sábado, 23 de febrero de 2013

CAPÍTULO 17


Un golpe de viento huracanado abrió de par en par el ventanal de mi habitación. Me levanté con pesar de la cama y lo cerré rápidamente antes de que algún torbellino curioso decidiese jugar con las hojas de papel que descansaban en mi escritorio en vez de con las escasas hojas que quedaban en las copas de los árboles. De repente algo llamó mi atención, una regia y ensombrecida figura portadora de un largo y elegante abrigo que parecía observarme desde la lejanía, escondido entre los abetos que rodeaban mi hogar, como si de una muralla natural se tratase. Solo fui capaz de reconocerle cuando los tristes rayos de sol consiguieron sacar destellos cobrizos de su revoltoso cabello. Sonreí para mis adentros y antes de que me diera cuenta estaba calzándome las botas y colocándome el pesado abrigo de piel de ante sobre mis hombros para salir a la gélida y poco transitada calle.

  • No esperaba verte – le dije a modo de saludo a mi padre - ¿por qué no has llamado al timbre?
  • No sabía si estarías sola o no. No quiero importunar a tu madre mas de lo necesario.
  • Un poco tarde ¿no crees? Tu sola presencia en el pueblo ha conseguido trastocar por completo su vida, te lo puedo asegurar.
  • Bueno, piensa en la gran alegría que se llevará cuando vuelva a Italia – contestó mi padre mostrando una falsa sonrisa.
  • ¿Y eso cuándo será? - pregunté intentado parecer indiferente - ¿acaso has venido a despedirte? Porque te aviso desde ya que no soy muy dada a las despedidas. Me ponen los pelos de punta ese momento lacrimógeno donde la gente suele decir estupideces tipo te echaré de menos, nos veremos antes de lo que piensas, nunca te olvidaré, bla, bla, bla.
  • No he venido para despedirme Prue – me detuvo mi padre – solo he venido a verte, nada mas, no le busques una explicación retorcida a esta inocente visita.
  • Phil, no te lo tomes a mal, pero dudo mucho que algo de lo que tu hagas se pueda catalogar de inocente – ante el gesto hosco que puso mi padre me vi forzada a sonreír en un intento de suavizar la situación - ¿quieres entrar? - le ofrecí señalando hacia mi casa, de donde “casualmente” había salido mi madre, que se encontraba apoyada en una de las columnas de pino nacaradas del porche escuadriñandonos con cara taciturna.
  • Preferiría que fuéramos a tomar algo los dos solos lejos de los finos oídos de Amber – contestó mi padre a la par que alzaba lánguidamente la mano a modo de saludo, con lo que consiguió que mi madre volviera al cálido ambiente que había en mi hogar cien por cien malhumorada.
  • Esta bien – accedí – dejame unos minutos para que me ponga algo de ropa decente e iremos a donde quieras.
  • No digas tonterías ¡así estas perfecta!

Pobre hombre, tantos viajes le han trastocado el sentido de la moda. Supongo que será cosa del jet lag porque sino no encuentro una explicación coherente a que piense verdaderamente que voy “perfecta”.

Agaché disimuladamente la cabeza para observar mi indumentaria. Llevaba unos raídos vaqueros a los que le echaba una semana escasa de vida, pues pronto pasarían a ser trapos, un jersey de lana gruesa color verde agua dos tallas mayor de la que me correspondía, unas antiestéticas botas de agua gris marengo y el enorme abrigo de piel de ante que caía sobre mis hombros en un inútil intento de escudarme del frío. Aunque no podía verme el rostro, cosa que en cierta medida agradecía, sabía perfectamente que no tendría un aspecto mucho mejor, pues seguramente a causa del frío se me habría enrojecido mi pecosa nariz y mis pardos ojos estaban al borde de las lágrimas.

  • Si tú lo dices... - murmuré intentado adecentar un poco mi revuelto pelo.

Comenzamos a andar el uno al lado del otro sin intercambiar apenas unos pocos comentarios insulsos. Pronto el silencio se adueñó de nuestro paseo y el aburrimiento o quizás el hastío, comenzó a apoderarse de mí.

  • Y bien, ¿a dónde te gustaría ir? - pregunté en un intento de ponerle fin a ese incómodo silencio - ¿qué te parece si te llevo al bar donde trabajo cuando los estudios me lo permiten? Podría presentarte a Charlie o bueno, volvértelo a presentar, porque no sé muy bien si te dio tiempo de conocerle cuando vivías aquí... es un hombre genial, tiene pinta de huraño pero en el fondo tiene un corazón de oro.
  • Ehh... si, claro, estaría bien conocerle – accedió mi padre ante la desbordante información que le había proporcionado en apenas unos segundos.

