domingo, 18 de agosto de 2013

CAPÍTULO 19

Los días siguientes apenas supe nada de Cameron debido a que se cernía a una velocidad preocupante el día de Navidad con su correspondiente cena y por tanto correspondiente reencuentro entre mis progenitores y era mi deber cerciorarme de que todo estuviera en orden y fuera perfecto.

¿Qué si estaba emocionada? Si, pero la emoción se transformaba en terror cuando pensaba que mi madre tendría a mano un sin fin de cuchillos y demás objetos punzantes con los que desearía torturar a mi padre.

Afortunadamente mi madre parecía estar en otro mundo, un mundo llamado “jefes explotadores que no me permiten ni respirar” por lo que cuando llegaba a casa tras una ardua jornada de trabajo lo único que le apetecía era meterse en la cama y taparse con el edredón mientras suplicaba que el día siguiente no fuese tan agotador en vez de discutir conmigo algún pormenor de la cena navideña.

De esta forma tuve que hacerme cargo de todo lo que concernía a la reunión familiar, desde la limpieza de la casa, pasando por la compra de todos los ingredientes para hacer la cena, hasta la elaboración de esta.
En ello estaba la mañana del 24 de diciembre cuando mi madre aterrizó, envuelta en su bata color rosa palo y con legañas aun en los ojos, en la cocina.

  • Buenos días – gruñó mi madre mientras se dejaba caer sobre la banqueta de la cocina.
  • ¡Buenísimos días! - saludé alegremente acercándome a ella con las manos llenas de harina - ¿cómo ha dormido hoy la madre más maravillosa de este mundo, eh?
  • ¿Se puede saber que te pasa? - me preguntó mi madre mientras intentaba inútilmente zafarse de mi harinoso achuchón - ¿a que se debe tanta felicidad? ¿no sabes que la ley prohíbe estar de tan buen humor a las ocho de la mañana? ¡acabarás en la cárcel muchachita!
  • ¿Y tú no sabes que es pecado despertarse tan huraña un día como hoy?
  • No me recuerdes el día que se me viene por delante por favor – contestó mi madre – al menos no antes de que me tome un café y vuelva a ser una persona de bien.
  • Esta bien, esta bien – accedí abatida apartándome de ella – dejaré que te tomes el día de hoy con calma a cambio de que quites ahora mismo esa cara de perro rabioso y me prometas que esta noche serás amable.
  • Prudence accedí a que ese señor...
  • Querrás decir a que mi padre – le corregí.
  • De acuerdo... tu padre... - aceptó mi madre a regañadientes - accedí a que pasara la noche de hoy con nosotras porque así tú lo deseabas y no quería causarte ningún daño pero no me pidas mas imposibles, no me pidas que te prometa algo que no creo que sea capaz de cumplir hija.
  • Mamá sé que esta noche se te presenta difícil, muy difícil, pero créeme si te digo que para mi tampoco es sencilla esta situación. Me encuentro en medio de vuestras diferencias y es horrible eso de tener que tomar partido por alguno de los dos.
  • ¿Por qué te crees que no quería celebrar estas fiestas con Phil? ¡porque sabía que ese hombre solo nos traería quebraderos de cabeza! - estalló mi madre – al fin y al cabo es lo que lleva haciendo toda la vida.
  • Mira mamá, comprendo que le veas como aquel sinvergüenza que un buen día decidió abandonarte dejándote completamente sola y desamparada con una niña pequeña – reconocí – y también comprendo que no llegues a entender como es que le di otra oportunidad después de no haber sabido nada de él durante años porque yo misma me cuestiono en ocasiones si hice lo correcto dándosela pero te guste o no ese hombre es mi padre, es esa persona que en algún momento de tu vida te hizo sentir tan plena, tan feliz que decidistes unir tu vida a la de él por eso te pido que esta noche te comportes y me ayudes a tener una cena en paz y armonía ¿de acuerdo?
  • Haré lo que pueda – se comprometió mi madre colocándome un mechón de pelo tras mi oreja – pero te juro que si vuelve a dañarte no pararé hasta acabar con él.
Querida, ¡esto es maravilloso! Mañana saldréis en los telediarios de todo el mundo. Seréis famosos en el mundo entero y Saint Philippe-Loosle será conocido por todos por ser el escenario del crimen navideño mas atroz jamás producido. Si, ya estoy viendo los titulares: mujer atrinchera a su ex marido en lugar de al pavo en mitad de la cena de Navidad.

