi diario que era una muy mala idea dejar a Cameron Mason con la palabra en la boca, y más aún si lo hacía delante de sus perritos falderos.


***

-      ¿Dónde te has metido? Llevo más de media hora esperándote – me recriminó mi hermano cuando al fin logré llegar a donde había aparcado mi viejo coche.

Llamarle viejo ciertamente era un cumplido porque realmente aquella tartana que mi madre me regaló al cumplir los dieciséis – a día de hoy sigo pensando que le pagaron para que se la llevaran del desguace donde estuviera – estaba en las últimas, como bien demostraba la astronómica factura que aún no había sido capaz de liquidar con el mecánico del pueblo.

Precisamente, que nada más con mirar mi anticuado Capri este decidiera inducirse en un coma profundo, era una de las razones por las que en su día Violet, Roman y yo convinimos en hacer turnos para desempeñar el papel de chofer y es que, ninguno de los tres teníamos demasiada fe en que mi coche pudiera soportar hacer los 365 días del año el mismo recorrido sin dejarme tirada en mitad de la cuneta unas cien veces por mes.
Mi madre, por supuesto, tenía plena confianza en que aquella chatarra color azul cielo cumpliría con su cometido ¿y quién era yo para quitarle la venda de los ojos?

-          Si tan descontento estás con mi trabajo como conductora a domicilio siempre puedes regresar a patitas a casa – contesté lanzando mi pesada mochila en el asiento trasero.

-          ¿La opción de que seas puntual no existe?

-      Me temo que no – repliqué haciendo girar la llave de contacto una vez que Violet ocupó el asiento del copiloto – pero si quieres, cuando lleguemos a casa puedo poner a tu disposición la hoja de reclamaciones donde podrás escribir párrafos y párrafos acerca de tu descontento con mis servicios prestados.

Un simple vistazo a mi hermano a través del retrovisor fue lo que necesité para saber que algo más profundo que el haberle tenido esperando otra vez en el aparcamiento era lo que había conseguido ponerle de un humor de perros y, aunque el mío tampoco es que estuviera mucho más allá, decidí dejar a un lado las rencillas fraternales que solíamos tener para averiguar que era aquello que había logrado que a Gust le llegara la cara al suelo.

-          Ey, lo siento. Te prometo que no volveré a hacerte esperar como a un pardillo.

-          Da igual – contestó Gust – eso es lo que soy así que tendré que irme acostumbrando a que me traten como a tal.

Acababa de incorporarme a la calle principal que recorría de una punta a otra Saint Philippe-Loosle y tomado la primera interjección a la derecha que nos conduciría hasta la calle residencial donde vivía Violet cuando mis oídos captaron el tono lastimero de mi hermano pequeño y algo primario dentro de mí se activó haciendo que frenara bruscamente en medio de la carretera para poder girarme hacia Gust y, mirándole a los ojos, decirle:

-          Óyeme bien, no eres ningún pardillo ¿está claro? Me da igual quien haya sido el imbécil que te ha metido esa basura en la cabeza pero te aseguro que no lo eres así que nunca, nunca, permitas que nadie te diga lo contrario.

-          ¿Ni siquiera tú?

-       Ni siquiera yo – contesté – mira, cuando me enfado digo cosas que en realidad no pienso y, aunque a veces me meto contigo, eres mi hermano pequeño y me importas lo suficiente como para no permitir que nadie te haga sentir menos de lo que eres.

-          Pero el señor Bennet dijo que…

-       ¿El señor Bennet? – le interrumpí – Gust, ¿me estás diciendo que todo esto es por culpa del señor Bennet?

Mi hermano asintió tímidamente sin apartar la mirada de sus desgastadas zapatillas de deporte.

-         Déjame adivinar – dije revolviéndome en el asiento – ese estúpido gordinflón dijo delante de toda la clase que eras un completo inútil por no ser capaz de saltar el potro o subir por la cuerda, ¿verdad?

Otro asentimiento.

No es que de golpe y porrazo me hubiera vuelto vidente ni nada por el estilo pero nada más escuchar el apellido del imbécil y patético cuarentón  que teníamos como profesor de gimnasia y entrenador del equipo de baloncesto de High Philippe School supe que había pasado exactamente.

