“Estás de broma”.
Esas fueron
las palabras que me dedicó Violet cuando le conté que a partir de ese momento
era oficialmente y de cara a todo el instituto la nueva novia de Cameron Mason.
Decir que no
se lo tomó demasiado bien sería quedarse corto y es que, durante más de dos
horas, tuve que soportar que mi amiga enumerara en modo bucle todas las razones
por la que prestarme a esa locura era un total sin sentido pero finalmente, y
tras muchos pero que muchos esfuerzos, conseguí convencerla de que quizá el
plan de Mason no fuera tan rocambolesco y verdaderamente lográramos que Betty
le diera la patada a Roman a causa de un serio ataque de celos.
El pequeño
detalle de que secretamente esperaba que igualmente Roman se volviera loco de
celos y que se diera cuenta que con quien de veras quería estar era conmigo y
no con “en boca de todos” me lo
guardé para mí.
Ya habría
lugar de contarle a Violet que, por mucho que no lo quisiera terminar de
asumir, mis sentimientos hacia su primo habían cambiado de golpe y porrazo si
es que finalmente las cosas salían según lo previsto y Roman volvía a formar
parte de mí.
- Aún no me creo que verdaderamente
vayas a hacer esto – dijo mi amiga cuando al fin perdimos a mi hermano de vista
entre el resto de nuestros compañeros cuando llegamos al instituto aquel viernes
otoñal – quiero a Roman tanto como tú pero te aseguro que jamás dejaría que
Mason me manoseara para hacer que a ese zoquete que tengo como primo se le
cayera la venda de los ojos.
- Ya te he dicho que Cam no me va a
manosear – contesté rodando los ojos exasperada – anoche establecimos una serie
de pautas que tanto el uno como el otro tendremos que cumplir y una de las que
yo me aseguré que quedara clara como el agua fue que tenía totalmente prohibido
besarme o hacerme cualquier tipo de carantoña.
De acuerdo,
estaba muy claro que la noche anterior Cameron hizo como si mis palabras le
hubieran entrado por un oído y salido por el otro sin dejar ningún tipo de
mella en él pero me iba a encargar personalmente de que se tomara en serio mis
condiciones para seguir adelante con el plan.
No podía negar
que una parte de mí se sintió complacida al ver – aunque fuera desde la lejanía
– la reacción que tuvo Roman cuando vio como Cameron me besaba pero demasiados
quebraderos de cabeza iba a darme toda la parafernalia que había montado Cam
para catapultarnos en un segundo al top de “parejas
in del momento” como para complicar aún más las cosas metiendo en medio
besos y demás gestos sentimentaloides que, cuanto menos, me resultaban
repulsivos.
“Vale, mi lista de ‘cosas que le oculto a Violet’ va
peligrosamente en ascenso pero tampoco es como si fuera a ir aireando por ahí
lo que pasó ayer entre Mason y yo cuando tengo muy claro que jamás de los
jamases Cameron se atreverá a robarme un beso de nuevo si es que quiere seguir
conservando esa pequeña parte del cuerpo que le cuelga entre las piernas”.
- ¡Estamos hablando de Mason!
¿realmente crees que va a ser capaz de controlar sus impulsos primarios durante
mucho tiempo?
-
Por su bien espero que sí.
Algo en mi
cara debió de reflejar que hablaba totalmente enserio porque Violet optó por
hacer un simple asentimiento con la cabeza antes de cerrar de un firme tirón la
puerta de su taquilla y dirigirse hacia el aula de literatura.
Sabía que mi
amiga volvería a la carga en algún momento del día, estaba en su naturaleza
hacerlo y realmente me preocuparía si hiciera lo contrario, pero resultaba un
tremendo alivio que al menos durante unos cuantos minutos apoyara mi estado de
locura transitoria y no intentara profundizar más en el porqué de mis actos.
Exactamente,
su silencioso apoyo duró los diez minutos que tardó Cameron en entrar tras
nosotras en la clase y demostrar por todo lo alto lo tremendamente imbécil que
era.
-
Bueno días.
Si, esas dos
palabras por si mismas eran totalmente inocentes e incapaces de acarrear daño
alguno, pero si iban acompañadas con un guiño de ojo y con una palmadita en mi
trasero como que perdía el toque de inocencia y se transformaba en la mecha
inflamable que necesitaba Violet para poner el grito en el cielo.
-
Pero será…
- Cerdo, aprovechado, futuro manco…
- la interrumpí mientras taladraba con la mirada a Cameron, el cual me dedicó
una sonrisa de suficiencia mientras se sentaba junto a los orangutanes de sus
amigos al fondo del aula – tengo tantos calificativos despectivos en mi
vocabulario que le van como anillo al dedo que soy incapaz de decidirme por uno
solo.