De esta forma ambos nos pusimos rumbo al “Green Pine”. Anduvimos por las abarrotadas y adornadas callejuelas y pronto tuvimos ante nosotros la gran cabaña de madera verdosa donde solía trabajar en mi tiempo libre.
El bar de Charlie era sin ningún asomo de dudas el centro de reuniones de todos los hombres de mediana edad del pueblo por lo que se podía decir que se caracterizaba por ser un lugar lúgubre donde las conversaciones se llevaban a cabo entre gruñidos, gruñidos que pasaban a ser bramidos después de que unas cuantas jarras de cerveza vacías se amontonaran en la barra. Tras muchas horas sirviendo a tal exquisita clientela pude dividir las conversaciones que allí se mantenían en dos grandes grupos: pesca y deporte y teniendo en cuenta que ninguno de esos dos temas eran mi fuerte creo que no es necesario añadir que el tiempo que pasaba allí se podría denominar de todo menos entretenido y ameno.

Justo cuando nos disponíamos a cruzar la carretera para entrar en el local vimos salir de el la corpulenta o, mejor dicho, la gigantesca figura de Charlie quien, con sus enormes manos, sacaba a rastras, si mi vista no me fallaba, a Ronald Elbeth, un viejo lobo de mar retirado que se había dado a la bebida tras el fallecimiento de su dulce esposa.

  • Ron, ya has bebido suficiente, será mejor que te vayas a casa – decía la imponente voz de Charlie.
  • ¡Maldita sea Charlie! ¡no soy tu hijo, soy un jodido cliente que quiere una jodida copa de whisky! - balbuceaba el señor Elbeth como si de un niño pequeño enrabietado se tratase - ¡si crees que no tengo dinero te equivocas! ¿te enteras? ¡¡te equivocas!! ¡tengo dólares para aburrir! ¡mira! - metió la mano temblorosa en el bolsillo de su viejo pantalón de pana y comenzó a sacar billetes arrugados, billetes que pronto quedaron esparcidos por los escalones.
  • ¡Ronald guardate tu maldito dinero y vete a tu casa! ¡tú serás un cliente pero yo soy el dueño de este local y tengo derecho de admisión y ahora mismo tienes prohibida la entrada a este recinto! ¿te enteras?
  • ¡¡Pues quiero la hoja de reclamaciones!! ¡¡dame la puta hoja de reclamaciones!! - gritaba y pataleaba el señor Elbeth.

Pronto la multitud que deambulaba tranquilamente por las heladas calles comenzó a agruparse entorno al pequeño revuelto que tanto el señor Elbeth como Charlie habían formado, otorgando a la situación un aspecto totalmente bochornoso.

  • No será allí donde trabajas ¿verdad? - me preguntó Phil sin apartar la mirada del barullo.
  • Me temo que si – reconocí – normalmente el señor Elbeth no suele poner problemas para marcharse a casa pero supongo que hoy tendrá el día cruzado y esas... esas malditas aves carroñeras que se dedican a observar y a burlarse de la situación solo consiguen empeorarlo todo.
  • Quizás deberíamos irnos a otro lugar ¿no te parece?
  • No, no, claro que no – negué rotundamente con la cabeza – voy a ponerle fin a este circo.

Con paso decidido me acerqué al barullo y entre empujones conseguí subir los pequeños y helados escalones del “Green Pine” donde estaba teniendo lugar el pequeño enfrentamiento.

  • Señor Elbeth escúcheme – supliqué mientras recogía los dolares que aun se encontraban esparcidos – no se tome a mal el comentario de Charlie, usted sabe que aquí siempre será bien recibido y que es uno de los clientes mas queridos pero me temo que ya ha bebido demasiado por hoy ¿no le parece?

De pronto el señor Elbeth dejó de resistirse y posó su mirada sobre mí. En sus ojos se podía apreciar una mezcla de sorpresa, como si la que le hubiera hablado fuera una total desconocida y no aquella chiquilla que le servía sus copas de whisky hasta bien entrada la madrugada los fines de semana, y vergüenza, sobretodo vergüenza.

  • No quería montar jaleo, solo una copa mas – dijo en tono suplicante lanzándome una mirada de soslayo - ¿es mucho pedir?
  • Muy bien, si quiere yo misma le serviré la copa pero no creo que eso fuera lo que Melisa querría – estupendo Prue, recurriendo a la figura de la esposa difunta para manipular los deseos de un pobre desgraciado.
  • Tienes razón, mi Melisa no querría eso – corroboró sollozante el señor Elbeth – si, será mejor que me vaya, ya he dado suficiente espectáculo por hoy – se guardó de nuevo los dólares que le tendía en el bolsillo y antes de descender cojeando los pequeños escalones miró azorado a Charlie en un intento mudo de pedirle disculpas, disculpas que este acepto haciendo un ruda inclinación de cabeza.