Cada año, sin excepción, el señor Bennet elegía puramente al azar a uno de los nuevos estudiantes que se incorporaban al instituto para hacer de él su saco de boxeo particular y ridiculizarlo frente a todos los demás durante todo el curso.

El por qué un hombre de su edad tenía la necesidad de tirar por los suelos la autoestima de un crío de doce años seguía siendo un misterio, pero mi yo interior se decantaba por pensar que el amor propio que se profesaba estaba tan por los suelos que solo le inducía un poco de placer el aparentar ser delante de unos impresionables niños el todopoderoso ser divino de la escuela.

Desgraciadamente para Gust, ese año le había tocado a él ser la victima de las burlas del señor Bennet – burlas que mucho me temía pronto sus propios compañeros también repetirían – pero lo bueno que tenía todo aquello es que al menos aquella situación tenía fecha de caducidad y al año siguiente, cuando entrara otra tanda de novatos asustadizos, el profesor clavaria toda su atención y toda su mala uva en otro pobre desgraciado.

-      Mira, todo los años monta el mismo espectáculo – dije alargando mi mano hacia el cabello cobrizo de mi hermano – cada año elige a alguien del quien mofarse así que no le des más importancia de la que tiene. Además, si te sirve de consuelo, te diré que creo que elige al chico con más potencial porque sabe que será el único que hará oído sordos de sus estupideces y logrará triunfar pese a que le ponga la zancadilla todos los días.

-    Tu hermana tiene razón – intervino Violet girándose también en su asiento – a ese viejo cabroncete le gusta echarse un pulsito con el más fuerte así que debió de ver algo en ti, chaval.

El oscuro nubarrón que Gust parecía tener encima de su cabecilla poco a poco se iba difuminando, pero eso no impidió que mi hermano preguntara:

-          ¿De quién se burló cuando entraste en el instituto?

No hizo falta que mi mente retrocediera unos cuantos años hacia atrás para dar con la respuesta correcta: Cameron Mason.

Por muy extraño y descabellado que pudiera parecer, en su momento Cam fue el centro de todas las burlas del señor Bennet debido a que este no paraba de compararlo con su excelentísimo hermano mayor Steven Mason.

Cam y Steven se llevaban suficientes años de diferencia – unos doce, creo recordar – como para que hubieran coincidido a la par en el instituto pero, pese a que cuando Mason recién acababa de comenzar su andadura en High Philippe School su hermano ya había incluso terminado sus estudios en Stanford, la estela que este había dejado seguía brillando con una intensidad casi cegadora.

Un expediente inmejorable, unos dotes para los deportes inigualables, una belleza despampanante y un don de gente apabullante. Ese era el altísimo listón que Steven Mason había dejado grabado a fuego en el camino hacia el triunfo de su hermano pequeño pero desde luego nadie podía negar que Cameron estaba poniendo todo de su parte y más para pasar por encima de él.

Cualquier otro crío habría cuanto menos flaqueado ante el aluvión de críticas que el señor Bennet le hizo pero no él. Cam fue capaz de sobreponerse a todas las risas, cuchicheos y burlas que tuvo que soportar durante su primer año en el instituto y, en menos que cantaba un gallo, pasó de ser ese chiquillo rubio del que todos podíamos reírnos a ser el capitán del equipo de baloncesto más joven de la historia de High Philippe School, además del nuevo e indiscutible imán para las chicas de la escuela.

Supongo que todo Don Juan tiene un comienzo y ese, a grandes rasgos, fue el de Cameron Mason.

Quién sabe qué habría sido de él de no haber tenido un hermano mayor tan exitoso que le obligaba, en cierta medida, a dar constantemente todo de sí mismo si es que realmente  quería hacerse notar frente a los demás en lugar de ser una simple sombra de lo que en su momento fue Steven Mason.  

-          Del grano en el culo de Mason – contestó en mi lugar Violet.

-          ¿Del capitán del equipo de baloncesto? – dijo mi hermano con los ojos de par en par a causa de la impresión.

-          Ajam – mascullé arrancando de nuevo el coche – para que veas que no miento cuando te digo que siempre elige a los que tienen verdadero potencial.

-          ¿Y cuál es el potencial de Cameron? – espetó Violet - ¿sacarme de quicio?

-          Bueno, no se le da mal el baloncesto – contesté lanzándole una mirada divertida a mi amiga – aunque lo de sacarte de quicio desde luego que lo clava.

