Diez días.
Según Violet
ese sería el tiempo que Roman iba a tardar en volver en sí y regresar a nuestro
lado haciendo como si nada hubiera ocurrido entre nosotros, pero la realidad
era que esos diez días fueron convirtiéndose en largas semanas de absoluto
silencio en las que, para sorpresa de todos – y por todos me refiero a cada uno
de los estudiantes de High Philippe School, mi hermano pequeño incluido –
fuimos testigos de cómo Roman Lemacks pasó de ser ese chico algo friki que generalmente pasaba
desapercibido por los pasillos del instituto, a el tipo más popular del pueblo
– bueno, aún se encontraba por detrás de Cameron pero si las cosas seguían
marchando a la velocidad a la que iban no tardaría mucho en superar al alabado
capitán del equipo de baloncesto en lo que a celebridad se refería – gracias a
su relación con Betty Michele.
Efectivamente,
tal y como había vaticinado Cameron, la ya lejana fiesta de Kevin sirvió como
trampolín para que lo que durante el verano se había ido cocinando entre Roman
y Betty finalmente cuajara en forma de “pareja
más top del momento”, y solo me hizo falta poner un pie en el instituto el
lunes siguiente a la fiesta para que mis oídos quedaran entaponados a causa del
sin fin de rumores y cuchicheos que pululaban por los pasillos y las aulas
sobre cómo habían pillado en actitud acaramelada el sábado por la noche a ‘en boca de todos’ y a Roman, rumores
que se convirtieron en una indiscutible realidad cuando aquella misma mañana
Betty salió del coche de mi amigo, cuando se bajó del asiento que hasta hacía
nada yo solía ocupar, y entró en el instituto con él de la mano.
Si alguien me
preguntara qué o cómo me sentí cuando pasaron por mi lado haciendo como si no
existiera, como si no fuera nadie merecedora de la más mínima atención,
contestaría que fue como si vertieran sobre mi cabeza una jarra de agua fría y
me colocaran en mitad del monte Everest para que me convirtiera en una rígida
figura de hielo.
O al menos así
es como lo recuerdo.
Pero lo peor
de aquellos interminables días en los que al parecer me había vuelto una
completa extraña para el que había sido mi mejor amigo no era el hecho de verle
con otra chica pese a que ese pequeño detalle hacía que me entraran ganas de
vomitar, ni tampoco era el hecho de que todas las veces que me había acercado a
él para intentar solucionar las cosas Roman se hubiera limitado a darse la
vuelta y largarse sin darme si quiera la oportunidad de decir un simple “hola”, o que tuviera que soportar que
cada dos por tres mi madre me preguntara si habíamos discutido y necesitaba
desahogarme con ella sobre lo ocurrido.
Lo peor no era
que tuviera que pasarme horas asintiendo mecánicamente cuando Violet
despotricaba sobre la actitud de su primo, ni que fuera incapaz de estar en mi
dormitorio más de cinco minutos seguidos porque imágenes de Roman tendido junto
a mí en la cama aparecían cual ninja en mi mente logrando que deseara
arrancarme la piel a tiras para así dejar de sentir como sus dedos acariciaban
partes de mí que jamás habían sido tocadas antes por nadie.
Tampoco lo era
que el mundo tal y como lo conocía hubiera dado una vuelta de campana y todo
estuviera patas arribas haciendo que me sintiera completamente perdida, o que
mi estado de ánimo hubiera caído en picado y me hubiera vuelto una cascarrabias
insoportable.
No, nada de
eso era lo suficientemente malo como para estar en el número uno de mi lista
titulada “cosas que me dan ganas de
tirarme por la ventana”, ya que ese puesto estaba exclusivamente reservado
para el hecho de que Cameron Mason se había vuelto mi sombra persiguiendo allá
a donde iba.
¿Podéis
haceros una idea de lo increíblemente insoportable que era tener a don popular y a su séquito de fieles
lameculos detrás de mí todo el santo día? ¿podéis haceros una idea del
increíble autocontrol del que tenía que echar mano para no ponerme a gritar
como una completa desquiciada en mitad del instituto cada vez que me giraba y
veía la sonrisa petulante del que había resultado ser el mayor acosador de todo
Saint Philippe-Loosle?
Conforme los
días iban pasando el acoso y derribo de Cam se intensificaba notablemente,
supongo que iba en proporción al peligro que corría su puesto como DOE - Dios
del Olimpo Estudiantil -, pero realmente tenía que estar de coña si pensaba
que iba a dar mi brazo a torcer y a prestarme a ese teatrito que él mismo había
maquinado solo porque me sentía en cierto modo intimidada por la gigantesca
muestra de atención que me estaba profesando.
Realmente,
hacía tiempo que su plan había dejado de parecerme descabellado – y con esto os
podéis hacer una ligera idea de cuánto me estaba afectando el no tener ningún
tipo de contacto con mi amigo – pero todo aquello de la persecución nada
disimulada para hacerme sucumbir a la presión se había vuelto una cuestión de
orgullo y me negaba a dar el brazo a torcer frente a Cam, me negaba a darle la
razón y a suplicarle su ayuda para recuperar – recuperar… cuanto me dolía esa
palabra asociada a la perdida – a Roman.
Pocas veces mi
madre hablaba de mi padre, pero cada vez que lo hacía era para señalar que era
de él, y solo de él, de quien había heredado ese enorme orgullo que tenía, así
que Mason lo tenía muy jodido para hacerme cambiar de opinión por mucho que
pudiera ser cierto que solo usándonos mutuamente ambos conseguiríamos lo que
más queríamos: él, seguir siendo el chico más popular; yo, traer de vuelta a
Roman a mi vida.