- Ya te dije que sería incapaz de
mantener las manos quietas – me recordó Violet tomando asiendo a mi lado –
quizás deberías parar esto antes de que…
- No – negué firmemente justo en el
preciso momento en el que Roman entraba con Betty colgada cual garrapata de su
brazo – voy a seguir adelante con esto y ver qué tal se desenvuelven las cosas
entre Cameron y yo.
Efectivamente,
había optado por proclamar a los cuatro vientos que tenía intención de salir
con Mason justo cuando Roman pasaba por mi lado y algo me decía que éste había
oído a la perfección mi declaración de intenciones porque, para mi tremenda
satisfacción, trastabilló con una de las patas de su mesa antes de lanzarme una
mirada que fui incapaz de interpretar.
¿Cuándo me
había vuelto alguien capaz de mentir, de fingir, con tantísima facilidad? Ni
idea, pero el caso era que había descubierto que la mentira podía ser el arma
más eficaz para alguien como yo, y estaba totalmente dispuesta a blandirla por
el bien común.
“O por mi propio, interesado y egoísta bien”.
- Vale, me alegra comprobar que mi
primo sigue teniendo algo de sentido común y aún es capaz de tachar como
completa locura que te… relaciones
con semejante cabeza hueca – murmuró por lo bajo Violet, quien también se había
percatado de que, por primera vez en semanas, Roman parecía no ser tan
indiferente a lo que sucedía en mi vida – lástima que no se aplique el cuento
porque podríamos estar ahorrándonos todo esto.
-
Sí, es una completa lástima –
conseguí decir antes de que el profesor Tudur hiciera su entrada triunfal y
comenzara a impartir la lección del día.
Literatura era
una de mis asignaturas favoritas – o de las pocas que conseguían que no me
entraran ganas de rajarme las venas con el borde de los folios donde había
anotado como buenamente podía los apuntes del día – y no, no tenía nada que ver
con que fuera una devoradora de libros desde que tenía uso de razón.
Haciendo a un
lado el hecho de que gracias a las lecturas obligatorias que los distintos
profesores habían decidido endosarnos durante todos estos años había logrado
toparme con algunos tesoros encuadernados en pasta dura que hoy por hoy podía
considerar mis libros favoritos, lo que más me gustaba de aquella clase era que
por una vez tenía algo que decir, tenía una opinión valiosa que compartir con
el resto de los chicos de mi edad y que, en lugar de quedarme encogida sobre mí
misma sin apartar la vista del cuaderno durante una hora rogándole al cielo que
el profesor de turno no reparara en mi presencia, era capaz de alzar orgullosa
mi mano y enfrascarme en un debate completamente improvisado sobre el sentido o
la intención que tenía el propio autor a la hora de verter sus pensamientos y
emociones en unas cuantas páginas en blanco.
- Me niego a entender “Romeo y Julieta” como una historia de
amor – le contradije al señor Tudur cuando este intentó vendernos que la obra
teatral de Shakespeare era una de las mejores odas al amor que jamás se habían
escrito – seamos realistas, Romeo era un total mujeriego. Era el típico chico
enamoradizo cuyo único fin en la vida era meterse entre las faldas de las
chicas que le rodeaban – uy, justo como
Cameron… ¡qué casualidad! – y Julieta solo fue una más entre su larga lista
de conquistas. Lo único que hizo especial esa relación, si es que se le puede
llamar así a lo que ese par tuvieron, es que tenían en contra a ambas familias
y eso le añadió un punto de riesgo y diversión al asunto. No nos podemos
olvidar que estamos hablando de unos adolescentes de clase alta que se pasaban
los días entre las paredes de sus opulentas casas viendo la vida pasar. En esa
circunstancia es normal que aprovecharan la mínima oportunidad que se le
presentaran frente a sus narices para salir corriendo y eso es justo lo que
hicieron – huir, huir sin mirar atrás - ¿qué
terminaron corriendo derechitos hacia la tumba? Pues sí, pero es que
Shakespeare los describió como jovencitos atractivos, idealistas y soñadores,
no como inteligentes.
- Tienes una visión algo cínica del
amor – dijo divertido el señor Tudur dejándose caer en el borde de su mesa – interesante,
pero cínica al fin y al cabo.
- Bueno, me gusta creer que es
realista en lugar de cínica – repliqué alzando el mentón orgullosa.
- Y el resto de la clase, ¿qué opináis?
– preguntó el profesor - ¿compartís la opinión de Prudence o todo lo contrario?