Finalmente el señor Elbeth pasó entre la multitud curiosa y desapareció entre cojeos lastimeros.

  • ¡Bueno, ya estuvo bien! ¡aquí no hay nada mas que ver! ¡vamos, fuera! - bramó Charlie a la par que daba sonoros palmetazos con los que consiguió hacer desaparecer al gentío en un abrir y cerrar de ojos.
  • ¿A mí también me vas a echar grandullón? - le pregunté burlonamente.
  • ¡Claro que no! - exclamó divertido Charlie mientras pasaba su brazo sobre mis hombros y me estrujaba contra él - ¡sabes que esta siempre será tu casa! - me revolvió divertido mi ya desastroso cabello - ¿y que te trae por aquí joven Doyle? ¿vienes a darme la agradable noticia de que podré contar contigo estas vacaciones o simplemente vienes a hacerle una visita al viejo Charlie?
  • Una mezcla de las dos – contesté – no me malinterpretes, no vengo a suplicarte trabajo, solo a refrescarte la memoria y decirte que si algún día necesitas ayuda ya sabes donde estoy – noté claramente los ojos de mi padre clavados en mi nuca y añadí – y... bueno, venía enseñarle tu bar a...a alguien. Ya sabes que este lugar es de parada obligatoria para cualquiera que pase por el pueblo.
  • No me digas que has conocido a un mozo – dijo Charlie antes de soltar una sonora carcajada - ¡maldita sea, mi pequeña se hace mayor! - acto seguido me propinó un fuerte palmetazo en la espalda que consiguió sacudirme por completo.
  • No, no exactamente... - contesté entrecortadamente.
  • Phil Doyle, el padre de Prue – dijo de repente mi padre acercándose a nosotros y extendiéndole la mano a Charlie – un placer.

Creo que Charlie nunca había parecido tan amenazador como en aquel momento. No sé si sería a causa de su espesa y poblada barba cobriza que ensombrecía y tapaba prácticamente todo su rostro, o a causa del empequeñecimiento de sus claros ojos que mostraban cierta incredulidad, pero sin asomo de dudas en ese preciso momento habría conseguido espantar hasta a una manada de lobos hambrientos.

  • ¿Su padre? - preguntó toscamente - ¿es cierto lo que dice este hombre Prue? ¿es este tipejo el infeliz que os abandonó?
  • Creo que no es necesario usar ese vocabulario – le recriminó mi padre en un triste intento de dominar la situación – y le agradecería enormemente que no se inmiscuyera en asuntos familiares.
  • Resulta caballero que está usted en mi local y en mi local yo me inmiscuyo donde quiero – replicó Charlie acercándose amenazadoramente a mi padre.
  • ¿No me diga? - dijo este a su vez acercándose mas aun a Charlie y apretando fuertemente los puños.
  • Creo que no es necesario dar otro espectáculo - murmuré poniéndome en medio de los dos – Charlie fue idea mía traerlo aquí, quería que conociera el lugar donde trabajo pero si va a suponer una situación incomoda para todos, en especial para ti, nos iremos a otro lugar.

Finalmente Charlie, tras guardar silencio durante un par de minutos y observar mi serio semblante con detenimiento, accedió a dejarnos pasar en el pequeño establecimiento. Este estaba tal y como lo recordaba: una rudimentaria barra de cedro, en esos momentos atiborrada de vasos vacíos y alientos ebrios, presidia el local. Tras esta había una vitrina polvorienta atestada de viejas botellas de licor aunque si algo llamaba la atención era la gigantesca y anticuada radio que silenciaba los murmullos de esos clientes fijos abonados a sus tres jarras de cervezas diarias, y unas cuantas pequeñas mesas estaban esparcidas por aquí y por allá. Tomamos asiento en la mas apartada pero pese a eso podía notar la mirada inquisitiva de Charlie, quien hacía un tremendo esfuerzo para disimular secando el mismo vaso una y otra vez.