Mi hermano, ajeno como era al hecho de que Cam se había convertido de la noche a la mañana en mi sombra – y por consiguiente también en la de Violet – pasó por alto la pequeña pulla de mi amiga e, inclinándose sobre nosotras, exclamó con la emoción que solo un crío de doce años puede tener:

-          ¿Estás de broma? ¡es un completo genio! ¡marca triples como nadie!

“Y acecha como nadie también”.

-          Pues ahí donde lo ves, a tu edad era incapaz de saltar el potro.

-          Y a día de hoy es lo único que sabe hacer – dejó caer como si nada Violet – o sino que se lo pregunten a Betty.

Nunca dejaría de maravillarme la capacidad que tenía Violet para meter algún comentario desdeñoso hacia en “en boca de todos” en cualquier tipo de conversación.

-          ¿Qué quiere decir eso? – preguntó inocentemente Gust frunciendo el ceño.

“Dios de mi vida”.

-       Nada – me apresuré a decir lanzándole una mirada de fingido odio a mi amiga – absolutamente nada.

El interior de mi pequeño coche se llenó con la carcajada sonora de Violet y, por primera vez en bastante tiempo, logré olvidar por un momento todo el batiburrillo que había anidado en mi cerebro rompiendo a reír como la chica de diecisiete años que era mientras conducía por las tranquilas calles del pueblo.


***

Una hora después aparqué al fin frente a mi casa.

Tras dejar a Violet en la suya decidí llevar a merendar a mi hermano a “Petit Délice”, la pequeña cafetería de estilo europeo del pueblo donde servían los mejores pasteles de la comarca.

Estaba plenamente convencida de que el humor de Gust volvería a estar por todo lo alto una vez que estuviera al borde del coma diabético y desde luego no me equivoqué.

Hizo falta un tazón de chocolate caliente y una enorme porción de la fabulosa tarta de chocolate negro y naranja que la señora Girad – la robusta y amable dueña del establecimiento – hacia diariamente para que la sonrisa metálica de mi hermano ocupara toda su pecosa cara y, aunque me había dejado en aquella merienda improvisada el poco dinero que llevaba encima y seguramente tendría que aguantar un interrogatorio por parte de nuestra madre por llegar más tarde lo habitual a casa, podía decir que todo aquello merecía totalmente la pena si lograba que Gust volviera ser el de siempre.

-          ¿Crees que mamá estará muy enfada? – me preguntó mi hermano antes de bajar del coche.

-        ¿Por no haberla avisado de que llegaríamos tarde? No, que va. Solo se estará subiendo por las paredes y estará a punto de llamar a la policía para denunciar nuestra desaparición.

-          Quizá no deberíamos de entrar. Podríamos conducir hasta Orlando e ir a Disneyworld.

-       No sería mal plan sino fuera porque esta chatarra nos dejaría tirados en menos que canta un gallo – dije golpeando levemente el descolorido volante de mi coche.

-          Podríamos hacer autstop.

-          O robar un Prosche.

-          Eso sería bestial – espetó mi hermano con los ojos iluminados.

-          Además de un delito – añadí quitando al fin la llave del contacto y saliendo del coche – anda pequeño Clyde, será mejor que entremos y hagamos frente al ogro de nuestra madre de una vez por todas.

Refunfuñando mi hermano salió del coche con su mochila al hombro y comenzó a andar hacia nuestra casa arrastrando los pies por el camino de gravilla.

Y eso mismo debería haber hecho yo.

Si, definitivamente debería de haber hecho eso porque probablemente habría conservado mi ¿buen humor? al menos durante una tarde entera y quizá incluso podría haber pegado ojo aquella noche pero, justo cuando terminé de recoger del asiento trasero mi atestada mochila y hube cerrado mi coche, la piel se me puso de gallina al encontrarme, desde la otra punta del jardín, con los oscuros ojos de Roman.  

No sé lo que esperaba que ocurriera, ¿qué me sonriera? ¿qué me saludara? ¿qué dijera desde su jardín a voz en grito “qué buena tarde se ha quedado para cortar el césped”?, pero desde luego no esperaba que al alzar mi mano en un tímido intento de saludo lejano Roman apagara el cortacésped de un tirón y entrara en su casa dando un sonoro portazo.

