Dedos
cálidos y gráciles acarician mi rostro, siguiendo una especia de
recorrido mecánico. Frente, mejilla, labios, nariz. El mismo
recorrido una y otra vez. Río divertida mientras me acurruco contra
su cuerpo. Cuando noto que sus dedos se acercan nuevamente a mis
labios entreabro estos e intento propinar un leve mordisco a ese dedo
índice que hace que me estremezca de arriba a abajo. Recibo como
castigo un tierno toque en la nariz que me hace reír nuevamente. Sin
previo aviso lo tengo sobre mí, mirándome fijamente con esos ojos
oscuros que ahora tienen un brillo especial, un toque divertido y
juguetón. Se acerca lentamente y posa sus labios sobre mi frente. Mi
corazón se acelera y alzo una mano temblorosa que se enreda en su
cabello. “Te quiero” susurro. Obtengo una sonrisa como
respuesta pero esa sonrisa en vez de tranquilizarme me inquieta.
Antes de que pueda darme cuenta se aparta de mi y se levanta de la
cama. “¿Dónde vas?” pregunto
con horror pero no recibo respuesta alguna, solo le veo a él, con su
semblante sereno, alejarse mas y mas de mi...
Despierto
aturdida en mi habitación, empapada en mi propio sudor. “¿Es
que ni siquiera en tus sueños puedes salirte con la tuya?” me
preguntó mi subconsciente divertida. Malhumorada frunzo el ceño y
me levanto muy a mi pesar de la cama.
- ¿Qué haces tan temprano despierta? - inquirió mi madre una vez que entré en la cocina.
- Podría preguntarte lo mismo – repliqué mientras alcanzaba un tazón y vertía en el los cereales.
- Tengo que cubrir a una compañera en el trabajo – podía notar a la perfección los ojos de mi madre clavados en mi nuca - ¿ahora me vas a decir por qué te has despertado de tan mal humor?
- Tuve una pesadilla, eso es todo – contesté con la boca llena de cereales.
- ¿Una pesadilla? - la curiosidad de mi madre iba en aumento - ¿qué clase de pesadilla?
- Oh, ya sabes... la típica pesadilla... - inventate algo rápido – me caía al vacío. Suena a tontería pero consiguió que me despertara sofocada.
- Bueno, no te preocupes, solo fue un mal sueño – contestó mi madre con un tono de voz que claramente quería decir “haré como te creo pero sé que me ocultas algo” - y hablando de todo un poco ¿cómo siguen las cosas con Roman?
¡Oh,
santo dios! ¿a que viene todo esto ahora?
- Directamente no siguen – contesté intentando sonar indiferente – él sigue su camino y yo el mío.
- Es una lástima que una mistad de tantos años se rompa de esa manera – dejó caer mi madre llevándose la tostada a la boca - ¿no podríais hablar e intentar solucionar vuestras diferencias?
- Ya hablamos todo lo que teníamos que hablar mamá – bufé desesperada – sinceramente, no me apetece hablar sobre este tema en estos momentos y además creo recordar que fuistes tú la que me aconsejastes que me alejara de él - ¿a qué está jugando esta santa señora ahora?
- Te aconsejé que te alejaras para que olvidaras tus sentimientos hacia él no para que rompieras una amistad – aclaró mi madre – Prue ese chico habrá podido cometer errores, como todos, pero no puedes negar que siempre estuvo a tu lado en los malos momentos ¿vas a echar acaso todo eso a la basura?
- ¿Quién te dice que fui yo la que echó todo al traste? Por favor te pido que no des por hecho cosas que desconoces – aparté de un manotazo el tazón y me levanté, como si de un torbellino me tratase, del taburete – voy a arreglarme, quedé en acompañar a Cameron a comprar un árbol de navidad.
- ¿Un árbol de navidad a estas alturas?
- Si mamá, un maldito árbol de navidad – contesté desesperada - ¿también te parece mal ahora eso?
- Mal no, solo extraño – espetó – dentro de dos días es Navidad y esa familia aun no ha decorado la casa, como verás no es muy normal aquello pero no seré yo la que les juzgue.
- Quizás sea por el hecho de que no hay una mano femenina que organice todo eso – aventuré mientras salía de la cocina y comenzaba a subir de nuevo las escaleras - ¡que tengas un buen día en el trabajo!
No
tardé en escuchar la puerta de la entrada cerrarse, los pasos
presurosos de mi madre por la gravilla y el viejo coche arrancar.
Por
primera vez en la vida agradecía sincera y completamente estar sola.
Aquel sueño/pesadilla me había dejado en un estado imposible de
definir. Por una parte estaba triste o, mejor dicho, furiosa,
frustrada porque sabía que aquello nunca se haría realidad pero por
otra parte estaba agradecida. Le agradecía a mi odioso subconsciente
que me hubiera regalado una visión de lo que podría haber sido mi
vida si los astros se hubiesen alineado de otra manera o si Dios, Ala
o lo que fuera que existiera, en toda su misericordia, hubiese
decidido regalarme el don de la buena fortuna.
Sabía
que no debía darle mayor importancia de lo que tenía a todo aquello
pues, al fin y al cabo, había decidido ponerle punto y final al tema
Roman pero no podía evitar sentir cierta añoranza de ese júbilo
que había experimentado mientras dormía.
Sacudí
la cabeza ofuscada conmigo misma ¿qué diablos me pasaba? ¿acaso me
había hecho adicta al masoquismo? ¿cómo podía estar
desperdiciando otro día de mis vacaciones pensando cosas absurdas?
¡Oh,
cariño! Sabes tan bien como yo que al cabo de un tiempo te habrías
aburrido de una relación así. Aburrido o muerto a causa de un coma
diabético porque no creo que una persona pudiera soportar tanto
edulcorante en su día a día. Si me apuras creo que podrías llegar
a vomitar arco iris de purpurina. Y... ¿de veras crees que Roman es
el tipo de chico que te trataría como a una princesita indefensa?
No, sabes tan bien como yo que Roman no es de esos, ese papel
protector lo asumiría Cameron. Si, ya me lo imagino embutido en una
reluciente armadura nacarada, a juego con su ondulado y platino
cabello, debajo de tu ventana recitándote poemas de amor. Tan
tierno, tan amoroso... como un pequeño y mullido osito de peluche,
de esos que antes vendían en las jugueterías que tenían olor a
fresa o vainilla y que daban hasta nauseas.
Una
risa tímida, nerviosa escapó de mis labios ante la visión de un
Cameron caballero errante, una risa que pasó a convertirse en
carcajada y que hizo sacudirme de la cabeza a los pies. Agotada me
tumbé en la cama. Hacia tanto tiempo que no me reía de aquella
manera que aun tenía la respiración agitada y un leve pinchazo se
había adueñado de mi costado. Presioné mis manos sobre mis ojos e
intenté serenarme pero fue inútil. Todos mis nervios y
frustraciones salían de mi en forma de sonoras risotadas.
Repentinamente sentí una gran gratitud hacia aquel subconsciente mío
que en ocasiones me sacaba de quicio. Agradecía su delirante y
equivocada ocurrencia. Agradecía que intentara disfrazar de patética
aquella relación que me moría por tener.
El
teléfono vibró en la mesilla de noche y haciendo acopio de toda mis
fuerzas intenté controlar los restos de risas que aun quedaban en
mi, pero fracasé estrepitosamente.
- Al habla Prudence Doyle, futura loca profesional – atiné a decir.
- Me alegra oír que estas de mejor humor esta mañana futura loca profesional – contestó al otro lado del auricular Cameron. No me hacía falta verle para saber que una esplendida sonrisa estaba dibujada en su cara – me dejastes un poco preocupado anoche, la verdad.
- Siento haberte preocupado, ayer solo fue un día raro – dije recomponiendo la compostura.
- Tus cambios de humor si que son raros – espetó burlonamente.
- Oh, vaya... no sabía que estaba hablando con el señor normalidad absoluta – le recriminé frunciendo levemente el ceño.
- El señor normalidad absoluta pasará a recogerte por tu casa dentro de veinte minutos - ¿veinte minutos? ¿cómo voy a estar lista en veinte minutos? - hasta ahora FLP.
Como
si de un reloj suizo se tratase pasado veinte minutos los nudillos
de Cameron aporreaban la puerta de mi casa. Abrí esta de par en par
y ahí estaba él con su deslumbrante sonrisa y sus resplandecientes
ojos verdes. Sin poderlo evitar una sonrisa apareció en mi rostro,
sonrisa que se ensanchó notablemente cuando Cameron besó fugazmente
mi mejilla.
- Extrañaba eso – dijo a modo de saludo.
- ¿El qué? - pregunté extrañada cerrando la puerta tras de mí.
- Que la sonrisa te llegara también a los ojos – contestó Cameron encogiéndose de hombros. Su propio comentario debió de azorarle pues rápidamente cambió de tema - ¿preparada para ayudarme a elegir el abeto mas bonito que quede disponible?
- Por supuesto.
Emprendimos
la marcha hacía el pequeño solar situado a las afueras del pueblo
donde la familia Johnson cada Navidad vendían aquellos enormes y
preciosos abetos que pasarían a ser la decoración principal durante
las fiestas en cada hogar de Saint Philippe-Loosle.
El
cielo estaba totalmente despejado aquella mañana por lo que no había
amenaza de que una incipiente nevada se cruzase en nuestro camino y
el silencio que nos rodeaba era incluso abrumador. Solo se escuchaba
nuestras pisadas sobre los montones de nieve que ocupaban la helada
calzada y, si prestabas un poco de atención, el piar de algún
pajarillo extraviado.
- ¿Cómo es que a la fecha a la que estamos aun no tenéis puesto el árbol? - pregunté intentando iniciar una conversación trivial.
- Desde que mi madre murió no hemos celebrado la Navidad en casa – contestó resueltamente Cameron – se supone que es una fecha para que la familia esté reunida y en nuestro caso eso no se podrá cumplir nunca mas así que pensábamos que no tenía sentido hacer un papelón.
- ¿Puedo preguntar que ha cambiado para que ahora decidáis celebrarla?
- ¿No lo has hecho ya? - dijo burlonamente Cameron. Noté como el rubor se agolpaba en mis mejillas y seguramente él también se dio cuenta pero prefirió hacer como si nada hubiese ocurrido – lo hacemos por Lucy. Cuando mi madre falleció ella tenía apenas dos años, no guarda recuerdo alguno de nuestra madre y todos estos años le hemos estado negando vivencias que todos los niños de su edad ya han experimentado. No es justo que le quitemos a una cría la ilusión por la Navidad, la ilusión de levantarse de madrugada y correr a los pies del árbol para abrir los regalos. Tanto mi padre como yo nos encerramos demasiado en nosotros mismos, en nuestro dolor y nos olvidamos de ella. Mi padre se refugió en su trabajo, hizo de este el pilar de su vida y yo me volví un completo egoísta al que le molestaba la mera presencia de su propia hermana. ¿Sabes? Ella es un calco idéntico de mi madre, tiene sus mismos ojos, su mismo pelo... incluso se le achinan los ojos como a ella cuando se ríe y el simple hecho de mirarle a la cara hacía que creciera en mí una rabia que a duras penas lograba controlar – sacudió la cabeza con pesar antes de decir – pero la otra noche, antes de irse, la señora Whitesand entró a mi habitación y me comentó que Lucy llevaba un tiempo bastante deprimida. Al parecer últimamente se encierra en su dormitorio y llora hasta quedarse dormida y sospecho que tengo algo que ver en eso. Seguramente piense que nadie en casa la quiere, puede que incluso crea que la odiamos y quiero demostrarle que eso no es así. Quiero que comience a tener la niñez que se merece y creo que el primer paso es celebrar la Navidad como Dios manda así que hablé del tema con mi padre y aquí estamos, de camino a comprar un abeto.
- Creo que Lucy no podría tener un hermano mayor mejor – mascullé. Ante la negativa de él me detuve en mitad de la calzada y, sosteniéndole del brazo, le dije – hablo enserio Cameron. Creo que estás siendo muy valiente. Estás superando la muerte de tu madre con la única motivación de hacer feliz a tu hermana y eso dice mucho acerca de ti.
- Prue suena muy bien cuando todo eso sale de tu boca pero no es la realidad, al menos no la mía – se deshizo con gracia de mi agarre y se puso de nuevo en camino por lo que tuve que correr tras él hasta darle alcance – y bien, ¿qué tal te va con tu padre?
- Sé lo que está haciendo señor Mason y no surtirá efecto – espeté evitando su pregunta.
- ¿Y qué se supone que estoy haciendo señorita Doyle? - me preguntó este a la par mirándome burlonamente de reojo.
- Estas cambiado descaradamente de tema.
- No es cierto, solo hice una pregunta inocente – ante mi sonoro bufido soltó una carcajada.
Esta
vez fui yo la que aceleró el paso sin mirar atrás y no tardé en
notar unos brazos rodeando mi cintura que me impedían avanzar.
- Debo decir que estás realmente adorable cuando refunfuñas – susurró Cameron a mi oído. Forcejeé inútilmente para liberarme pero lo único que conseguí fue que Cameron me estrechara con mas fuerza – si prometes comportarte como toda una señorita te suelto ¿de acuerdo? - asentí a regañadientes y al segundo sus brazos se habían apartado de mí – eso está mejor.
- ¡Eres jodidamente insufrible! - grité antes de comenzar a correr entre la nieve.
El
corazón luchaba por salirse por mi boca y mis pulmones me pedían a
gritos más oxígeno cuando llegué al solar del señor Johnson pero
al menos había logrado dejar atrás al “gran deportista de
élite”.
- Me temo que se está haciendo mayor señor Mason – me burlé de Cameron una vez que este me hubo dado alcance – eso o estás perdiendo facultades.
- ¿Ahora se le llama perder facultades a actuar con caballerosidad dándole ventaja a una frágil dama? - replicó.
- Primero, no era una carrera era una huida en toda regla – corregí aun con las manos apoyadas en mis rodillas – y segundo, ¿tanto te hiere el ego de capitán del equipo de fútbol del instituto que una para nada en forma chica tenga mas resistencia física que tú?
- Ni tú misma te crees lo que acabas de decir – contestó lanzándome una mirada de falsa suficiencia – señorita “tengo mucha resistencia”, cuando recupere la compostura quizás podríamos elegir un abeto ¿no cree?
Apenas
había entre abierto mi boca para replicar cuando apareció el señor
Johnson. Era un menudo hombre regordete con pobladas cejas e
incipiente calva que, en ese momento cubría con un grueso gorro de
lana. Cada año, por aquellas fechas, dejaba de lado su trabajo
habitual como carpintero y se dedicaba en cuerpo y alma a la venta de
aquellos grandiosos árboles pues, como él bien decía, ganaba mas en
un mes vendiendo abetos que en cinco meses arreglando las puertas y
ventanas del vecindario. Además no sería la primera vez que
admitiera preferir tener a sus fornidos y gigantescos hijos Ted y Tod
cargando y transportando pesados árboles que con un martillo en las
manos. Si, como bien revelaban sus estúpidos nombres, Ted y Tod
Johnson no se caracterizaban precisamente por tener una mente
brillante. En múltiples ocasiones me preguntaba como era posible que
ambos muchachos fueran capaces de andar y respirar a la vez, así que
no me extrañaba en gran medida que su propio padre dudase de sus
capacidades en el manejo y trabajo de la madera.
- ¡Joven Mason! ¡qué bueno verte por aquí! - exclamó el señor Johnson palmeando de manera entusiasta la espalda de Cameron - ¿acaso vienes en busca de una de las maravillas de tío Rob? – preguntó de manera exaltada. Casi podría jurar haber visto como el símbolo del dólar se dibujaban en sus ojos.
- Si señor – afirmó Cameron – estoy interesado en comprar el abeto mas majestuoso del que usted disponga y no importa el precio. Hace años que no celebramos la Navidad como se merece y el primer paso para cambiar eso es decorar un poco la casa ¿no cree?
- Bueno, bueno, bueno... ¡un cliente de verdad! ¡de los que a mi me gustan! - contestó el señor Johnson casi al borde del colapso – la verdad es que a estas alturas no gozamos de una gran variedad pero estoy seguro de que podremos encontrar algo que cubra tus exigencias jovencito.
- No, mis exigencias no señor, las de ella – corrigió Cameron pasando su brazo sobre mi para hacerme dar un paso al frente – y le advierto que aquí donde la ve es un hueso duro de roer.
- No para mí, no para mí... - rió el señor Johnson – por favor, síganme.
Deambulamos
por lo que me parecieron siglos a través de los árboles. Había
perdido ya la cuenta de la cantidad de abetos que había visto ¿veinte? ¿treinta? ¿cincuenta? ¿un millón? No lo sé, lo único
que sabía era que si escuchaba una sola descripción mas de un
maldito árbol iba a cometer un “arbolcidio”. ¿A
quién pretendía engañar? Eran todos exactamente iguales, al menos
para una persona que no estuviera completamente chiflada.
Lancé
una mirada desesperada a Cameron y este tuvo que hacer acopio de
todas sus fuerzas para no soltar una sonora carcajada.
Querida,
parece que el rubiales no está dispuesto a pararle los pies al
soporífero señor Johnson.
- Si, sin duda este es un ejemplar magnífico, de los mejores que quedan por aquí – concluyó el señor Johnson mirando extasiado al maldito árbol.
¿Qué
se supone que le pasa a este tipo con los árboles? ¿acaso mantiene
un romance con ellos? - la
imagen del señor Johnson frotándose contra una de sus amados abetos
apareció por mi mente y un escalofrío recorrió toda mi espina
dorsal – Seguramente ni siquiera Gea sentía tanta pasión
por la naturaleza. Seguro que le sale un tallo del culo cada vez que
hace de vientre. Lo mismo en vez de vello corporal tiene hierba u
hojas.
- Y es justo el que queremos – exclamé con voz demasiado aguda.
- ¿Estás segura Prue? - me preguntó Cameron mirando al suelo en un intento de disimular una risita.
- Si, estoy segura.
- ¿No prefieres dar una segunda vuelta? - volvió a preguntarme.
- ¡No! - maldito bastardo toca pelotas – es este, estoy segura – sentencié poniendo la sonrisa mas angelical de mi repertorio.
- Ya la ha oído señor Johnson, me quedo con este – dijo finalmente Cameron.
- Maravilloso, ¡maravilloso! - vociferó el señor Johnson – haré que Ted y Tod te lo lleven a casa ¿o acaso trajistes camioneta muchacho?
- No señor – negó Cameron – me temo que sus hijos tendrán que acercármelo a casa.
- No hay problema, no señor. Es un regalo del cielo perderlos de vista un maldito rato – gruñó el señor Johnson - ¡Ted! ¡Tod! ¡venid acá muchachos!
Pasados
unos minutos surgió de entre los árboles un fornido muchachote de
ojos grises, cabello color paja e incipiente barba que portaba una
carretilla colorada tras él.
- ¡Alabados sean los dioses! Pensé que moriría aquí esperando a que alguno apareciera Ted – dijo el señor Johnson lanzándole una mirada de desdén a su hijo.
- Soy Tod padre – murmuró el joven.
- ¡Qué mas da! Ted o Tod o como demonios te llames amarra ese abeto y súbelo a la camioneta – ordenó el señor Johnson - ¡vamos maldita sea! ¿y dónde está tu jodido hermano? - ante el encogimiento de hombros de su hijo el señor Johnson bufó – por los clavos de Cristo debí hacer algo jodidamente malo en el pasado para haber recibido tal castigo ¡apresurate bobalicón! - apremió a Tod. Este nos lanzó una mirada lastimera y sin decir ni una sola palabra comenzó a preparar el abeto para su traslado.
Una
vez se hubo marchado el señor Johnson se giró hacia nosotros
portando una amplia sonrisa pero esta vez no me molesté en
devolvérsela.
Maldito
viejo usurero. ¿Cómo puede tratar públicamente de tal forma a su
hijo? ¿cómo puede ridiculizarlo, infravalorarlo de esa manera? ¿no
es acaso consciente de que con esa actitud lo único que consigue es
refrenar las iniciativas que sus hijos puedan llegar a tener?
- Algunas personas deberían tener prohibido ser padres ¿no crees? - le comenté a Cameron cuando íbamos de camino a su casa.
- ¿Lo dices por el señor Johnson? - me preguntó.
- Si, no puedo llegar a entender que se le pasa por la cabeza a ese vejestorio para tratar así a sus hijos – farfullé - ¿sabes? Antes pensaba que Ted y Tod eran unos completos descerebrados pero ahora no creo que eso sea realmente así.
- Vamos Prue, estamos de acuerdo en que el señor Johnson reúne todas las cualidades necesarias para ser un cabrón psicótico pero es innegable que sus hijos son totalmente estúpidos.
- Quizás no serían unos estúpidos si hubiesen tenido un padre capaz de motivarlos – les defendí – los hijos solemos tener a nuestros padres como modelo a seguir y deseamos fervientemente no ser una decepción para ellos así que no me quiero ni imaginar como se deben de sentir esos chicos al saber que son la vergüenza de su progenitor.
- Algún día esos chicos saldrán de aquí Prue y se alejaran del yunque al que les somete su padre, así que no le des mas vueltas al asunto – dijo Cameron poniendo fin a la conversación.
No
tardé en vislumbrar el hogar de Cameron en la lejanía. Era una
maravillosa casa victoriana situada en las cercanías del centro de
Saint Philippe-Loosle que se encontraba rodeada de un, ahora nevado,
jardín que a su vez estaba vallado con una delicada cerca de madera
de pino. Enormes ventanales cubrían la fachada y un pequeño camino
empedrado comunicaba el porche con la calzada.
No
era de extrañar que los vecinos del pueblo considerasen el hogar de
la familia Mason como el mas lujoso de la localidad y es que es
cierto que tal majestuosa vivienda poco tenía que ver con las
sencillas “cabañas”
en las que vivíamos los demás pero claro, no se podría esperar
menos del gran doctor Kendall Mason. Trabajo de ensueño, casa de
ensueño, ¿vida de ensueño?
- No es de extrañar que tengas tanto éxito con las chicas viviendo donde vives – comenté burlónamente sin apartar la vista de la suntuosa casa.
- Vaya, yo que pensaba que era debido a mis músculos y resulta que no, que es debido a unas cuantas paredes – replicó irónicamente Cameron mirándome de reojo.
- Engreído.
- Interesada – contestó.
Touché.
Unas
rápidas pisadas resonaron en la nieve, pisadas que iban acompañadas
por una risa cascabelera.
- Oh, Cameron ¡gracias! ¡gracias! ¡gracias! - gritó una pequeña niña saltando ansiosa a los brazos de Cameron - ¿es cierto lo que me dijo aquel tipo grandullón? ¿de verdad es nuestro ese árbol de Navidad?
- Me temo que así es enana – afirmó Cameron estrechando con fuerza a la chiquilla.
- Pero... ¡pero eso es maravilloso! - gritó excitada la pequeña enterrando su rostro en el pecho de Cameron - ¡soy tan, tan, tan feliz! El árbol es enorme, es el mas grande del mundo y tan bonito... seguro que no hay ningún otro mejor.
- Me alegra que te guste pero no solo debes agradecérmelo a mí sino también a Prue – dijo Cameron señalándome ligeramente con la cabeza – ella fue la que realmente lo eligió.
Inmediatamente
la pequeña de rizos rojizos levantó su cabeza y posó sus ojos por
primera vez en mí frunciendo levemente el ceño. Acto seguido esbozó
una forzosa y fingida sonrisa y murmuró un escueto “gracias”.
- Ha sido un placer – contesté sonriendo tímidamente – tú debes ser Lucy ¿verdad?
Ella asintió pausadamente sin
apartar sus verdosos ojos de mí para luego decir:
- Y tú eres la famosa Prue de la que tanto habla mi hermano.
- Vaya, ¿tu hermano habla de mí? - pregunté sorprendida enarcando una ceja. Podía ver cuan abrumado estaba Cameron pero eso en cierto modo me divertía.
- Oh, todo el tiempo – afirmó. Lentamente ladeó la cabeza mirándome con curiosidad y acto seguido añadió – la verdad es que te imaginaba de otra forma.
- ¿De otra forma?
- Si. Te imaginaba mas exuberante, no tan corriente – aclaró encogiéndose de hombros.
Una jarra de agua fría para mí
por favor.
- Parece que mi adorada hermanita perdió los modales – dijo Cameron mientras posaba a su hermana en el suelo y la miraba con reprobación, reprobación que desapareció cuando el pequeño monstruito le lanzó una mirada angelical – anda, entra en casa ¿de acuerdo? Enseguida iremos nosotros.
Sin emitir réplica alguna la
pequeña Lucy entró en casa dejándonos de nuevo a solas a Cameron y
a mí.
- Siento el comentario de mi hermana – se disculpó azorado Cameron – creo que se siente amenazada, intimidada por ti y no ha encontrado forma mejor de marcar su territorio que esa. Supongo que no se le puede pedir mas a una cría de ocho años.
- No te preocupes – dije negando la cabeza – son cosas de niños – de niñitas diabólicas – y además, ser corriente no es tan malo ¿no?
- Prue, no eres corriente – me corrigió Cameron mirándome intensamente a los ojos – al menos no para mí.
- Se está poniendo sensible señor Mason y creo que no es lo mas adecuado en estos momentos – espeté.
- ¿No es el momento?
- No, creo que tenemos una casa que decorar – contesté sonriendo a la par que le estrechaba la mano y comenzaba a andar rumbo a su hogar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario