lunes, 5 de noviembre de 2012

CAPÍTULO 14

Escribiendo…

No puedes ignorarme para siempre

Visto üü
Claramente ignorado üüü
Puedes morirte esperando respuesta üüüü

Según el reloj de mi mesilla de noche, llevaba dos horas y cuarenta y cinco minutos saturándole el Whatsapp a Violet pero de poco estaba sirviéndome el dejarme los dedos y la batería tecleando sin descanso porque claramente mi amiga había decidido emplear la famosa técnica conocida como “voy a ignorarte hasta que las ranas críen pelos, los tíos no piensen únicamente en sexo y me sobre el dinero” para castigarme.

-       ¡Pues muy bien rencorosa de las narices! – bufé tirando el móvil contra la cama cuando los dos famosos tic azules aparecieron una vez más junto al vigesimotercer mensaje de disculpas que le había enviado - ¡no me hables si no quieres! ¡mejor para mí!

Salvo que no era lo mejor para mí.

Aquel día había sido una completa locura o, mejor dicho, todo había sido una completa locura desde que me acosté con Roman y éste comenzó a salir con Betty, pero en medio de ese caos de sentimientos confusos y planes disparatados que se había vuelto mi pan de cada día siempre había podido contar con que Violet permaneciera a mi lado sin importar lo que pasara pero… pero ¿y si sí que importaba lo que pasara? ¿y si el lazo que nos unía a Violet y a mí no era tan resistente como me pensaba y terminaba rompiéndose al igual que el que en su momento me ató a Roman? ¿y si terminaba perdiéndola también a ella? ¿y si me quedaba completamente sola?

“Pues tendría que fastidiarme porque me lo habría buscado yo solita, eso es lo que pasaría”.

-   ¡Ahhhhhh! ¡eres una imbécil Prudence! – grité tumbándome en la cama - ¡una completa imbécil!

-          Si, en eso estamos todos de acuerdo – dijo Gust desde la puerta.

Era maravilloso comprobar como los genes invasivos y cotillas de mi madre se habían repetido y multiplicado a la décima potencia en mi hermano, al igual que también era maravilloso comprobar que en aquella casa ni siquiera un crío de doce años respetaba mi derecho a la intimidad.

-          ¡Cuántas veces tengo que decirte que llames antes de entrar!

-          Técnicamente no he entrado – replicó mi hermano encogiéndose de hombros.

-        Lo que sea – bufé – ¿se puede saber que quieres ahora? ¿es que no puedes dejarme tranquila ni cinco minutos?

-          Solo venía a decirte que me voy a casa de Ian.

“Capítulo siete del libro de mi vida: cuando mi hermano pequeño tiene más vida social que yo”.

-          ¿Te ha dado permiso mamá?

-          No pero…

-       Pero nada, sin permiso no puedes salir – dije sin molestarme en mirarlo – paso de comerme una bronca por tu culpa.

-          Vamos Prue… - el famoso tono lastimero de August Doyle – cúbreme, porfa.

-       Ni de coña – me negué en redondo – si quieres salir llama a mamá a la tienda y camélatela para que te deje.

-        Si la llamo seguro que dirá que no – replicó Gust cruzándose de brazos – ya sabes lo pesada que se pone con eso de no dejarnos salir entre semana.

-         Mala suerte entonces – contesté mientras me acercaba hacia la puerta con la intención de darle un portazo en todas las narices a aquel grano en el culo que era mi hermano, pero tranquilos todos que aquel portazo quedó congelado en el tiempo cuando Gust dijo:

-     O me cubres o le contaré a mamá que hoy te vi dándote el lote con Cameron Mason en la cafetería.

Mi querido, chivato y chantajista hermano.

-        Si abres la boca estás muerto – enredando mi puño en la camiseta de Gust tiré de su enclenque cuerpecillo hacia mí en un intento de resulta amenazadora y no patética, pero la sonrisa de mi hermano me demostró que había fallado estrepitosamente en mi intento.

-      Puede que sí o puede que no – rezongó – pero lo que es seguro es que mamá te montará un pollo impresionante así que… tú eliges.