¿Estaba
dispuesta a perder verdaderamente a mi mejor amigo por ser incapaz de reconocer
que Mason estaba en lo cierto? ¿estaba dispuesta a correr ese riesgo pese a que
el no tener a mi lado a Roman podía hacerme la persona más infeliz sobre la faz
de la Tierra?
“No, claro que no pero quizá no tenga que tragarme
mi orgullo para hacer que todo sea como antes. Quizá solo necesite darle la
vuelta a la situación y hacer que sea Cam el que me suplique…”
- ¡Si vuelvo a veros merodeando por
mi taquilla os juro que os estampo la cabeza contra la pared! – gritó furiosa
Violet cuando al salir de clase de literatura y acercarnos a nuestras taquillas
para recoger nuestras cosas antes de irnos a casa nos encontramos con la mitad
del equipo de baloncesto, capitaneados por Cam, esperándonos en nuestro
pasillo.
En defensa de
la violencia demostrada por mi amiga, diré que no estaba llevando
particularmente bien – aunque seguía llevándolo mejor que yo, por motivos
obvios – el ser ignorada por su primo, por mucho que se esforzara en hacerme
creer lo contrario, y desde hacía unos cuantos días estaba particularmente susceptible
ante cualquier cosa que sucediera y que se saliera del patrón de cotidianidad
que conocíamos.
Obviamente, el
ser atosigada por la élite deportista de nuestro instituto, aunque fuera a
causa de un daño colateral ocasionado indirectamente por mí, se salía de lo que
considerábamos cotidianidad por lo
que no me extrañaba en lo más mínimo que estuviera a punto de hacer correr ríos
de sangre.
Digamos que en
esos momentos, Violet Ives era como una pequeña granada de mano a punto de
explotar y cuando lo hiciera se llevaría por delante con ella al mayor número
de víctimas posibles, de eso no me cabía la menor duda.
- Dejaremos de merodear, como tú dices, cuando tu amiga me haga el enorme favor de
hablar conmigo – contestó como si nada Cameron por encima de las risas de sus
amigotes – a solas, por supuesto.
- No tiene nada que hablar contigo
– espetó Violet cerrando de un portazo su taquilla, portazo que si me apuras
hasta hizo temblar los cimientos del edificio – asume de una puñetera vez que
una tía te ha dado calabazas y vete a lamerte tu descomunal ego herido a la
otra punta del planeta.
Se me había
olvidado deciros que Violet seguía viviendo en la ignorancia más absoluta por
mi culpa y creía que el tener a Cameron pegado a mis talones se debía, única y
exclusivamente, a que de golpe y porrazo perdía los vientos por mí en vez de
porque quería que le ayudase a recuperar a su novia trofeo.
Sí, lo sé. La
regla número uno del código de mejores amigas dice que no se debe ocultar nada,
y mucho menos un bombazo como era el que Cam quisiera que trabajásemos codo con
codo en una misión que podía catalogarse como suicida, a la que se supone que
es tu compañera de fatigas pero ¿cuántas explicaciones tendría que darle a
Violet si decidía contarle de qué iba todo en realidad? ¿cómo podía hacer que
tuviera una idea más o menos clara sobre lo que se estaba cociendo a nuestro
alrededor sin revelarle lo que realmente había sucedido entre Roman y yo, sin
darle pie a que averiguara gracias a su perspicacia natural que era más que
probable que ya no viera a su primo con los mismos ojos de siempre?
- No tengo tiempo para esto Cameron
– me apresuré a decir antes de que Cam contestara algo que pudiera hacer que
Violet empezara a sospechar que quizá había algo más gordo escondido detrás de
la partida de “El gato y el ratón”
que Mason había iniciado – mi hermano está esperándome para que le lleve a casa
así que sea lo que sea que tengas que decirme tendrá que esperar.
- ¿Sabes? Todo esto hace mucho
tiempo que dejó de parecerme divertido y la verdad es que se me está agotando
la paciencia.
El tono
juguetón que solía acompañar cada palabra que emanaba de la boca de Cameron
había desaparecido por completo y, no sabría decir por qué, pero eso logró
llamar mi atención mucho más que cualquiera de las otras emboscadas que me
había tendido tanto él como sus amiguitos durante todos esos días.
-
Si lo que buscas es diversión –
contesté colgando de mi hombro la mochila mientras daba un tirón del brazo de
Violet para sacarla del trance “perro
guardián” en el que se había sumido – el circo no tardará en llegar al
pueblo. Disfrutad del entrenamiento.
Esa noche me
tocaría anotar en mi diario que era una muy mala idea dejar a Cameron Mason con
la palabra en la boca, y más aún si lo hacía delante de sus perritos falderos.
***
- ¿Dónde te has metido? Llevo más
de media hora esperándote – me recriminó mi hermano cuando al fin logré llegar a
donde había aparcado mi viejo coche.
Llamarle viejo
ciertamente era un cumplido porque realmente aquella tartana que mi madre me
regaló al cumplir los dieciséis – a día de hoy sigo pensando que le pagaron
para que se la llevaran del desguace donde estuviera – estaba en las últimas,
como bien demostraba la astronómica factura que aún no había sido capaz de
liquidar con el mecánico del pueblo.
Precisamente,
que nada más con mirar mi anticuado Capri este decidiera inducirse en un coma
profundo, era una de las razones por las que en su día Violet, Roman y yo
convinimos en hacer turnos para desempeñar el papel de chofer y es que, ninguno
de los tres teníamos demasiada fe en que mi coche pudiera soportar hacer los
365 días del año el mismo recorrido sin dejarme tirada en mitad de la cuneta
unas cien veces por mes.