Aquel portazo retumbó dentro de mi alma pero aun así, cuando mi hermano me llamó a gritos desde el porche de nuestra casa, fui capaz de darle la espalda a la ventana recién iluminada de la habitación de Roman.


***

Mi plan de escabullirme hasta mi habitación sin que mi madre me viera se fue al traste desde el primer momento en el que puse un pie en el recibidor pero desde luego, si lo que esperaba era recibir una regañina por su parte me quedé con las ganas porque, en lugar de eso, se acercó sonriente a mí y empujándome hacia el salón me susurró al oído:

-          Hay un chico muy guapo esperándote.

“No puede ser…”

Si no hubiera visto a Roman correr hacia su casa habría pensado, ingenua de mí, que mi madre se refería a él pero teniendo en cuenta que aún no habían inventado nada que permitiera a una misma persona estar en dos sitios diferentes a la vez la única opción posible era…

-      Prue, nunca me dijiste que tu madre cocinara tan bien – dijo Cameron blandiendo su mejor sonrisa mientras mordisqueaba una de las galletas caseras de mi madre – esta galleta está deliciosa. Señora Doyle, tendría que pensar muy seriamente lo de comercializar con ellas. Desde luego yo sería un cliente fiel.

Y con esas simples palabras, Cameron Mason se ganó el cariño incondicional de mi madre para el resto de su vida.

-      ¿Qué… qué haces aquí? – conseguí articular tras el shock que me había producido el ver a Cam en medio del pequeño salón de mi casa.

-       Habíamos quedado para estudiar, ¿no te acuerdas? – contestó con total naturalidad – te dije que me pasaría por tu casa después del entrenamiento para ponernos con el examen de economía.

-          El examen de economía…

-        ¿Dónde prefieres que nos pongamos? – me preguntó Cameron sacando de la nada el libro de texto - ¿aquí o…?

-          En mi habitación – terminé por él – será mejor que… estudiemos en mi habitación.

Antes de que mi madre pudiera decir algo del tipo “oh, ¿por qué no os quedáis aquí? prometo no molestar”, agarré a Mason por la muñeca y de un tirón le conduje hasta las escaleras, escaleras que subí de dos en dos, tal era la rabia que sentía en esos momentos.

Nada más cerrar la puerta de mi dormitorio – con pestillo, ya que mi madre tenía la gran costumbre de entrar sin pedir permiso cuando le salía del moño – me giré cual basilisco hacia Cameron y, propinándole un ligero empujón, dije apretando los dientes:

-          Debes apreciar muy poco tu vida si te apareces en mi casa sin avisar.

-    Tu madre es encantadora. Deberías coger algo de su carácter – dijo Cameron golpeando ligeramente mi nariz con su dedo índice – aunque entonces perderías tu encanto.

-          Déjate de gilipolleces y dime que haces aquí – espeté apartándole de un manotazo.

En lugar de contestarme, Cameron se paseó lentamente por mi dormitorio recorriendo con sus vivaces ojos cada minúsculo detalle que había esparcido por el lugar hasta que, cómo no, se detuvo frente a la única pared que deseaba internamente que pasara de largo.

-       ¿Y esto? No sabía que hubieras viajado tanto – dijo señalando todas las postales que Roman me había traído de sus viajes y que yo, con todo el cuidado del mundo, había pegado en la pared de mi escritorio creando un gran mural de lugares mágicos e impresionantes.

-         No lo he hecho. Me las trae Roman.

-        Traía. Recuerda hablar en pasado de tu relación de amistad con Lemacks – Cameron acababa de darme el puñetazo metafórico más doloroso de toda mi vida – No he podido evitar darme cuenta que, tal y como te dije, desde que empezó a salir con Betty ni siquiera te mira.

-   No me extraña que no hayas podido evitar darte cuenta cuando te pasas todo el día persiguiéndome como un maldito lunático.

-          Si no fueras tan testaruda y aceptaras de una vez que me necesitas no tendría que perseguirte – contestó Cam acercándose de nuevo hacia mí – voy a empezar a pensar que te haces la dura porque te encanta que vaya detrás de ti.

-         Si… sigue soñando, Mason – mascullé intentando controlar mis, cada vez más rápidos, latidos del corazón.

Obviamente debí fracasar estrepitosamente en eso de intentar aparentar que ni la chulería, ni la excesiva proximidad de Cameron me ponían nerviosa porque este no tardo en murmurar en mi oído:

-          ¿Acaso te pongo nerviosa, Doyle?

“Reacciona Prue, ¡reacciona!”.

-       Lo que me pones es enferma – contesté apartándome bruscamente de él – enferma y de muy mala leche.

Una ligera carcajada salió de entre los perfectos labios de Cameron, cosa que logro ponerme más furiosa aun.

-          Lárgate de mi casa – gruñí.

-         No tan rápido – Cam se sentó en mi cama como si tal cosa, como si tuviera el divino derecho de posar su perfecto culo donde le diera la real gana – no llevo toda la tarde esperándote para nada. ¿Dónde has estado, por cierto? No es que me preocupe, solo me genera curiosidad.

-          No tengo que darte explicaciones de nada de lo que haga.

-          De momento.

-          Nunca – espeté con firmeza.

La sonrisa de Cameron se ensanchó aún más, supongo que a causa de la profunda diversión que le proporcionaba que alguien por primera vez en su vida le retara y no meneara el rabito al son de su melodiosa voz.

-          ¿Desde cuándo estás colada por Lemacks? ¿dos? ¿tres años? ¿toda tu vida?

Su pregunta fue tan imprevista y tan a bocajarro que el aire salió expulsado cual proyectil de mis pulmones a una velocidad vertiginosa, haciendo que mi habitación diera ligeramente vueltas a mi alrededor y que el suelo se tambaleara bajo mis pies.

Realmente estaba jodida si Cameron, no sabía cómo, había descubierto algo que ni yo misma sabía al cien por cien – quizá al noventa y nueve coma nueve por cien, pero no al cien por cien – y mi cabeza empezó a analizar a velocidad ultrasónica cualquier pequeño gesto o detalle que pudiera haberme delatado frente a él.

No encontré ni uno solo.

Vale, puede que no fuera la reina del disimulo pero si Violet en ningún momento había sospechado que algo extraño había sucedido entre su primo y yo quería decir que mis dotes para la actuación no eran tan malos como para que Mason, el tío que menos me conocía de todo el universo, se hubiera hecho eco de mis enrevesados sentimientos hacia Roman.

-          Yo no estoy colada por Roman, no seas estúpido – contesté evitando clavar mi mirada en sus ojos.

-        Prue, Prue, Prue – dijo Cam golpeando el colchón para que me sentara junto a él, cosa que hice porque mis piernas en esos momentos eran de gelatina – realmente quiero que me veas como un buen amigo y es por eso que me encantaría que te ahorraras toda esa mierda de “no me gusta Roman” y que hubiera una completa sinceridad entre nosotros – esta vez su mano sostuvo mi barbilla para obligarme de este modo a que no pudiera desviar mis ojos de él – te mueres de celos cada vez que ves a Roman de la mano de Betty, ¿verdad? Sientes como si te atropellara un camión cada vez que esos dos se besan delante de tus narices y a veces te falta el aire cuando piensas que jamás podrás estar con él de la manera en la que está Betty – era aterrador, realmente aterrador, comprobar que era un puñetero libro abierto para Cameron y mucho más aterrador era que estuviera logrando doblegarme haciendo uso de sus dotes para la  manipulación pero… pero era tan sumamente tentador cerrar los ojos ante la evidencia de que estaría tomando el mal camino que no sabía si iba a ser capaz de aguantar durante mucho tiempo en mi firme postura de no aceptar formar parte de la locura que había planeado Mason – ¿Por qué no dejas que te ayude a cumplir tus sueños? Ya te has mantenido firme en ese rollo de “soy una buena chica” más  tiempo del que realmente pensé que serias capaz de aguantar y te felicito por ello, de verdad que lo hago, pero quizá haya llegado el momento de quitarnos de encima las caretas y mostrar al mundo quienes somos en realidad.

Literalmente me había quedado muda. Por mucha presión que le metiera a mi cerebro para que fuera capaz de dar con una réplica que estuviera a la altura de las circunstancias era totalmente incapaz de dar con ella, así que en lugar de balbucear cualquier imbecilidad que me dejara en evidencia opté por permanecer con los labios sellados mientras los verdosos iris de Cameron seguían fijos en mí.