Realmente era muy triste que: uno, el primer tío con el que mi hermano me vio besándome fue Cameron Mason; dos, Gust me conociera lo suficiente como para saber que me daría un infarto múltiple si nuestra madre supiera que me había liado con semejante alcornoque – por muy bueno que dicho alcornoque estuviera y por mucho que éste se hubiera ganado mediante palabrerías su blando corazón –; tres, estuviera a punto de perder mi dignidad y posición de diosa y reina de la casa al sucumbir al chantaje del mini Vito Corleone con el que compartía sangre y ADN.

-          Lárgate – espeté finalmente soltándole de golpe.

-          Eso quiere decir que…

-     Que te cubriré con mamá, mafioso del demonio – chantajeada por un crío de doce años, ¿cómo he acabado así? – pero más te vale estar en casa antes de las ocho ¿te enteras?

-    Gracias, hermanita – contestó mi hermano sonriendo con malicia para desaparecer por las escaleras segundos después.


***


Benditos trabajos y exámenes puestos a traición.

No, no había perdido la cabeza – al menos de momento – pero el resto de la tarde conseguí dejar de pensar en Roman, Violet, Cameron, Betty y mi hermano el metiche gracias a la cantidad casi indecente de tareas que tenía pendientes de hacer y al vertiginoso montón de apuntes que tenía pendiente de estudiar para los primeros exámenes del año, así que cualquier estímulo externo – aunque este lograra que mi muñeca deseara gritar de dolor de tanto escribir y subrayar – que me permitiera evadirme un rato de mi realidad era bienvenido.

Y el silencio, el maravilloso silencio que me rodeaba gracias a que por una santa vez tenía la casa completamente para mí sola…

O al menos la tuve hasta que al parecer alguien decidió fundir el timbre de la puerta como si un asesino en serie – ya sabéis, el típico de las películas de terror que va por mitad de la calle con una sierra el doble de grande que él – le estuviera pisando los talones.

-        ¡Voy! ¡voy! – grité mientras bajaba corriendo las escaleras - ¡ya voy! ¡Gust deja de una vez el timbre! ¡te lo vas a cargar!

Salvo que no era Gust el que estaba en el porche esperando a que abriera.

No era Gust…

No era…

No…

-       ¿Roman? – mi corazón se saltó un latido cuando mis ojos recorrieron con un ansia desmedida su cuadrada mandíbula, sus firmes pómulos, su respingona nariz, sus almendrados y oscuros ojos, sus espesas pestañas, sus perfectos labios -   ¿qué… qué haces aquí?

-     Tenemos que hablar – fue todo lo que dijo echándome bruscamente a un lado para pasar – ¿estás sola?

¿O tienes a Cameron escondido en algún lado?

No, no se atrevió a formular esa pregunta pero no hizo falta que lo hiciera porque sabía perfectamente que se la hacía.

-       Mi madre sigue en la tienda y Gust ha salido con sus amigos así que sí, estoy sola – contesté cruzándome de brazos frente a él a la espera de que me dijera que mosca le había picado para presentarse en mi casa de buenas a primeras pero, al parecer, no tenía intención de abrir la boca de nuevo así que añadí en un tono de voz para nada amistoso – estoy bastante ocupada así que o me dices lo que sea que me tengas que decir o te largas.

Casi pasó desapercibido ante mis ojos la leve arruga que se le formó en su ceño. Casi.

-          ¿Podemos hablar mejor en tu habitación?

-          ¿Mi habitación?

Asentimiento.

-       Claro, como quieras – que no note como me tiembla la voz, las manos, las piernas – pero te aviso que está un poco desordenada. Estaba estudiando.

-          No sería la primera vez que entrara en tu dormitorio y pareciera que ha pasado un huracán por él.

Sí, eso era cierto, pero la pregunta que ahí cabía hacerse era si esa sería la última vez que posara sus pies en la moqueta color marfil que cubría el suelo de mi habitación.

Ambos subimos en absoluto silencio hasta mi dormitorio y solo cuando cerré la puerta tras de mí, cuando apilé como buenamente pude todos los papeles que tenía esparcidos por el escritorio y parte del suelo, cuando me senté cruzándome de piernas sobre mi cama, Roman se dignó a romperlo.