Era admirable
que el buen señor siguiera intentado que el resto de zopencos que tenía como
compañeros participaran de forma voluntaria en sus clases, más que nada porque
la mayoría jugueteaban bajo las mesas con sus teléfonos móviles y hacían oídos
sordos a nada de lo que el señor Tudur dijera, pero en esa ocasión vio
recompensada la pasión que le profesaba a su trabajo cuando Betty Michele se
dignó a usar su melodiosa voz para aportar su punto de vista.
- Solo alguien que no ha
experimentado el amor en primera mano tendría esa opinión tan penosa.
“Vale, ¿acaba de lanzarme una pulla ‘en boca de
todos’?”
- Por favor, ¿me estás diciendo
enserio que te identificas con Julieta? – espeté girándome hacia ella – porque
si es así creo que puedo sufrir un serio ataque de risa en estos momentos.
-
No pretendo que una chica
inexperta como tú pueda comprender lo que alguien está dispuesto a hacer por el
amor de su vida – contestó con indulgencia Betty como si acaso estuviera
intentando hacerle comprender a una niña de siete años que no puede comer
golosinas antes de la cena – pero es innegable que Julieta sentía un amor tan grande
y fuerte por Romeo que le llevo a preferir su propia muerte antes que seguir
adelante sin él.
- Eso se llama remordimientos,
Betty – bufé rodando los ojos – Julieta quería librarse de una boda que no
deseaba y, como la cría descerebrada que era, prefirió juguetear con pócimas y
venenos para fingir su propia muerte antes que comportarse como alguien
coherente y afrontar las dificultades de frente - ¿y yo que se supone que estoy haciendo? ¿evitar o afrontar? – por
supuesto, Romeo era igualmente otro descerebrado que se dejaba llevar por las
emociones y cuando vio a su nuevo juguetito sexual supuestamente muerta dijo “oh, ¡qué horror! ¡qué atrocidad! ¡no puedo
soportar esta pena ardiente que me abrasa!”, algo que seguramente jamás
había experimentado porque era un narcisista sin remedio que solo se preocupaba
por él y nada más que por él, y ¡pum! decidió acabar con su vida después
de repetirle hasta la saciedad a lo que él pensaba que era un cadáver que le
amaba con todo su corazón – ridículo,
ridículo, ridículo – Claro, la otra no encontró un momento más adecuado para
despertarse del estado catatónico que ella misma se había provocado que cuando
el otro desgraciado se estaba desangrando y entonces fue cuando la virginal
doncella comprendió que por culpa de su estupidez crónica había logrado que el
que se suponía que era el amor de su vida estirara la pata. Muy pocas personas
son capaces de vivir con el peso de la muerte de otro ser humano sobre sus
hombros y esa pánfila con cero carácter muchísimo menos así que, puñalada al
canto y supuestamente tenemos la mejor historia de amor de todo los tiempos.
- Das por hecho que los
sentimientos se pueden controlar – saltó Roman – juzgas el comportamiento de
esos amantes como juzgarías que alguien tirara el envoltorio de un caramelo al
suelo cuando a su lado hay una papelera, con la diferencia de que lo primero es
inevitable y lo segundo perfectamente eludible.
Vaya, que
bonita forma tenía Roman de decirme que su amor hacia Betty era total e
inequívocamente inevitable, que no podía hacer nada para frenar esa pasión
desmedida que debía sentir por en “en
boca de todos” aunque esa misma pasión hubiera sido la encargada de
alejarnos a Violet y a mí de él.
Dolía.
Dolía mucho.
Dolía
muchísimo.
Había entre
los dos demasiadas semanas de silencio, demasiadas horas en las cuales nos evitábamos
con descaro.
Había
demasiado rencor por su parte, demasiado terror por la mía.
Había
demasiadas sensaciones a flor de piel, demasiadas palabras sin decir,
demasiados pensamientos callados.
“Y él decide dirigirme la palabra por primera vez en
siglos delante de toda la clase. Bien, si quiere que juguemos a lanzarnos
pullas disimuladas frente a un público ansioso de carnaza no seré yo la que se
oponga”.
- No puedes controlar de quien te
enamoras – convine – pero sí como actuar al respecto. Tanto Romeo como Julieta
antepusieron sus deseos, su triste y penoso instalove,
a todo y todos cuanto los rodeaban – exactamente
como hiciste tú - no les importaban
sus familias, sus amigos o las consecuencias que para todos ellos traería su
absurda relación – no te importó, no te
importó, no te importó - ¿acaso todas las personas que se preocuparon y
estuvieron a sus lados durante años no se merecían ser tenidos en cuenta?