  • Bueno... ¿y que has hecho hoy? - Prudence la próxima vez que vayas a hacer otra pregunta insulsa mejor te vas para casa.
  • Estuve toda la mañana en el hostal. No he querido salir mucho por si acaso alguien me reconocía y pasaba un episodio similar al que ha tenido lugar con... ¿Charlie? - respondió mi padre.
  • No creo que la gente te reconozca, al fin y al cabo apenas vivistes aquí y hace muchos años que te fuistes - ¿algún comentario ácido mas o ya te has dado por satisfecha? - Phil... ¿realmente has vuelto para recuperar el tiempo perdido conmigo? No es que no valore que estés aquí en estos momentos pero quizás sea ya un poco tarde, quizás ya ninguno de los dos seamos capaces de abrirnos el uno al otro.
  • ¿Por qué dices eso?
  • Porque... miranos, ni siquiera podemos mantener una conversación normal. Siempre nos quedamos en silencio sin saber que decir o que hacer ¿cómo debo tratarte? ¿como a un padre? ¿como a un desconocido? ¿como a un posible amigo?
  • ¿Qué tal si empezamos como unos posibles amigos? - sugirió.
  • Me parece bien – terminé accediendo sonriendo.
  • Y bien, amiga, ¿qué planes tienes? ¿has pensando ya a que universidad quieres ir o qué quieres estudiar?
  • La verdad es que no – reconocí – parecerá absurdo pero no he tenido tiempo suficiente para decidir que rumbo quiero que tome mi vida. Se me da bien la literatura pero ¿quiero pasarme el resto de mis día dedicándome a ello? No lo sé. Alguna que otra vez pensé en estudiar psicología pero teniendo en cuenta que no logro entenderme ni a mi misma sería absurdo intentar comprender y ayudar a los demás ¿no crees?
  • Si te digo la verdad, tengo varios amigos psicólogos y puedo asegurarte que ellos están mucho mas locos que sus pacientes – dijo mi padre guiñándome un ojo – los seres humanos somos seres complejos llenos de contradicciones. Seguramente serás capaz de encontrarle una solución a un problema de tu mejor amiga pero no a uno tuyo ¿o me equivoco?
  • No, no te equivocas para nada – reconocí entre resoplidos – bueno, casi nada, porque la verdad es que ya no sé si tengo “mejor amiga” o no.
  • ¿Un chico se interpuso entre vosotras? - aventuró mi padre.
  • Se podría decir que si pero no en la manera en la que tú crees – contesté algo incomoda – no es que Courtney y yo estemos coladas por el mismo chico, es solo que ella no ve apropiado como estoy llevando mis asuntos... ya sabes, sentimentales.
  • Prudence en esta vida no vas a escuchar siempre lo que deseas oír, en ocasiones habrá alguien cercano a ti, que te guarda un gran cariño y afecto, que se verá con la confianza suficiente para decirte lo que estas haciendo bien y mal y eso, hija, es algo digno de admirar – ante mi cara incrédula añadió – con el paso de los años verás que tengo razón. Esa chica, la tal Courtney, debe quererte mucho para ser capaz de recriminarte tus actos.
  • Hay formas y formas de hacer las cosas – me defendí – puede que tengas razón en eso de que una amiga de verdad debe decirte tanto lo bueno como lo malo pero creo que los gritos no son la mejor manera de hacerlo así que en esta ocasión le corresponde a ella ceder y pedir disculpas.
  • No seré yo quien juzgue tu testarudez, al fin y al cabo creo que es herencia mía – rió – lo que si que me interesa saber es quién es el chico ese que ha conseguido disgustarte con tu amiga.
  • Es una historia muy larga – si le cuento el triángulo amoroso en el cual estoy sumida mañana mismo estará rumbo a la vieja Toscana – y la verdad es que no quiero espantarte antes de tiempo.
  • ¿Espantarme? Prudence, tienes diecisiete años, no creo que tu vida amorosa pueda sorprenderme en demasía – volvió a reír – así que desembucha. Quien sabe, lo mismo puedo ayudarte.