Mi madre, por
supuesto, tenía plena confianza en que aquella chatarra color azul cielo
cumpliría con su cometido ¿y quién era yo para quitarle la venda de los ojos?
-
Si tan descontento estás con mi
trabajo como conductora a domicilio siempre puedes regresar a patitas a casa –
contesté lanzando mi pesada mochila en el asiento trasero.
-
¿La opción de que seas puntual no
existe?
- Me temo que no – repliqué
haciendo girar la llave de contacto una vez que Violet ocupó el asiento del
copiloto – pero si quieres, cuando lleguemos a casa puedo poner a tu
disposición la hoja de reclamaciones donde podrás escribir párrafos y párrafos
acerca de tu descontento con mis servicios prestados.
Un simple
vistazo a mi hermano a través del retrovisor fue lo que necesité para saber que
algo más profundo que el haberle tenido esperando otra vez en el aparcamiento
era lo que había conseguido ponerle de un humor de perros y, aunque el mío
tampoco es que estuviera mucho más allá, decidí dejar a un lado las rencillas
fraternales que solíamos tener para averiguar que era aquello que había logrado
que a Gust le llegara la cara al suelo.
-
Ey,
lo siento. Te prometo que no volveré a hacerte esperar como a un pardillo.
-
Da igual – contestó Gust – eso es
lo que soy así que tendré que irme acostumbrando a que me traten como a tal.
Acababa de
incorporarme a la calle principal que recorría de una punta a otra Saint
Philippe-Loosle y tomado la primera interjección a la derecha que nos
conduciría hasta la calle residencial donde vivía Violet cuando mis oídos
captaron el tono lastimero de mi hermano pequeño y algo primario dentro de mí
se activó haciendo que frenara bruscamente en medio de la carretera para poder
girarme hacia Gust y, mirándole a los ojos, decirle:
-
Óyeme bien, no eres ningún
pardillo ¿está claro? Me da igual quien haya sido el imbécil que te ha metido
esa basura en la cabeza pero te aseguro que no lo eres así que nunca, nunca,
permitas que nadie te diga lo contrario.
-
¿Ni siquiera tú?
- Ni siquiera yo – contesté – mira,
cuando me enfado digo cosas que en realidad no pienso y, aunque a veces me meto
contigo, eres mi hermano pequeño y me importas lo suficiente como para no
permitir que nadie te haga sentir menos de lo que eres.
-
Pero el señor Bennet dijo que…
- ¿El señor Bennet? – le interrumpí
– Gust, ¿me estás diciendo que todo esto es por culpa del señor Bennet?
Mi hermano
asintió tímidamente sin apartar la mirada de sus desgastadas zapatillas de
deporte.
- Déjame adivinar – dije revolviéndome
en el asiento – ese estúpido gordinflón dijo delante de toda la clase que eras
un completo inútil por no ser capaz de saltar el potro o subir por la cuerda,
¿verdad?
Otro
asentimiento.
No es que de
golpe y porrazo me hubiera vuelto vidente ni nada por el estilo pero nada más
escuchar el apellido del imbécil y patético cuarentón que teníamos como profesor de gimnasia y
entrenador del equipo de baloncesto de High Philippe School supe que había
pasado exactamente.
Cada año, sin
excepción, el señor Bennet elegía puramente al azar a uno de los nuevos
estudiantes que se incorporaban al instituto para hacer de él su saco de boxeo
particular y ridiculizarlo frente a todos los demás durante todo el curso.
El por qué un
hombre de su edad tenía la necesidad de tirar por los suelos la autoestima de
un crío de doce años seguía siendo un misterio, pero mi yo interior se
decantaba por pensar que el amor propio que se profesaba estaba tan por los
suelos que solo le inducía un poco de placer el aparentar ser delante de unos
impresionables niños el todopoderoso ser divino de la escuela.
Desgraciadamente
para Gust, ese año le había tocado a él ser la victima de las burlas del señor
Bennet – burlas que mucho me temía pronto sus propios compañeros también
repetirían – pero lo bueno que tenía todo aquello es que al menos aquella
situación tenía fecha de caducidad y al año siguiente, cuando entrara otra
tanda de novatos asustadizos, el profesor clavaria toda su atención y toda su
mala uva en otro pobre desgraciado.
- Mira, todo los años monta el
mismo espectáculo – dije alargando mi mano hacia el cabello cobrizo de mi
hermano – cada año elige a alguien del quien mofarse así que no le des más
importancia de la que tiene. Además, si te sirve de consuelo, te diré que creo
que elige al chico con más potencial porque sabe que será el único que hará
oído sordos de sus estupideces y logrará triunfar pese a que le ponga la
zancadilla todos los días.
- Tu hermana tiene razón –
intervino Violet girándose también en su asiento – a ese viejo cabroncete le
gusta echarse un pulsito con el más fuerte así que debió de ver algo en ti,
chaval.
El oscuro
nubarrón que Gust parecía tener encima de su cabecilla poco a poco se iba
difuminando, pero eso no impidió que mi hermano preguntara:
-
¿De quién se burló cuando
entraste en el instituto?
No hizo falta
que mi mente retrocediera unos cuantos años hacia atrás para dar con la
respuesta correcta: Cameron Mason.
Por muy
extraño y descabellado que pudiera parecer, en su momento Cam fue el centro de
todas las burlas del señor Bennet debido a que este no paraba de compararlo con
su excelentísimo hermano mayor Steven Mason.
Cam y Steven
se llevaban suficientes años de diferencia – unos doce, creo recordar – como
para que hubieran coincidido a la par en el instituto pero, pese a que cuando
Mason recién acababa de comenzar su andadura en High Philippe School su hermano
ya había incluso terminado sus estudios en Stanford, la estela que este había
dejado seguía brillando con una intensidad casi cegadora.
Un expediente
inmejorable, unos dotes para los deportes inigualables, una belleza
despampanante y un don de gente apabullante. Ese era el altísimo listón que
Steven Mason había dejado grabado a fuego en el camino hacia el triunfo de su
hermano pequeño pero desde luego nadie podía negar que Cameron estaba poniendo
todo de su parte y más para pasar por encima de él.
Cualquier otro
crío habría cuanto menos flaqueado ante el aluvión de críticas que el señor
Bennet le hizo pero no él. Cam fue capaz de sobreponerse a todas las risas,
cuchicheos y burlas que tuvo que soportar durante su primer año en el instituto
y, en menos que cantaba un gallo, pasó de ser ese chiquillo rubio del que todos
podíamos reírnos a ser el capitán del equipo de baloncesto más joven de la
historia de High Philippe School, además del nuevo e indiscutible imán para las
chicas de la escuela.
Supongo que
todo Don Juan tiene un comienzo y ese, a grandes rasgos, fue el de Cameron
Mason.
Quién sabe qué
habría sido de él de no haber tenido un hermano mayor tan exitoso que le
obligaba, en cierta medida, a dar constantemente todo de sí mismo si es que
realmente quería hacerse notar frente a
los demás en lugar de ser una simple sombra de lo que en su momento fue Steven
Mason.
-
Del grano en el culo de Mason –
contestó en mi lugar Violet.
-
¿Del capitán del equipo de
baloncesto? – dijo mi hermano con los ojos de par en par a causa de la
impresión.
-
Ajam – mascullé
arrancando de nuevo el coche – para que veas que no miento cuando te digo que
siempre elige a los que tienen verdadero potencial.
-
¿Y cuál es el potencial de Cameron? – espetó
Violet - ¿sacarme de quicio?
-
Bueno, no se le da mal el baloncesto –
contesté lanzándole una mirada divertida a mi amiga – aunque lo de sacarte de
quicio desde luego que lo clava.
Mi
hermano, ajeno como era al hecho de que Cam se había convertido de la noche a
la mañana en mi sombra – y por consiguiente también en la de Violet – pasó por
alto la pequeña pulla de mi amiga e, inclinándose sobre nosotras, exclamó con
la emoción que solo un crío de doce años puede tener:
-
¿Estás de broma? ¡es un completo genio!
¡marca triples como nadie!
“Y acecha como nadie también”.
-
Pues ahí donde lo ves, a tu edad era incapaz
de saltar el potro.
-
Y a día de hoy es lo único que sabe hacer – dejó
caer como si nada Violet – o sino que se lo pregunten a Betty.
Nunca
dejaría de maravillarme la capacidad que tenía Violet para meter algún
comentario desdeñoso hacia en “en boca de
todos” en cualquier tipo de conversación.
-
¿Qué quiere decir eso? – preguntó
inocentemente Gust frunciendo el ceño.
“Dios de mi vida”.
- Nada – me apresuré a decir lanzándole una
mirada de fingido odio a mi amiga – absolutamente nada.
El
interior de mi pequeño coche se llenó con la carcajada sonora de Violet y, por
primera vez en bastante tiempo, logré olvidar por un momento todo el
batiburrillo que había anidado en mi cerebro rompiendo a reír como la chica de
diecisiete años que era mientras conducía por las tranquilas calles del pueblo.
***
Una
hora después aparqué al fin frente a mi casa.
Tras
dejar a Violet en la suya decidí llevar a merendar a mi hermano a “Petit Délice”, la pequeña cafetería de
estilo europeo del pueblo donde servían los mejores pasteles de la comarca.
Estaba
plenamente convencida de que el humor de Gust volvería a estar por todo lo alto
una vez que estuviera al borde del coma diabético y desde luego no me
equivoqué.
Hizo
falta un tazón de chocolate caliente y una enorme porción de la fabulosa tarta
de chocolate negro y naranja que la señora Girad – la robusta y amable dueña
del establecimiento – hacia diariamente para que la sonrisa metálica de mi
hermano ocupara toda su pecosa cara y, aunque me había dejado en aquella
merienda improvisada el poco dinero que llevaba encima y seguramente tendría
que aguantar un interrogatorio por parte de nuestra madre por llegar más tarde
lo habitual a casa, podía decir que todo aquello merecía totalmente la pena si
lograba que Gust volviera ser el de siempre.
-
¿Crees que mamá estará muy enfada? – me
preguntó mi hermano antes de bajar del coche.
- ¿Por no haberla avisado de que llegaríamos
tarde? No, que va. Solo se estará subiendo por las paredes y estará a punto de
llamar a la policía para denunciar nuestra desaparición.
-
Quizá no deberíamos de entrar. Podríamos
conducir hasta Orlando e ir a Disneyworld.
- No sería mal plan sino fuera porque esta
chatarra nos dejaría tirados en menos que canta un gallo – dije golpeando
levemente el descolorido volante de mi coche.
-
Podríamos hacer autstop.
-
O robar un Prosche.
-
Eso sería bestial – espetó mi hermano con los
ojos iluminados.
-
Además de un delito – añadí quitando al fin
la llave del contacto y saliendo del coche – anda pequeño Clyde, será mejor que
entremos y hagamos frente al ogro de nuestra madre de una vez por todas.
Refunfuñando
mi hermano salió del coche con su mochila al hombro y comenzó a andar hacia
nuestra casa arrastrando los pies por el camino de gravilla.
Y eso
mismo debería haber hecho yo.
Si,
definitivamente debería de haber hecho eso porque probablemente habría
conservado mi ¿buen humor? al menos durante una tarde entera y quizá incluso
podría haber pegado ojo aquella noche pero, justo cuando terminé de recoger del
asiento trasero mi atestada mochila y hube cerrado mi coche, la piel se me puso
de gallina al encontrarme, desde la otra punta del jardín, con los oscuros ojos
de Roman.
No sé
lo que esperaba que ocurriera, ¿qué me sonriera? ¿qué me saludara? ¿qué dijera
desde su jardín a voz en grito “qué buena
tarde se ha quedado para cortar el césped”?, pero desde luego no esperaba
que al alzar mi mano en un tímido intento de saludo lejano Roman apagara el
cortacésped de un tirón y entrara en su casa dando un sonoro portazo.
Aquel
portazo retumbó dentro de mi alma pero aun así, cuando mi hermano me llamó a
gritos desde el porche de nuestra casa, fui capaz de darle la espalda a la
ventana recién iluminada de la habitación de Roman.
***
Mi plan
de escabullirme hasta mi habitación sin que mi madre me viera se fue al traste
desde el primer momento en el que puse un pie en el recibidor pero desde luego,
si lo que esperaba era recibir una regañina por su parte me quedé con las ganas
porque, en lugar de eso, se acercó sonriente a mí y empujándome hacia el salón
me susurró al oído:
-
Hay un chico muy guapo esperándote.
“No puede ser…”
Si no
hubiera visto a Roman correr hacia su casa habría pensado, ingenua de mí, que
mi madre se refería a él pero teniendo en cuenta que aún no habían inventado
nada que permitiera a una misma persona estar en dos sitios diferentes a la vez
la única opción posible era…
- Prue, nunca me dijiste que tu madre cocinara
tan bien – dijo Cameron blandiendo su mejor sonrisa mientras mordisqueaba una
de las galletas caseras de mi madre – esta galleta está deliciosa. Señora Doyle,
tendría que pensar muy seriamente lo de comercializar con ellas. Desde luego yo
sería un cliente fiel.
Y con
esas simples palabras, Cameron Mason se ganó el cariño incondicional de mi
madre para el resto de su vida.
- ¿Qué… qué haces aquí? – conseguí articular
tras el shock que me había producido el ver a Cam en medio del pequeño salón de
mi casa.
- Habíamos quedado para estudiar, ¿no te
acuerdas? – contestó con total naturalidad – te dije que me pasaría por tu casa
después del entrenamiento para ponernos con el examen de economía.
-
El examen de economía…
- ¿Dónde prefieres que nos pongamos? – me
preguntó Cameron sacando de la nada el libro de texto - ¿aquí o…?
-
En mi habitación – terminé por él – será
mejor que… estudiemos en mi
habitación.
Antes
de que mi madre pudiera decir algo del tipo “oh,
¿por qué no os quedáis aquí? prometo no molestar”, agarré a Mason por la
muñeca y de un tirón le conduje hasta las escaleras, escaleras que subí de dos
en dos, tal era la rabia que sentía en esos momentos.
Nada más
cerrar la puerta de mi dormitorio – con pestillo, ya que mi madre tenía la gran
costumbre de entrar sin pedir permiso cuando le salía del moño – me giré cual
basilisco hacia Cameron y, propinándole un ligero empujón, dije apretando los
dientes:
-
Debes apreciar muy poco tu vida si te
apareces en mi casa sin avisar.
- Tu madre es encantadora. Deberías coger algo
de su carácter – dijo Cameron golpeando ligeramente mi nariz con su dedo índice
– aunque entonces perderías tu encanto.
-
Déjate de gilipolleces y dime que haces aquí
– espeté apartándole de un manotazo.
En
lugar de contestarme, Cameron se paseó lentamente por mi dormitorio recorriendo
con sus vivaces ojos cada minúsculo detalle que había esparcido por el lugar
hasta que, cómo no, se detuvo frente a la única pared que deseaba internamente
que pasara de largo.
- ¿Y esto? No sabía que hubieras viajado tanto
– dijo señalando todas las postales que Roman me había traído de sus viajes y
que yo, con todo el cuidado del mundo, había pegado en la pared de mi escritorio
creando un gran mural de lugares mágicos e impresionantes.
- No lo he hecho. Me las trae Roman.
- Traía. Recuerda hablar en pasado de tu
relación de amistad con Lemacks – Cameron acababa de darme el puñetazo
metafórico más doloroso de toda mi vida – No he podido evitar darme cuenta que,
tal y como te dije, desde que empezó a salir con Betty ni siquiera te mira.
- No me extraña que no hayas podido evitar darte cuenta cuando te pasas todo
el día persiguiéndome como un maldito lunático.
-
Si no fueras tan testaruda y aceptaras de una
vez que me necesitas no tendría que perseguirte – contestó Cam acercándose de
nuevo hacia mí – voy a empezar a pensar que te haces la dura porque te encanta
que vaya detrás de ti.
- Si… sigue soñando, Mason – mascullé intentando
controlar mis, cada vez más rápidos, latidos del corazón.
Obviamente
debí fracasar estrepitosamente en eso de intentar aparentar que ni la chulería,
ni la excesiva proximidad de Cameron me ponían nerviosa porque este no tardo en
murmurar en mi oído:
-
¿Acaso te pongo nerviosa, Doyle?
“Reacciona Prue, ¡reacciona!”.
- Lo que me pones es enferma – contesté
apartándome bruscamente de él – enferma y de muy mala leche.
Una
ligera carcajada salió de entre los perfectos labios de Cameron, cosa que logro
ponerme más furiosa aun.
-
Lárgate de mi casa – gruñí.
- No tan rápido – Cam se sentó en mi cama como
si tal cosa, como si tuviera el divino derecho de posar su perfecto culo donde
le diera la real gana – no llevo toda la tarde esperándote para nada. ¿Dónde
has estado, por cierto? No es que me preocupe, solo me genera curiosidad.
-
No tengo que darte explicaciones de nada de
lo que haga.
-
De momento.
-
Nunca – espeté con firmeza.
La
sonrisa de Cameron se ensanchó aún más, supongo que a causa de la profunda
diversión que le proporcionaba que alguien por primera vez en su vida le retara
y no meneara el rabito al son de su melodiosa voz.
-
¿Desde cuándo estás colada por Lemacks? ¿dos?
¿tres años? ¿toda tu vida?
Su
pregunta fue tan imprevista y tan a bocajarro que el aire salió expulsado cual
proyectil de mis pulmones a una velocidad vertiginosa, haciendo que mi
habitación diera ligeramente vueltas a mi alrededor y que el suelo se
tambaleara bajo mis pies.
Realmente
estaba jodida si Cameron, no sabía cómo, había descubierto algo que ni yo misma
sabía al cien por cien – quizá al noventa y nueve coma nueve por cien, pero no
al cien por cien – y mi cabeza empezó a analizar a velocidad ultrasónica
cualquier pequeño gesto o detalle que pudiera haberme delatado frente a él.
No
encontré ni uno solo.
Vale,
puede que no fuera la reina del disimulo pero si Violet en ningún momento había
sospechado que algo extraño había sucedido entre su primo y yo quería decir que
mis dotes para la actuación no eran tan malos como para que Mason, el tío que
menos me conocía de todo el universo, se hubiera hecho eco de mis enrevesados
sentimientos hacia Roman.
-
Yo no estoy colada por Roman, no seas
estúpido – contesté evitando clavar mi mirada en sus ojos.
- Prue, Prue, Prue – dijo Cam golpeando el
colchón para que me sentara junto a él, cosa que hice porque mis piernas en
esos momentos eran de gelatina – realmente quiero que me veas como un buen amigo y
es por eso que me encantaría que te ahorraras toda esa mierda de “no me gusta Roman” y que hubiera una
completa sinceridad entre nosotros – esta vez su mano sostuvo mi barbilla para
obligarme de este modo a que no pudiera desviar mis ojos de él – te mueres de
celos cada vez que ves a Roman de la mano de Betty, ¿verdad? Sientes como si te
atropellara un camión cada vez que esos dos se besan delante de tus narices y a
veces te falta el aire cuando piensas que jamás podrás estar con él de la
manera en la que está Betty – era aterrador, realmente aterrador, comprobar que
era un puñetero libro abierto para Cameron y mucho más aterrador era que
estuviera logrando doblegarme haciendo uso de sus dotes para la manipulación pero… pero era tan sumamente
tentador cerrar los ojos ante la evidencia de que estaría tomando el mal camino
que no sabía si iba a ser capaz de aguantar durante mucho tiempo en mi firme
postura de no aceptar formar parte de la locura que había planeado Mason – ¿Por
qué no dejas que te ayude a cumplir tus sueños? Ya te has mantenido firme en
ese rollo de “soy una buena chica” más
tiempo del que realmente pensé que
serias capaz de aguantar y te felicito por ello, de verdad que lo hago, pero
quizá haya llegado el momento de quitarnos de encima las caretas y mostrar al
mundo quienes somos en realidad.
Literalmente
me había quedado muda. Por mucha presión que le metiera a mi cerebro para que
fuera capaz de dar con una réplica que estuviera a la altura de las
circunstancias era totalmente incapaz de dar con ella, así que en lugar de
balbucear cualquier imbecilidad que me dejara en evidencia opté por permanecer
con los labios sellados mientras los verdosos iris de Cameron seguían fijos en
mí.
- ¿Nada que añadir? No me puedo creer que de
veras no tengas nada que decirme después del magnífico discurso que acabo de
brindarte.
Pero sí
que tenía algo que decirle…
-
Solo si te arrastraras ante mí como la
cucaracha que eres aceptaría prestarme a esta locura.
-
Mmm… con que te gusta
llevar las riendas de la relación – contestó Cam poniéndose en pie – eso puede
acarrearme algún que otro problema pero… ¿qué puedo decir? me tienes totalmente
cogido por los huevos, Doyle así que si el precio que tengo que pagar para que
entres en razón y al fin te permitas saborear el dulce sabor de la… llamémosle venganza, es arrodillarme ante ti –
añadió poniéndose de cuclillas frente a mí mientras sonreía con chulería –
supongo que no me queda más remedio que aceptar.
Ni en
mil vidas que viviera me habría imaginado que alguna vez tendría frente a mí,
totalmente postrado a mis pies, a Cameron Mason pero sin embargo ahí estaba él.
Realmente sus deseos de joder a Roman – más que recuperar a Betty, de eso
estaba totalmente convencida – debían de ser muy pero que muy grandes si era
capaz de casi suplicar por ello pero bueno… no sería yo la que juzgara lo que
el resto de los mortales eran capaces de hacer para lograr alcanzar sus metas
cuando yo estaba a punto de perder cualquier respeto que me tuviera hacia mí
misma al decir la palabra prohibida:
-
Acepto.
-
Perdona, ¿Qué has dicho?
“Prue, aun estás a tiempo de reconsiderar las
cosas y de echar cagando leches de casa a esta sanguijuela de sonrisa
perfecta”.
- Que acepto – repetí aparentando una
tranquilidad para nada cierta – acepto formar parte de lo que hayas maquinado
siempre y cuando no vuelvas a preguntarme absolutamente nada acerca de mi
relación con Roman.
“¿Relación? ¿Qué relación?”
- Sé que para ti debe ser difícil de asimilar
que entre un chico y una chica haya un vínculo alejado de cualquier connotación
sexual debido a que por todo el mundo es sabido que tu bragueta viene con abre fácil
de serie, pero lo que existe entre Roman y yo va mucho más allá de lo que sea
que te imaginas – mucho pero mucho más
allá – Es mi mejor amigo, casi un hermano, y si decido aliarme contigo,
pese a que al hacerlo tengo la sensación de estar haciendo un juramento de sangre
con el mismísimo diablo, es porque verdaderamente creo que Betty no le hará
ningún bien a largo plazo y deseo ahorrarle cualquier dolor que tu ex pueda
producirle.
“Quizá si lo digo muchas veces en voz alta
realmente llegue a creerme que todo esto lo hago por él y no por mí. Quizá me
auto convenza de que solo busco su felicidad y su bienestar y no el mío propio…”
- Además, si algo he sacado en claro durante
estos días es que es un verdadero suplicio tenerte tanto a ti como a tus
amiguitos a todas horas detrás de mí y si haciendo el teatrito de que soy tu nueva
novia florero consigo librarme de eso…
- Te prometo que el acoso y derribo por parte
de mis amigos terminará – se apresuró
a decir Cameron – pero por razones obvias no por la mía. Te guste o no, si
queremos que lo nuestro parezca real tendremos que pasar tiempo juntos, y no
únicamente en el instituto, pero ya discutiremos esos pequeños detalles sobre
la marcha.
La
simple idea de tener que dejarme ver con Cameron por el pueblo hizo que mi
estómago se contrajera.
Si, era
plenamente consciente que habría un centenar de chicas que darían tortas con
tal de conseguir que Cam las llevara al cine o a cualquier otro lugar pero yo
no era una de esas.
Demasiado
malo me parecía ya tener que soportar su bravuconería en los pasillos del
instituto como para que encima también tuviera que hacerlo fuera de allí, y eso
por no hablar de que si me iba a dejar ver agarradita de la mano de Mason
tendría que ponerle al tanto cuanto antes a Violet del absurdo plan del que
había aceptado formar parte si no quería que sufriera un derrame cerebral a
causa de la impresión que le produciría el verme de golpe y porrazo interpretar
el papel de niñita enamorada de Don
Popular.
Aún no
había despachado a Mason de mi casa ni cogido mi teléfono móvil para hacer la
llamada de rigor a mi amiga y ya estaba temblando al imaginar los gritos que
tendría que soportar por su parte cuando se enterara de lo absurda que se había
vuelto mi vida de buenas a primeras.
“En qué me estoy metiendo…”
- ¿Cómo que eso lo discutiremos sobre la
marcha? – pregunté cruzándome de brazos – hay una serie de condiciones
indispensables que tendrás que aceptar para que puedas considerarme tu novia, muchachito.
“¿Muchachito? ¿En serio? Dios, cuándo me he
convertido en mi madre”.
- Soy todo oídos – contestó divertido Cameron
apoyándose en mi escritorio.
- Primero, paso de meter en todo esto a mi
hermano así que nada de venir a recogerme a mi casa para ir juntos a clase –
dije mientras me paseaba por mi habitación – segundo, estoy dispuesta a que me
cojas de la mano o a que me pases el brazo por los hombros en público pero nada
de motes cariñosos – imaginarme a Cameron llamándome cariño hizo que me entraran ganas de vomitar – y tercero, los
únicos besos que me darás serán en la mejilla. Mis labios están totalmente
prohibidos para ti.
Cameron
se quedó en silencio durante unos minutos, supongo que a causa de que su maquiavélica
mente estaba sopesando los pros y los contras de mis innegociables condiciones,
pero tras lo que para mí se hizo una eternidad dijo:
- De acuerdo, puedo concederte todo eso pero a
cambio tú también deberás ceder en unas cuantas cosas.
“Claro, como no…”
- Vendrás a todos y cada uno de mis
entrenamientos y partidos y fingirás ser la novia más entusiasta y orgullosa
del mundo – podría ser peor – al
menos dos veces por semana nos dejaremos ver juntos por el pueblo, ya sabes
recreativos, cafeterías, tiendas de música… cualquier lugar que suelan visitar
nuestro queridos compañeros de clase – madre
mía… - y, lo más importante de todo, dejarás de tener el ceño fruncido a
todas horas y mostraras al mundo entero la preciosa sonrisa que tienes para
demostrar lo feliz que te hace el estar saliendo ni más ni menos que con el
chico más deseado de todo Saint Philippe-Loosle.
- Me alegra comprobar que de ego vas bien
servido… - murmuré al escuchar sus última palabras.
-
De todo voy bien servido – replicó guiñándome
un ojo.
-
Too much information.
Cameron
dejó escapar una carcajada que a punto, y solo a punto, estuvo de hacerme reír también
pero pronto recordé que si lo hacía estaría teniendo un momento cordial con ese
ser retorcido de físico envidiable y logré mantener mi rostro imperturbable.
- Bueno, será mejor que me vaya – dijo finalmente
colgando de su torneado hombro el enorme macuto de entrenamiento – mañana empezaremos
nuestro pequeño jueguecito así que te dejo para que descanses y cojas fuerzas. Ya
verás, te va a encantar ser la chica mala.
No me
molesté en contestar, no me molesté en intentar convencerle de que jamás sería lo
que se entendía por “una chica mala” porque
ni yo misma sabía si había perdido tanto el rumbo, si estaba tan desesperada
porque Roman formara parte de nuevo de mi día a día, si estaba tan ansiosa por
hacer que mi mejor amigo sintiera que solo conmigo a su lado sería capaz de
vivir la vida en toda su plenitud, que había permitido que mi esencia más genuina
se perdiera por el retrete, solo abrí la puerta de mi dormitorio de un tirón y
acompañé a Cameron hacía la salida.
El sol
había comenzado a ponerse y todo lo que me rodeaba comenzaba a proyectar unas
espeluznantes sombras pero eso no impidió que pese a que tenía frente a mí el
pétreo cuerpo de Mason mis ojos no buscaran de nuevo en el jardín de los
Lemacks la figura de mi amigo.
Y ahí
estaba él.
Durante
el tiempo que estuve encerrada en mi habitación con Cam, Roman había vuelto a
ponerse a trabajar con ahínco en el jardín delantero de su casa y una capa de
sudor había logrado empapar su andrajosa camiseta gris pese a que el tiempo
otoñal que se había cernido sobre el pueblo ya exigía que sacáramos de los
armarios las primeras chaquetas y cazadoras de la temporada.
Y de
nuevo nuestros ojos se encontraron.
Algo
debió de reflejarse en mi cara, algo debió delatar que mis cincos sentidos no
estaban puestos en las tonterías que en ese momento me estaba diciendo Cameron,
porque este no tardó en seguir con sus ojos la dirección de mi mirada para
comprobar que, desde unas cuantas casas de distancia, Roman había detenido una
vez más el cortacésped para clavar en la extraña pareja que formábamos Cameron
y yo sus oscuros ojos y dejar que una mezcla de duda, curiosidad y si me apuras
estupor desdibujaran su sudoroso y apuesto rostro.
- No sé si lo sabes pero tengo una hermana
pequeña – dijo Cameron resueltamente girando levemente su cabeza hacia Roman –
y te aseguro que no la miro de la forma en la que tú miras a Lemacks. Puedes negar
todas las veces que quieras que estás pillada por él pero no soy tan estúpido
como para creer que solamente ves en Roman a un amigo, Doyle. Realmente no me
importa que lo vuestro llegue o no a buen puerto, solo me importa que Betty
mande al traste a Lemacks y que vuelva a desempeñar el papel para el que ha
nacido, pero como quiero demostrarte que de vez en cuando puedo hacer algo
altruista por los demás voy a ayudarte a plantar en tu amiguito la primera
sombra de dudas acerca de lo que siente hacia ti – cual felino en potencia,
Cameron se acercó pausadamente a mí y, lanzándole una última mirada a Roman,
poso sus manos entorno a mi cara logrando que instintivamente alzara mi cabeza
hacía él – algún día me agradecerás que haya incumplido una de tus exigencias.
-
¿De qué estás…?
No pude
terminar de formular la pregunta porque, antes de que mis labios lograran
expulsar el resto de las palabras que tenía pensado decir, la sensual boca de
Cameron se cernió sobre la mía.
Si cuando
Roman me besó por primera vez sentí que me derretía por dentro y que un fuego
ardiente abrasaba mi interior, cuando Cameron lo hizo noté como la sangre que
corría por mis venas se congelaba impidiendo que pudiera hacer otra cosa que no
fuera, para mi propio horror, devolverle el beso que tan desprevenidamente me
había dado el rompecorazones oficial del pueblo.
“¿Qué coño estás haciendo Prudence?”.
Casi podía
oír la voz de Roman diciendo aquellas palabras pero por supuesto que no las
dijo, al menos no en un volumen lo suficiente alto como para que verdaderamente
mis oídos se hubieran hecho eco de ellas, solo se quedó plantado en mitad de
su jardín mirándonos, mirándome, con una intensidad tal que de haber sido
posible mi cabeza habría explosionado haciendo que mis sesos sirvieran de
decoración para el pequeño porche de mi casa.
Iuh, quizá
me pasé de gore.
Poco a
poco Cam se apartó de mí dejando en mis labios una sensación de añoranza
realmente espeluznante y, colocando delicadamente un mechón de mi pelo tras mi
oreja, susurró contra la comisura de mi boca:
-
De nada.
Solo cuando
hubo desaparecido montado en su impresionante todoterreno y pude comprobar con
mis propios ojos como Roman apretaba junto a sus costados los puños haciendo
que sus nudillos se emblanquecieran, como controlaba el impulso de correr hacia
mí para que le contara qué diablos acababa de pasar, como la confusión había
desaparecido para darle la bienvenida a la rabia y a los ¿celos? fui capaz de
admitir que quizá Cameron había tenido razón durante todo este tiempo y no le
fuera tan indiferente a mi amigo como en un principio tanto él como yo habíamos
creído.
“Quizá aquella noche que nos acostamos él
también notó que algo había cambiado entre nosotros. Quizá se dio cuenta que
además de ser esa chica con la que compartía gustos y aficiones, además de un sinfín
de recuerdos, era un proyecto de mujer que podría llegar a desear de una forma
que anteriormente jamás se había planteado. Quizá no soy la única que ha creído volverse loca por los sentimientos
contradictorios que hay tanto en mi cerebro como en mi corazón. Quizá no soy la
única que teme con toda su alma y que a la vez desea en secreto el estar junto
a su mejor amigo de un modo mucho más íntimo. Quizá no sea la única que se está
replanteando su realidad”.
Esa vez
fui yo la que entró en su casa dando un portazo para dejarle a él allí fuera
con la única compañía de sus dudas y de esos sentimientos que estaba cien por
cien segura que era incapaz de manejar por sí mismo.
Que perro Roman!!! No tiene derecho a sentirse decepcionado porque él ha hecho lo mismo.
ResponderEliminarLos hombres y sus comportamientos absurdos jajajajajaja
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