¿acaso es posible que una persona a la que acabas de conocer sea más importante
que alguien que lleva en tu vida desde siempre y que jamás te defraudó? ¿vas a
decirme enserio que merece la pena echar de tu lado a toda esa gente que ha
velado por tu bienestar desde siempre por una persona que a lo sumo te
calentará la cama durante un par de noches?
- Todo es tan simple para ti – bufó
Roman apretando furioso su mandíbula – todo tiene que ser blanco o negro, pero
te olvidas de que en medio hay un sinfín de matices de grises. Miras la
situación desde fuera porque eres incapaz de ponerte en el papel de Romeo.
-
¿Y por qué querría ponerme en el
papel de Romeo?
- ¡Porque quizá así conseguirías
entenderle de una maldita vez! – exclamó Roman - ¿quién te dijo que a Romeo no
le importaba su familia? – los ojos del que fuera mi amigo se desviaron
momentáneamente hacía Violet para rápidamente volver a clavarse en mí - ¿quién
te dijo que no le importaban sus amigos?
-
Sus actos.
-
Pues deberías de mirar más allá
de ellos pero claro, entonces estarías usando esa lógica de la que tantos
presumes pero de la que realmente careces.
En momentos
como ese eran en los que deseaba poder permitirme el lujo de saltar cual
pantera hambrienta sobre las mesas que nos separaban para propinarle un
guantazo al maldito Lemacks.
¡Cómo se
atrevía a insinuar que era yo la que estaba ciega! ¡cómo se atrevía a
responsabilizarme de que nuestra amistad se hubiera ido a la mierda! ¡cómo se
atrevía a castigarme con su silencio e indiferencia para luego ridiculizarme
mediante indirectas delante de todos!
Le había dado
todo de mí y el muy estúpido ni siquiera se había dado cuenta, tan ocupado
estaba de hacerse la victima de toda esta situación mientras se enrollaba con
aquella rubia polioperada, ¿y encima tenía que seguir soportando que me tirara
por tierra frente a esos capullos de risas bobaliconas?
“No, encima decides perder tu dignidad y tu orgullo jugando
a la parejita feliz con Cameron para intentar ¿qué? ¿que este tío que acaba de
ningunearte sin problema alguno caiga rendido a tus pies? ¡bien por ti!”, sonó
burlona una voz en mi cabeza.
- Bueno, bueno, bueno – dijo
finalmente el señor Tudur acompañando su voz con una estridente palmada – ha
sido un debate interesante pero es hora de que sigamos con la lección así que,
señores y señoras, abran sus manuales por la página sesenta y ocho.
Aquel día,
lejos de lo que era normal en mí, cuando sonó el timbre que indicaba el final
de la clase fui la primera en salir del aula sin mirar atrás como si de un
torbellino me tratara.
***
- Bueno, es innegable que ha sido
la clase de literatura más interesante a la que he tenido la enorme suerte de
asistir – dijo Violet llevándose a la boca una patata frita – de verdad que me
ha maravillado la forma en la que volaban los cuchillos entre mi primo y tú.
A ella la
maravillaba y a mí me repugnaba.
Genial.
Simplemente
genial.
Durante el
resto de la mañana estuve del suficiente malhumor como para que Violet se
abstuviera de hacer algún tipo de comentario acerca del espectáculo que Roman y
yo habíamos dado en la clase de literatura, malhumor que se había intensificado
notablemente gracias a Cameron y a las malditas notitas en forma de pequeñas
bolas de papel que se había dedicado a lanzarme en las distintas clases que
habíamos tenido por la mañana y que yo me había negado en redondo a siquiera
leer, pero si pensaba que podría evitar para siempre los comentarios socarrones
de mi amiga estaba totalmente equivocada.
- No te haces ni una idea de lo
bien que me habría venido tener en esos momentos un cuchillo de verdad –
repliqué dándole un sorbo a mi zumo de manzana – habría recreado en cuestión de
segundos “La matanza de Texas”.
- Bueno, ahora tienes uno a tu
disposición así que quizás tengas oportunidad de recrearla – añadió Violet
señalando con la cabeza hacia su derecha por donde, para mi total horror, se
acercaba Cameron.
“Señor, hoy no”.
Sin mediar
palabra alguna Mason soltó su bandeja en el asiento contiguo al mío y antes de
que pudiera ordenarle a mis manos que la agarraran y la lanzaran a la otra
punta del comedor – sí, estaba algo violenta ese día -, Cameron se sentó a mi
lado para, dedicándome la mejor de sus sonrisas, decir:
- ¿Te ofenderías en exceso si te
dijera que me has puesto un poco cachondo esta mañana en clase de literatura?