  • Pasaré por alto esa vena asesina en serie que te acaba de salir – contesté sonriendo débilmente – sé que no me fallarás mamá, nunca lo has hecho y hoy no será el día que lo hagas – la estreché con fuerzas y entonces, solo entonces, me creí las palabras que acaba de soltar.
  • Bueno, bueno, ya está bien – dijo mi madre separándose de mí. Cambió de tema bruscamente en un burdo intento de conseguir que sus ojos vidriosos pasaran desapercibidos - ¿que estás cocinando? ¿puedo echarte una mano?
  • ¡Ah, es una sorpresa! - exclamé recuperando mi buen humor - ¡y te prohíbo que entrometas tu hocico en mi cocina!
  • ¿Tu cocina? ¡tonta de mí! Pensaba que era yo la que pagaba la hipoteca de esta casa pero supongo que me equivoqué – dijo irónicamente mi madre mientras se servía una taza de café.
  • ¿Sabes? En ocasiones me pregunto que insufrible carácter vas a reservar para cuando tengas 80 años. Se supone que hasta los 70 no te corresponder ser una cascarrabias pero veo que como siempre vas en contra de las normas – dije burlonamente a la par que deshacía el nudo del delantal - ¿podrías echarle un ojo al horno? Debo pasarme por el supermercado para comprar algunas cosas.
  • Para eso no importa mi agrío carácter ¿no? - refunfuñó mi madre.
  • ¡No es agrio, es insufrible! – contesté entre risa camino al recibidor donde me enfundé mi pesado abrigo y protegí mi garganta con una gruesa bufanda de lana roja - ¡vuelvo enseguida!

El supermercado Lemacks estaba apenas a 10 minutos de mi casa cosa que agradecí enormemente nada mas poner un pie en la calzada. El viento a duras penas me dejaba avanzar y el frío congelaba cada articulación de mi cuerpo. Teniendo en cuenta el temporal que hacía no era de extrañar que no me hubiera encontrado con nadie por el camino.

Entré en el supermercado y enseguida comprobé que si no me había encontrado a nadie por la calle era porque prácticamente todo el pueblo parecía estar refugiándose en el establecimiento.

Mirase a donde mirase me topaba con enormes colas de gente que portaban carros atiborrados de comida así que no me quedó mas remedio que asumir que pasaría bastante mas tiempo del pensado en aquel lugar y todo para llevar a casa un par de tomates, un saco de harina y unas cuantas barras de pan.

Deambulé por los atestados pasillos en busca de aquello que necesitaba pero pronto olvidé el motivo por el que estaba allí pues al tomar una esquina atiné a ver a Courtney y a Roman enzarzados en una conversación.

¿Qué hacen este par juntos? Veo que Courtney se tomó muy enserio eso de ser imparcial y no decantarse por un bando u otro – pensé con amargura – cariño no seas estúpida, después de vuestra última discusión estaba claro que Courtney se iba a poner de parte de Roman ¿o es que acaso fue él el que soltó por la boca un sin fin de absurdeces? No, no fue él sino tú así que ahora tendrás que soportar que Roman ocupe el lugar que tú voluntariamente dejastes libre... ¿de qué estarán hablando? ¿no tienes curiosidad? ¿ni un poquito siquiera? ¡eres una completa decepción! ¡maldita sea, ve y espía!

Por una vez y sin que sirviera de precedentes tomé enserio a mi desquiciante subconsciente y rápidamente me escondí tras una pirámide de latas de conservas para intentar enterarme de que estaban hablando Roman y Courtney.
Si me hubiera parado a pensar en el ridículo que estaba haciendo en ese momento ante los ojos de los demás vecinos del pueblo probablemente habría optado por seguir mi camino pero en aquel momento solo me importaba saber que era eso tan importante que tenían que hablar eso dos.