-          He discutido con Betty.

-     Vaya, te acompaño en el sentimiento – ¿en serio se ha presentado en mi casa para que le consuele? ¿en serio pretende que sea el hombro donde llorar sus penas sentimentales? – estoy segura que sea lo que sea que haya pasado entre vosotros dos se solucionará así que… ¡ánimo!

-       He discutido con ella por ti – espetó Roman casi en un gruñido – por ti y por el gilipollas de Mason.

“Ojalá pudiera sacar el móvil y grabar este momento. Estoy segura que Cameron disfrutaría como un enano”.

-         No estás siendo muy esclarecedor ¿sabes? – dije encogiéndome de hombros – no entiendo que tenemos que ver Cam y yo en tus movidas semi conyugales.

-      ¿Estás realmente saliendo con Mason? – me preguntó pasándose las manos por su oscuro y despeinado cabello – porque ya he sido testigo de cómo te metía la lengua hasta la campanilla pero…

-   Pero qué – le interrumpí levantándome de un salto de la cama – no tengo que darte explicaciones y mucho menos después de que decidieras retirarme la palabra.

-    ¡Claro que tienes que darme explicaciones! – exclamó acercándose a mí – joder, me estás volviendo loco Prudence.

-       ¡Tú sí que me estás volviendo loca a mí! – de todas las maneras posibles – te ayudé a estar con Betty y me lo agradeciste dejándome de hablar y ahora vienes a mi casa a qué ¿a recriminarme que esté saliendo con quien me dé la gana? ¿pero tú eres consciente de lo sumamente absurdo que es todo esto?

-          No he venido a recriminarte nada – negó Roman – solo he venido a decirte que no quiero que estés con él.

Algún día tendría que aprender a no reírme en los momentos más inoportunos pero mucho me temía que ese día aún no se había llegado.

-          Deja de reírte. Estoy hablando en serio.

-      Perdona, creí que me estabas gastando una broma – repliqué aun entre risas – más que nada porque no recordaba que fueras la versión contemporánea del hombre de las cavernas.

-          ¿El hombre de las cavernas?

-        Ya sabes… el típico machista que cree fervientemente que él tiene el derecho divino de hacer con su vida lo que le sale de los cojones pero que pretende controlar las acciones de todas las féminas que le rodean.

-      Yo no pretendo controlar tu vida – contestó Roman acompañando sus palabras con un resoplido – solo pretendo hacerte comprender que no puedes salir con alguien como Mason.

¿Cómo alguien que conseguía que mi corazón fuera a la velocidad de un colibrí podía provocarme tantas ganas de golpear cosas? Eso pasaría a ser uno de los grandes misterios de la humanidad – y estaba totalmente convencida de ello – porque era una locura que en esos instantes tuviera las mismas ganas de abofetear la mejilla de Roman que de llenarla de besos.

-      ¿De la misma manera que tú no puedes salir con alguien como Betty? – repliqué alzando mi barbillaporque si vas a venirme con el cuento de que no puedo estar con Cameron porque básicamente todas las chicas del pueblo han pasado por sus manos eso mismo podría aplicarse a tu novia ¿o vas a decirme ahora que “en bocas de todos” es la más pura de todo Saint Philippe-Loosle?

-      Pero al menos ella no humilla a los tíos con los que se ha acostado, cosa que tu noviecito si hace – saltó, como no, en su defensa – ¿sabías que cada vez que Mason se reúne en los vestuarios con sus amigotes describe con pelos y señales a las tías que han tenido el infortunio de caer en sus garras? Y cuando digo con pelos y señales me refiero a que incluso cuenta las veces que se han corrido para él – cómo no, Cameron tenía que ser un capullo de manual ¿por qué será que no me sorprende? - Prue, no quiero que tú seas una de esas tías a las que Mason deja por el barro así que aléjate de él.

-       Que me aleje de él… - conseguí balbucear mientras intentaba cuadrar en mi cabeza el hecho de que había accedido a aliarme con el tío más cerdo y repulsivo sobre la faz de la tierra.

-        Mira, sé que quizá no te esperabas que Mason fuera tan gilipollas aunque, a decir verdad, me extraña que no lo hicieras – dijo Roman algo más relajado – y sé que Betty se va a poner como loca cuando se entere que vine a ponerte sobre aviso pero… pero me preocupo por ti Prue y no quiero que nadie te lastime.

“¿Y entonces por qué me apartaste de tu lado cuando más deseaba que estuvieras a mi vera? ¿y entonces por qué fuiste justo tú el único que ha logrado lastimarme?”.

-          Y si, no hace falta que me eches en cara otra vez que si tanto me preocupas y me importas por qué dejé de hablarte e incluso mirarte ¿vale? Ya sé que fue una cagada pero…

-          Pero qué, ¿qué excusa que prácticamente me expulsaras de tu vida?

Resoplido, resoplido que se clavó en mi alma.

-    Desde aquella noche en la fiesta de Kevin – dijo tras unos minutos de silencio que se me hicieron eternos –, desde que Violet dijo que tú también creías que era una locura que saliera con Betty, solo he podido preguntarme una y otra vez que si… que si realmente pensabas eso… ¡joder! ¡da igual!

“Roman Lemacks y su apabullante capacidad para expresar lo que siente”.

-      No, no da igual – contesté acercándome a él – llevo cerca de un mes teniéndome que conformar con verte desde lejos cuando antes pasábamos juntos todo el tiempo así que merezco saber por qué perdí a mi mejor amigo de la noche a la mañana.

Silencio. Silencio. Silencio.

-      Roman, soy yo – susurré cogiéndole la mano – soy Prue, la chica que a los diez años fue testigo de cómo te comías un gusano por haber perdido una apuesta contra Violet.

-          No creo que sea el momento para recordarme eso – bufó rodando los ojos.

-       Pero si es el momento para recordarte que puedes contarme lo que sea – mis manos sostuvieron el rosto de mi amigo para obligarle a que se sumergiera en mis ojos y viera que decía la verdad – dímelo, dime que te ha estado rondando todo este tiempo por la cabeza.

“Vamos, vamos, vamos”.

-          ¿Por qué te acostaste conmigo si realmente pensabas que debía olvidarme de Betty?

De pronto me quemaba el tacto de la piel de Roman. De pronto me faltaba el aire. De pronto solo quería salir corriendo y no mirar nunca más atrás.

Y, como siempre, era un libro abierto para Roman quien, antes de que pudiera apartar mis manos de él y refugiarme en la esquina más lejana de mi habitación, colocó las suyas sobre las mías para impedir que huyera como la cobarde que era.

-          Contéstame, Doyle.

Quería, de veras que quería hacerlo.

Quería decirle que al principio realmente creí que era una buena idea, que solo le estaba haciendo un favor, que solo le estaba ayudando a dar ese paso que tanto le agobiaba y paralizaba, pero que luego todo cambio. Quería decirle que desde que nos acostamos solo había podido pensar en él. Quería decirle que cada noche fantaseaba con que estaba a mi lado, abrazándome y acariciándome como si fuera de cristal hasta quedarme dormida. Quería decirle que cada vez que le veía con Betty algo se rompía dentro de mí y que envidiaba cada roce de labios que ella le robaba. Quería decirle que le necesitaba de una manera que jamás pensé que le necesitaría. Quería decirle que le quería de un modo que hasta entonces desconocía.

Quería decirle tantas cosas que al final no dije ni una sola.

-          Ya… ya sabes por qué. Lo hice por ti, para…

Decepción.

¿Era realmente posible que hubiera decepción en los oscuros ojos de mi amigo?

-      ¿Para ayudarme a estar con una tía a la que no soportas? – terminó por mí Roman – eso es absurdo, Prue. He tenido mucho tiempo para pensar sobre lo que pasó, he tenido mucho tiempo para recordar todo lo que tu dijiste y todo lo que yo dije y a la única conclusión a la que he llegado es que…

-          Es que qué.

“Tranquilo corazón. Respira corazón”.

-          ¿Qué significó para ti? – me preguntó soltando mis manos al fin.

-          ¿Y para ti? – le pregunté a su vez antes de añadir – no, no hace falta que respondas porque sé perfectamente lo que vas a decir.

“Maldito corazón. Traicionero corazón”.

-          Tú no sabes…

-    Claro que lo sé – le interrumpí encogiéndome de hombros – claro que sé que para ti no significó nada lo que sucedió entre los dos así que ¿qué importa si para mí sí que lo hizo?

“Débil corazón. Destrozado corazón”.

-       Al día siguiente de habernos acostado ya estabas saliendo con Betty y si, lo reconozco, fue algo chocante el veros juntos pero está bien... todo está bien. No te puedo reprochar nada – salvo que me duele más de lo humanamente posible que estés con ella – acordamos que perderíamos juntos la virginidad y que luego cada cual seguiría su camino y tú solo estás cumpliendo con tu parte del trato así que ¿qué más da lo que yo sienta o deje de sentir?

-          Prue…

Rechazo. Rechazo. Rechazo.

-          Ya te he dicho que está todo bien Roman, así que olvídalo.

Pero pedirle a Roman Lemacks que olvidara algo era como si se le pidiera al sol que no saliera por el este, como si se le pidiera a la luna que presidiera el cielo de día.

-          ¿Me quieres?

No. No. No.

SI. SI. SI.

-      ¿Qué? No seas tonto, claro que te quiero – contesté volviendo a sentarme en mi cama por temor a caerme al suelo cual tronco recién talado.

-          No, no me refiero a si me quieres como a un amigo – dijo Roman arrodillándose frente a mí – sino a si me quieres de verdad.

SI. SI. SI.

No. No. No.

-       Roman…

¿En qué momento habíamos pasado de no hablarnos a… a esto? ¿en qué momento había pasado de encerrar bajo llave mis sentimientos a ponérselos en bandeja? ¿en qué momento Roman había descubierto la máscara que llevaba y se había aventurado a quitármela?

-        ¿Sabes? Este verano, antes de irme con mis padres de viaje, tenía pensado decirte que llevaba colado de ti toda mi vida – no es real, no es real, no es real – te lo había querido decir un millón de veces pero al final nunca me atrevía porque sabía que el día que diera el paso te perdería, me rechazarías y todo se iría a la mierda pero… no sé, este verano me cansé de fingir – es real, es real, es real – y decidí lanzarme a la piscina.

-       Pero… pero no lo hiciste – susurré en un hilo de voz sin apartar mis ojos de los suyos – no lo hiciste. Te fuiste y…

-   Violet me dijo que tú jamás me verías como algo más que un amigo – siguió diciendo esbozando una triste sonrisa de medio lado – y yo la creí porque ¡joder! ¡es tu mejor amiga! ¿quién mejor que ella para saber lo que tú sentías? Así que volví a guardarme para mí toda la parrafada que tenía en mente soltarte y me fui de viaje con mi familia con la firme decisión de olvidarme de ti.

-          Y eso sí que lo hiciste.

“No llores. Ni se te ocurra llorar. No puedes lamentar perder un amor que nunca has tenido”.

-      Si, supongo que si – afirmó Roman rompiendo las pocas esperanzas que me quedaban en un millón de pedazos – Betty me demostró que si tú no me querías alguien más lo haría.

Asentimiento. Asentimiento. Asentimiento.

-       Me alegra que Betty te quiera de la manera que tú buscas – dije mientras suplicaba con todas mis fuerzas que mi voz no se quebrara.

-          Yo también me alegraría si lo que Betty me ofrece fuera suficiente – contestó mi amigo.

-          ¿Y no lo es?

-      No – ¿oirá los latidos de mi corazón? ¿oirá como la sangre corre rauda y veloz por mis venas? – sé que cuando nos acostamos te hice creer que había sido algo sin importancia, un mero trámite como tú decías, pero no te haces ni una idea de lo que significó para mí dar ese paso contigo, Prue. Básicamente fue como si tú te hubieras tirado a Sam Clafin.

Y por eso Roman era mi mejor amigo, porque era capaz de hacerme reír incluso cuando por dentro estaba llorando.

-          ¿Sam Clafin? ¿en serio?

-       Nunca hablé más enserio en toda mi vida – contestó Roman con fingida solemnidad antes de decir en un tono totalmente serio – lo cambiaste todo Prue, y ni si quiera te distes cuenta.

-          ¿Cómo querías que me diera cuenta si eras el novio oficial de Betty? – eras, tercera persona del pretérito imperfecto de indicativo – yo nunca pensé que tú… que tú pudieras estar colado de mí y yo jamás me planteé que algo así pudiera suceder entre nosotros.

-          Lo sé.

-        Pero no sabes cómo he luchado conmigo misma durante este mes para no pensar en ti de otra forma que como mi mejor amigo – me sinceré al fin clavando mis ojos en la moqueta – y no sabes cómo es el verte día tras día con “en boca de todos”.

-          Te equivocas – los gráciles dedos de Roman acariciaron mi mejilla y yo me sentí morir – sé lo que es intentar con todas tus fuerzas ver en ti solo a una amiga y sé lo que es verte con otro tío.

-          Cameron y yo…

-          ¿No estáis juntos? – terminó por mí Roman – eso espero porque te juro que no sabía que eran los celos hasta que te vi anoche con él ¿y hoy? Dios, estuve a punto de darle con la bandeja en la cabeza.

Y Cameron lo sabía. El muy capullo sabía perfectamente lo que un simple beso sacaría a relucir en Roman, lo que despertaría en él, aun cuando ni yo misma lo creía.

-          Habrías matado la única neurona con vida que le queda – contesté disimulando una sonrisa – y habría sido una pena porque de vez en cuando Mason demuestra que aún hay vida inteligente dentro de él e incluso mantiene conversaciones semi elaboradas.  

-          Vaya, es toda una sorpresa.

No, lo que era toda una sorpresa era que Roman estuviera verdaderamente en esos momentos en mi dormitorio, arrodillado frente a mí, regalándole sin saberlo a mis oídos todas esas palabras que había deseado oír en mi fuero interno, mirándome como hacia una eternidad que no lo hacía y sonriéndome como solamente él sabía.

Lo que era toda una sorpresa era que ambos hubiéramos sido capaces de decirnos todo aquello que durante mucho tiempo habíamos tenido guardados para nosotros mismos.

Lo que era toda una sorpresa era que Roman me quisiera de la forma que yo le quería a él.

QUERER. QUERER. QUERER.

Le quiero.
Le quiero.
Le quiero.
Le quiero.
Le quiero.

-          ¿Si te beso ahora te echarías a reír?

Solo Roman era capaz de incendiar mis mejillas con una sola pregunta. Solo Roman era capaz de hacer que mis ojos acuosos comenzaran a reír en silencio. Solo Roman era capaz de hacerme saborear la espera y ansiar algo que apenas había tenido oportunidad de tener.

-          ¿Por qué tendría que reírme? – pregunté con el mejor tono inocente de mi repertorio.

-          Porque cada vez que te pones nerviosa te ríes como una cría de cinco años – comenzó a decir Roman acortando la poca distancia que nos separaba – incluso haces un ruidito raro con la nariz.

-          ¡Yo no hago ningún ruidito raro con la nariz! – mi puño ya estaba listo para estrellarse en el hombro de Roman pero este, con los reflejos que le habían dado todos esos años de amistad en los que había recibido más golpes de los que nadie pudiera contar, lo paró antes de que diera en el blanco.

-          Lo haces, pero incluso eso me gusta de ti.

“Pero incluso eso me gusta de ti”.

Lenta, muy lentamente, las manos de Roman se enroscaron en mi rostro y sus pulgares acariciaron mis labios antes de que él los rozara con los suyos.

-          Esta vez no te vas a reír.

No era una pregunta.

-          No podría ni aunque quisiera – murmuré antes de que nuestros labios se encontrasen para no separarse nunca más.




¿Nunca más?

Ojalá, ojalá eso hubiera sido verdad.

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