-       ¿Nada que añadir? No me puedo creer que de veras no tengas nada que decirme después del magnífico discurso que acabo de brindarte.

Pero sí que tenía algo que decirle…

-          Solo si te arrastraras ante mí como la cucaracha que eres aceptaría prestarme a esta locura.

-          Mmm… con que te gusta llevar las riendas de la relación – contestó Cam poniéndose en pie – eso puede acarrearme algún que otro problema pero… ¿qué puedo decir? me tienes totalmente cogido por los huevos, Doyle así que si el precio que tengo que pagar para que entres en razón y al fin te permitas saborear el dulce sabor de la… llamémosle venganza, es arrodillarme ante ti – añadió poniéndose de cuclillas frente a mí mientras sonreía con chulería – supongo que no me queda más remedio que aceptar.

Ni en mil vidas que viviera me habría imaginado que alguna vez tendría frente a mí, totalmente postrado a mis pies, a Cameron Mason pero sin embargo ahí estaba él. Realmente sus deseos de joder a Roman – más que recuperar a Betty, de eso estaba totalmente convencida – debían de ser muy pero que muy grandes si era capaz de casi suplicar por ello pero bueno… no sería yo la que juzgara lo que el resto de los mortales eran capaces de hacer para lograr alcanzar sus metas cuando yo estaba a punto de perder cualquier respeto que me tuviera hacia mí misma al decir la palabra prohibida:

-          Acepto.

-          Perdona, ¿Qué has dicho?

“Prue, aun estás a tiempo de reconsiderar las cosas y de echar cagando leches de casa a esta sanguijuela de sonrisa perfecta”.

-        Que acepto – repetí aparentando una tranquilidad para nada cierta – acepto formar parte de lo que hayas maquinado siempre y cuando no vuelvas a preguntarme absolutamente nada acerca de mi relación con Roman.

“¿Relación? ¿Qué relación?”

-     Sé que para ti debe ser difícil de asimilar que entre un chico y una chica haya un vínculo alejado de cualquier connotación sexual debido a que por todo el mundo es sabido que tu bragueta viene con abre fácil de serie, pero lo que existe entre Roman y yo va mucho más allá de lo que sea que te imaginas – mucho pero mucho más allá – Es mi mejor amigo, casi un hermano, y si decido aliarme contigo, pese a que al hacerlo tengo la sensación de estar haciendo un juramento de sangre con el mismísimo diablo, es porque verdaderamente creo que Betty no le hará ningún bien a largo plazo y deseo ahorrarle cualquier dolor que tu ex pueda producirle.

“Quizá si lo digo muchas veces en voz alta realmente llegue a creerme que todo esto lo hago por él y no por mí. Quizá me auto convenza de que solo busco su felicidad y su bienestar y no el mío propio…”

-        Además, si algo he sacado en claro durante estos días es que es un verdadero suplicio tenerte tanto a ti como a tus amiguitos a todas horas detrás de mí y si haciendo el teatrito de que soy tu nueva novia florero consigo librarme de eso…

-      Te prometo que el acoso y derribo por parte de mis amigos terminará – se apresuró a decir Cameron – pero por razones obvias no por la mía. Te guste o no, si queremos que lo nuestro parezca real tendremos que pasar tiempo juntos, y no únicamente en el instituto, pero ya discutiremos esos pequeños detalles sobre la marcha.

La simple idea de tener que dejarme ver con Cameron por el pueblo hizo que mi estómago se contrajera.

Si, era plenamente consciente que habría un centenar de chicas que darían tortas con tal de conseguir que Cam las llevara al cine o a cualquier otro lugar pero yo no era una de esas.

Demasiado malo me parecía ya tener que soportar su bravuconería en los pasillos del instituto como para que encima también tuviera que hacerlo fuera de allí, y eso por no hablar de que si me iba a dejar ver agarradita de la mano de Mason tendría que ponerle al tanto cuanto antes a Violet del absurdo plan del que había aceptado formar parte si no quería que sufriera un derrame cerebral a causa de la impresión que le produciría el verme de golpe y porrazo interpretar el papel de niñita enamorada de Don Popular.

Aún no había despachado a Mason de mi casa ni cogido mi teléfono móvil para hacer la llamada de rigor a mi amiga y ya estaba temblando al imaginar los gritos que tendría que soportar por su parte cuando se enterara de lo absurda que se había vuelto mi vida de buenas a primeras.

“En qué me estoy metiendo…”

-        ¿Cómo que eso lo discutiremos sobre la marcha? – pregunté cruzándome de brazos – hay una serie de condiciones indispensables que tendrás que aceptar para que puedas considerarme tu novia, muchachito.

“¿Muchachito? ¿En serio? Dios, cuándo me he convertido en mi madre”.

-         Soy todo oídos – contestó divertido Cameron apoyándose en mi escritorio.

-        Primero, paso de meter en todo esto a mi hermano así que nada de venir a recogerme a mi casa para ir juntos a clase – dije mientras me paseaba por mi habitación – segundo, estoy dispuesta a que me cojas de la mano o a que me pases el brazo por los hombros en público pero nada de motes cariñosos – imaginarme a Cameron llamándome cariño hizo que me entraran ganas de vomitar – y tercero, los únicos besos que me darás serán en la mejilla. Mis labios están totalmente prohibidos para ti.

Cameron se quedó en silencio durante unos minutos, supongo que a causa de que su maquiavélica mente estaba sopesando los pros y los contras de mis innegociables condiciones, pero tras lo que para mí se hizo una eternidad dijo:

-     De acuerdo, puedo concederte todo eso pero a cambio tú también deberás ceder en unas cuantas cosas.

“Claro, como no…”

-    Vendrás a todos y cada uno de mis entrenamientos y partidos y fingirás ser la novia más entusiasta y orgullosa del mundo – podría ser peor – al menos dos veces por semana nos dejaremos ver juntos por el pueblo, ya sabes recreativos, cafeterías, tiendas de música… cualquier lugar que suelan visitar nuestro queridos compañeros de clase – madre mía… - y, lo más importante de todo, dejarás de tener el ceño fruncido a todas horas y mostraras al mundo entero la preciosa sonrisa que tienes para demostrar lo feliz que te hace el estar saliendo ni más ni menos que con el chico más deseado de todo Saint Philippe-Loosle.

-      Me alegra comprobar que de ego vas bien servido… - murmuré al escuchar sus última palabras.

-          De todo voy bien servido – replicó guiñándome un ojo.

-          Too much information.

Cameron dejó escapar una carcajada que a punto, y solo a punto, estuvo de hacerme reír también pero pronto recordé que si lo hacía estaría teniendo un momento cordial con ese ser retorcido de físico envidiable y logré mantener mi rostro imperturbable.

-        Bueno, será mejor que me vaya – dijo finalmente colgando de su torneado hombro el enorme macuto de entrenamiento – mañana empezaremos nuestro pequeño jueguecito así que te dejo para que descanses y cojas fuerzas. Ya verás, te va a encantar ser la chica mala.

No me molesté en contestar, no me molesté en intentar convencerle de que jamás sería lo que se entendía por “una chica mala” porque ni yo misma sabía si había perdido tanto el rumbo, si estaba tan desesperada porque Roman formara parte de nuevo de mi día a día, si estaba tan ansiosa por hacer que mi mejor amigo sintiera que solo conmigo a su lado sería capaz de vivir la vida en toda su plenitud, que había permitido que mi esencia más genuina se perdiera por el retrete, solo abrí la puerta de mi dormitorio de un tirón y acompañé a Cameron hacía la salida.

El sol había comenzado a ponerse y todo lo que me rodeaba comenzaba a proyectar unas espeluznantes sombras pero eso no impidió que pese a que tenía frente a mí el pétreo cuerpo de Mason mis ojos no buscaran de nuevo en el jardín de los Lemacks la figura de mi amigo.

Y ahí estaba él.

Durante el tiempo que estuve encerrada en mi habitación con Cam, Roman había vuelto a ponerse a trabajar con ahínco en el jardín delantero de su casa y una capa de sudor había logrado empapar su andrajosa camiseta gris pese a que el tiempo otoñal que se había cernido sobre el pueblo ya exigía que sacáramos de los armarios las primeras chaquetas y cazadoras de la temporada.

Y de nuevo nuestros ojos se encontraron.