  • ¿Has vuelto a saber algo de ella? - le preguntó Courtney a Roman.
  • No, la última vez que nos vimos optamos por seguir caminos diferentes – le respondió este encogiéndose de hombros - ¿y sabes qué? Creo que es la decisión más sabía que jamás tomé.
  • ¿Acaso no te da pena haber acabado una amistad de años de esa manera?
  • ¿Y a ti? ¿no te da pena no saber nada de tu supuesta mejor amiga desde hace, cuanto, días, semanas? - preguntó a la defensiva Roman.
  • Claro que me da pena pero creo que no me corresponde a mí en esta ocasión agachar la cabeza, esconder el rabo entre las piernas e ir a disculparme sino a ella y sé que tarde o temprano lo hará, comprenderá que todo lo que le dije fue por su bien – aseguró con vehemencia Courtney.
  • No deberías dar nada por hecho – apuntilló Roman – con Prue nunca se sabe.
  • La conozco mejor que a la palma de mi mano y sé perfectamente lo que puedo esperar de ella.
  • Perdona que te rectifique pero creo que a la que conoces como a la palma de tu mano es a la antigua Prue no a la nueva – dijo mordazmente Roman.
  • No creo que Prue haya cambiado tanto como dices – saltó en mi defensa Courtney – todos estamos de acuerdo en que ha hecho cosas que no son propias de ella pero al fin y al cabo que persona no actúa así en algún momento de su vida.
  • No voy a negarte que todos cometemos errores porque yo soy el primero que lo hace pero debes reconocer que desde hace un tiempo Prue no es la que era, se comporta de manera estúpida e inconsciente, como si nada le importase. Le da igual lastimar y dar de lado a los que siempre fuimos sus amigos y encima pretende hacerle ver a la gente que ella es la cándida niña desamparada, que todos nosotros somos los malos de la película y no sé tú pero yo estoy cansado de esta situación.
  • Tienes tu parte de razón pero ¿no crees que lo único que le sucede es que está perdida? - le preguntó Courtney – su vida se está tambaleando Roman.
  • ¿Que su vida se está tambaleando? ¿a causa de qué? ¿de mi relación con Betty? - rió amargamente Roman – porque su crisis de locura comenzó cuando se enteró que yo estaba con ella.
  • No es solo por eso – negó Courtney – creo que el regreso de su padre le ha afectado mas de lo que ella se atreve a admitir. No hablé mucho del tema con ella pero me imagino que no debe ser fácil abrirle la puerta de tu casa al hombre que un buen día decidió largarse de ella.
  • Supongo que no – atinó a decir Roman - ¿sabes? Había olvidado por completo que ese tipo había regresado. Ahora además de tener que cuidarse de Cameron deberá hacerlo también de su padre.
  • ¿Acaso te estas preocupando por ella? - preguntó sonriendo Courtney.
  • No, no es eso – negó rapidamente Roman – es solo que, ya sabes, Cameron no es un buen tío y no me gustaría que lastimara a otra chica mas. Da la casualidad de que la próxima victima de Mason es Prue, pero eso no significa que si hubiera sido por ejemplo... Maxine no estuviera igual de preocupado.
  • ¿Se puede saber por qué dices que Cameron es tan sumamente malo? Yo no veo que trate a Prue mal sino todo lo contrario, creo que le apoya, le ayuda... no sé, vela por ella.
  • ¡Por el amor de Dios! ¡no vela por ella! - exclamó Roman - ¿acaso soy yo él único que ve como es realmente? ¡ese tío solo quiere acostarse con ella! Una vez que lo consiga le dará la patada y ella se quedará destrozada.
  • ¿Y a ti que más te da? ¿no se supone que pasas de ella? ¿que estas super feliz de la vida con Betty? ¡pues deja que cometa sus propios errores!
  • ¡No lo dirás enserio! ¡pensaba que eras su amiga! - bufó Roman - ¡que mirabas por su bienestar!
  • ¿Estás enamorado de Betty? - preguntó repentinamente Courtney.
  • ¿Qué? - dijo Roman aturdido ante el brusco cambio de tema.
  • Que si estás enamorado de Betty – repitió como si nada Courtney.
  • ¿A que viene esa pregunta Courtney?
  • Viene a que creo que deberías empezar a ser un poquito sincero contigo mismo y reconocer que Prue te importa, y mucho.
  • ¡Pues claro que me importa! Hemos sido durante muchos años buenos amigos, eso no se olvida de la noche a la mañana.
  • ¿Y entonces por qué narices la apartas de tu lado? Te contradices tú solo – exclamó exasperada Courtney.
  • Porque lo ha complicado todo ¡maldita sea! - gruñó Roman – nos iba genial siendo amigos pero un buen día decide sentir supuestamente algo más por mí y manda todo a la mierda poniéndome entre la espada y la pared para que decida entre Betty y ella. Ahora todo es una auténtica cagada, todo es un puto lío y no quiero complicaciones en mi vida.
  • Y ella solo te la complica – no era una pregunta sino una afirmación.
  • Exacto, así que estoy bastante conforme con la situación actual, ya te dije que nunca tomé mejor decisión que la de apartarla de mí. No necesito a mi lado a una pobre tonta eclipsada por el mononeurona testoterado de Mason.
  • Es tu vida Roman y no me meteré en ella, solo espero que no te arrepientas nunca de la decisión que tomastes porque puede que él día que lo hagas sea ya demasiado tarde – dijo Courtney estrechándole afectuosamente el brazo – y ahora será mejor que me vaya, se me hizo tarde con tanta cháchara.
  • Te acompaño hasta la caja, debo ir al almacén a recoger unos paquetes.

Permanecí escondida tras la pila de latas hasta que los vi desaparecer a través del pasillo. Solo cuando los perdí de vista me permití el lujo de incorporarme.
Para ser sincera no sabía como tomarme aquella conversación. Por un lado parecía obvio que Roman aún seguía sintiendo algo de ¿afecto? por mí, que ese odio y desprecio que en ocasiones me demostraba era falso, pero por otro lado había dejado claro, una vez mas, que lo nuestro nunca alcanzaría un nivel superior a la amistad.
Pese a que aquella revelación no era nada nuevo para mí debía reconocer que era la vez que mas me había afectado oír esas palabras salir de su boca puesto que esta vez no podría autoengañarme diciendo que todo había sido fruto de un arrebato a causa de una de nuestras tantas acaloradas discusiones. No, esta vez había sido plenamente consciente de lo que había dicho y eso, aunque no quisiera reconocerlo, me destrozaba.

  • Jovencita ¿te encuentras bien?

Alcé la vista aturdida y encontré frente a mi a la señora Gluber, una encantadora anciana que acarreaba a duras penas la cesta de la compra.
Rápidamente asentí y sonreí en un triste intento de demostrarle que mi ensimismamiento se debía a una simple chorrada.