-
Sí.
- Vale, entonces me limitaré a
comer mientras disfruto de tu agradable compañía – contestó guiñándome uno de
sus verdosos ojos.
-
Un momento, ¿piensas comer aquí?
– preguntó escandalizada Violet - ¿con nosotras?
- No sé si Prue te lo ha dicho pero
estamos saliendo juntos – la mano de Cameron se cerró sobre la mía para
¡horror! llevársela a sus labios y propinarle un casto beso – así que a partir
de ahora vas a tener el enorme honor de contar con mi fabulosa presencia muy a
menudo.
-
Yo no lo llamaría honor
precisamente – gruñó mi amiga.
- ¿Y cómo lo llamarías entonces?
¿placer quizá? Estoy seguro de que tu diccionario de sinónimos es lo suficientemente extenso como para encontrar la palabra adecuada.
-
Tortura – contestó Violet
sonriendo con malicia – esa es exactamente la palabra.
Antes de que
Cameron pudiera replicar, dando por tanto el pistoletazo de salida para que mi
hora del almuerzo se transformara en una batalla campal en vez del remanso de
paz que ese día necesitaba, me apresuré a intervenir.
- Mason, estoy segura que incluso
alguien como tú es lo suficientemente perspicaz como para darse cuenta de que
estoy teniendo un día de mierda y que por tanto lo último que necesito es tener
que ser testigo de discusiones de niños pequeños así que, ¿por qué no me dices
que quieres y te vas con tus amiguitos al rincón más alejado del comedor y me
dejas en paz?
El gesto
burlón que solía estar tallado a cincel en el apuesto rostro de Cameron
desapareció de un plumazo y, por una vez en mi vida, de veras creí que quizá si
se alineaban los astros en el firmamento sería incluso posible mantener una
conversación seria con ese muchachito insufrible.
-
¿Sería posible que habláramos a
solas o tu perro guardián tiene que estar presente?
-
¿A quién llamas tú…?
-
Violet – interrumpí a la olla a
presión que en esos momentos era mi amiga - ¿podrías dejarnos unos minutos?
La mirada
dolida que me lanzó Violet se quedaría por siempre jamás clavada en mis
recuerdos pero, ¿qué se suponía que podía hacer? En cierto modo me había
comprometido con Cameron para sacar adelante el que había bautizado como “plan más absurdo de toda la historia de la
humanidad” y estaba claro que fuera lo que fuera que quisiera decirme tenía
que ver con eso – al fin y al cabo no podía decirse que nos uniera nada más
porque éramos como la noche y el día – así que poco más podía hacer aparte de
aceptar a regañadientes el tener que soportar su para nada deseada compañía durante el
poco tiempo libre que tenía.
“Además, no puedo negar que Cameron es mucho más
intuitivo y observador de lo que me pensaba y está claro que ha sabido apreciar
a la perfección la tensión que hay entre Roman y yo. Quién sabe que sería capaz
de decir frente a Violet con lo tremendamente bocazas que es. Lo que menos
necesito ahora mismo es que ella sepa lo que siento por su primo cuando,
pensándolo bien, ni siquiera yo misma lo sé”.
Pero sí que lo
sabía. Sí que sabía lo que sentía por Roman, ¡claro que lo sabía! pero era
mejor autoengañarme y denominar mi atracción hacia él como un simple
batiburrillo de sensaciones indescifrable antes que algo mucho más profundo, peligroso
y aterrador.
- Como quieras – respondió
finalmente Violet poniéndose en pie y sosteniendo entre sus crispadas manos su
comida a medio comer – estoy segura que seré capaz de encontrar un lugar donde
no sobre.
- Violet… - suspiré abatida viendo
como mi amiga se alejaba de mí dando grandes zancadas y sí, lo reconozco, si no
hubiera sido porque Cameron me agarró con firmeza la muñeca impidiendo que
pudiera moverme de mi asiento, habría salido corriendo tras ella y lo más seguro
es que me hubiera derrumbado por completo y le hubiera contado con pelos y
señales absolutamente todo lo que me pasaba por la mente y por mi cobarde
corazón.
- Créeme, lo superará – masculló
con la boca llena Cameron – no creo que sea considerado como un delito penal el
no almorzar un día con tu mejor amiga, ¿o sí?
¿Cómo se le
hacía comprender a un tío cuya lealtad era única y exclusivamente consigo mismo
que el detalle de la comida no era lo que tendríamos que superar mi amiga y yo
sino todo lo que me estaba callando, todo lo que le estaba ocultando a una de
las dos personas que siempre lo habían sabido todo de mí?
Había perdido
a Roman, era un hecho que hasta ese momento no había querido ver y asimilar,
pero mientras intentaba desesperadamente recuperarlo estaba arriesgándome a
perder a mi mejor amiga al contarle una insignificante milésima parte de todo
lo que realmente pasaba.
Conocía a
Violet prácticamente de toda la vida, conocía sus virtudes y sus defectos como
si de los míos propios se tratasen, y por eso era plenamente consciente de que
sería capaz de perdonármelo todo salvo la mentira. Al fin y al cabo, eso era lo
que había hecho que se distanciara como nunca antes de su primo. Por mucho que achacara
que Betty era la causante de que entre ambos primos existiera un silencio casi
palpable, la realidad era que el enfado y la decepción de mi amiga con Roman
radicaba en que le dolía tremendamente que éste no hubiera tenido la confianza
suficiente para hacerla conocedora de primera mano de todo lo que había
ocurrido entre él y “en boca de todos”
durante el cada vez más lejano verano y, seamos claros, si no le podía perdonar
a un miembro de su propia familia el delito de ocultación de información, ¿cómo
me lo iba a perdonar a mí?
- Espero que lo que tengas que
decirme sea realmente importante – espeté pasando por alto el comentario de
Cameron.
- Depende de lo que entiendas por
importante – contestó tirando de mi silla hacia él logrando con esto que
nuestras piernas chocaran irremediablemente – pero supongo que podría decirse
que sí.
- P… pues adelante – balbuceé intentando
arrastrar inútilmente mi asiento para poner algo de distancia entre Mason y yo.
- Me encanta lo nerviosa que te
pones cada vez que estamos demasiado cerca por mucho que intentes aparentar que
eres la clase de tía capaz de sobrellevar cualquier situación – masculló Cameron
contra mi oído mientras jugueteaba con un mechón de mi pelo.
- Déjate de gilipolleces y ve al
grano – logré decir obviando el escalofrío que me acababa de recorrer por la
espalda.
No me había
pasado desapercibida que prácticamente la mitad del comedor estaba en esos
momentos observándonos con los ojos como platos aunque claro, ¿podía acaso
culparlos? Yo misma sería una de esas que fliparían por todo lo alto si viera a
Cameron Mason en actitud acaramelada con otra chica que no fuera Betty Michele
y ¡tará! resultaba que, por cosas del
destino, para el resto de los mortales que nos rodeaban yo era esa otra chica
pese a que en realidad antes me dejaría conquistar por un coyote que por el
mujeriego de Cameron.
-
Esta mañana has sido un poco
obvia ¿sabes? – dijo Cam pasando su torneado brazo sobre mis hombros –
prácticamente media clase se ha dado cuenta que hay cierta tensión, desconozco
si sexual o no, entre Lemacks y tú – la nariz de Mason rozó mi cuello y por
poco estuve a punto de tirarme encima el plato de macarrones que aquel día
entraba en el menú – así que, aunque tenía pensado ir un poco más despacio en
nuestra preciosa historia de amor, me
temo que tendremos que ir algo más rápido de lo previsto para acallar cualquier
tipo de rumor – sus labios se posaron durante una milesia de segundo en esa
zona tras la oreja que sin lugar a dudas era mi punto débil, aunque se suponía
que él desconocía ese dato ¿no? – estoy seguro que, al igual que yo, no querrás
que la gente empiece a cuchichear sobre que Roman Lemacks y Prudence Doyle se
han tirado los trastos, de manera muy educada eso sí, en mitad de literatura
por un ataque de celos muy mal disimulado ¿verdad?
Casi me eché a
reír cuando comprendí que todo ese rollo de besitos y caricias públicas era el
modo que tenía nuestro querido capitán de demostrarle al populacho que yo era
otra más de las muchas chicas que suspiraban por sus huesos y que, por
supuesto, entre él o Roman elegía sin asomos de dudas babear por el primero y
no por el segundo.
En cierto modo,
si no estuviera provocándome unas horribles taquicardias – quería pensar que a
causa de la vergüenza que estaba consiguiendo hacer surgir en mi interior y no
por otra razón – en mitad del comedor, podría haberme planteado hasta el
aplaudir su rápida capacidad de reacción para evitar que lo que en un principio
había sido un inocente debate de literatura que había terminado por ser unas
cuantas acusaciones mal disimuladas entre Roman y yo, pasara a transformarse en
una historia más rocambolesca en la que me otorgarían el papel de chica
despechada que vive a la sombra de Betty Michele y que tiraría al traste el
acuerdo que habíamos logrado alcanzar Cameron y yo antes siquiera de que hubiéramos
tenido la oportunidad de ponerlo en marcha.
- Creo que anoche mismo te dije que
no toleraría ningún tipo de manoseos o besuqueos – murmuré mientras me forzaba
por sonreír para que los cotillas que aún nos observaban tuvieran más material
que comentar.
-
Y yo creía que después de nuestro
beso y de los buenos resultados que te consiguió – contestó Cameron haciendo
referencia a la reacción que tuvo Roman al vernos – te habrías dado cuenta que
en ocasiones es necesario hacer según que sacrificios. Créeme, no eres la clase
de tía que elegiría para darme el lote pero en fin, todo sea por una buena
causa.
- Te puedo asegurar que tú tampoco
eres la clase de tío que elegiría para meter en mi cama – espeté apartándole
dulcemente su rubio cabello de la frente.
- ¿Para meter en tu cama? – una
media sonrisa pícara asomó en la cara de Cameron – uuuuh, ¿ya juegas a cosas de mayores, Doyle?
Estaba a punto
de contestarle que antes me prestaría voluntariamente a que me lapidaran que
contarle si mi vida sexual había iniciado su andadura o no cuando Cameron dijo:
-
No te gires pero tu amiguito y mi
ex acaban de entrar.
Podría haberse
ahorrado totalmente su aviso porque mi cuerpo era plenamente consciente de cuando
Roman rondaba cerca de mí. Pareciera que una descarga eléctrica me sacudiera de
arriba abajo cada vez que él y yo respirábamos el mismo aire y, aunque mis ojos
aún no había podido contemplarle porque estaba de espaldas a la enorme puerta de acero
inoxidable por la que en ese momento la famosa pareja hacia su entrada, el claro
vello erizado de mis brazos delató su próxima presencia.
-
¿Y por qué diablos no puedo
girarme?
- Porque voy a besarte – contestó como
si tal cosa Cameron – y esta vez no estaría de más que me devolvieras el beso.
-
¿Qué? ¿estás de coña? ¡te dije
que nada de besos!
- Me debes al menos uno – replicó encogiéndose
levemente de hombros – estoy seguro que anoche gracias a mí conseguiste darle
un disgusto a Lemacks, ¿no es justo que me devuelvas el favor? Beso por beso y
todo eso.
-
Ni de coña – mascullé sin apenas mover los
labios.
-
Anda Doyle, demuéstrame que con los años has
mejorado.
“¿Será posible que también recuerde el penoso
beso que nos dimos a los trece años? ¿pero no se supone que los tíos no le dan
importancia a esas cosas?”
-
Solo uno – terminé por aceptar a regañadientes
– y más te vale mantener la lengua quietecita, ¿entendido?
-
Es una pena porque hago maravillas con ella.
Estaba totalmente
convencida de que jamás me acostumbraría al exceso de chulería que Cameron
Mason tenía al igual que estaba plenamente convencida de que en algún momento
de mi vida me arrepentiría de haber hecho lo que estaba a punto de hacer – seguramente
al segundo de haber pegado mi boca a la de ese troglodita del siglo veintiuno –
pero en fin, carpe diem y toda esas gilipolleces que la gente suele decir.
- ¿Están mirando? – le pregunté mientras me
restregaba mis manos ultra sudadas por los vaqueros – avísame cuando miren
porque comprenderás que si hago esto es para desencadenar una reacción en
cadena.
- Betty acaba de sentarse en la mesa de tu
izquierda mirando hacia nosotros – contestó sin apartar sus ojos de mí – y Lemacks
se acerca por tu derecha con una bandeja que, si haces bien tu misión, debería
estar en el suelo dentro de un minuto.
-
Entonces…
- Entonces bésame de una vez, Doyle – me apremió
sin dejar de sonreír Cam – prometo no morder, te doy mi palabra.
“Señor, si de veras existes y estás por allá
arriba perdona esta grandísima ofensa”.
Uno,
dos, tres.
Mis temblorosas
manos atrajeron el rostro de Cameron hacia el mío.
Cuatro,
cinco, seis.
Mis labios
se posaron dubitativamente sobre los suyos.
Siete,
ocho, nueve.
Cameron
me asió firmemente de la nuca y mi boca traidora se entreabrió a la espera de
ser invadida.
Diez,
once, doce.
Casi podía
notar la sonrisa de suficiencia de Cam contra mis labios cuando se dio cuenta de
mi pequeña debilidad producida, sin asomo de dudas, por un exceso de hormonas
revoltosas.
Trece,
catorce, quince.
Una bandeja
se estrelló contra el suelo a mi lado y esta vez fui yo la que sonrió contra la
boca de Mason.
Dieciséis,
diecisiete, dieciocho.
Los perfectos
dientes de Cameron mordisquearon juguetonamente mi labio inferior antes de apartarse
de mí.
-
Lemacks, deberías mirar mejor por dónde andas.
Roman,
el chico que nunca perdía los estribos. Roman, el chico que en cualquier
situación conseguía mantener la calma. Roman, el chico que siempre tenía una
respuesta ingeniosa con la que callar a cualquiera.
Roman,
el chico cuyos oscuros ojos se habían vuelto del color del ónice. Roman, el
chico que apretaba sus puños con tanta fuerza que había logrado hacer que sus
nudillos destacaran por su palidez contra su piel ligeramente bronceada. Roman,
el chico que entreabrió su boca como si acaso fuera a decirme algo, como si
acaso fuera a hacerme algún reclamo, y que en el último momento decidió
propinarle una fuerte patada a la bandeja que descansaba sobre las baldosas
descoloridas de la cafetería antes de alejarse de nuestro lado.
-
Jamás pensé que esto fuera a ser tan
divertido – espetó Cameron dándole un trago a su lata de Coca Cola – ha faltado
realmente poco para que a tu amigo le estallara la vena del cuello, ¿y Betty? Betty
está que echa chispas.
Efectivamente,
un simple vistazo a la mesa donde Betty y Roman ¿discutían? ¡discutían! me bastó
para comprobar que realmente Mason tenía razón cuando me vino con el cuento de
que nuestra falsa pareja era lo único que podía desestabilizar la que formaban “en boca de todos” y Roman.
- En fin, buen trabajo Doyle – añadió Cam de
nuevo con la boca llena – unos cuantos arrumacos más delante de esos dos y su
historia de amor se irá a pique.
- ¿Tú crees? – le pregunté sin apartar mis ojos
de Roman, el cual no tardó en dejar con la palabra en la boca a Betty al
largarse dando amplias zancadas de la cafetería.
- Totalmente. Sabía perfectamente que cuando
Betty me viera con otra tía se volvería loca pero no tenía todas conmigo en lo
que respectaba a Lemacks – reconoció encogiéndose de hombros – a ver, sabía que
le jodería pero no sabía que tanto. Ese tío está loco por ti y el muy capullo
ni lo sabe pero tranquila, cuando se le
pase el cuelgue que tiene con Betty se dará cuenta y podréis comer perdices y
ser felices.
- No es tan fácil – murmuré mientras veía
marchar a Roman, quien al parecer había pagado su mal humor con la puerta de la
cafetería al darle un golpe tan brusco que consiguió hacer que se estrellara
contra la pared con tal fuerza que el ruido resonó por encima del griterío del
lugar – es más, es todo lo contrario a fácil. Es complicado, enrevesado,
imposible,…
“Cierra el pico de una santa vez porque no querrás
mostrar tus debilidades y temores, no querrás mostrarte vulnerable frente a
Mason. Por favor, lo que nos faltaba”.
- ¿Quieres que te regale los oídos y te diga lo
maravillosa que eres y lo imbécil que sería Lemacks si perdiera la oportunidad
de estar contigo? – me preguntó burlonamente Cameron.
- No, quiero que cierres el pico y me dejes
comer de una vez – como si acaso fuera
capaz de dar un simple bocado – y ya que estamos también quiero que te
largues. Ya te he soportado mucho por hoy.
No me
pasó desapercibida la sonrisa de Mason, una sonrisa que distaba mucho de las
que me solía dedicar – bueno, a mí y a cualquier ser humano que se topara con
él – porque probablemente fuera la primera sonrisa cien por cien auténtica que
me dedicaba, y sí ¡lo reconozco! no pude evitar sonreírle de vuelta a aquel
desesperante ser humano.
- Tus deseos son órdenes para mí – dijo finalmente
poniéndose en pie – y por cierto, enhorabuena.
-
¿Por qué?
-
Porque tus besos han mejorado mucho desde los
trece años, Doyle – contestó guiñándome un ojo antes de marcharse y dejarme
completamente sola en la enorme mesa del comedor.
Mis dedos,
esos que habían temblado a la hora de tocar la cara de Cameron, acariciaron los
labios en los que aún se mantenía impoluta la sonrisa que el maldito Mason
había provocado.
“Ese tío está loco por ti”.
Las palabras
de Cam resonaron por mi mente una y otra vez mientras me terminaba el almuerzo.
Para
cuando di el último bocado a mi plato de pasta ya había llegado a la conclusión
de que desconocía si Roman estaba o no loco por mí pero que, sin duda alguna,
yo acabaría completamente loca si mi falsa relación con Cameron duraba
demasiado tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario