lunes, 10 de septiembre de 2012

CAPÍTULO 13

“Estás de broma”.

Esas fueron las palabras que me dedicó Violet cuando le conté que a partir de ese momento era oficialmente y de cara a todo el instituto la nueva novia de Cameron Mason.

Decir que no se lo tomó demasiado bien sería quedarse corto y es que, durante más de dos horas, tuve que soportar que mi amiga enumerara en modo bucle todas las razones por la que prestarme a esa locura era un total sin sentido pero finalmente, y tras muchos pero que muchos esfuerzos, conseguí convencerla de que quizá el plan de Mason no fuera tan rocambolesco y verdaderamente lográramos que Betty le diera la patada a Roman a causa de un serio ataque de celos.

El pequeño detalle de que secretamente esperaba que igualmente Roman se volviera loco de celos y que se diera cuenta que con quien de veras quería estar era conmigo y no con “en boca de todos” me lo guardé para mí.

Ya habría lugar de contarle a Violet que, por mucho que no lo quisiera terminar de asumir, mis sentimientos hacia su primo habían cambiado de golpe y porrazo si es que finalmente las cosas salían según lo previsto y Roman volvía a formar parte de mí.

-      Aún no me creo que verdaderamente vayas a hacer esto – dijo mi amiga cuando al fin perdimos a mi hermano de vista entre el resto de nuestros compañeros cuando llegamos al instituto aquel viernes otoñal – quiero a Roman tanto como tú pero te aseguro que jamás dejaría que Mason me manoseara para hacer que a ese zoquete que tengo como primo se le cayera la venda de los ojos.

-        Ya te he dicho que Cam no me va a manosear – contesté rodando los ojos exasperada – anoche establecimos una serie de pautas que tanto el uno como el otro tendremos que cumplir y una de las que yo me aseguré que quedara clara como el agua fue que tenía totalmente prohibido besarme o hacerme cualquier tipo de carantoña.

De acuerdo, estaba muy claro que la noche anterior Cameron hizo como si mis palabras le hubieran entrado por un oído y salido por el otro sin dejar ningún tipo de mella en él pero me iba a encargar personalmente de que se tomara en serio mis condiciones para seguir adelante con el plan.

No podía negar que una parte de mí se sintió complacida al ver – aunque fuera desde la lejanía – la reacción que tuvo Roman cuando vio como Cameron me besaba pero demasiados quebraderos de cabeza iba a darme toda la parafernalia que había montado Cam para catapultarnos en un segundo al top de “parejas in del momento” como para complicar aún más las cosas metiendo en medio besos y demás gestos sentimentaloides que, cuanto menos, me resultaban repulsivos.

“Vale, mi lista de ‘cosas que le oculto a Violet’ va peligrosamente en ascenso pero tampoco es como si fuera a ir aireando por ahí lo que pasó ayer entre Mason y yo cuando tengo muy claro que jamás de los jamases Cameron se atreverá a robarme un beso de nuevo si es que quiere seguir conservando esa pequeña parte del cuerpo que le cuelga entre las piernas”.  

-       ¡Estamos hablando de Mason! ¿realmente crees que va a ser capaz de controlar sus impulsos primarios durante mucho tiempo?

-          Por su bien espero que sí.

Algo en mi cara debió de reflejar que hablaba totalmente enserio porque Violet optó por hacer un simple asentimiento con la cabeza antes de cerrar de un firme tirón la puerta de su taquilla y dirigirse hacia el aula de literatura.

Sabía que mi amiga volvería a la carga en algún momento del día, estaba en su naturaleza hacerlo y realmente me preocuparía si hiciera lo contrario, pero resultaba un tremendo alivio que al menos durante unos cuantos minutos apoyara mi estado de locura transitoria y no intentara profundizar más en el porqué de mis actos.

Exactamente, su silencioso apoyo duró los diez minutos que tardó Cameron en entrar tras nosotras en la clase y demostrar por todo lo alto lo tremendamente imbécil que era.

-          Bueno días.

Si, esas dos palabras por si mismas eran totalmente inocentes e incapaces de acarrear daño alguno, pero si iban acompañadas con un guiño de ojo y con una palmadita en mi trasero como que perdía el toque de inocencia y se transformaba en la mecha inflamable que necesitaba Violet para poner el grito en el cielo.

-          Pero será…

-   Cerdo, aprovechado, futuro manco… - la interrumpí mientras taladraba con la mirada a Cameron, el cual me dedicó una sonrisa de suficiencia mientras se sentaba junto a los orangutanes de sus amigos al fondo del aula – tengo tantos calificativos despectivos en mi vocabulario que le van como anillo al dedo que soy incapaz de decidirme por uno solo.

-    Ya te dije que sería incapaz de mantener las manos quietas – me recordó Violet tomando asiendo a mi lado – quizás deberías parar esto antes de que…

-    No – negué firmemente justo en el preciso momento en el que Roman entraba con Betty colgada cual garrapata de su brazo – voy a seguir adelante con esto y ver qué tal se desenvuelven las cosas entre Cameron y yo.

Efectivamente, había optado por proclamar a los cuatro vientos que tenía intención de salir con Mason justo cuando Roman pasaba por mi lado y algo me decía que éste había oído a la perfección mi declaración de intenciones porque, para mi tremenda satisfacción, trastabilló con una de las patas de su mesa antes de lanzarme una mirada que fui incapaz de interpretar.

¿Cuándo me había vuelto alguien capaz de mentir, de fingir, con tantísima facilidad? Ni idea, pero el caso era que había descubierto que la mentira podía ser el arma más eficaz para alguien como yo, y estaba totalmente dispuesta a blandirla por el bien común.

“O por mi propio, interesado y egoísta bien”.

-        Vale, me alegra comprobar que mi primo sigue teniendo algo de sentido común y aún es capaz de tachar como completa locura que te… relaciones con semejante cabeza hueca – murmuró por lo bajo Violet, quien también se había percatado de que, por primera vez en semanas, Roman parecía no ser tan indiferente a lo que sucedía en mi vida – lástima que no se aplique el cuento porque podríamos estar ahorrándonos todo esto.

-          Sí, es una completa lástima – conseguí decir antes de que el profesor Tudur hiciera su entrada triunfal y comenzara a impartir la lección del día.

Literatura era una de mis asignaturas favoritas – o de las pocas que conseguían que no me entraran ganas de rajarme las venas con el borde de los folios donde había anotado como buenamente podía los apuntes del día – y no, no tenía nada que ver con que fuera una devoradora de libros desde que tenía uso de razón.

Haciendo a un lado el hecho de que gracias a las lecturas obligatorias que los distintos profesores habían decidido endosarnos durante todos estos años había logrado toparme con algunos tesoros encuadernados en pasta dura que hoy por hoy podía considerar mis libros favoritos, lo que más me gustaba de aquella clase era que por una vez tenía algo que decir, tenía una opinión valiosa que compartir con el resto de los chicos de mi edad y que, en lugar de quedarme encogida sobre mí misma sin apartar la vista del cuaderno durante una hora rogándole al cielo que el profesor de turno no reparara en mi presencia, era capaz de alzar orgullosa mi mano y enfrascarme en un debate completamente improvisado sobre el sentido o la intención que tenía el propio autor a la hora de verter sus pensamientos y emociones en unas cuantas páginas en blanco.

-      Me niego a entender “Romeo y Julieta” como una historia de amor – le contradije al señor Tudur cuando este intentó vendernos que la obra teatral de Shakespeare era una de las mejores odas al amor que jamás se habían escrito – seamos realistas, Romeo era un total mujeriego. Era el típico chico enamoradizo cuyo único fin en la vida era meterse entre las faldas de las chicas que le rodeaban – uy, justo como Cameron… ¡qué casualidad! – y Julieta solo fue una más entre su larga lista de conquistas. Lo único que hizo especial esa relación, si es que se le puede llamar así a lo que ese par tuvieron, es que tenían en contra a ambas familias y eso le añadió un punto de riesgo y diversión al asunto. No nos podemos olvidar que estamos hablando de unos adolescentes de clase alta que se pasaban los días entre las paredes de sus opulentas casas viendo la vida pasar. En esa circunstancia es normal que aprovecharan la mínima oportunidad que se le presentaran frente a sus narices para salir corriendo y eso es justo lo que hicieron – huir, huir sin mirar atrás - ¿qué terminaron corriendo derechitos hacia la tumba? Pues sí, pero es que Shakespeare los describió como jovencitos atractivos, idealistas y soñadores, no como inteligentes.

-     Tienes una visión algo cínica del amor – dijo divertido el señor Tudur dejándose caer en el borde de su mesa – interesante, pero cínica al fin y al cabo.

-     Bueno, me gusta creer que es realista en lugar de cínica – repliqué alzando el mentón orgullosa.

-       Y el resto de la clase, ¿qué opináis? – preguntó el profesor - ¿compartís la opinión de Prudence o todo lo contrario?

Era admirable que el buen señor siguiera intentado que el resto de zopencos que tenía como compañeros participaran de forma voluntaria en sus clases, más que nada porque la mayoría jugueteaban bajo las mesas con sus teléfonos móviles y hacían oídos sordos a nada de lo que el señor Tudur dijera, pero en esa ocasión vio recompensada la pasión que le profesaba a su trabajo cuando Betty Michele se dignó a usar su melodiosa voz para aportar su punto de vista.

-     Solo alguien que no ha experimentado el amor en primera mano tendría esa opinión tan penosa.

“Vale, ¿acaba de lanzarme una pulla ‘en boca de todos’?”

-         Por favor, ¿me estás diciendo enserio que te identificas con Julieta? – espeté girándome hacia ella – porque si es así creo que puedo sufrir un serio ataque de risa en estos momentos.

-          No pretendo que una chica inexperta como tú pueda comprender lo que alguien está dispuesto a hacer por el amor de su vida – contestó con indulgencia Betty como si acaso estuviera intentando hacerle comprender a una niña de siete años que no puede comer golosinas antes de la cena – pero es innegable que Julieta sentía un amor tan grande y fuerte por Romeo que le llevo a preferir su propia muerte antes que seguir adelante sin él.

-      Eso se llama remordimientos, Betty – bufé rodando los ojos – Julieta quería librarse de una boda que no deseaba y, como la cría descerebrada que era, prefirió juguetear con pócimas y venenos para fingir su propia muerte antes que comportarse como alguien coherente y afrontar las dificultades de frente - ¿y yo que se supone que estoy haciendo? ¿evitar o afrontar? – por supuesto, Romeo era igualmente otro descerebrado que se dejaba llevar por las emociones y cuando vio a su nuevo juguetito sexual supuestamente muerta dijo “oh, ¡qué horror! ¡qué atrocidad! ¡no puedo soportar esta pena ardiente que me abrasa!”, algo que seguramente jamás había experimentado porque era un narcisista sin remedio que solo se preocupaba por él y nada más que por él,  y ¡pum! decidió acabar con su vida después de repetirle hasta la saciedad a lo que él pensaba que era un cadáver que le amaba con todo su corazón – ridículo, ridículo, ridículo – Claro, la otra no encontró un momento más adecuado para despertarse del estado catatónico que ella misma se había provocado que cuando el otro desgraciado se estaba desangrando y entonces fue cuando la virginal doncella comprendió que por culpa de su estupidez crónica había logrado que el que se suponía que era el amor de su vida estirara la pata. Muy pocas personas son capaces de vivir con el peso de la muerte de otro ser humano sobre sus hombros y esa pánfila con cero carácter muchísimo menos así que, puñalada al canto y supuestamente tenemos la mejor historia de amor de todo los tiempos.

-   Das por hecho que los sentimientos se pueden controlar – saltó Roman – juzgas el comportamiento de esos amantes como juzgarías que alguien tirara el envoltorio de un caramelo al suelo cuando a su lado hay una papelera, con la diferencia de que lo primero es inevitable y lo segundo perfectamente eludible.

Vaya, que bonita forma tenía Roman de decirme que su amor hacia Betty era total e inequívocamente inevitable, que no podía hacer nada para frenar esa pasión desmedida que debía sentir por en “en boca de todos” aunque esa misma pasión hubiera sido la encargada de alejarnos a Violet y a mí de él.

Dolía.

Dolía mucho.

Dolía muchísimo.

Había entre los dos demasiadas semanas de silencio, demasiadas horas en las cuales nos evitábamos con descaro.

Había demasiado rencor por su parte, demasiado terror por la mía. 

Había demasiadas sensaciones a flor de piel, demasiadas palabras sin decir, demasiados pensamientos callados.

“Y él decide dirigirme la palabra por primera vez en siglos delante de toda la clase. Bien, si quiere que juguemos a lanzarnos pullas disimuladas frente a un público ansioso de carnaza no seré yo la que se oponga”.

-       No puedes controlar de quien te enamoras – convine – pero sí como actuar al respecto. Tanto Romeo como Julieta antepusieron sus deseos, su triste y penoso instalove, a todo y todos cuanto los rodeaban – exactamente como hiciste tú -  no les importaban sus familias, sus amigos o las consecuencias que para todos ellos traería su absurda relación – no te importó, no te importó, no te importó - ¿acaso todas las personas que se preocuparon y estuvieron a sus lados durante años no se merecían ser tenidos en cuenta? ¿acaso es posible que una persona a la que acabas de conocer sea más importante que alguien que lleva en tu vida desde siempre y que jamás te defraudó? ¿vas a decirme enserio que merece la pena echar de tu lado a toda esa gente que ha velado por tu bienestar desde siempre por una persona que a lo sumo te calentará la cama durante un par de noches?

-        Todo es tan simple para ti – bufó Roman apretando furioso su mandíbula – todo tiene que ser blanco o negro, pero te olvidas de que en medio hay un sinfín de matices de grises. Miras la situación desde fuera porque eres incapaz de ponerte en el papel de Romeo.

-          ¿Y por qué querría ponerme en el papel de Romeo?

-      ¡Porque quizá así conseguirías entenderle de una maldita vez! – exclamó Roman - ¿quién te dijo que a Romeo no le importaba su familia? – los ojos del que fuera mi amigo se desviaron momentáneamente hacía Violet para rápidamente volver a clavarse en mí - ¿quién te dijo que no le importaban sus amigos?

-          Sus actos.

-          Pues deberías de mirar más allá de ellos pero claro, entonces estarías usando esa lógica de la que tantos presumes pero de la que realmente careces.

En momentos como ese eran en los que deseaba poder permitirme el lujo de saltar cual pantera hambrienta sobre las mesas que nos separaban para propinarle un guantazo al maldito Lemacks.

¡Cómo se atrevía a insinuar que era yo la que estaba ciega! ¡cómo se atrevía a responsabilizarme de que nuestra amistad se hubiera ido a la mierda! ¡cómo se atrevía a castigarme con su silencio e indiferencia para luego ridiculizarme mediante indirectas delante de todos!

Le había dado todo de mí y el muy estúpido ni siquiera se había dado cuenta, tan ocupado estaba de hacerse la victima de toda esta situación mientras se enrollaba con aquella rubia polioperada, ¿y encima tenía que seguir soportando que me tirara por tierra frente a esos capullos de risas bobaliconas?

“No, encima decides perder tu dignidad y tu orgullo jugando a la parejita feliz con Cameron para intentar ¿qué? ¿que este tío que acaba de ningunearte sin problema alguno caiga rendido a tus pies? ¡bien por ti!”, sonó burlona una voz en mi cabeza.

-        Bueno, bueno, bueno – dijo finalmente el señor Tudur acompañando su voz con una estridente palmada – ha sido un debate interesante pero es hora de que sigamos con la lección así que, señores y señoras, abran sus manuales por la página sesenta y ocho.


Aquel día, lejos de lo que era normal en mí, cuando sonó el timbre que indicaba el final de la clase fui la primera en salir del aula sin mirar atrás como si de un torbellino me tratara.

***

-     Bueno, es innegable que ha sido la clase de literatura más interesante a la que he tenido la enorme suerte de asistir – dijo Violet llevándose a la boca una patata frita – de verdad que me ha maravillado la forma en la que volaban los cuchillos entre mi primo y tú.

A ella la maravillaba y a mí me repugnaba.

Genial.

Simplemente genial.

Durante el resto de la mañana estuve del suficiente malhumor como para que Violet se abstuviera de hacer algún tipo de comentario acerca del espectáculo que Roman y yo habíamos dado en la clase de literatura, malhumor que se había intensificado notablemente gracias a Cameron y a las malditas notitas en forma de pequeñas bolas de papel que se había dedicado a lanzarme en las distintas clases que habíamos tenido por la mañana y que yo me había negado en redondo a siquiera leer, pero si pensaba que podría evitar para siempre los comentarios socarrones de mi amiga estaba totalmente equivocada.

-        No te haces ni una idea de lo bien que me habría venido tener en esos momentos un cuchillo de verdad – repliqué dándole un sorbo a mi zumo de manzana – habría recreado en cuestión de segundos “La matanza de Texas”.

-     Bueno, ahora tienes uno a tu disposición así que quizás tengas oportunidad de recrearla – añadió Violet señalando con la cabeza hacia su derecha por donde, para mi total horror, se acercaba Cameron.

“Señor, hoy no”.

Sin mediar palabra alguna Mason soltó su bandeja en el asiento contiguo al mío y antes de que pudiera ordenarle a mis manos que la agarraran y la lanzaran a la otra punta del comedor – sí, estaba algo violenta ese día -, Cameron se sentó a mi lado para, dedicándome la mejor de sus sonrisas, decir:

-       ¿Te ofenderías en exceso si te dijera que me has puesto un poco cachondo esta mañana en clase de literatura?

-          Sí.

-     Vale, entonces me limitaré a comer mientras disfruto de tu agradable compañía – contestó guiñándome uno de sus verdosos ojos.

-          Un momento, ¿piensas comer aquí? – preguntó escandalizada Violet - ¿con nosotras?

-         No sé si Prue te lo ha dicho pero estamos saliendo juntos – la mano de Cameron se cerró sobre la mía para ¡horror! llevársela a sus labios y propinarle un casto beso – así que a partir de ahora vas a tener el enorme honor de contar con mi fabulosa presencia muy a menudo.

-          Yo no lo llamaría honor precisamente – gruñó mi amiga.

-     ¿Y cómo lo llamarías entonces? ¿placer quizá? Estoy seguro de que tu diccionario de sinónimos es lo suficientemente extenso como para encontrar la palabra adecuada.

-          Tortura – contestó Violet sonriendo con malicia – esa es exactamente la palabra.

Antes de que Cameron pudiera replicar, dando por tanto el pistoletazo de salida para que mi hora del almuerzo se transformara en una batalla campal en vez del remanso de paz que ese día necesitaba, me apresuré a intervenir.

-       Mason, estoy segura que incluso alguien como tú es lo suficientemente perspicaz como para darse cuenta de que estoy teniendo un día de mierda y que por tanto lo último que necesito es tener que ser testigo de discusiones de niños pequeños así que, ¿por qué no me dices que quieres y te vas con tus amiguitos al rincón más alejado del comedor y me dejas en paz?

El gesto burlón que solía estar tallado a cincel en el apuesto rostro de Cameron desapareció de un plumazo y, por una vez en mi vida, de veras creí que quizá si se alineaban los astros en el firmamento sería incluso posible mantener una conversación seria con ese muchachito insufrible.

-          ¿Sería posible que habláramos a solas o tu perro guardián tiene que estar presente?

-          ¿A quién llamas tú…?

-          Violet – interrumpí a la olla a presión que en esos momentos era mi amiga - ¿podrías dejarnos unos minutos?

La mirada dolida que me lanzó Violet se quedaría por siempre jamás clavada en mis recuerdos pero, ¿qué se suponía que podía hacer? En cierto modo me había comprometido con Cameron para sacar adelante el que había bautizado como “plan más absurdo de toda la historia de la humanidad” y estaba claro que fuera lo que fuera que quisiera decirme tenía que ver con eso – al fin y al cabo no podía decirse que nos uniera nada más porque éramos como la noche y el día – así que poco más podía hacer aparte de aceptar a regañadientes el tener que soportar su para nada deseada compañía durante el poco tiempo libre que tenía.

“Además, no puedo negar que Cameron es mucho más intuitivo y observador de lo que me pensaba y está claro que ha sabido apreciar a la perfección la tensión que hay entre Roman y yo. Quién sabe que sería capaz de decir frente a Violet con lo tremendamente bocazas que es. Lo que menos necesito ahora mismo es que ella sepa lo que siento por su primo cuando, pensándolo bien, ni siquiera yo misma lo sé”.

Pero sí que lo sabía. Sí que sabía lo que sentía por Roman, ¡claro que lo sabía! pero era mejor autoengañarme y denominar mi atracción hacia él como un simple batiburrillo de sensaciones indescifrable antes que algo mucho más profundo, peligroso y aterrador.

-   Como quieras – respondió finalmente Violet poniéndose en pie y sosteniendo entre sus crispadas manos su comida a medio comer – estoy segura que seré capaz de encontrar un lugar donde no sobre.

-        Violet… - suspiré abatida viendo como mi amiga se alejaba de mí dando grandes zancadas y sí, lo reconozco, si no hubiera sido porque Cameron me agarró con firmeza la muñeca impidiendo que pudiera moverme de mi asiento, habría salido corriendo tras ella y lo más seguro es que me hubiera derrumbado por completo y le hubiera contado con pelos y señales absolutamente todo lo que me pasaba por la mente y por mi cobarde corazón.

-      Créeme, lo superará – masculló con la boca llena Cameron – no creo que sea considerado como un delito penal el no almorzar un día con tu mejor amiga, ¿o sí?

¿Cómo se le hacía comprender a un tío cuya lealtad era única y exclusivamente consigo mismo que el detalle de la comida no era lo que tendríamos que superar mi amiga y yo sino todo lo que me estaba callando, todo lo que le estaba ocultando a una de las dos personas que siempre lo habían sabido todo de mí?

Había perdido a Roman, era un hecho que hasta ese momento no había querido ver y asimilar, pero mientras intentaba desesperadamente recuperarlo estaba arriesgándome a perder a mi mejor amiga al contarle una insignificante milésima parte de todo lo que realmente pasaba.

Conocía a Violet prácticamente de toda la vida, conocía sus virtudes y sus defectos como si de los míos propios se tratasen, y por eso era plenamente consciente de que sería capaz de perdonármelo todo salvo la mentira. Al fin y al cabo, eso era lo que había hecho que se distanciara como nunca antes de su primo. Por mucho que achacara que Betty era la causante de que entre ambos primos existiera un silencio casi palpable, la realidad era que el enfado y la decepción de mi amiga con Roman radicaba en que le dolía tremendamente que éste no hubiera tenido la confianza suficiente para hacerla conocedora de primera mano de todo lo que había ocurrido entre él y “en boca de todos” durante el cada vez más lejano verano y, seamos claros, si no le podía perdonar a un miembro de su propia familia el delito de ocultación de información, ¿cómo me lo iba a perdonar a mí?

-       Espero que lo que tengas que decirme sea realmente importante – espeté pasando por alto el comentario de Cameron.

-       Depende de lo que entiendas por importante – contestó tirando de mi silla hacia él logrando con esto que nuestras piernas chocaran irremediablemente – pero supongo que podría decirse que sí.

-        P… pues adelante – balbuceé intentando arrastrar inútilmente mi asiento para poner algo de distancia entre Mason y yo.

-      Me encanta lo nerviosa que te pones cada vez que estamos demasiado cerca por mucho que intentes aparentar que eres la clase de tía capaz de sobrellevar cualquier situación – masculló Cameron contra mi oído mientras jugueteaba con un mechón de mi pelo.

-       Déjate de gilipolleces y ve al grano – logré decir obviando el escalofrío que me acababa de recorrer por la espalda.

No me había pasado desapercibida que prácticamente la mitad del comedor estaba en esos momentos observándonos con los ojos como platos aunque claro, ¿podía acaso culparlos? Yo misma sería una de esas que fliparían por todo lo alto si viera a Cameron Mason en actitud acaramelada con otra chica que no fuera Betty Michele y ¡tará! resultaba que, por cosas del destino, para el resto de los mortales que nos rodeaban yo era esa  otra chica pese a que en realidad antes me dejaría conquistar por un coyote que por el mujeriego de Cameron.

-          Esta mañana has sido un poco obvia ¿sabes? – dijo Cam pasando su torneado brazo sobre mis hombros – prácticamente media clase se ha dado cuenta que hay cierta tensión, desconozco si sexual o no, entre Lemacks y tú – la nariz de Mason rozó mi cuello y por poco estuve a punto de tirarme encima el plato de macarrones que aquel día entraba en el menú – así que, aunque tenía pensado ir un poco más despacio en nuestra preciosa historia de amor, me temo que tendremos que ir algo más rápido de lo previsto para acallar cualquier tipo de rumor – sus labios se posaron durante una milesia de segundo en esa zona tras la oreja que sin lugar a dudas era mi punto débil, aunque se suponía que él desconocía ese dato ¿no? – estoy seguro que, al igual que yo, no querrás que la gente empiece a cuchichear sobre que Roman Lemacks y Prudence Doyle se han tirado los trastos, de manera muy educada eso sí, en mitad de literatura por un ataque de celos muy mal disimulado ¿verdad?  

Casi me eché a reír cuando comprendí que todo ese rollo de besitos y caricias públicas era el modo que tenía nuestro querido capitán de demostrarle al populacho que yo era otra más de las muchas chicas que suspiraban por sus huesos y que, por supuesto, entre él o Roman elegía sin asomos de dudas babear por el primero y no por el segundo.

En cierto modo, si no estuviera provocándome unas horribles taquicardias – quería pensar que a causa de la vergüenza que estaba consiguiendo hacer surgir en mi interior y no por otra razón – en mitad del comedor, podría haberme planteado hasta el aplaudir su rápida capacidad de reacción para evitar que lo que en un principio había sido un inocente debate de literatura que había terminado por ser unas cuantas acusaciones mal disimuladas entre Roman y yo, pasara a transformarse en una historia más rocambolesca en la que me otorgarían el papel de chica despechada que vive a la sombra de Betty Michele y que tiraría al traste el acuerdo que habíamos logrado alcanzar Cameron y yo antes siquiera de que hubiéramos tenido la oportunidad de ponerlo en marcha.

-    Creo que anoche mismo te dije que no toleraría ningún tipo de manoseos o besuqueos – murmuré mientras me forzaba por sonreír para que los cotillas que aún nos observaban tuvieran más material que comentar.

-          Y yo creía que después de nuestro beso y de los buenos resultados que te consiguió – contestó Cameron haciendo referencia a la reacción que tuvo Roman al vernos – te habrías dado cuenta que en ocasiones es necesario hacer según que sacrificios. Créeme, no eres la clase de tía que elegiría para darme el lote pero en fin, todo sea por una buena causa.

-      Te puedo asegurar que tú tampoco eres la clase de tío que elegiría para meter en mi cama – espeté apartándole dulcemente su rubio cabello de la frente.

-      ¿Para meter en tu cama? – una media sonrisa pícara asomó en la cara de Cameron – uuuuh, ¿ya juegas a cosas de mayores, Doyle?

Estaba a punto de contestarle que antes me prestaría voluntariamente a que me lapidaran que contarle si mi vida sexual había iniciado su andadura o no cuando Cameron dijo:

-          No te gires pero tu amiguito y mi ex acaban de entrar.

Podría haberse ahorrado totalmente su aviso porque mi cuerpo era plenamente consciente de cuando Roman rondaba cerca de mí. Pareciera que una descarga eléctrica me sacudiera de arriba abajo cada vez que él y yo respirábamos el mismo aire y, aunque mis ojos aún no había podido contemplarle porque estaba de espaldas a la enorme puerta de acero inoxidable por la que en ese momento la famosa pareja hacia su entrada, el claro vello erizado de mis brazos delató su próxima presencia.

-          ¿Y por qué diablos no puedo girarme?

-        Porque voy a besarte – contestó como si tal cosa Cameron – y esta vez no estaría de más que me devolvieras el beso.

-          ¿Qué? ¿estás de coña? ¡te dije que nada de besos!

-      Me debes al menos uno – replicó encogiéndose levemente de hombros – estoy seguro que anoche gracias a mí conseguiste darle un disgusto a Lemacks, ¿no es justo que me devuelvas el favor? Beso por beso y todo eso.

-          Ni de coña – mascullé sin apenas mover los labios.

-          Anda Doyle, demuéstrame que con los años has mejorado.

“¿Será posible que también recuerde el penoso beso que nos dimos a los trece años? ¿pero no se supone que los tíos no le dan importancia a esas cosas?”

-          Solo uno – terminé por aceptar a regañadientes – y más te vale mantener la lengua quietecita, ¿entendido?

-          Es una pena porque hago maravillas con ella.

Estaba totalmente convencida de que jamás me acostumbraría al exceso de chulería que Cameron Mason tenía al igual que estaba plenamente convencida de que en algún momento de mi vida me arrepentiría de haber hecho lo que estaba a punto de hacer – seguramente al segundo de haber pegado mi boca a la de ese troglodita del siglo veintiuno – pero en fin, carpe diem y toda esas gilipolleces que la gente suele decir.

-    ¿Están mirando? – le pregunté mientras me restregaba mis manos ultra sudadas por los vaqueros – avísame cuando miren porque comprenderás que si hago esto es para desencadenar una reacción en cadena.

-     Betty acaba de sentarse en la mesa de tu izquierda mirando hacia nosotros – contestó sin apartar sus ojos de mí – y Lemacks se acerca por tu derecha con una bandeja que, si haces bien tu misión, debería estar en el suelo dentro de un minuto.

-          Entonces…

-     Entonces bésame de una vez, Doyle – me apremió sin dejar de sonreír Cam – prometo no morder, te doy mi palabra.

“Señor, si de veras existes y estás por allá arriba perdona esta grandísima ofensa”.

Uno, dos, tres.

Mis temblorosas manos atrajeron el rostro de Cameron hacia el mío.

Cuatro, cinco, seis.

Mis labios se posaron dubitativamente sobre los suyos.

Siete, ocho, nueve.

Cameron me asió firmemente de la nuca y mi boca traidora se entreabrió a la espera de ser invadida.

Diez, once, doce.

Casi podía notar la sonrisa de suficiencia de Cam contra mis labios cuando se dio cuenta de mi pequeña debilidad producida, sin asomo de dudas, por un exceso de hormonas revoltosas.

Trece, catorce, quince.

Una bandeja se estrelló contra el suelo a mi lado y esta vez fui yo la que sonrió contra la boca de Mason.

Dieciséis, diecisiete, dieciocho.

Los perfectos dientes de Cameron mordisquearon juguetonamente mi labio inferior antes de apartarse de mí.

-          Lemacks, deberías mirar mejor por dónde andas.

Roman, el chico que nunca perdía los estribos. Roman, el chico que en cualquier situación conseguía mantener la calma. Roman, el chico que siempre tenía una respuesta ingeniosa con la que callar a cualquiera.

Roman, el chico cuyos oscuros ojos se habían vuelto del color del ónice. Roman, el chico que apretaba sus puños con tanta fuerza que había logrado hacer que sus nudillos destacaran por su palidez contra su piel ligeramente bronceada. Roman, el chico que entreabrió su boca como si acaso fuera a decirme algo, como si acaso fuera a hacerme algún reclamo, y que en el último momento decidió propinarle una fuerte patada a la bandeja que descansaba sobre las baldosas descoloridas de la cafetería antes de alejarse de nuestro lado.

-          Jamás pensé que esto fuera a ser tan divertido – espetó Cameron dándole un trago a su lata de Coca Cola – ha faltado realmente poco para que a tu amigo le estallara la vena del cuello, ¿y Betty? Betty está que echa chispas.

Efectivamente, un simple vistazo a la mesa donde Betty y Roman ¿discutían? ¡discutían! me bastó para comprobar que realmente Mason tenía razón cuando me vino con el cuento de que nuestra falsa pareja era lo único que podía desestabilizar la que formaban “en boca de todos” y Roman.

-        En fin, buen trabajo Doyle – añadió Cam de nuevo con la boca llena – unos cuantos arrumacos más delante de esos dos y su historia de amor se irá a pique.

-      ¿Tú crees? – le pregunté sin apartar mis ojos de Roman, el cual no tardó en dejar con la palabra en la boca a Betty al largarse dando amplias zancadas de la cafetería.

-       Totalmente. Sabía perfectamente que cuando Betty me viera con otra tía se volvería loca pero no tenía todas conmigo en lo que respectaba a Lemacks – reconoció encogiéndose de hombros – a ver, sabía que le jodería pero no sabía que tanto. Ese tío está loco por ti y el muy capullo ni lo sabe pero tranquila,  cuando se le pase el cuelgue que tiene con Betty se dará cuenta y podréis comer perdices y ser felices.

-       No es tan fácil – murmuré mientras veía marchar a Roman, quien al parecer había pagado su mal humor con la puerta de la cafetería al darle un golpe tan brusco que consiguió hacer que se estrellara contra la pared con tal fuerza que el ruido resonó por encima del griterío del lugar – es más, es todo lo contrario a fácil. Es complicado, enrevesado, imposible,…

“Cierra el pico de una santa vez porque no querrás mostrar tus debilidades y temores, no querrás mostrarte vulnerable frente a Mason. Por favor, lo que nos faltaba”.

-    ¿Quieres que te regale los oídos y te diga lo maravillosa que eres y lo imbécil que sería Lemacks si perdiera la oportunidad de estar contigo? – me preguntó burlonamente Cameron.

-       No, quiero que cierres el pico y me dejes comer de una vez – como si acaso fuera capaz de dar un simple bocado – y ya que estamos también quiero que te largues. Ya te he soportado mucho por hoy.

No me pasó desapercibida la sonrisa de Mason, una sonrisa que distaba mucho de las que me solía dedicar – bueno, a mí y a cualquier ser humano que se topara con él – porque probablemente fuera la primera sonrisa cien por cien auténtica que me dedicaba, y sí ¡lo reconozco! no pude evitar sonreírle de vuelta a aquel desesperante ser humano.

-   Tus deseos son órdenes para mí – dijo finalmente poniéndose en pie – y por cierto, enhorabuena.

-          ¿Por qué?

-          Porque tus besos han mejorado mucho desde los trece años, Doyle – contestó guiñándome un ojo antes de marcharse y dejarme completamente sola en la enorme mesa del comedor.

Mis dedos, esos que habían temblado a la hora de tocar la cara de Cameron, acariciaron los labios en los que aún se mantenía impoluta la sonrisa que el maldito Mason había provocado.

“Ese tío está loco por ti”.

Las palabras de Cam resonaron por mi mente una y otra vez mientras me terminaba el almuerzo.

Para cuando di el último bocado a mi plato de pasta ya había llegado a la conclusión de que desconocía si Roman estaba o no loco por mí pero que, sin duda alguna, yo acabaría completamente loca si mi falsa relación con Cameron duraba demasiado tiempo.

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