  • ¿Estás segura querida? Estás un poco pálida, quizás deberías comer algo – me aconsejó.
  • No se preocupe solo intentaba recordar que más me hace falta para esta noche – mentí – tengo la sensación de que se me olvida algo y por nada del mundo querría tener que darme otro paseo hasta aquí con el temporal que hace.
  • Tienes toda la razón, el tiempo está loco, una no puede salir de casa sin ponerse al menos seis capas de ropa. Ya ves, tuve que decirle a mi hijo Earl que me trajera en coche – chapurreó la señora Gluber – al principio no quería hacerlo pero le dije “Earl, te juro por todos nuestros ancestros que si no me acercas al supermercado esta noche te tendrás que conformar con tomarte una galletita de jengibre porque no seré yo la que prepare el pavo”.
  • Bueno, por lo que veo acabó por hacerle caso – atiné a decir algo abrumada.
  • ¡Ya lo creo que lo hizo! No es por presumir pero mi pavo es de los mejores que cualquiera se podría echar a la boca, sabía que mi Earl no se lo jugaría por nada del mundo – dijo satisfecha la señora Gluber – en fin querida, te dejo ya tranquila para que sigas con tus compras que me parece que te estoy entreteniendo mas de lo debido.
  • Oh, no se preocupe. Ha sido muy amable al preocuparse por mí.
  • Si las personas dejamos de preocupamos las unas de las otras ¿en qué nos convertimos? - farfulló la señora Gluber mientras pellizcaba cariñosamente mi mejilla - ¡Feliz Navidad preciosa!
  • Feliz Navidad señora Gluber – respondí.

Una vez la señora Gluber se hubo marchado terminé de hacer la triste compra que me había tenido retenida en el supermercado cerca de una hora. Y ahí estaba yo, parada en mitad del pasillo, mirando de un lado a otro, intentando adivinar cual de las dos colas interminables sería mas rápida cuando él se colocó a mi lado y sin tomarse la molestia de mirarme me preguntó:

  • ¿Sólo vas a comprar eso?

Asentí con la cabeza desviando mi mirada hacía la cesta que sostenía entre mis manos, incapaz de mirar aquellos ojos que conseguían taladrar mi alma en un segundo.

  • Sígueme, te cobraré yo mismo – dijo Roman depositando en el suelo las pesadas cajas que cargaba.
  • No es necesario – dije rechazando su ofrecimiento – puedo esperar.
  • Como quieras pero será mejor que te pongas cómoda porque sino me equivoco creo que estarás mas o menos una hora esperando – añadió Roman mirándome de reojo – hace poco que contratamos a ese chico de allí y aun no anda muy avispado con eso de la caja registradora, el cambio... en fin, espero que tengas ya preparada la cena.
  • No del todo – reconocí de mala gana – este año me encargo yo en exclusividad de la cena.
  • ¿Para agradar a tu papá? - preguntó con cierto desden Roman.
  • No es de tu incumbencia – contesté tajantemente - ¿sabes qué? Acepto tu ofrecimiento, cóbrame. Cuanto antes me vaya de aquí mejor.
  • ¿Qué te hace suponer que el ofrecimiento sigue en pie?
  • Que te incomoda mi presencia tanto como a mí la tuya – repliqué – así que ¿me harías el grandísimo favor de cobrarme?
  • Por supuesto, no seré yo el que te impida pasar una feliz velada – contestó mordazmente.

Marchamos ambos hasta una de las cajas inhabilitadas mas alejadas y en un abrir y cerrar de ojos Roman había colocado mi compra en una gran bolsa de papel.

  • Gracias – mascullé agarrando la bolsa que él me tendía.
  • Es mi trabajo – dijo Roman encogiéndose de hombros – no he hecho nada especial.
  • Lo sé, ¿a cuento de qué ibas a hacer algo especial por alguien que te complica al vida? - contesté mientras me daba la vuelta para dirigirme a la salida – Feliz Navidad Roman.

Con paso apresurado me encaminé de vuelta a casa . Había comenzado a nevar nuevamente y pronto estuve empapada gracias a los copos de nieve. El viento me zarandeaba con fuerza y el pelo húmedo pegado en la cara me impedía ver con claridad por lo que el camino de regreso se me hizo interminable.

  • ¿Se puede saber dónde te has metido? - me preguntó mi madre nada mas abrir la puerta – estaba a punto de ir a buscarte.
  • Solo me entretuve un poco mas de lo esperado en el supermercado mamá – respondí poniendo el paquete en el suelo y deshaciéndome del empapado abrigo.
  • Seguro que te encontrastes con ese noviecito tuyo y se te fue el santo al cielo – me recriminó mi madre.
  • Primero, Cameron no es mi noviecito, solo somos amigos no sé como te lo voy a tener que decir – la corregí mientras me encamina hacia la cocina – y segundo, no me encontré con nadie. Parece mentira que no sepas como se llena el supermercado en días como hoy.
  • Haré como que te creo – dijo mi madre de manera testaruda – por cierto, recuerda que tienes que llamar a tu padre para recordarle a que hora debe estar aquí.
  • Si, claro ahora lo llamaré – contesté.

Acordé con mi padre que todo estaría listo sobre las ocho de la tarde así que el resto del día lo pasé encerrada exclusivamente en la cocina mientras mi madre terminaba de organizar a regañadientes la casa.

El humor de ella no había mejorado con el transcurso del día, me atrevería a decir que incluso había empeorado y cualquier nimiedad como en que lugar estratégico de la mesa debía colocar el puré de patatas y las demás guarniciones que acompañarían al pavo hacía que estallase. En mi fuero interno entendía a la perfección su actitud y su estado de nervios pero no por ello dejaba de rezar mentalmente, mientras terminaba de arreglarme, para que mi madre no atacase en exceso a mi padre.

A las ocho en punto Phil llamó a la puerta y, en un intento de evitar que el primer enfrentamiento tuviese lugar antes de sentarnos a la mesa, corrí escaleras abajo para abrir.

Allí estaba mi padre, con un inmaculado pantalón de vestir color gris marengo, camisa blanca impoluta, rebeca negra y corbata slim oscura, portando un enorme paquete rojo de regalo y mostrando esa sonrisa tan similar a la mía.

  • Cariño estás preciosa – dijo a modo de saludo aprobando mi vestimenta.

Para la ocasión había elegido un vestido de cuello a la caja gris adornado con un lazo burdeo entorno a mi cintura, una rebeca calada blanca que cubría mis desnudos brazos y unos salones burdeos.

Había tardado casi dos horas en elegir la ropa, pues mi único deseo era estar perfecta ante los ojos de mi padre, hacer que él se sintiera orgulloso de mí, así que ese saludo, aunque pudiese sonar a típico saludo paternal, me reconfortó enormemente.

Ambos pasamos en silencio hacia el salón donde al fondo, junto a la mesa, nos esperaba mi madre de brazos cruzados.

Si mi padre realmente pensaba que yo estaba preciosa no sé con que calificativo evaluó mentalmente a mi madre pero yo lo haría con espectacular.

Hacía tanto tiempo que no celebrábamos un acontecimiento especial, hacía tanto que mi madre no disfrutaba del tiempo libre suficiente para ser una mujer coqueta y presumida que casi había olvidado que en el armario de ella había mas ropa aparte del uniforme del hospital y los pijamas anti morbo de ositos que solía llevar para andar por casa.

Para afrontar la velada había elegido un ajustado vestido con escote de pico y mangas tres cuartos en color vino, vestido cuyo único adorno era una lazada en torno a la cintura y a los pies llevaba unos salones con estampado de leopardo que estilizaba sus piernas. Había recogido su oscuro cabello en un moño bajo y, a mi entender, en un intento de impresionar al que había sido en el pasado el hombre de su vida, se había tomado la molestia de maquillar su rostro intensificando sus labios gracias a un labial granate.

  • Por los clavos de Cristo, ¿cómo estuve tan ciega para no darme cuenta de que eras gay? - dijo mi madre a modo de bienvenida tras mirar de arriba a abajo a mi padre – que cierto es que el amor es ciego.
  • Feliz Navidad para ti también Amber – contestó mi padre.

Genial, que bien empieza la noche. Muchas gracias por tu amabilidad mamá.

  • ¿Qué tal si os traigo una copita de vino a cada uno para calmar un poquito los ánimos? - pregunté.
  • Trae mejor la botella – dijo mi madre – o mejor aun, voy yo a por ella y así me... despejo un poquito.

Sin mas preámbulos mi madre salió de la estancia no sin antes lanzarle una mirada de desdén a mi padre.

  • Parece que la noche promete ¿eh? - dijo mi padre a la par que se sentaba en el sofá – debería haberme traído los guantes de boxeo, fallo mio.
  • Lo siento – me disculpé en nombre de mi madre – pero debes entenderla, esta situación es un poco... un poco difícil para ella. Bueno, si te soy sincera también es algo difícil para mí pero yo debo hacerle frente porque fue mía la maravillosa idea de juntaros a los dos bajo el mismo techo en una noche como esta.
  • Hija tú no tienes la culpa de nada – me interrumpió mi padre – si aquí hay algún culpable ese soy yo. Hice las cosas mal y ahora debo asumir las consecuencias.
  • Bueno, el pasado pasado es ¿de acuerdo? - dije sentándome a su lado y agarrándole afectuosamente la mano.

Justo en ese momento entró de nuevo en el salón mi madre portando una de las botellas de vino que habíamos comprado para la cena.

  • Si Phil, puedes sentarte. Ponte cómodo, estás en tu casa – dijo mi madre irónicamente mientras se servía una copa de vino – es doloroso saber que esto último que dije es cierto pese a que estos últimos años has pasado por completo de pagar tu parte de la hipoteca.
  • Mamá por favor... - supliqué.
  • ¿Qué? No he dicho nada que no sea cierto – exclamó mi madre llevándose la copa de vino a los labios.
  • Amber no voy a entrar al trapo ¿de acuerdo? - dijo mi padre – mas que nada por respeto a nuestra hija.
  • ¡Por favor! ¡no me hables de respeto! - rió amargamente mi madre – veo que con el paso de los años has mejorado tu cinismo.
  • Si, y yo veo que en este tiempo te has sacado un máster en rencor y amargura – contraatacó mi padre – con matricular de honor, por supuesto.

Querida, o paras esto ya o llamas a la policía porque, por si no te has dado cuenta, en estos momentos hay mas cuchillos y objetos punzantes sobre la mesa que en una sala de tortura de la época de la inquisición y por lo que veo la señora de la casa está deseando trinchar algo y no me refiero precisamente al pavo que con tanto esmero has cocinado.

  • ¿Comemos? - pregunté mientras de un salto me ponía de pie – yo no sé vosotros pero estoy hambrienta.
  • Si, será mejor que pasemos a la mesa – acordó de mala gana mi madre.

Sobre el inmaculado mantel de lino blanco descansaban, aparte del pavo relleno, un sin fin de salseras y bandejas rellenas de diversas guarniciones y salsas que servirían para acompañar al pavo. Habitualmente mi madre y yo solíamos acompañarlo con puré de patatas y zanahorias caramelizadas pero teniendo en cuenta que en esta ocasión contábamos con la presencia de mi padre había optado por preparar también puré de calabaza, repollo con especias e incluso patatas asadas, tal era mi desconocimiento sobre los gustos culinarios de mi progenitor.

  • Vaya, tiene todo una pinta estupenda – dijo mi padre una vez hubo tomado asiento a mi lado - ¿todo lo has cocinado tú?
  • Así es – corroboré orgullosa – este año quería ser yo la que me encargara de la cena y no le permití a mamá poner un solo pie en la cocina.
  • Creo que me lo impidió por temor a que envenenara algún plato – dejó caer mi madre cuando mi padre comenzó a apartarse un poco de puré de patatas – aunque quizás conseguí despistarla en algún momento.
  • Mamá...
  • ¿Quién hace los honores del pavo? - continuó mi madre como si nada – generalmente lo hace el hombre de la casa pero visto lo visto aquí estamos un poco necesitadas de eso.
Puede que para ti esté siendo una situación difícil pero no puedes negar que mamá está siendo realmente ocurrente esta noche. Hacía tiempo que no me divertía tanto.

  • Yo me encargaré del pavo – me apresuré a decir, evitando de esta forma que mi padre replicara.

Gracias al cielo una vez que todos tuvimos ante nosotros los platos servidos la velada pareció relajarse un poco. Solo se escuchaban los chirridos de los cubiertos sobre la porcelana de la vajilla, chirridos que quedaban ocultos cuando mi padre se atrevía a hacerme alguna pregunta intrascendente sobre mi día a día.