  • Esta bien, tú lo has querido – le lancé una última mirada incrédula y comencé a contarle brevemente el caos que se había vuelto mi vida – resulta que estoy perdida e irremediablemente enamorada del que ha sido mi mejor amigo toda mi vida. El problema es que ese chico ahora esta saliendo con otra chica y a causa de eso nuestra amistad se ha enfriado hasta niveles insospechados. Nos hemos echado muchas cosas en cara, nos hemos dicho demasiadas cosas hirientes y en estos momentos nuestra relación es inexistente – tomé un poco de aire antes de poder continuar – así que llegué a la fantástica conclusión de que debía olvidarme de él y para ello usé, por así decirlo, a otro chico que es completamente diferente a él. Es dulce, atento, cariñoso, tierno... no sé, es un buen chico, la clase de chico que toda madre querría para su hija. Comenzamos a salir pero la cosa no terminó de cuajar y rompimos, no duramos ni dos semanas siquiera - ¿ya no te parece una soberana gilipollez mi vida amorosa, eh? - tras esto no sé como sucedió pero se produjo un acercamiento entre el que era mi mejor amigo y yo, y debido a este acercamiento yo me monté una película preciosa en mi cabeza, película en la cual él dejaría a su novia y empezaría una historia conmigo pero nuevamente me equivoqué y nada de eso sucedió. Él sigue con esa tipeja y yo me he vuelto a refugiar en los brazos de aquel chico perfecto. No es que estemos juntos pero tampoco es que estemos separados ¿lo entiendes? Es algo extraño, me siento bien a su lado, me tranquiliza, me da paz y debido a eso se ha vuelto alguien importante, demasiado importante para mí. Y bueno, supongo que lo que Courtney no ve con buenos ojos es que use a este chico pero lo que no sabe es que ahora no sé si lo estoy usando o si simplemente me estoy... ¿encaprichando? de él.
  • Vale, retiro lo dicho. No era consciente de lo complicando que podía ser todo en la vida de una adolescente – admitió mi padre – como padre te diría que no te acercaras a los chicos hasta los cuarenta años pero como persona que ha pasado ya por tu edad te diría que te tomes las cosas con calma y que te dejes querer por aquel que te trate con respeto y cariño. Si ese amigo tuyo ha consentido terminar con una bonita amistad por el simple hecho de echarse novia no creo que merezca absolutamente nada de ti.
  • Quizás tengas razón... - atiné a decir – pero bueno, cambiemos de tema mejor. Hablame de ti, de tu vida en Italia, de tu... pareja, no sé ¿en qué trabajas ahora? ¿vives en una gran casa o en un pequeño apartamento? ¿se te da bien cocinar macarrones? ¿tenéis mascota? ¿algún otro hijo ronda por allí?
  • Actualmente trabajo junto a Biagio en una pequeña empresa de vinos, ya sabes, exportamos nuestras propias reservas. La familia de Biagio tiene un viñedo y la verdad es que nos da para vivir de manera bastante acomodada. Antes vivíamos en un pequeño apartamento en la ciudad pero desde que nos dedicamos a eso nos mudamos a la finca para no tener que andar todo el día de un lado para otro.
  • Debe ser apasionante vivir allí. Siempre fantaseé con viajar a Europa – revelé ilusionada – hay tantos lugares mágicos que visitar, tantos monumentos, tantas culturas entrelazadas...
  • Podrías venir a visitarme – dijo ilusionado mi padre – es mas, podríamos recorrer todas aquellas ciudades a las que quisieras ir ¿qué te parece?
  • Es una oferta difícil de rechazar – difícil sería decirle a mi madre “oye, que vuelvo ahora, solo voy a coger un avión para ir a la otra punta del mundo a ver a mi padre” - y hablando de ofertas difíciles de rechazar tenía una que hacerte – ante la cara de curiosidad de mi padre proseguí diciendo – estuve hablando con mi madre y ambas nos preguntamos si te gustaría o querrías cenar con nosotras en Navidad.
  • ¿Que a tu madre le gustaría? Por favor Prudence, no insultes mi inteligencia – rió Phil.
  • Esta bien, no le hizo ni pizca de gracia cuando se lo sugerí pero ¿qué otra cosa podía hacer? Si hubiese dicho que no me habría pasado toda la noche enfurruñada – reconocí - ¿y bien? ¿vendrás? Te prometo que si vienes te prepararé yo misma tu comida favorita, palabra de Doyle.
  • Claro que iré, me acabas de hacer el hombre mas feliz de este mundo – respondió mi padre extendiendo su pecosa mano sobre la pequeña mesa para rozar cariñosamente la mía.

Y ahí estaba yo, aturdida por esa pequeña muestra de cariño, la primera desde hacía mucho tiempo, que mi progenitor había tenido conmigo. En un primer momento, quizás por la sorpresa, por lo inesperado del acto, estuve tentada de apartar bruscamente la mano en un intento de huir de ese contacto pero el deseo de poder tener por fin una figura paterna en mi vida era mucho mas intenso. Había soñado tantas veces con aquellas manos... es curiosa, realmente curiosa, la mente humana. Consigue eliminar de tus recuerdos ese rostro que antaño era imprescindible para ti, esa voz que conseguía calmarte cuando una pesadilla te despertaba en medio de la madrugada, pero sin embargo no logra hacer lo mismo con esos pequeños detalles que para el resto de la humanidad habrían pasado desapercibidos.
El móvil, ese gran invento tecnológico que sin excepción rompe cualquier momento idílico, consiguió sacarme de mi ensimismamiento cuando comenzó a vibrar insistentemente en el bolsillo de mi abrigo.

  • Disculpa – dije mientras rebuscaba en el abrigo.

Fue cuestión de suerte que el móvil no cayera de mis manos y fuera a parar al suelo. ¿El motivo? El palpitante nombre de Roman que aparecía una y otra vez sobre la pantalla del teléfono. En otro momento habría dudado entre contestar o no. En otro momento en el que Roman no hubiera derrumbado los pocos bellos sentimientos que aun nos unían. Volví a guardarlo como si nada pese a que seguía sonando insistentemente.

  • ¿Ocurre algo? - me preguntó preocupado mi padre – de pronto te ha cambiado la cara.
  • No, no es nada – mentí – quizás debería volver ya a casa, no quiero que mi madre empiece a pensar que me has raptado o algo por el estilo.
  • Si claro, te acompaño – se ofreció.
  • No, no es necesario – rechacé poniéndome en pie – tendrías que dar un rodeo demasiado grande y creo que el tiempo no acompaña – añadí señalando la ventana, desde la cual se veía perfectamente caer los copos de nieve.

Me quedé frente a mi padre un par de segundos, dudando entre si debía darle un par de besos a modo de despedida u optar por un simple y escueto adiós.

Querida, deberías empezar a tratarte eso de las despedidas. Es lamentable que nunca sepas como ponerle fin a una velada ¿cuántos años tienes?¿tres? Te daré una pista, tu padre está esperando que le des un cálido beso en la mejilla ¿cuál es el problema? ¿se te olvidó de pronto como se dan los besos? Es muy sencillo pequeña, debes acercarte a él, ponerte a la altura de su rostro y posar tus labios sobre su pómulo ¿fácil, verdad?

Aun dubitativa, me acerqué a él y le di un fugaz beso a modo de despedida. Notaba a la perfección como el rubor se iba apoderando de mi rostro y antes de que ese hecho fuera percibido por mi padre salí del Green Pine no sin antes haberme despedido de Charlie con un escueto movimiento de cabeza.

Una bofetada de aire gélido me recibió una vez estuve fuera del local pero mentiría si dijera que en cierto modo no lo agradecí. Me puse pues rumbo a casa. No quería ni tan siquiera imaginar el humor con el que me recibiría mi madre, esa madre que se sentiría desvalida por el “desprecio” que le había hecho al irme a pasar el día con el peor hombre que tuvo el valor de pisar la faz de la Tierra. Y ahí estaba yo, recorriendo las calles y callejuelas iluminadas del pueblo mientras preparaba mentalmente mis escuálidos argumentos para la defensa de mi figura paterna. La verdad, no era algo que se pudiera catalogar bajo la palabra sencillo y mucho menos teniendo en cuenta que el móvil no paraba de sonar. Las tres primeras veces me tomé la molestia de cogerlo para ver quien me llamaba de manera tan insistente, pero al comprobar que siempre era él, Roman, opté por dejarlo sonar en las profundidades de mi bolsillo. No sabía si reír o llorar, tal era mi desesperación. Era la clase de persona que estaba programada para contestar a cualquier llamada al segundo y Dios sabía el calvario por el cual estaba pasando por no pulsar aquella maldita tecla verde. Estaba tentada de contestar y decirle a voz en grito que dejara de comportarse de manera obsesiva, que tener veinte llamadas perdidas suyas en apenas unos diez minutos era mas que suficiente pero luego había otra parte de mí que se dedicaba a decir “Prudence, tranquila, no pierdas los nervios, la indiferencia es el peor de los castigos”.
Ese pensamiento cabal me duró hasta la vigésimo tercera llamada, mas o menos, pero llegó un momento en que el irritante tono de llamada consiguió ponerme histérica. Saqué furiosa el móvil y, sosteniéndolo en mis manos, grité:

  • Maldita sea ¡¡para de sonar cachivache estúpido!! ¡¡para!! ¡¡PARA!!
  • Si descolgaras el teléfono dejaría de sonar – dijo una voz tras de mí.

Mi giré sobresaltada para comprobar que quien se encontraba tras mi espalda no era otro mas que Roman. Roman, con su revuelto pelo negro retenido bajo un grisáceo gorro de lana, con sus intensos ojos oscuro capaces de taladrar a cualquier persona y que en esos momentos delataban a la perfección que se encontraba totalmente azorado, con sus hoyuelos que le daban un aspecto de chico inocente y encantador que en ocasiones para nada era, con su semblante tranquilo, con sus labios capaces de dibujar la mejor de las sonrisas y de lanzar las palabras mas hirientes y afiladas.

  • ¿Qué haces aquí? - le pregunté guardando el móvil, acto que él hizo a su vez.
  • Intentar hablar contigo – contestó – ya sabes lo insistente y testarudo que soy. Si te niegas a contestar a mis llamadas no me queda mas remedio que venir a verte y con el tiempo que hace hoy es algo que deberías admirar y tener en cuenta.
  • Lo mismo esto que te voy a decir te sorprende un poco pero cuando una persona no contesta a veintitrés llamas de teléfono quizás y solo quizás, es porque no quiere o no tiene nada de lo que hablar contigo.
  • La verdad, nunca me lo había planteado. Gracias por la información.
  • ¡Dios, cómo me desesperas! - bufé poniéndome de nuevo rumbo a mi casa.
  • ¡Espera! - gritó Roman mientras me daba alcance – vamos Prue, era una broma ¿dónde está tu sentido del humor?
  • En la basura – espeté – ¿desde cuándo tienes la potestad para gastarme bromas? ¿acaso te olvidastes de lo de esta mañana? Porque yo desde luego no y después de lo que sucedió lo que menos me apetece es verte la cara.
  • Está bien, no es necesario que me veas la cara, con que me escuches tengo suficiente – al ver que no me detenía me agarró del brazo suavemente para detenerme – por favor, Prue.
  • Di lo que tengas que decir y lárgate – dije intentando disimular el escalofrío electrizante que me había producido aquel contacto.
  • Siento lo que sucedió esta mañana. No tenía ningún derecho para usar el tema de tu padre y de tu familia desesctruturada para lastimarte pero la verdad es que me estabas sacando de quicio con aquellas exigencias estúpidas mas propias de una vieja esquizofrénica que de la que ha sido mi mejor amiga desde que tengo uso de razón.
  • ¿Algo mas? - pregunté desviando la mirada hacia un lado. Sabía que si mi mirada se cruzaba con la suya flaquearía irremediablemente - ¿no? Pues estupendo, ha sido un placer hablar contigo.
  • ¡Vamos, Prue! - exclamó Roman volviéndome a detener - ¡reconoce que esta mañana fuistes una auténtica toca pelotas! ¡demasiada paciencia tuve!
  • Creo que los dos estamos siendo unos toca pelotas, no solo yo – me defendí - ¿cómo querías que actuase después de lo que ha ocurrido entre los dos? ¿cómo si nada? De alguna forma tenía que reaccionar ante tu desprecio, ante tus cambios de humor y de opinión. No sé si lo harás intencionadamente o no pero me estás volviendo loca Roman. No puedes tratarme como a la mierda un día y al día siguiente venir a mí con tus zalamerías y hacer como si nada hubiese ocurrido.
  • Yo no te desprecio – me corrigió Roman – no puedo despreciarte pero tampoco puedo aplaudir todo lo que hagas porque por ejemplo tu comportamiento en el baile no fue el apropiado. No tenías ningún derecho a decirle a Betty nada de lo que ocurrió porque lo que sucedió entre nosotros estuvo mal y me correspondía a mí y solo a mí contárselo.
  • Creo que será mejor que no hablemos sobre lo del baile porque a día de hoy no consigo entender el motivo por el cual te creístes con todo el derecho del mundo de comportarte como un despechado, como si yo te estuviese engañando cuando el primero que fue con acompañante al baile fuistes tú no yo porque la verdad no creo que a Courtney se le pueda catalogar de acompañante.
  • Hasta donde yo sé no fui yo el que comenzó a liarse con otro – dijo bruscamente Roman - ¿sabes la cara de imbécil que se me quedó cuando te vi liándote con Cameron?
  • Pues creo que si porque es la misma cara de retrasada que se me queda a mi cada vez que te veo dándote el lote con Betty – espeté – además, si tanto se te llena la boca diciendo que lo que pasó entre los dos estuvo mal, que fue un erro ¿por qué te importa que me líe o no con Cameron? ¿acaso no tengo derecho a estar con nadie? ¿acaso eres tú el único que puede permitirse el lujo de eso?
  • Ya sabes lo que opino de Cameron.
  • Y tú sabes lo que opino de Betty así que estamos empate.
  • ¿Qué quieres que te diga Prue? ¿qué quieres que haga? - me preguntó abatido.
  • Lo único que quiero es que dejes de marearme Roman porque no puedo estar toda la vida intentando descifrar tus actos y tus pensamientos, no puedo. Lo siento pero me agota – reconocí – tienes que decidir en que posición quieres estar. O conmigo o contra mí.
  • ¿O contigo o contra ti? ¿desde cuándo es esto una guerra?
  • Desde que me cuesta conformarme con ser solamente tu amiga – cierra la boca ya maldita descerebrada y vete a casa ¿qué te crees que es esto? ¿una película de Hollywood? ¿crees que ahora el te confesará su amor por ti y viviréis felices para siempre? Quizás hasta podáis comer perdices para que el cuento sea redondo.
  • ¿Me estas diciendo lo que creo que me estas diciendo? - masculló Roman en un hilo de voz.
  • Piensa lo que quieras y cuando tengas claro el bando en el que quieres estar avísame.

Sabía que había descolocado por completo a Roman con aquellas palabras. Sabía que le estaba poniendo en un compromiso difícil de solventar y sobretodo sabía que alguien iba a salir perdiendo en todo esto. Puede que fuera Betty, puede que fuera Roman o, lo mas seguro, podía ser yo ¿pero que otra cosa podía hacer? Si finalmente era yo la perjudicada al menos podría ponerle punto y final a esa historia y comenzar una vida nueva, una vida nueva donde no hubiera cabida para Roman.

  • Tú siempre has formado parte de mi vida Prue y... difícilmente puedo imaginarla sin ti – dijo Roman acercándose lentamente a mi.
  • ¿Conmigo o contra mí? - volví a preguntarle sin apartar la mirada de sus oscuros ojos.
  • Prue por favor... - suplicó Roman.
  • Conmigo – di un paso hacia él quedándome a escasos centímetros de sus labios – o contra mí.

Por favor, por favor, solo debes decir “contigo”. Un simple “contigo” y todas nuestras discusiones, todos nuestros comentarios dañinos, todos nuestros malentendidos quedaran olvidados. Por favor. Por favor.

De pronto noté algo vibrar nuevamente en la inmensidad del bolsillo de mi abrigo y podía escuchar a la perfección aquella melodía que minutos antes había conseguido sacarme de quicio pero en esos momentos me daba completamente igual el motivo y la persona que me estuviera llamando.
Mi corazón comenzó a acelerarse desbocadamente cuando Roman se aproximó nuevamente a mí. Notaba como la ilusión, la esperanza iluminaba mi rostro. Notaba como mis labios dibujaban una sonrisa, esos labios que estaban ávidos de besos, ávidos de él. Y notaba como Roman metía su mano en mi bolsillo y extraía el móvil. Vi con extrañeza como alzaba el aparato para ver quien era aquel que llamaba una y otra vez. Vi como la mirada dulce y entrañable de Roman se iba ensombreciendo y vi, con espanto, como daba un paso hacia atrás parase alejarse de mí.

  • ¿Qué ocurre? - pregunté intentando controlar la angustia de mi voz.
  • Ocurre que ya he tomado una decisión – me contestó sonriendo mientras me tendía el móvil – y mi decisión es contra ti.

Con manos temblorosa conseguí sostener el teléfono y con un simple vistazo a este comprendí el porque de aquella respuesta.

  • Roman, por favor, espera – balbuceé de manera estúpida intentando inútilmente retenerle a mi lado.
  • No hay nada mas de lo que hablar Prue, ya hice lo que vine a hacer – contestó lanzándome una última mirada – que te vaya bien ¡ah, y no te olvides de contestar! Ya sabes, tecla verde.

Sin darme opción alguna a réplica se atusó bien el gorro y comenzó a correr hasta que finalmente desapareció entre la ventisca.

Desde luego que el guaperas de Cameron tiene el don de la oportunidad ¿verdad? ¿cuántas veces ha fastidiado tu ahora imposible historia con Roman? Eres realmente divertida, bueno, mejor dicho, tu fracaso es realmente divertido. Creo que jamás podré olvidar esa cara de tonta que se te quedó cuando el señorito Roman Lemarcks te rechazó. Contra ti dijo. Cada vez me parece mas gracioso ese chico. Si, es realmente gracioso. Lástima que Betty sea la única que pueda disfrutar de sus bromas y gracias... privadas.

  • Dime Cameron – conseguí decir a duras penas cuando descolgué el móvil sin apartar la vista del lugar donde segundos antes se había escabullido Roman.
  • ¿Estas bien? Te noto la voz un poco rara – creí escuchar decir a Cameron al otro lado de la línea.
  • Si, estoy bien – contesté – solo estaba poniéndole punto y final a algo que se ha alargado demasiado – a una historia que algún día espero poder recordar sin sentir este horrible vacío oprimiéndome el pecho.

Contra ti. Contra ti. Contra ti. Contra ti. Estoy contra ti.

No hay comentarios:

Publicar un comentario