Algo debió de reflejarse en mi cara, algo debió delatar que mis cincos sentidos no estaban puestos en las tonterías que en ese momento me estaba diciendo Cameron, porque este no tardó en seguir con sus ojos la dirección de mi mirada para comprobar que, desde unas cuantas casas de distancia, Roman había detenido una vez más el cortacésped para clavar en la extraña pareja que formábamos Cameron y yo sus oscuros ojos y dejar que una mezcla de duda, curiosidad y si me apuras estupor desdibujaran su sudoroso y apuesto rostro.

-     No sé si lo sabes pero tengo una hermana pequeña – dijo Cameron resueltamente girando levemente su cabeza hacia Roman – y te aseguro que no la miro de la forma en la que tú miras a Lemacks. Puedes negar todas las veces que quieras que estás pillada por él pero no soy tan estúpido como para creer que solamente ves en Roman a un amigo, Doyle. Realmente no me importa que lo vuestro llegue o no a buen puerto, solo me importa que Betty mande al traste a Lemacks y que vuelva a desempeñar el papel para el que ha nacido, pero como quiero demostrarte que de vez en cuando puedo hacer algo altruista por los demás voy a ayudarte a plantar en tu amiguito la primera sombra de dudas acerca de lo que siente hacia ti – cual felino en potencia, Cameron se acercó pausadamente a mí y, lanzándole una última mirada a Roman, poso sus manos entorno a mi cara logrando que instintivamente alzara mi cabeza hacía él – algún día me agradecerás que haya incumplido una de tus exigencias.

-          ¿De qué estás…?

No pude terminar de formular la pregunta porque, antes de que mis labios lograran expulsar el resto de las palabras que tenía pensado decir, la sensual boca de Cameron se cernió sobre la mía.

Si cuando Roman me besó por primera vez sentí que me derretía por dentro y que un fuego ardiente abrasaba mi interior, cuando Cameron lo hizo noté como la sangre que corría por mis venas se congelaba impidiendo que pudiera hacer otra cosa que no fuera, para mi propio horror, devolverle el beso que tan desprevenidamente me había dado el rompecorazones oficial del pueblo.

“¿Qué coño estás haciendo Prudence?”.

Casi podía oír la voz de Roman diciendo aquellas palabras pero por supuesto que no las dijo, al menos no en un volumen lo suficiente alto como para que verdaderamente mis oídos se hubieran hecho eco de ellas, solo se quedó plantado en mitad de su jardín mirándonos, mirándome, con una intensidad tal que de haber sido posible mi cabeza habría explosionado haciendo que mis sesos sirvieran de decoración para el pequeño porche de mi casa.

Iuh, quizá me pasé de gore.

Poco a poco Cam se apartó de mí dejando en mis labios una sensación de añoranza realmente espeluznante y, colocando delicadamente un mechón de mi pelo tras mi oreja, susurró contra la comisura de mi boca:

-          De nada.

Solo cuando hubo desaparecido montado en su impresionante todoterreno y pude comprobar con mis propios ojos como Roman apretaba junto a sus costados los puños haciendo que sus nudillos se emblanquecieran, como controlaba el impulso de correr hacia mí para que le contara qué diablos acababa de pasar, como la confusión había desaparecido para darle la bienvenida a la rabia y a los ¿celos? fui capaz de admitir que quizá Cameron había tenido razón durante todo este tiempo y no le fuera tan indiferente a mi amigo como en un principio tanto él como yo habíamos creído.

“Quizá aquella noche que nos acostamos él también notó que algo había cambiado entre nosotros. Quizá se dio cuenta que además de ser esa chica con la que compartía gustos y aficiones, además de un sinfín de recuerdos, era un proyecto de mujer que podría llegar a desear de una forma que anteriormente jamás se había planteado. Quizá no soy la única que  ha creído volverse loca por los sentimientos contradictorios que hay tanto en mi cerebro como en mi corazón. Quizá no soy la única que teme con toda su alma y que a la vez desea en secreto el estar junto a su mejor amigo de un modo mucho más íntimo. Quizá no sea la única que se está replanteando su realidad”.

Esa vez fui yo la que entró en su casa dando un portazo para dejarle a él allí fuera con la única compañía de sus dudas y de esos sentimientos que estaba cien por cien segura que era incapaz de manejar por sí mismo. 

2 comentarios:

  1. Que perro Roman!!! No tiene derecho a sentirse decepcionado porque él ha hecho lo mismo.

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  2. Los hombres y sus comportamientos absurdos jajajajajaja

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