  • Y bueno hija, cuéntame ¿qué planes tienes para el futuro? ¿sabes ya a que universidad te gustaría asistir? - inquirió mi padre llevándose el último trozo de pavo a la boca.
  • Aun no lo tiene del todo claro – contestó por mí mi madre – aunque con sus notas no tendrá problemas para acceder a la que quiera.
  • En realidad si que lo tengo claro – la contradije – me gustaría asistir a Standford pero ya sabes, es extremadamente selectiva. A menos que no tengas un excelente en tu expediente ni siquiera le echan un vistazo a la solicitud por no hablar que se trata de una universidad privada.
  • Por el tema del dinero no tienes porque preocuparte hija, sobra decir que yo correré con todos los gastos que sean pertinentes – reveló mi padre – al fin y al cabo es lo menos que puedo hacer.
  • Un ofrecimiento encantador Phil – dijo irónicamente mi madre – pero a estas alturas no nos hace falta que nos des ni un mísero céntimo porque gracias a Dios puedo permitirme el pagarle los estudios a mi hija.
  • Sinceramente Amber no creo que con los ingresos que recibes por tu trabajo de enfermera puedas permitirte el lujo de pagarle una matricula a Prue en Standford.
  • Hasta donde yo sé con mi sueldo de enfermera he podido durante todos estos años sacar a delante una casa y una hija – contestó mi madre – no te negaré que hemos pasado estrecheces pero nunca le ha faltado de nada a Prue. Antes me quedaba yo sin comer que la niña sin una libreta, un abrigo nuevo o incluso el coche así que no vengas ahora a despreciar e infravalorar todo lo que he hecho por mi familia.
  • Nunca haría tal cosa Amber, solo te estoy mostrando como es la realidad – especificó mi padre – me consta que has hecho una labor maravillosa estos años pero también me consta que Standford es una universidad realmente cara. Tendrías que echar un millón de horas extras por no hablar de que Prue se tendría que poner a trabajar también porque no se trata solo de pagar una matricula sino de pagar una residencia o un apartamento y todos los gastos que esto genera.
  • A mí no me importa ponerme a trabajar. De hecho es lo que llevo haciendo durante estos años en el “Pine Green” - dije.
  • No estoy hablando de echar un par de horas al día en una taberna de mala muerte Prue, sino de un trabajo de verdad, un trabajo que te quitará horas de estudio y no estoy dispuesto a que nada te distraiga de lo que realmente importa y eso no es otra cosa que la carrera – puntualizó mi padre.
  • Por una vez y sin que sirva de precedentes tu padre tiene razón – farfulló mi madre – hija, sé lo que es sacarse una carrera compaginándola con un trabajo de media jornada y no quiero eso para ti, no mientras yo pueda deslomarme para conseguir el dinero necesario.
  • ¿Pero acaso no te das cuenta Amber? - la interrumpió mi padre – con la ayuda que te ofrezco no será necesario ni que Prue trabaje ni que tú te deslomes.
  • ¿Y acaso no te das cuenta tú de que mi orgullo me impide aceptar nada que provenga de ti? - le contestó mi madre elevando el tono de voz.
  • Esto no trata de tu orgullo Amber, trata del futuro de nuestra hija, de hacer realidad su sueño de estudiar en Standford.
  • Sueño que me acabo de enterar que tiene – dijo mi madre desviando su atención hacia mi - ¿cuándo decidistes que querías ir a esa universidad?
  • Eh... bueno, siempre me llamó la atención – balbuceé – y hace unos días Cameron me comentó que él iría allí para cumplir el sueño de su padre de ser la cuarta generación Mason que estudia en Standford. Ya sabes que él tiene la suerte de ser un gran deportista y eso lo tienen muy en cuenta a la hora de aceptar a alguien así que da por hecho que conseguirá entrar por lo que se ha estado informando sobre los planes de estudios, el profesorado, las instalaciones... y la verdad, si es todo tal y como él me lo cuenta es un sitio fantástico.
  • Por el amor de Dios, ¿me estás diciendo enserio que quieres asistir a esa universidad solo y exclusivamente porque tu noviecito, amigo especial o lo que sea va a ir? - dijo mi madre furiosa - ¡¿pero qué narices te pasa niña?! ¡¿acaso ese chico te ha lavado el cerebro?! Desde que tenías uso de razón decías que irías a la misma universidad que Courtney y Roman, incluso fantaseabas con compartir piso con los dos y ahora me saltas con esto.
  • Mamá creo que no me has entendido – me defendí – quiero ir a Standford porque en el futuro me abrirá muchísimas puertas el simple hecho de haber estudiado allí, que Cameron vaya no tiene nada que ver. Estoy mirando por mí, por nadie más.
  • ¡¿Acaso crees que me chupo el dedo Prudence?! ¡¡No puedo creer que seas tan estúpida!! - me recriminó mi madre.
  • Amber tranquilízate, no toleraré que trates así a mi hija – saltó en mi defensa mi padre.
  • ¡¡Tú no te metas en esto Phil!! ¡¡no tienes ningún derecho de entrometerte en este asunto porque no eres nadie para hacerlo!! - estalló finalmente mi madre.
  • ¡¿Que no soy nadie?! ¡Soy su padre!
  • ¡¿Su padre?! ¡¡un padre jamás habría abandonado a su hija como tú hicistes!! -gritó furiosa mi madre.
  • Si Amber, te abandoné a ti y abandoné a mi hija ¿pero sabes qué? ¡que tengo una gran razón! ¡¡me gustan las pollas!! - bramó mi padre poniéndose en pie a la par que propinaba un fuerte manotazo en la mesa - ¡¿hubieras preferido acaso que permaneciese a tu lado sin quererte, que hubiera hecho de nuestras vidas una auténtica farsa?! Porque si es así lo siento pero me negaba a vivir una mentira de por vida.

Oh Dios, no me puedo creer que papá marica haya dicho eso de verdad. Creo que deberías ir escondiéndote debajo de la mesa porque aquí va a tener lugar el comienzo de la Tercera Guerra Mundial.

  • ¿Sabes que es lo que hubiera preferido? Que jamás hubieras aparecido en mi vida – dijo mi madre poniéndose en pie también – o que hubieras tenido los cojones suficientes para, al menos una puta vez en tu vida, ser sincero conmigo ¿Sabes lo que es explicarle a una niña pequeña que su papi se fue para siempre? ¿sabes lo que es tener que escuchar de la boca de tu propia hija “papi se fue porque no nos quería”?
  • ¿Y tú sabes lo que es convivir durante años con este sentimiento de culpa? ¿crees de verdad que ha habido un maldito día en mi miserable vida en el que no me he sentido la peor persona del mundo?
  • Si, claro que sé lo que es vivir durante años llevando a cuestas el sentimiento de culpa porque resulta que cada noche el último pensamiento que rondaba por mi mente era ¿qué cosa tan mala le hice para que se fuera de esa manera? - confesó mi madre - ¡durante años me creí culpable de tu fuga! ¡durante años reviví noche tras noche el último día que pasamos juntos buscando un indicio, una pista del porque de tu marcha!

Ambos se quedaron callados, de pie uno frente al otro, mirándose a los ojos por primera vez en mucho tiempo sin saber muy bien que mas decir.

Lentamente retiré la servilleta de mi regazo y me puse en pie también. Con la cabeza gacha y sin apartar la mirada del plato me limité a decir:

  • Gracias por esta noche tan maravillosa. Ha sido un placer ver como os echabais vuestras mierdas a la cara sin importaros el daño que me hacíais y la ilusión que había puesto en todo esto. Me alegra enormemente haber sido la excusa perfecta para que tuviera lugar esta grandiosa discusión – las lágrimas amenazaban con brotar de mis ojos pero sentía tanta rabia dentro de mí, tanta furia, tanta decepción que conseguí aplacarlas – hay tarta de manzana y panettones en la cocina. Ya sabéis, por si queréis coger fuerza antes de continuar con los gritos y los insultos. Feliz Navidad.

Sin mirar atrás salí corriendo del salón y no me detuve pese a escuchar como me llamaban a voces mis padres. Alcancé a coger las llaves del coche, que por una vez había dejado en la entradita en vez de en alguno de mis numerosos bolsos, y sin tomarme la molestia de ponerme el abrigo salí de mi casa dando un portazo.

Ni siquiera noté el insoportable frío que hacía en el exterior ni la helada que había comenzado a caer.

Entré en el coche y sin pensármelo dos veces arranqué camino de ninguna parte. No soportaba el silencio que inundaba el automóvil por lo que conecté la radio y la puse al máximo volumen en un intento de dejar atrás mis pensamientos.

Recorrí las solitarias calles una, otra y otra vez pasando en varias ocasiones por delante de su casa pero era incapaz de detenerme frente a ella.

Tesoro, ¿piensas pasarte lo que queda de noche dando vueltas estúpidas por el pueblo y gastando gasoil a lo tonto? Sabes que solo hay una persona a la que puedes acudir en estos momentos y al menos que quieras dormir esta noche en el coche deberías armarte de valor y detenerte de una santa vez. Ya es difícil que Santa Claus te venga a visitar a otra casa ¿pero a un coche? Oh no querida, no esperes que ese achuchable gordinflón pierda el glamour que le queda alegrándote la Navidad en esta vieja chatarra que conduces.
Además, por si no te has fijado está empezando a nevar de manera bastante insistente y si me apuras creo que hay escarcha en el retrovisor y ya sabes que conducir en tales condiciones está denominado conducción peligrosa.
No seas cobarde y detén el coche. Seguro que te recibe con una humeante taza de chocolate acompañada con esas nubecitas deliciosas que tanto te gustan.

Finalmente detuve a mi pequeño frente a su casa. Esa casa iluminada con millones de luces de colores donde tan buenos ratos había pasado.

Bueno, algo hemos avanzado. Al menos te has parado de una santa vez. Ahora solo queda que te bajes del coche y des dos suaves toquecitos en la puerta.

Apagué la radio y permanecí unos minutos en silencio con los ojos cerrado intentando aclarar mi mente, intentando serenarme, intentando dominar la rabia que aun seguía corriendo por mis venas. En esos momentos sentía un odio profundo y oscuro por todo lo que alguna vez había formado parte de mi vida. Odiaba con todo mi ser a mi padre por haberme abandonado, por haber complicado mi existencia con su huida y por volvérmela a complicar con su regreso; odiaba a mi madre por ser incapaz de ponerse en mi situación, por ponerme contra la espada y la pared, por poner por delante su orgullo y su dolor a mi bienestar; odiaba en lo que me había convertido; odiaba haber perdido a personas a las que jamás debería haber dejado marchar de mi lado; odiaba mi vida en ese pueblo infernal donde todos te conocían y sabían de ti; odiaba a los imbéciles del institutos que se creían con plenos derechos para juzgarte y criticarte; odiaba al nuevo profesor entrometido de Literatura; odiaba no poder dejarlo todo atrás.

Algo me impulsó a dejar fluir todo lo que sentía y golpeé una y otra vez el volante con mis puños. Lo golpeé con toda la fuerza que tenía, lo golpeé como si fuera lo último que fuera a hacer en este mundo, lo golpeé hasta que me quedé exhausta y solo cuando mi respiración pasó a ser entrecortada me permití parar y apoyar la frente sobre el.

Baja del coche. Baja del coche. Baja del coche. Baja del coche. Baja del coche. Baja del coche.

Comencé a andar hacia el porche de la casa abrazada a mi misma en un intento de conseguir controlar los tiritones que me sacudían el cuerpo.

Me preguntaba con que cara me recibiría o, mejor dicho, me preguntaba si me recibiría siendo como era una noche para pasar en familia.

Ni se te ocurra dar la vuelta ahora. Ya has descargado toda tu ira dentro del coche y se supone que has cogido fuerzas así que no seas cobarde y golpea esa puerta. Vamos... golpeala, golpeala ¡golpeala!

Con manos temblorosas, y no precisamente a consecuencia del frio, llamé a la puerta. Primero un golpe apenas audible, al que siguió uno mas insistente.

Parece que tarda ¿verdad? Lamento decirte que te has quedado sin apoyo. Tendrás que volver a casita. Bueno... siempre y cuando siga en pie.

Cuando había perdido la esperanza de encontrar amparo en aquel lugar la luz del porche se encendió y la puerta se abrió de par en par.
Nos miramos a los ojos y sin dudarlo ni un solo momento corrí a sus brazos, esos brazos que siempre estaban abiertos para mí.

  • Ya pasó todo – me susurró al oído acariciándome el pelo con cariño – tranquila, estoy aquí.


Fue entonces cuando rompí a llorar. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario